Conclusiones:
Es difícil determinar el valor de las cosas. Desde que una banana pegada con cinta a una pared se vendió en seis millones de dólares, quedó claro que los productos y servicios no tienen un valor intrínseco, sino en función del interés que despiertan. Es sabido que Londres es una de las ciudades más caras del mundo, pero £90 por una merienda es mucha plata en cualquier parte. También aquí. Por lo tanto, la evaluación parte de la expectativa que genera ese valor.
Ya de por sí, no hay nada en un té que justifique pagar £90 por unas masitas y sándwiches, salvo que “la experiencia” incluyera comer con la reina en persona (lo cual, hoy, sería imposible por otras razones). Se los dice un pastelero: no hay manera de justificar ese precio.
La percepción de valor en un restaurante surge de la idea de que alguien está cocinando para uno. Aquí, ¿qué es exactamente lo que estoy pagando? ¿Los trescientos años de la marca? ¿El storytelling de la reina que bendijo el lugar en 2012? Tengo serias dudas de que Su Majestad se hubiera sentado alguna vez en ese sillón de cuero sintético color petróleo.
Resumen:
Ni el servicio ni el producto justifican el precio.
¿Me arrepiento de haberlo hecho? No, porque confirmé mis sospechas y me saqué la duda.
¿Lo volvería a hacer? No.
¿Lo recomendaría? De ningún modo.
Lo haría si costara, a lo sumo, £25.
Cobrar £85 por esa experiencia constituye un robo más de la larga lista a la que los ingleses nos tienen acostumbrados.
Si no quieren leer la crónica que sigue a continuación pueden ir abajo en donde dice “Resumen”:
Teníamos pendiente el té británico desde que pisamos esta isla.
Después de varios intentos frustrados en Edimburgo —donde nunca acertábamos con el día o el horario de los lugares que nos gustaban—, la última noche en Londres resolvimos “ir a lo seguro”.
Fortnum & Mason es una institución londinense sinónimo de elegancia y tradición británica, con más de trescientos años de historia. En el último piso se encuentra el Diamond Jubilee Tea Salon, inaugurado por la reina Isabel II en 2012, donde se sirve el clásico afternoon tea con la pompa y el ritual que definen a Londres: porcelanas delicadas, scones tibios, sándwiches perfectos y una selección de tés propios. Lo que se promete es más que una merienda: una experiencia ceremonial y una celebración del tiempo detenido.
Al llegar al cuarto piso, donde se encuentra el salón, una recepcionista nos muestra el menú casi a modo de advertencia: “Is this what you had in mind?” —pregunta, adiestrada, mientras señala el precio con el dedo, como para asegurarse de que estamos en sintonía. Siempre se refiere al producto no como “el té” o “la ceremonia”, sino como “la experiencia”. Nos aclara que, si queremos algo “smaller”, podemos bajar al primer piso a tomar un té con scones. Se esmera en que enfatizar que no hay versiones reducidas ni menú para compartir. Dicho de otro modo: del cuarto piso nadie baja sin haber dejado, como mínimo, £90 por persona. A esa altura no íbamos a permitir que nos intimidara —porque sabíamos a lo que íbamos— ni, mucho menos, que nos rebajara tres niveles, así que accedimos. A fin de cuenta, sabíamos a lo que íbamos y de qué se trataba la propuesta.
Nos sentaron en la primera mesa, apenas al comienzo del salón, muy cerca del piano, casi a pasos del ascensor, lo cual impedía sentirse inmerso en la experiencia.
Lo primero que me llamó la atención fue la baja calidad de los materiales: el sillón eran de plástico, las alfombras parecían la moquette de la conserjería del Regente Palace de Suipacha y Paraguay, y las flores de las arañas eran artificiales.
Apenas nos sentamos, se acerca la camarera con el menú, en el que se describen tres únicas opciones posibles: el afternoon tea dulce, el salado y el high tea. Inaugura el servicio preguntando si preferimos agua con gas o “de la canilla”. Aturdido y algo confundido, elijo la primera opción. Jamás se me habría ocurrido que en un menú de ese precio pudieran cobrar el agua, pero lo cierto es que, en restaurantes de categoría, esto es bastante común. Luego nos ofrece comenzar con champagne: lo rechazamos. Elegimos un té dulce y uno salado, para poder probar todo.
Nos bajaron el té y los “pinitos”, que parecían prearmados. La variedad se ve en la foto y se describe en el menú. Lo único que lucía recién hecho eran los scones, tibios y muy ricos (receta en mi libro). Los dulces venían con estricta clotted cream, mermelada de frutilla y curd de naranja; los salados, con crema y mermelada de cebolla. El resto: sándwiches de miga mediocres, pastelería “más linda que rica”. El éclair de rosas, que no era del momento (la masa estaba gomosa), era como comer un bombón de Pinolux. La cereza con baño brillante era tan insípida como se ve; el cremoso de chocolate y maracuyá, muy bueno. Entre lo salado, un bocadito de salmón ahumado, una terrina y unas tarteletas de atún.
El servicio, poco personalizado. Los camareros repetían de memoria, sin entender demasiado de qué hablaban.
Algunas consideraciones:
– Todo lo que se sirve (té, bocados y scones) puede repetirse, y lo que sobra te lo podés llevar (eso sí, la bolsa la tenés que pagar).
– La experiencia está pensada para durar alrededor de una hora y media.
– El servicio está incluido en la cuenta y representa el 12,5 % del total.
Último día en Londres y —finalmente— hice la experiencia del “té inglés” en Fortnum & Mason, como tantos insistieron. ¿Quieren la crítica rosa o la inmisericorde? Pregunto, para que después no digan que mientras yo me quejo de todo, otros hombrean bolsas en el puerto, etcétera.