Perdón Japón, perdón por piratear una novela visual que solo esta subtitulada en japonés y con traducción fan en pakistani y perdón por no ir directo a Japón a comprarla y en vez de eso buscarla en foros de internet como el sucio latino marrón que soy
Repartí pizza durante 5 años.
Se aprende mucho de la gente por cómo abren la puerta.
Era Nochebuena. Estaba amargado. Quería estar con mis amigos, pero necesitaba las propinas.
Mi última visita fue a un motel en las afueras del pueblo. No era un lugar agradable.
Llamé a la habitación 104. La puerta se abrió y una niña pequeña, de unos 6 años, estaba allí en pijama. Detrás de ella, su padre estaba sentado en el borde de la cama, con la cabeza entre las manos.
La habitación estaba vacía, salvo por unas pocas bolsas.
"¡Pizza!", chilló la niña.
El padre levantó la vista. Forzó una sonrisa. Fue a la puerta y contó el cambio exacto: monedas de uno y veinticinco centavos oxidadas.
"Quédate con el cambio", dijo.
Eran 50 centavos. Le entregué la caja. Era solo una pizza pequeña de queso.
"Feliz Navidad", dijo en voz baja.
Caminé de regreso a mi coche. Me quedé allí sentado un minuto. Miré los 80 dólares de propinas que había ganado esa noche.
Pensé en esa niña. Fui al supermercado abierto las 24 horas. Compré un jamón precocido, un paste un brick de leche y un oso de peluche barato.
Regresé a la habitación 104. Llamé. El padre abrió, con cara de confusión.
"Error de entrega", dije. "El gerente dijo que esto va con el pedido. Un extra para las fiestas".
Miró las bolsas. Me miró. Sabía que no era un error. Su barbilla empezó a temblar. No dijo ni una palabra. Simplemente me estrechó la mano, apretándola con fuerza.
Conduje a casa sin un solo dólar en el bolsillo. La mejor Navidad de mi vida.
El mundo es duro. A veces puedes ser blando.
-Anónimo-
Lo adopté hace solo una semana. Era tan pequeño, tan inocente, que pensé: “Seguro será tranquilo, suave… una pequeña máquina de siesta”. Pero estaba muy equivocado.
No le teme a nada: ni a los ruidos, ni a las alturas, y mucho menos a mí. Cada comida se ha convertido en un auténtico duelo. Apenas me siento, él aparece como un diminuto y peludo asesino. Sus ojos fijos en mi plato, rebosantes de ambición salvaje, y en un segundo… salta, roba y gana.
La única forma de detenerlo es estar preparado. Por eso, ahora como como si viviera en el Salvaje Oeste: el tenedor en una mano y, en la otra, mi única arma, la pistola de agua. Basta un parpadeo y mi arroz puede desaparecer. Él espera, yo sudo.
Y aún así… maldita sea, amo a este ladronzuelo.