@cristian_arayal@Carabdechile Qué tan desvirtuado tienes que estar para agarrarte de un conflicto en otro país, de otro continente, con cientos de años de historia política y social, y utilizarlo para hablar de un tema local con tintes políticos. La seriedad es algo extraño hoy en día.
No quiero sonar odioso, pero me empelota que algunos políticos de derecha, como la alcaldesa de Las Condes, apelan al estado de Chile para sacarlos de una emergencia y después cacarean para reducirlo, cortar recursos, recaudar menos y vender sus empresas.
Hipocresía pura y dura
Si hubiera estudiado lo que implica el cambio climático habría aprendido que incrementa episodios de fuertes precipitaciones e inundaciones.
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Me preguntan cómo es posible que un hombre como Lula, que sacó a millones de brasileños de la pobreza y promovió políticas públicas para favorecer a los sectores más vulnerables, pueda hoy enfrentar un escenario electoral distinto. Y la respuesta, para mí, es bastante sencilla, pues la movilidad social también transforma las lealtades políticas. Hay personas que, una vez ascienden socialmente, dejan de reconocerse en la clase de la que alguna vez hicieron parte y empiezan a defender los intereses del lugar al que llegaron. Y cuando esas nuevas condiciones empiezan a sentirse amenazadas, cambian también sus preferencias políticas. No es nuevo, ni es exclusivamente brasileño. Ha pasado una y otra vez en América Latina porque el mismo pueblo que se beneficia de determinadas políticas puede terminar votando después contra quienes las promovieron. Y así se mueve el péndulo.
Por eso la izquierda tiene por delante el desafío de volver a hablarle a la gente de lo que le duele y de lo que necesita resolver. Volver a hablar de pobreza, de salario, de comida, de vivienda, de seguridad, de salud, de la canasta familiar y de todo aquello que determina la vida cotidiana. Porque si la política deja de responder a los problemas concretos de la gente, pierde la capacidad de conectar con ella, incluso cuando sus políticas hayan producido transformaciones profundas. La izquierda no va a recuperar relevancia solamente reivindicando lo que hizo bien; tendrá que demostrar, en el presente, que entiende los problemas que la gente tiene hoy y que tiene respuestas para ellos. Cuando vuelva a hablarle a la gente desde ahí, el péndulo podrá volver a moverse.
Detrás del fin del programa “Yo elijo mi PC”, de la declaración de Quiroz sobre la “viveza del chileno” o de que la gente pague el bencinazo, hay una estrategia comunicacional: convencer a la sociedad chilena de que el Estado no debe garantizar derechos, de que la vida es una carrera individual de supervivencia donde cada uno se rasca con sus propias uñas, y de que cualquier intento de ayuda mutua o solidaridad colectiva es, por definición, un “fraude”.
¿Por qué? Porque, si la educación superior es un derecho público gratuito y de calidad, la universidad privada deja de ser un negocio multimillonario. Si existe un sistema público de salud o de pensiones fuerte y digno, las Isapres y las AFP pierden su clientela obligada.
Un pueblo fragmentado, donde cada trabajador mira con desconfianza al de al lado y vive abrumado por deudas individuales, es un pueblo infinitamente más fácil de gobernar y de mantener bajo control.
En resumen, quieren mantener el statu quo para proteger el monopolio del poder político y económico, asegurando los privilegios de la élite a costa del esfuerzo de las familias.
CARTA ABIERTA AL MINISTRO DE HACIENDA JORGE QUIROZ
Ministro Quiroz: @MinistroQuiroz
El problema no es que Ud., haya hecho un ajuste presupuestario. El problema es que, al explicarlo, dejó en evidencia una comprensión peligrosamente simplista de aquello que pretende administrar. Reducir profesores porque disminuye la matrícula es simplemente, no entender cómo funciona la educación.
Ha dicho que la caída de la natalidad exige “eficiencias”, que probablemente habrá desvinculaciones docentes y que no debemos confundir “el derecho a educarse con la obligación de emplear”. La frase funciona si uno administra un supermercado. Menos clientes, menos cajeros. Pero una escuela no vende yogures y un profesor no es una caja registradora que se cierra cuando disminuye la fila.
Una sala con 25 alumnos necesita profesor igual que una con 40. Matemáticas sigue requiriendo matemáticas; lenguaje no desaparece porque nacieron menos niños; ciencias no puede atenderse solo los jueves por decisión de Hacienda. La educación se organiza mediante currículos, asignaturas, horas pedagógicas y necesidades educativas. No con una regla de tres entre matrículas y profesores.
Por eso su frase “no confundamos el Ministerio de Educación con el Ministerio de los profesores” es especialmente torpe. Nadie los confunde. Sin profesores, el Ministerio corre el riesgo de convertirse en un edificio con membrete, subsecretarías, planillas Excel y nadie frente a una pizarra.
Y cuando Chile necesita mejores aprendizajes y pensamiento crítico para una época dominada por tecnología e inteligencia artificial, su Gobierno propone reducir horas docentes y deja sin financiamiento explícito un programa que durante 17 años entregó computadores a estudiantes. Consultado por las razones para eliminarlo, usted respondió que no las recordaba, pero que “de seguro tenía hallazgos”. Magnífico método: primero se elimina y después averiguamos por qué.
Hace apenas horas debió explicar también que su frase según la cual “hoy día nadie consume parafina” no había sido la mejor. Ahora probablemente tendrá que explicar estas otras. Un ministro que cada día debe traducir lo que dijo el día anterior empieza a parecer menos incomprendido que imprudente.
Usted afirmó que “con menos se puede hacer más”. En educación esa consigna puede terminar convertida en caricatura: menos profesores, menos computadores, menos recursos y, por arte de magia contable, mejores resultados. Sería fantástico si los niños aprendieran por ósmosis y las escuelas funcionaran con PowerPoint. Pero la pedagogía todavía requiere personas.
Administrar un país tampoco es ordenar la economía doméstica. El Estado no es su chequera, el presupuesto no es cuenta corriente y los derechos sociales no son suscripciones que se cancelan porque subió la mensualidad. La responsabilidad fiscal importa; por eso exige distinguir entre gasto superfluo e inversión estratégica. Y pocas inversiones son más estratégicas que educar.
No se obnubile, ministro. El cargo es transitorio y el poder produce una peligrosa ilusión óptica: hace creer a algunos funcionarios que el escritorio les pertenece y que el país viene incluido con la oficina. No es así. Usted administra recursos públicos por encargo de una ciudadanía a la que debe servir, no disciplinar.
Por eso convendría bajar del pony y caminar por la sombrita. No por insolencia, sino porque sus palabras rozan una zona social especialmente sensible. Despedir profesores mientras se predica eficiencia puede ser contablemente elegante y explosivo. No diga después que nadie se lo advirtió.
La educación no es una fábrica de trabajadores utilitarios ni una partida incómoda que debe adelgazar para cuadrar una celda. Es el lugar donde una nación aprende a pensar, discutir, crear, desconfiar del dogma y exigir cuentas a quienes gobiernan.
Quizá ahí esté el problema.
Porque un ciudadano educado hace preguntas. Y a ciertos ministros las preguntas parecen incomodarles bastante.
@MisColumnas
CARTA ABIERTA A:
JOSÉ ANTONIO KAST
Presidente @joseantoniokast
Su entrevista radial nos permitió conocer una faceta hasta ahora desconocida de usted: la prudencia. Después de años opinando sobre presidentes, gobiernos y dirigentes extranjeros, descubrimos que también sabe guardar silencio.
Quién lo hubiera imaginado.
Le preguntaron por Javier Milei, quien en Chile volvió a exhibir esa delicadeza republicana que lo caracteriza: trató a sus adversarios de “zurdos mugrosos”, habló del “cáncer de la izquierda” y reivindicó el derrocamiento de Allende y el período de Pinochet.
Y usted, Presidente, súbitamente se quedó sin opinión.
Dijo que “no lo habría dicho”, pero que no comentaría las palabras de Milei. Admirable prudencia. Lástima que haya aparecido tan tarde y, curiosamente, funcione sólo con algunos.
Porque usted ha opinado sobre Boric, Bachelet, Lula, Sheinbaum y tantos más. Durante años su capacidad para comentar la política ajena pareció inagotable. Nunca conocimos esa doctrina de abstenerse de juzgar a otro mandatario.
Hasta que habló Milei.
Entonces nació el estadista prudente.
Y llegó su explicación: fue un “acto privado con connotación pública”.
Magnífica categoría.
Un foro político, con dirigentes, periodistas y cámaras sería un acto privado. Siguiendo esa lógica, La Moneda podría ser considerada su residencia particular con ciertas connotaciones administrativas.
Pero aquí aparece algo más interesante: la Doctrina Kast del Silencio Selectivo.
Funciona así: Si habla un adversario, usted condena y pontifica. Si habla un amigo, se activa la prudencia y la súbita afonía republicana.
Una doctrina eficiente: permite tener principios sin la incomodidad de aplicarlos a los amigos.
El problema no son sólo las groserías del mandatario argentino. Nadie espera refinamiento de quien convirtió el insulto en herramienta política. Usted no necesitaba compartir una idea de izquierda para decir algo elemental: los adversarios democráticos no son mugre, millones de ciudadanos no son un cáncer que deba extirparse y una dictadura responsable de graves violaciones a los derechos humanos no merece reivindicación.
Eso no era izquierda ni derecha.
Era democracia.
Tampoco necesitaba un conflicto con Argentina. Bastaban veinte segundos de independencia.
Pero prefirió decir que usted “no lo habría dicho”.
Qué alivio.
Podemos dormir tranquilos: si nuestro Presidente debiera insultar a media sociedad, probablemente elegiría otros adjetivos.
Esa es la maravilla: cuestionó la forma sin condenar el fondo. Milei podía hablar de cáncer, degradar adversarios y reivindicar a Pinochet; aparentemente el inconveniente era estilístico.
Presidente, la diplomacia no consiste en quedar mudo frente a los amigos. Consiste en conservar relaciones incluso expresando discrepancias. Lo otro tiene un nombre bastante menos solemne: condescendencia.
Y la comparación resulta inevitable.
Con Bachelet hubo palabras.
Con Boric hubo palabras.
Con Lula hubo palabras.
Con Sheinbaum hubo palabras.
Con otros presidentes también hubo palabras.
Con Milei hubo silencio.
Extraña coincidencia.
La doctrina tiene otra ventaja: evita explicar por qué lo intolerable en un adversario se vuelve apenas incómodo en un aliado.
Es relativismo moral con pasaporte diplomático.
Pudo decir que Chile respeta al adversario democrático y no trivializa una dictadura.
No necesitaba un discurso.
Ni una cadena nacional.
Ni siquiera una declaración oficial.
Necesitaba una frase.
Pero esa frase nunca llegó.
Después de escucharlo opinar durante años sobre casi todo, cuesta creer que frente a Milei se haya quedado sin palabras.
Tal vez no le faltaron.
Tal vez la doctrina establece que las convicciones se expresan siempre, salvo cuando incomodan a los amigos.
En política exterior eso podrá llamarse prudencia.
En castellano tiene nombres bastante menos diplomáticos.
@MisColumnas
@cgajardop Esto ya es una flagrante omisión de hechos, y de lo que está escrito. Y no solo acá… la idea es instalar una verdad que solo ellos ven/quieren ver. La repetición hace que finalmente nos convenzamos de que lo que dicen es cierto, y que su ideal es el único aceptable.
@porkyasecas Claro, porque es más lógico quedarse en casa o vestir de etiqueta o andar de reunión en reunión ahora, por la “investidura”, antes que tener espacio de crianza con su hija, apenas una infante y en un periodo donde se forja el apego con sus progenitores. Infeliz.
@HernanLarrain@marasedini Es brutal que diga “la ministra” y no “NUESTRA ministra”… o ya no son parte del gobierno?
Ah, y sobre el contenido, ya harto le han comentado. Las críticas son legítimas, ella es pésima en su desempeño y punto. Deje la victimización a un lado.
CARTA ABIERTA AL DIPUTADO
Johannes Kaiser. @Jou_Kaiser
Señor Kaiser
Diputado.
He escuchado con atención su reciente anuncio de impulsar un proyecto de ley para reducir las dotaciones del Estado, argumento que sustenta señalando que hace doce años el sector público contaba con cerca de 500.000 trabajadores y hoy bordea el millón. La frase suena contundente, casi escandalosa.
El problema es que, como suele ocurrir con los relatos apresurados, omite datos elementales sin los cuales cualquier conclusión se transforma en un ejercicio de brutal ignorancia estadística.
Los países no son fotografías estáticas. Son organismos dinámicos. En los últimos doce años Chile no ha permanecido inmóvil. La población ha aumentado en torno a 3,6 millones de personas, lo que equivale aproximadamente a incorporar un nuevo país del tamaño de Uruguay dentro de nuestras fronteras. De ese aumento, cerca del 70% corresponde a personas en edad laboral, producto tanto del crecimiento demográfico como de la inmigración reciente.
En otras palabras, mientras la población crece, la fuerza de trabajo también lo hace. Pretender que el Estado mantenga exactamente la misma dotación de hace doce años sería tan absurdo como exigir que un hospital atienda el doble de pacientes con la misma cantidad de médicos.
Pero el problema de su argumento no termina allí.
Hoy, considerando todas las instituciones —municipios, salud, educación, Fuerzas Armadas, policías, Poder Judicial, Congreso y administración central— el empleo público en Chile representa apenas el 9,5% de la fuerza laboral. Es una de las tasas más bajas del mundo. El promedio de la OCDE supera el 18%.
Si su tesis fuese correcta, deberíamos concluir algo bastante curioso: que prácticamente todos los países desarrollados del planeta viven atrapados en un Estado hipertrofiado… y que Chile, con una dotación que equivale proporcionalmente a la mitad de ellos, sería una suerte de excepción virtuosa. Sin embargo, lo que muestran los estudios comparados es exactamente lo contrario: Chile presenta una subdotación estructural en varios servicios públicos, especialmente en salud, seguridad y gestión territorial.
Reducir dotaciones bajo ese contexto no es eficiencia; es amputación administrativa.
Su razonamiento sobre la deuda pública tampoco ayuda demasiado. Chile mantiene una deuda cercana al 41% del PIB, nivel que organismos internacionales consideran moderado para una economía emergente. El promedio de los países desarrollados supera el 80%, Estados Unidos ronda el 120% y Japón se acerca al 200%. Incluso el déficit fiscal chileno —entre 2,8% y 3,5% del PIB— se ubica por debajo del promedio de la OCDE, que bordea el 4,5% al 5%.
Hablar de crisis fiscal con esas cifras es como declarar emergencia hídrica en medio de un diluvio.
Pero quizá el punto más revelador de su planteamiento es otro: asumir que la dotación estatal de hace doce años era la correcta. Esa premisa, diputado, revela un problema conceptual profundo. Los Estados no se dimensionan mirando el pasado, sino observando las necesidades presentes y futuras de una sociedad que crece, envejece, recibe migración y demanda más servicios públicos.
Creer que Chile puede administrarse con el aparato estatal de hace una década no es una tesis económica. Es, nuevamente ignorancia estadística.
La política pública exige algo más que consignas libertarias y calculadoras ideológicas. Exige comprender datos, comparar realidades internacionales y, sobre todo, distinguir entre un argumento técnico y una ocurrencia de sobremesa.
Si su proyecto busca mejorar la eficiencia del Estado, la discusión es otra. Pero si pretende sostenerse sobre cifras incompletas y diagnósticos superficiales, corre el riesgo de convertirse en lo que ya parece ser: un ejercicio de aritmética política donde los números se usan más para impresionar que para entender la realidad.
Y cuando eso ocurre, diputado, el problema ya no es el tamaño del Estado. Es el tamaño del error.
@MisColumnas
EL PAÍS DEL MIEDO
Chile está aterrado.
No preocupado, no inquieto, aterrado. Vive con las cortinas corridas, las alarmas encendidas y los noticiarios repitiendo a coro que el país se desangra, aunque las cifras digan otra cosa. Menos de seis homicidios por cada cien mil habitantes —una cifra que en México, Colombia, Uruguay o Brasil provocaría lágrimas de envidia—, pero aquí hablan de “estado fallido”, de “narcopaís” y de “crisis sin retorno”. El país del orden se transformó en el país del pánico y el miedo.
No es un fenómeno espontáneo. El miedo tiene representantes, distribuidores y exportadores. Las encuestas, lo vociferan: un 63% de los chilenos dice temer por la violencia, más que en México o Colombia. En otras palabras, nos aterra un crimen que no vemos, pero que sentimos como si nos apuntaran a la cabeza en cada esquina. Una proeza emocional digna de estudio: el país más asustado del mundo con una de las tasas de homicidios más bajas del continente.
Daniel Johnson, de la Fundación Paz Ciudadana, lo admite con candidez técnica: “Chile está extremadamente atemorizado”. Y tiene razón. Aquí el miedo no se mide en balas, se mide en noticiarios, en cámaras de vigilancia y en discursos electorales. Porque en un país donde los candidatos compiten por quién promete más seguridad, el miedo se volvió programa de gobierno, ya lo decía Matthei a los candidatos de su sector: “Prometan nomás, prometan, porque nada genera mayor adhesión que la seguridad”.
Y claro, cuando la emoción reemplaza a la estadística, los políticos lo huelen. No hay nada más rentable que una ciudadanía asustada. La derecha encontró su mina de oro en el miedo: promete más cárceles, más patrullas, más castigo. La izquierda, desconcertada, intenta aprender a hablar el idioma del susto. Y mientras ambos bandos ensayan sus discursos, el país sigue encerrado, temeroso y viendo noticieros en bucle.
Por supuesto, hay delitos y hay violencia. Nadie lo niega. Pero lo que se ha disparado no son los crímenes, sino la sensación de estar en guerra. Es un miedo de pantalla, una paranoia mediática alimentada por la espectacularización de la delincuencia. El resultado: una sociedad hipervigilante, pero mal informada; más alarmada que herida.
Y en ese caldo de cultivo florecen los discursos más simples: el extranjero como culpable, el pobre como sospechoso, el Estado como inútil. Se instala la idea de que la inmigración trajo el crimen, aunque los estudios digan lo contrario. Pero ¿a quién le importan los datos cuando el miedo rinde votos?
En el discurso político, la evidencia molesta: el relato debe ser breve, contundente y, sobre todo, aterrador.
El gobierno de Boric, que prometía nuevos paradigmas, ha terminado administrando la angustia nacional. Crea ministerios, coordina comités, instala cámaras… pero nada logra calmar a una sociedad que exige soluciones instantáneas. En el país del delivery, también la seguridad se quiere con envío express. La cifra ha ido disminuyendo los tres últimos años, pero a quien le importan las cifras.
Ricardo Lagos advirtió que sería un “profundo error” dejarle el tema a la derecha. Pero ya es tarde: el miedo tiene dueño. Porque mientras algunos sueñan con la patria grande, otros venden la patria segura: rejas, cámaras, drones y la promesa de que “con nosotros dormirás tranquilo”.
La tragedia es que, en su afán de sentirse protegido, Chile ha dejado de sentirse libre. Ya no confía en sus instituciones, ni en sus barrios, ni siquiera en su sombra. Y así, entre alarmas vecinales y titulares rojos, el país va cediendo su ánimo al control y su juicio al pánico.
Chile vive una epidemia de miedo. Un miedo administrado, amplificado y rentabilizado. El miedo es la columna emocional del voto, el nuevo opio del pueblo. Y mientras seguimos mirando la noche con sospecha, alguien sonríe desde el estrado prometiendo orden y patria, sabiendo que la política más eficaz no es la que ofrece seguridad, sino la que fabrica el miedo. @MisColumnas
@MaldonadoCurti Vergüenza debería darle, señor. Inconcebible que hasta hace un par de años comulgaba con el PR y la social democracia, y ahora abiertamente votará por una derecha dura y conservadora. Asco es poco. Que pobreza de persona es usted.