⨳ Movimiento de reivindicación y redención del Proyecto Colombia❌
⨳ Redefinición Histórica y Revolucionaria Nacional para nuestro proceder hacia el futuro🔅
¿"Muerte a toda nación"? ¿De dónde eres entonces? La nación es el conjunto de lengua, semiótica, cultura, religión, étnia y raza: un acople y vínculo de elementos.
Ah... Cierto que hablo con un Liberto del que grita "libertad de asociación", cosa que defendemos, pero también grita de que la "libertad individual", "mundo sin fronteras", bla, bla, bla.
El que no se entera que los mundos sin fronteras y sin Naciones es el sueño incluso de cualquier Imperio Expansivo y depredador para unificar.
Amigo Anarco Comunista si te preguntamos cuántos "Medios de Producción" han tomado seguro respondes "que espera a que la clase proletaria los tome". Dime ¿Ya producen algo en sus vida? ¿Ya se validan por el valor de uso? ¿Ya superaron el asalariado a la hora de repartir los medios para producir y entonces cada quien se queda con el fruto de su trabajo, o sea se quedan incluso con su Plus Valor? ¿Aportas algo productivo a tu sociedad o sólo rebuznas derechos absurdos aquí y allá que otros te pagan?
¿Ya no dependes de ninguna nación, aquella macro sociedad que al ser tan grande tiene que estructurar un Estado para regular ya no sólo asociaciones sino también las grandes cantidades de individuos abstraidos?
¿Ya hicieron "Consejos" como Nestor Makno predicó para no llamarlo Gobierno?
No somos criminales. Hemos sido siempre abiertamente anti-comunistas, anti- liberalismo, anti-democráticos, anti-conservadurismo y en especial contra todo lo Judio-Americano desde el inicio. No es un llamado a las "armas", si es lo que te asusta. Son sólo los tres principios que nos mueven.
Toda nación descente y civilizada debe saber organizarse y eso inicia en la familia que provee los hijos, nuestra sangre, hecha en sacrificio de cada madre y padre que hace la patria que culmina en el sindicato que trasciende al individuo; debe saber producir, porque es el uso del suelo ganado en trabajo y esfuerzo, es lo que justifica la nación que se manifiesta en su ingenio, su producción, su ingeniería, el arte; y debe saber defender, todo pueblo en esta tierra merece una existencia, esta no es gratis, por las armas y el deber de nosotros, sus hijos y hermanos, sólo se manifiesta en las armas, el ejército.
En Colombia, el deber de defender la patria está consagrado principalmente en el Artículo 95 y en el Artículo 216 de la Constitución Política de 1991. [1, 2, 3, 4]
Francisco de Paula Santander una vez dijo: «Por las armas habéis ganado la independencia y por la ley ganaréis la libertad. »
La Ruptura con los Sistemas de Cuantía
La Sindecracia sostiene que las grandes formas históricas de gobierno —monarquía, aristocracia y democracia— surgieron como respuestas parciales a los problemas de organización política de sus respectivas épocas. Sin embargo, todas comparten una característica fundamental: el poder se distribuye según la cuantía o la pertenencia, no según la función.
Desde antes de los tiempos de Aristóteles, la humanidad ha buscado la mejor forma de gobierno. El filósofo (En su libro Política) distinguió entre las formas puras y sus degeneraciones: la monarquía podía corromperse en tiranía; la aristocracia en oligarquía; y la democracia en oclocracia o demagogia. Siglos después, Polibio (Historias, Libro VI) observó que toda constitución está condenada a degradarse cuando pierde su virtud y se convierte en instrumento de intereses particulares, por ello su ciclo de los sistemas de gobierno en la anaciclosis.
Hoy contemplamos precisamente esa degradación.
La monarquía perteneció a la era de los reyes. La aristocracia perteneció a la era de los linajes. La democracia liberal pertenece a la era de los partidos, de los mercados electorales y de la propaganda permanente. Cada una fue una respuesta histórica a su tiempo, pero ninguna resolvió el problema fundamental: ¿qué debe gobernar una Nación?
La monarquía (gobierno de uno) concentra la soberanía en una persona o dinastía. Su fortaleza es la unidad y continuidad del Estado, pero su debilidad consiste en depender de las capacidades de una familia determinada. El destino de toda una nación queda sujeto a la virtud o mediocridad de una línea hereditaria.
La aristocracia (gobierno de pocos) traslada el poder a una minoría considerada superior por nacimiento, riqueza o prestigio social. Aunque puede generar estabilidad, termina separando a quienes gobiernan de quienes sostienen realmente la vida económica y productiva del país.
La democracia (gobierno de la mayoría), por su parte, reemplaza el privilegio de sangre por el privilegio de la cantidad. La legitimidad ya no proviene del linaje sino del número de votos. Sin embargo, la cuantía sigue siendo el criterio central. El resultado es un sistema donde la política gira alrededor de campañas, partidos, propaganda y competencia electoral, más que alrededor de la capacidad efectiva para organizar, producir o defender la Nación.
La Sindecracia afirma que el problema común de estos sistemas es que preguntan quién gobierna, pero nunca qué función cumple quien gobierna. Un rey gobierna por herencia. Un aristócrata gobierna por posición. Un demócrata gobierna por votos. Ninguno de estos criterios garantiza competencia técnica, responsabilidad productiva o servicio real al conjunto nacional; servicio a su sangre y a su pueblo.
Por ello, la Sindecracia propone una ruptura con los sistemas de gobierno basados en la cuantía. En lugar de organizar la representación por individuos, familias, partidos o mayorías numéricas, organiza la representación por Funciones Sociales de forma Corporativista: La producción representa a la producción; la educación representa a la educación; la defensa representa a la defensa; la técnica representa a la técnica. El trabajo organizado representa al trabajo como virtud y práctica máxima, deber sagrado y socializado, pragmático y evidentemente productivo. Lo anteriormente mencionado debería estar organizado en Corporaciones Funcionales Nacionales, que reemplacen los ministerios por organismos compuestos por la rama productiva y técnica de manera gremial y sindicalizada según cada profesión vital.
La legitimidad ya no surge de la sangre, la riqueza o la cantidad, sino del cumplimiento de una función necesaria para la vida del organismo nacional. La Nación deja de ser una suma de individuos compitiendo por intereses particulares y pasa a concebirse como una comunidad organizada de funciones complementarias. Porque la cantidad nunca ha sido sinónimo de verdad. Un millón de votos no construyen un puente. Diez millones de opiniones no producen acero. Cien debates parlamentarios no generan energía. Una campaña electoral no alimenta un pueblo.
La democracia liberal, partitocrática por naturaleza, convirtió la política en una industria de la promesa. Su fuerza no está en producir, sino en convencer. No recompensa al mejor organizador, sino al mejor vendedor. No eleva al constructor, sino al comunicador. No selecciona al más capaz para dirigir una función nacional, sino al más eficaz para conquistar una mayoría temporal. El sistema donde gente que promete puentes no los construye, porque no es de esa profesión, no es su técnica, no es su ingeniería.
Por esta razón, la Sindecracia se presenta como una superación de las formas clásicas de gobierno. Conserva de la monarquía la unidad, de la aristocracia la búsqueda de excelencia y de la democracia la participación social, pero rechaza los fundamentos sobre los que estas construyeron su legitimidad. En su lugar propone un principio nuevo: el gobierno de las funciones Vitales de la Nación, donde el deber, la capacidad y el servicio ocupan el lugar que antes ocuparon la sangre, la riqueza o el número. La Nación no es una suma de individuos aislados. Es una comunidad organizada de trabajadores, técnicos, educadores, productores, familias y defensores: Una República de Profesiones enfocadas para producir, una República de Ingenieros. Es un organismo. Y un organismo no funciona contando células; funciona coordinando funciones: un cuerpo, una corporación.
El veneno que nos han metido en la sangre durante muchos años, ellos lo llaman «valores judeocristianos». Repítanlo: Judeo-Cristiano.
El término ni siquiera existía antes de los años 20 del siglo pasado. Antes de eso, los cristianos principalmente católicos u ortodoxos decentes sabían perfectamente que el judaísmo era la antítesis del cristianismo. Los judíos rechazaron a Cristo, lo crucificaron y desde entonces han vivido en oposición a todo lo que Europa construyó, principalmente todo lo que se construyó desde Roma, aquella Roma que les destruyó su templo. ¿Judeocristiano? Eso es como decir «fuego-hielo» o «libertad-esclavitud». Es una contradicción ontológica.
Durante siglos, la Península Ibérica fue el campo de batalla de la civilización. Primero llegaron los moros —invasores islámicos del norte de África— en el año 711. Saquearon, violaron, impusieron la dhimmitud y convirtieron iglesias en mezquitas. Durante ochocientos años, los cristianos hispánicos asturianos, castellanos, lusitanos, aragoneses entre otros lucharon en la Reconquista. No fue una simple «guerra de religiones» como nos venden ahora. Fue una guerra espiritual por la supervivencia de la Cristiandad, de los herederos de Roma. Y en medio de todo eso, siempre estaban los judíos. La quinta columna. Mientras los cristianos derramaban sangre contra el islam, los judíos prosperaban como prestamistas, recaudadores de impuestos para los reyes moros y cristianos por igual; y como traidores que abrían las puertas de las ciudades cuando convenía. Controlaban el oro. Controlaban el comercio con Oriente. Tenían redes desde Toledo hasta Constantinopla. Y practicaban la usura prohibida a los cristianos por la Iglesia. Se enriquecían con el sufrimiento de ambos bandos. Exactamente como hoy con sus bancos y sus lobbies.
Entonces llegaron los Reyes Católicos, Fernando e Isabel. Dos monarcas visionarios que entendieron la verdad que nosotros aún no entendemos: una nación no puede sobrevivir con dos o tres pueblos enemigos dentro de sus fronteras. En 1492, después de reconquistar Granada y expulsar definitivamente a los moros, firmaron el Edicto de la Alhambra.
Ese edicto ordenó la expulsión total de los judíos que no se convirtieran. No fue un capricho. Fue supervivencia. Los judíos habían sido expulsados antes de Inglaterra en 1290, de Francia en 1306 y 1394, de Alemania en múltiples ciudades… siempre por las mismas razones: explotación económica, blasfemia religiosa, rituales secretos y traición.
Fue un acto de amor supremo a su pueblo y a su fe. Defender la cristiandad no es odio, es instinto de supervivencia. Los judíos y los moros eran dos caras de la misma amenaza: uno quería dominar con la usura y la subversión intelectual, el otro con la espada y la sharía. Los Reyes Católicos entendieron que la pureza era indispensable para mantener una nación fuerte.
Después de 1945, los judíos necesitaban justificar su estado. Habían sido expulsados de más de 100 países a lo largo de la historia por una razón. No por «odio irracional», como afirman, sino porque dondequiera que se asentaban como minoría organizada, terminaban controlando las finanzas, la prensa y la moral. Entonces bajo el Holocausto industrial y con eso en la mano exigieron su premio: Israel.
Para que Occidente no se opusiera, alimentaron el término «Judeo-Cristiano» como escudo. AIPAC, ADL, todas esas organizaciones de presión… ¿creen que defienden «valores compartidos»? No. Han convertido el cristianismo americano en un perro faldero de Israel. Pastores evangélicos millonarios diciendo que “quien bendiga a Israel será bendecido”. Mientras tanto, los judíos se ríen en privado. Porque ellos no creen en Jesucristo. Lo consideran un falso mesías, un traidor.
En los años 50, con la Guerra Fría, lo vendieron como «valores occidentales». De repente, el Antiguo Testamento —ese libro tribal lleno de genocidios ordenados por su dios tribal— era la base moral de Occidente. ¿Se dan cuenta de la jugada maestra? Convencieron a los cristianos de que su propia religión era mitad judía. Que atacar a los judíos era atacar a Jesucristo. Genial. Diabólico, pero genial.
Jesús rechazó la ley judía, llamó técnicamente «hijos del diablo» a los fariseos y fue asesinado por el sanedrín judío. Los primeros cristianos que mantuvieron las leyes judías fueron exterminados por la rama paulina. El cristianismo real es anti-judío en su esencia. Lo que hoy llamamos «cristianismo» está infectado.
El cristianismo moderno se volvió más permisivo, porque perdieron el fuego de los cruzados. Porque los mencionados «influyentes» controlan Hollywood, las «universidades más prestigiosas», Wall Street y las redes sociales. Han reescrito nuestra historia. Nos hicieron creer que Roma junto sus descendientes y la cristiandad es culpable por siempre. Que debemos arrodillarnos ante el «Holocausto» mientras ignoran los millones de cristianos muertos por bolcheviques judíos en Rusia y Ucrania.
El concepto «Judeo-Cristiano» es su arma maestra. Une a la víctima con su verdugo. Hace que el anfitrión defienda al parásito. Hace que un sacerdote cristiano defienda al estado que bombardea cristianos en Gaza y Líbano. Es perversión pura.
Por eso existimos. Para romper el hechizo. Para decir la verdad: el cristianismo es una síntesis abrahámica purificada, con la filosofía griega y la jurisprudencia heredada del orden romano. No judío. Nunca lo fue. El judaísmo es una religión de un pueblo que se distancia de todos los demás pueblos. «Los Elegidos» significa que el resto somos ganado.