A PESAR DE TODO…
Kast pudo ser elegido a pesar de sus mentiras y engaños.
Kast podrá tal vez terminar su período de cuatro años.
Kast podrá vivir en La Moneda.
Kast se llena de la investidura presidencial.
Kast podrá desfilar en el Galaxy.
Kast puede viajar representando a Chile.
Kast puede volar en el avión presidencial.
Kast puede ser recibido con honores.
Kast pudo usar la banda tricolor.
Kast podrá sentarse en el sillón de los presidentes.
Pero todo, y a pesar de todo, siempre será considerado el pelotudo más grande que pasó por ese cargo, y así será recordado.
Triste.
Milei es una fábrica de injurias y agravios ambulante. Una persona retorcida, fuera de sí. La poca humanidad que a veces se asoma en él solo provoca lástima. Quienes lo tienen como referente admiran a un monstruo que se está ahogando en su propia bilis frente a todo el mundo.
Acabo de oír a Javier Milei cómo insultaba gravísimamente a Pedro Sánchez, al gobierno, a todos los socialistas y al pueblo español, para apoyar a sus amigos Abascal y Ayuso y creo que está faltando el tiempo para ponerlo de patitas en un aeropuerto y largarlo de España y que no vuelva en su puta vida
UN VOCERO SIN DERECHO A EQUIVOCARSE
El gobierno ya no tiene crédito para más torpezas.
La Moneda acaba de contratar una voz para apagar incendios comunicacionales. La curiosidad es que su nuevo propietario tiene antecedentes de haber jugado con fósforos. Gonzalo Arenas llega a la vocería del gobierno de José Antonio Kast con títulos respetables y episodios públicos menos discretos.
Abogado, doctor en Historia, exdiputado y exdecano universitario, Arenas no es un improvisado en política. Por eso, sus desbordes merecen escrutinio. La experiencia no exime de prudencia; más bien aumenta la obligación de practicarla.
En agosto de 2009, durante una interpelación al ministro Edmundo Pérez Yoma, el entonces parlamentario protagonizó un altercado que incluyó documentos lanzados hacia la autoridad. Singular manera de defender el debate republicano: convertir el Congreso en una competencia de lanzamiento de papeles.
En 2012 llamó «pulmones vírgenes» a dirigentes de la Confech, insinuando que jamás habían trabajado. Y en 2013, indignado por una resolución judicial, escribió: «Requisito para ser juez: ser imbécil». La Asociación Nacional de Magistrados reprochó aquellas expresiones. No eran travesuras juveniles: Arenas ya era un representante elegido para ejercer responsabilidades públicas.
Ahora cambia de escenario. Ya no tendrá el privilegio de hablar únicamente a nombre propio, ni de esperar que una frase desafortunada se olvide. Cada palabra podrá comprometer al Ejecutivo, tensar relaciones institucionales o exigir explicaciones a otros ministros. El vocero no está para ganar discusiones de sobremesa, sino para informar con precisión incluso cuando la pregunta incomoda.
Tampoco recibe una ciudadanía especialmente generosa en paciencia. La cuestionada y mediocre gestión comunicacional de Mara Sedini y las dificultades del precario esquema encabezado por Claudio Alvarado, dejaron una vara peculiar: no basta con hablar mejor que antes; hay que recuperar credibilidad. Cambiar el micrófono no responde las preguntas pendientes.
Hay una ironía adicional. Arenas anunció en su debut que no pretende una «guerrilla comunicacional» y que aspira a un estilo pedagógico. Bienvenido sea el propósito. Sin embargo, la pedagogía exige escuchar, reconocer lo que se ignora y distinguir un dato de una consigna. No consiste en explicar con solemnidad aquello que todavía no se ha entendido.
La contingencia lo obligará a pronunciarse sobre economía, seguridad, educación, justicia y conflictos sociales, materias donde ningún doctorado concede omnisciencia. Su prueba no será responderlo todo, sino saber cuándo consultar, cuándo rectificar y cuándo decir sencillamente «no tengo esa información». Tres ejercicios de modestia que la política suele considerar deportes extremos.
Sería injusto afirmar que repetirá necesariamente sus exabruptos. Las personas pueden cambiar, y aprender con los años. Pero también sería ingenuo exigir a la ciudadanía que olvide sus antecedentes porque ahora tenga un atril oficial en el pórtico de la casa de gobierno.
Arenas pidió ser parte de las decisiones políticas y no apenas su narrador. Eso aumenta su responsabilidad: si conoce la cocina, no podrá culpar siempre al mozo cuando el plato llegue frío. Y si desconoce una materia, tendrá que estudiarla antes de vestir la incertidumbre con seguridad teatral.
La paciencia ciudadana no se renueva con cada nombramiento. Se consume con cada evasiva, cada explicación precaria y cada gesto de superioridad frente a preguntas legítimas. Por eso, el nuevo vocero parte con una tolerancia estrecha: no como condena anticipada, sino como consecuencia del desgaste acumulado.
En La Moneda confían en que Arenas ordene las palabras. La verdadera incógnita es si conseguirá ordenar primero sus impulsos. Porque en política una mecha corta puede encenderse en segundos; y cuando el incendio comienza en la vocería, no hay comunicado que devuelva intacto el silencio.
@MisColumnas