En 1994, River ganó el superclásico contra Boca. Horas después, la pasión por el fútbol se convirtió en un crimen que sacudió a Argentina.
En el primer episodio de Superclásico 94, tres hinchas recuerdan lo que vivieron ese día.
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Partió un histórico de la TV chilena. Hernán Magallanes, camarógrafo emblemático de @canal13, reconocido junto a su par, Ernesto Riquelme (fallecido) por sus legendarias risotadas que fueron sello de Sábados Gigantes, Viva el Lunes, entre otros. Mi respeto y reconocimiento.
This song ‘Just Like Heaven’ was released by The Cure almost 40 years ago. 🤯
When we see all these older artists & bands, the first thing you notice is their voice has left them. They just don’t have it anymore.
Which makes Robert Smith’s voice that much more amazing. He sounds exactly the same playing to 40,000 people recently. 💯
What were you doing back in 1987 on October 5th, the day this song was released?
Robert Smith wrote the lyrics to "Friday I'm In Love" in a few minutes, inspired by that light and happy Friday feeling. He himself said that the song was almost an "inner joke" of the band: an absurdly cheerful and upbeat track in the middle of a more varied album, quite different from the classic gothic sound of The Cure.
It was one of The Cure's biggest hits: #6 on the UK Singles Chart and #18 on the Billboard Hot 100, helping Wish become the band's most commercially successful album (around 3 million copies worldwide).
To this day it is one of The Cure's most played songs on radio and parties, a classic that transcended the gothic label and conquered everyone.
LA PEDAGOGÍA DEL GRITO
Cuando el lenguaje se degrada, la violencia deja de ser sorpresa y pasa a ser consecuencia.
En la solemne inauguración del año académico de la Universidad Austral de Chile, ese ritual donde la academia pretende recordar que aún existen ideas por encima de los eslóganes, la realidad irrumpió con la elegancia de un portazo. La ministra de Ciencias, Ximena Lincolao, no salió investida de reflexión ni de debate, sino de empujones, gritos y la torpe coreografía de la turba. Una escena que, en cualquier sociedad que se tome en serio a sí misma, sería unánimemente condenada. Y lo ha sido, al menos en la superficie, donde la indignación suele ser más performática que sincera.
El gobierno, con prontitud casi protocolar, anunció querellas. La justicia, se nos dice, hará su trabajo. Las sanciones serán ejemplares. El libreto es conocido: condena, persecución y castigo. Todo en orden, todo en regla. Pero lo verdaderamente interesante no está en lo que se dice, sino en lo que cuidadosamente se omite.
Porque la violencia —esa palabra que se pronuncia con gravedad impostada— no comienza con el golpe. El golpe es apenas su epílogo. Antes de la mano alzada, está la palabra envilecida. Antes del empujón, la descalificación. Antes de la turba, el coro.
Y en ese coro, conviene no hacerse los sordos.
Durante años, buena parte de quienes hoy ocupan cargos de poder se ejercitaron en una retórica que no distinguía entre adversario y enemigo. El insulto se volvió argumento; la burla, método; la caricatura, sustituto del pensamiento. Desde tribunas mediáticas hasta el propio hemiciclo, la política descendió a un lodazal donde el ingenio fue reemplazado por la grosería y la discrepancia por el desprecio.
Basta recordar a la actual vocera, Mara Sedini, en su paso por Sin Filtros, donde la palabra no era puente sino proyectil. O al diputado Francisco Orrego, quien ha trasladado sin mayor adaptación ese mismo tono a la solemnidad del Congreso. Y como olvidar a los diputados Rivas y Jiles y sus insultos contra A. Luksic y S. Piñera respectivamente.
El problema no es la pasión, sino la degradación del lenguaje. Cuando el verbo se envilece, la acción no tarda en seguirlo.
Pero aquí aparece la más fina de las hipocresías: la violencia física es condenada con energía; la verbal, en cambio, se relativiza, se justifica o, en el mejor de los casos, se olvida. Como si las palabras no incubaran conductas. Como si el desprecio sistemático no fuera el fertilizante perfecto para la agresión.
No es un fenómeno nuevo. La memoria, siempre selectiva, guarda en algún rincón el episodio en que la entonces ministra Mónica Jiménez fue agredida por la estudiante María Música. En aquel entonces, las condenas no tuvieron el mismo volumen ni la misma pureza moral. La indignación, al parecer, también vota.
Así, el doble estándar se instala no como excepción, sino como doctrina. Se condena la violencia cuando conviene y se la minimiza cuando incomoda. Se exige respeto mientras se practica el insulto. Se invoca la democracia con la misma ligereza con que se la erosiona.
Tal vez el problema no sea la violencia episódica de un grupo de estudiantes —grave, sin duda—, sino la pedagogía silenciosa que la precede. Esa que enseña, día tras día, que el adversario no merece ser escuchado, sino derrotado; no merece ser refutado, sino ridiculizado.
Y entonces, cuando finalmente alguien empuja, golpea o agrede, fingimos sorpresa. Como si el árbol no tuviera nada que ver con la semilla.
La política chilena, en su versión más contemporánea, parece haber olvidado que el lenguaje no es inocuo. Que las palabras son actos en potencia. Que quien siembra desprecio no puede pretender cosechar respeto.
Al final, lo ocurrido en Valdivia no es un accidente. Es un síntoma. Y como todo síntoma, no se corrige con querellas, sino con una cirugía más incómoda: la de mirarse al espejo. Aunque, por ahora, el reflejo siga siendo cuidadosamente evitado.
@MisColumnas