No he visto a Rodrigo Lara que la pérdida del partido contra Suiza es producto de la patria milagro, como cuando dijo la selección ganó en dieciséis a la de final
@CanalTRO@JcarloGiraldor ¿Y qué hizo al respecto cuando fue ministro de justicia? Además el derecho internacional es claro en que la policía no debe tener funciones penitenciarias.
No y no, las niñas y los niños no nacen con deudas, nacen con derechos, y esa es la primera confusión que hay que desmontar de esa frase del futuro ministro de Hacienda.
Además hay un punto de fondo que es constitucional. El artículo primero define a Colombia como un Estado social de derecho, y es el Estado el que existe para garantizarle condiciones dignas al ciudadano, no al revés. Decir que un niño nace debiendo plata invierte esa fórmula y deja al Estado como espectador de su propia obligación.
Un niño o una niña no es un cliente del Estado colombiano, son ciudadanos con derechos, y esa distinción es política, porque cliente es quien paga por un servicio y cambia de proveedor si no le gusta, mientras que ciudadano pertenece a una comunidad que le reconoce derechos y le exige deberes. Mis deudas son con agentes privados, con el banco que me prestó para la casa o para lo que sea, deudas que firmé yo y que respondo yo.
La deuda pública es otra cosa, porque el Estado la sostiene al ser una entidad que no muere y que refinancia a treinta o cuarenta años, mientras un recién nacido apenas empieza, sin cédula ni ninguna relación jurídica con alguna deuda, es más ni siquiera ha alcanzado la ciudadanía en el sentido estricto que exige la propia Constitución.
#ElCalentao 🍲 El exmagistrado Iván González Amado analiza la situación de la doble nacionalidad del presidente electo y como resulta incompatible materialmente para el desarrollo de sus funciones como jefe del Estado.
@CaracolRadio La ley estadounidense contempla como una de las causas de pérdida de la ciudadanía el aceptar un cargo que genere conflicto de intereses con los de los Estados Unidos
#nomeunoamanada porque las manadas son las presas de los tigres, no sus compañeros. Ser de la manada es ofrecerse como carne de cañón a alguien que se siente emperador, no un gobernante demócrata
Cuando tiene razón, tiene razón! Vergonzoso el maltrato a Iran 🇮🇷.
“Esta es una Copa del Mundo desastrosa. Como jugadores profesionales no podemos jugar una competición en estas condiciones, no está bien ni es justo.”, Taremi, capitán 🇮🇷
La Selección de Irán fue obligada a volverse a México después del partido contra Egipto. No los dejaron quedarse en Estados Unidos. Este es el momento en el que llegaron a Tijuana a las 4:00 am. Absolutamente vergonzoso.
Es cuando menos desafortunado ligar el bien partido con el inicio de la patria milagro; bien podría ser, también, un buen cierre del gobierno. Deje de ganar indulgencias con avemarías ajenas
Colombia dominó el partido, un equipo ordenado y preciso, seguro de su juego y con actitud ofensiva.
Aún cuando nos quitaron un gol injustamente, Colombia, contra los pronósticos iniciales, pasó primero de su grupo
Empieza la PATRIA MILAGRO 🇨🇴
#MiSeleccion
@jsanchezcristo llevamos más de 50 años de conflicto armado que el nuevo presidente pretende terminar en 30 días? Tendrá que explicar cómo. No solo bombardeando pues las causas van más allá de la guerra
#LOÚLTIMO | La Comisión Legal de Investigación y Acusación de la Cámara de Representantes acaba de suspender provisionalmente al presidente Petro hasta el próximo 21 de junio a las 4:00 p.m.
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Imbécil es alguien falto de inteligencia. La incoherencia es un signo de ello. ¿Cuál es la coherencia de sus propuestas? Despedir a casi un millón de empleados y ampararlos con una indemnización. ¿Con qué dinero lo hará?
La otra mitad de Colombia
Por: @ramondelosrios
Cuando la política se llena de palabras como mafioso, bandido, corrupto o criminal, se nos olvida algo elemental: debajo de cada etiqueta o señalamiento hay millones de personas con dolores, miedos, historias y razones. Nos acostumbramos tanto al insulto que dejamos de preguntarnos qué hay detrás de cada voto, qué sufrimiento lo explica, qué temor lo sostiene o qué esperanza lo empuja.
El escenario actual en Colombia nos lleva a la confrontación sin matiz. A la incapacidad de reconocer errores propios y al señalamiento del otro, e incluso, la negación de su posibilidad, como instrumento argumentativo. Dicho de otra manera, la política sin matices convierte al contradictor en enemigo y al votante del otro lado en alguien que no merece existir dentro del país.
La política actual es el escenario de autodestrucción de Colombia, porque la condición mínima para construir nación es poder entender al otro, sin restricción. Y eso surge del matiz, de poder estar preocupado por la seguridad del país y no sentirme convencido por los procesos de paz del actual Gobierno, pero también alarmarme ante un discurso que empodera a las Fuerzas Militares sin responsabilidad, sin memoria y sin reconocer que en Colombia hubo crímenes de Estado. Los falsos positivos existieron y no pueden repetirse.
También de la posibilidad de entender que muchas minorías han ganado derechos y se han sentido protegidas o visibles durante este Gobierno, pero eso no me obliga a quedarme callado ante ciertos cuestionamientos sobre el manejo de recursos públicos, las formas opacas de actuar o la necesidad de exigir responsabilidad a quienes hoy gobiernan. Reconocer derechos no puede significar renunciar a exigir responsabilidad.
Esa posibilidad se pierde cuando los extremos nos dicen “o eres de aquí o de allá” y nos obligan a aceptarlo todo y defenderlo a “muerte”, sin capacidad de cuestionar, sin visión autocrítica y sin espacio para la duda. Algo como un todo vale, o la tan manoseada frase atribuida a Maquiavelo: “el fin justifica los medios”. Estar de un lado implica defenderlo todo, incluso lo indefendible.
En esa defensa acérrima e incondicional, sin darnos cuenta, llegamos a la negación del otro y convertimos al candidato contrario en enemigo. Olvidamos que hay millones de colombianos, para ser precisos de 9 a 10 millones de colombianos, que están ahí, sintiéndose representados por ese al que descalificamos. Esos 10 millones no viven en otro país. Se sientan al lado nuestro en el bus, caminan las mismas montañas, hacen mercado en los mismos barrios, trabajan en las mismas oficinas y también tienen miedo de perder lo poco o mucho que han construido.
En la mitad aparece una nueva minoría: quienes no se sienten representados por la obligación de odiar para poder criticar al otro. Los que intentan decir “esto está bien, pero esto no”; “entiendo este miedo, pero no comparto esta salida”; “reconozco este avance, pero no acepto esta forma”.
En medio de este escenario indeseable, se nos olvida que abrazar a 10 millones distintos a uno no significa votar como ellos ni pensar como ellos. Significa reconocer que ninguna nación se construye desde el deseo de expulsar a la mitad de su gente. Tal vez por eso llevamos tantos años con los mismos problemas y sin ninguna solución. Porque antes que entendernos, preferimos juzgar, señalar, recriminar y nunca, pero nunca, asumir nuestra responsabilidad.
La verdadera revolución, en este país cansado de odiarse, tal vez sea aceptar que la otra mitad también es Colombia.
Los colombianos no somos eso que mostraron hoy los dos candidatos con mayor votación. El odio no es nuestra esencia. Los insultos no son nuestra forma de relacionarnos con los demás. Ni Cepeda ni De La Espriella estuvieron a la altura de sus votos
Como abogada, no estoy dispuesta a votar por Abelardo de la Espriella
Por: @ximena__ec
Hay algo profundamente peligroso en convertir el ejercicio del derecho en un espectáculo de egos, amenazas y oportunismo político.
Lo digo como abogada.
Porque quienes estudiamos derecho entendemos que esta profesión no puede usarse para intimidar, perseguir críticos, acercarse al poder sin preguntarse jamás por los límites éticos de ese poder, ni mucho menos para construir una carrera pública basada en el escándalo, la agresividad y la manipulación emocional.
Por eso no estoy dispuesta a votar por Abelardo de la Espriella. Y tampoco voy a promover un solo voto por él.
No por ser de derecha. Colombia necesita una oposición seria. Necesita debate. Necesita contradictores fuertes frente al Gobierno. El problema no es ideológico. El problema es moral. El problema es ético. El problema es la clase de figura pública que representa Abelardo de la Espriella y todo lo que simboliza su manera de ejercer el derecho y hacer política.
Porque Abelardo no aparece en la conversación nacional por haber gobernado bien, por haber administrado una ciudad, por haber liderado una política pública o por haber demostrado capacidad ejecutiva. Nunca ha gobernado absolutamente nada. Su capital político nace de otra parte: del espectáculo.
Y el espectáculo siempre necesita mudas de piel.
Durante años vimos a un Abelardo completamente distinto al de hoy. Uno que opinaba cosas diferentes sobre el Acuerdo de La Habana, uno menos “tradicionalista”, menos “moralista”, menos mesiánico. Hoy aparece convertido en una especie de cruzado conservador, defensor de la familia, del orden y de los valores tradicionales, como si siempre hubiera sido eso.
Pero la memoria existe.
Y la memoria también recuerda entrevistas donde relataba entre risas cómo de niño explotaba gatos con pólvora. Sí, gatos. Animales vivos. Y no lo contaba con vergüenza sino con diversión. Como una anécdota graciosa. Como si la crueldad fuera un rasgo de personalidad pintoresco y no una señal alarmante sobre el carácter de alguien que hoy pretende venderse como referente moral del país.
Los hombres públicos revelan quiénes son incluso cuando creen estar haciendo un chiste.
Y en política, el carácter importa.
También importa la coherencia. Porque resulta imposible ignorar la facilidad con la que Abelardo ha ido cambiando de discurso según el momento político. Antes defendía unas posturas; hoy defiende otras completamente distintas. Antes proyectaba una imagen; hoy construye otra. Antes se presentaba de una manera; hoy aparece convertido en otra cosa.
Y hay algo todavía más revelador: la manera en la que Abelardo de la Espriella ha hablado históricamente de Colombia y de los colombianos.
Durante años construyó una imagen de hombre desligado del país, casi superior a él. En entrevistas y apariciones públicas se ufanaba de sus lujos, de su vida en el exterior, de sus negocios internacionales, de que Colombia poco le interesaba mientras él pudiera vivir bien lejos del caos nacional. Hablaba de este país con distancia, con desprecio, como si Colombia fuera apenas un lugar incómodo del que había que escapar apenas se pudiera.
Y ahora, de repente, aparece convertido en una especie de mártir patriótico diciendo que “sacrificó” su vida de lujo para entregarse a la patria.
Otra muda de piel.
Porque uno no puede pasar media vida despreciando el país y luego pretender encarnar el amor por la nación solo porque descubrió que electoralmente funciona. Gobernar un país exige algo más profundo que marketing político: exige afecto genuino por su gente, respeto por su cultura y compromiso real con su destino.
Y sinceramente, yo no le creo ese amor repentino por Colombia. Quien toda la vida miró a Colombia por encima del hombro, hoy pretende hablar en nombre de los colombianos.
Y eso me recordó inevitablemente a Umberto Eco y su ensayo sobre el “Ur-Fascismo”, ese fascismo eterno que no siempre llega vestido igual, pero que comparte ciertos patrones: el culto a la personalidad fuerte, la emocionalidad por encima de la razón, el discurso simplista de “salvar la patria”, la necesidad permanente de enemigos y, sobre todo, la capacidad de mutar para sobrevivir políticamente.
Eco advertía que el fascismo no necesariamente aparece con botas militares y uniformes. A veces aparece disfrazado de patriotismo emocional. De outsider. De figura antisistema. De hombre “sin filtros”. De salvador moral.
Y precisamente ahí está el problema de Abelardo de la Espriella: uno nunca termina de saber quién es realmente.
El abogado de poderosos.
El showman mediático.
El empresario.
El libertario.
El ultraconservador.
El hombre de fe.
El “outsider”.
El defensor del orden.
Todo al mismo tiempo.
Pero más allá del personaje, están las sombras.
Porque no se puede hablar de Abelardo de la Espriella sin hablar de las controversias que han rodeado históricamente su ejercicio profesional. No se puede hablar de ética pública ignorando los cuestionamientos sobre sus relaciones con personajes investigados, cuestionados o asociados a estructuras profundamente oscuras del poder en Colombia.
Ahí están las investigaciones periodísticas recientes sobre transferencias relacionadas con estructuras empresariales vinculadas a Alex Saab hacia cuentas relacionadas con el entorno profesional de Abelardo de la Espriella durante años en los que ejerció su representación jurídica.
Y aunque ejercer la defensa de una persona cuestionada no constituye un delito —porque toda persona tiene derecho a defensa— sí obliga a hacer preguntas éticas sobre las redes de poder y las cercanías que rodean a alguien que hoy pretende presentarse como reserva moral de la República.
También está el episodio profundamente indignante alrededor del caso de Rosa Elvira Cely. La propia familia de Rosa Elvira ha cuestionado públicamente la utilización política de su tragedia y el intento de Abelardo de la Espriella de apropiarse simbólicamente de una causa que no le pertenece. Su hija fue contundente al expresar el dolor y el rechazo que le producía ver convertida la memoria de su madre en herramienta de campaña.
Y para mí eso cruza una línea gravísima.
Porque hay dolores que no son trofeos políticos.
Hay víctimas que no son estrategia electoral.
Hay causas que merecen respeto y no apropiación.
Y es justamente ahí donde esta discusión deja de ser política y se vuelve ética.
Yo no necesito un candidato perfecto para votar. No creo en mesías ni en seres humanos impecables. Pero sí necesito mínimos. Necesito coherencia. Necesito prudencia. Necesito sentir que quien aspira a conducir este país entiende la enorme responsabilidad moral que implica el poder.
Y sinceramente no puedo encontrar nada de eso en Abelardo de la Espriella.
No puedo admirar el matoneo convertido en liderazgo.
No puedo admirar la agresividad convertida en carácter.
No puedo admirar el espectáculo convertido en propuesta política.
No puedo admirar a alguien que parece cambiar de principios con la misma facilidad con la que cambia de discurso.
Y sobre todo, no puedo votar por alguien cuya trayectoria pública ha estado tan atravesada por controversias éticas, contradicciones y cercanías oscuras.
Porque el derecho, cuando se ejerce sin límites éticos, deja de ser justicia y se convierte simplemente en poder.
Y Colombia ya ha sufrido demasiado por culpa de hombres que confundieron ambas cosas.