Un país bananero es el que valida esta calaña de políticos.
Perdón lo majadera, pero Johannes Kaiser no debe tener difusión de ideas, los medios de comunicación deben comunicar con advertencia el discurso de este señor. El periodismo debe confrontar su discurso. Un tipo violento y sedicionista, que atiza el odio entre chilenos. Debe ser destruido políticamente.
Hay fallo: entre 2016 y 2018 el director de Inteligencia del Ejército y un ministro de corte espiaron ilegalmente al periodista Mauricio Weibel.
Schafik Nazal y Juan Poblete condenados por interceptación telefónica ilegal 👇
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Si un senador ya declaró públicamente que considera "injusta" una acusación constitucional antes de escuchar los argumentos y votar, corresponde preguntarse si puede mantener la imparcialidad que el cargo exige. Yo, en su lugar, me inhabilitaría. #RomeroSiempreFirme
PERDER LOS ESTRIBOS
Cuando el jinete cae antes que el caballo. No por el corcoveo del corcel, sino, porque nunca aprendió a galopar.
Hay expresiones que sobreviven a los siglos porque contienen una verdad anatómica. “Perder los estribos” es una de ellas. No nació en un diván ni en un manual de autocontrol emocional: nació arriba de un caballo. Y eso ya dice bastante sobre nuestra especie.
El estribo era —y sigue siendo— ese aro donde el jinete afirmaba el pie para sostenerse en la montura. Sin estribos, el caballero perdía equilibrio, elegancia y dominio. Bastaba un movimiento brusco del animal para que el hombre, tan convencido de su autoridad sobre la bestia, terminara besando el barro con dignidad medieval. De allí el dicho: perder los estribos era literalmente descomponerse, salir despedido del control, dejar que el cuerpo revelara la fragilidad que el uniforme escondía.
Con los siglos, el caballo desapareció de la política, pero no el jinete.
Hoy ya no vemos monarcas entrando a la ciudad sobre corceles nerviosos. Vemos candidatos en matinales, presidentes en streaming y líderes que confunden autoridad con volumen. Pero el viejo problema ecuestre permanece intacto: el poder exige equilibrio. Y nada desnuda más a un gobernante que el instante exacto en que pierde los estribos.
Porque la ira no es solamente enojo. La ira es una confesión. Es el segundo en que el poder admite que no puede gobernarse ni a sí mismo. Y eso, en política, suele ser más grave que equivocarse.
La psicología moderna lo describe con elegancia clínica: secuestro emocional. La amígdala cerebral toma el mando, la razón queda suspendida y el individuo reacciona como un mamífero sitiado. Traducido al castellano cotidiano: el adulto interior abandona la sala y deja a cargo al niño caprichoso. El problema comienza cuando ese niño caprichoso tiene acceso al aparato del Estado.
José Antonio Kast perdió los estribos frente a un niño y su madre. Y hay algo particularmente revelador en eso. No frente a una guerra. No frente a una crisis económica. Frente a un niño. Un gobernante —o alguien que aspira a serlo— debería comprender que la infancia posee un privilegio devastador: expone el carácter de los adultos sin necesidad de discursos. Los niños son espejos crueles. Hacen preguntas simples que dejan en evidencia respuestas complejas. Y algunos líderes toleran mejor una investigación judicial que la espontaneidad de un menor.
Cuando un político se irrita ante un niño, uno no ve fortaleza: ve fragilidad. Es el emperador romano perdiendo una batalla contra un gorrión.
Pero además hay algo profundamente simbólico en perder los estribos frente a la infancia. Porque gobernar consiste, en el fondo, en administrar vulnerabilidades. Un país es una enorme colección de fragilidades humanas: enfermos, ancianos, desempleados, familias endeudadas y niños. Si la paciencia se rompe frente al más indefenso de los interlocutores, ¿qué queda para el resto?
Los antiguos manuales de caballería enseñaban que un buen jinete jamás debía castigar al caballo en público. No por bondad, sino por autoridad: quien se enfurece demasiado revela que ya perdió el control. La furia siempre delata impotencia.
Quizá por eso los grandes líderes de la historia tenían algo de actores consumados. Mandela sonreía donde otros habrían buscado venganza. Aylwin hablaba despacio incluso en la tensión. Sabían que el poder no consiste en gritar más fuerte, sino en resistir la tentación de hacerlo.
Perder los estribos es, finalmente, perder la vertical moral. El caballo cambió por cámaras, micrófonos y críticas. Pero el barro sigue esperando abajo, y Kast tiene una tendencia a revolcarse en su propio fango…y en público, porque al final, queda claro que el jinete no sabe cabalgar.
@MisColumnas
LOS HIJOS TONTOS DE LOS RICOS
Hay una aristocracia que nunca murió. Sólo cambió el caballo por un SUV alemán, la espada por un MBA de universidad boutique y el escudo familiar por una foto en LinkedIn con blazer azul marino y brazos cruzados. Son los herederos del poder. Los hijos tontos de los ricos. Una especie protegida por el ecosistema nacional, criada en parcelas, clubes de golf y colegios donde el mayor mérito académico consiste en no ahogarse con la colación.
Durante siglos la nobleza europea perfeccionó el arte de reproducirse entre primos. La genética hacía lo suyo: mandíbulas torcidas, delirios mesiánicos y una capacidad intelectual comparable a una puerta giratoria. Pero eran reyes. Si el príncipe babeaba sobre la armadura, el reino entero concluía que debía tratarse de “una señal divina”.
La colonia latinoamericana heredó esa tradición con entusiasmo. Los latifundistas no mezclaban sangre: la conservaban. Los mismos apellidos iban y venían como una playlist endogámica del poder. Los primos se casaban entre ellos, los parientes hacían negocios entre ellos y los nietos terminaban administrando ministerios, notarías o bancos aunque confundieran el PIB con una cerveza artesanal.
Y aquí estamos. Siglo XXI. Inteligencia artificial. Cohetes privados. Cirugías robóticas. Pero seguimos gobernados por el equivalente humano de un mueble mal armado.
El hijo tonto del rico tiene rasgos fáciles de detectar. Habla de “mérito” después de heredar tres departamentos. Cree que levantarse a las 9:30 es “mentalidad de tiburón”. Usa palabras como networking, mindset y disrupción porque jamás logró dominar sujeto y predicado. Estudia en universidades donde el examen de admisión consiste básicamente en llegar vivo al campus. Luego aparece mágicamente como gerente en la empresa del papá, aunque una vez intentó calentar agua en el microondas sin sacar la cuchara metálica.
Lo extraordinario no es que existan. Lo extraordinario es la devoción nacional hacia ellos. Cada cierto tiempo aparece uno corriendo un BMW a 264 km/h, destruyendo un grifo a peñascazos o insultando en un avión a un tripulante afroamericano. Y aun así, ahí siguen: directorios, gerencias, ministerios, campañas políticas y fundaciones “sin fines de lucro” con oficinas de lujo y asesorías pagadas por el Estado.
En política son especialmente fascinantes. Hijos de senadores convertidos en diputados. Nietos de alcaldes transformados en gobernadores. Hermanos instalados en empresas públicas y los peores como asesores en la Moneda. Una monarquía sin corona, pero con viáticos. La democracia latinoamericana terminó funcionando como un asado familiar donde los cargos públicos se reparten igual que los pedazos de carne y los choripanes.
El problema no es sólo el nepotismo. El problema es la mediocridad blindada. El hijo tonto del rico jamás enfrenta consecuencias reales. Si quiebra una empresa, “emprendió”. Si evade impuestos, “optimizó”. Si fracasa en política, lo mandan de embajador. Si destruye un país, lo invitan a dar charlas sobre liderazgo.
Mientras tanto, al ciudadano común se le exige excelencia olímpica para sobrevivir. Idiomas, posgrados, experiencia, manejo de software y sonreír mientras lo reemplazan por el sobrino inepto de alguien importante.
Porque el poder descubrió hace tiempo que la incompetencia hereditaria es funcional. El hijo brillante cuestiona. El hijo tonto obedece. Por eso las élites los reciclan como gerentes, parlamentarios o panelistas de televisión: adornos caros con capacidad limitada de pensamiento crítico. Golden retrievers con apellido compuesto.
Y así se perpetúa el sistema. El mediocre hereda al mediocre. El apellido pesa más que el talento. La cuna derrota al esfuerzo. El país avanza con el freno de mano puesto mientras una aristocracia de imbéciles administran las instituciones.
Los castillos desaparecieron, pero los idiotas hereditarios sobrevivieron. Ahora simplemente tienen oficina y acceso al presupuesto nacional. @MisColumnas
KAST vs KAST
Hay algo profundamente enternecedor en ver a José Antonio Kast enfrentarse al Estado como quien pasa años insultando a un piloto… hasta que un día le entregan el avión. Resultó que despegar no era lo mismo que gritar desde el aeropuerto.
Durante años, —Kast candidato— fue una mezcla entre comentarista de matinal, administrador furioso de WhatsApp y profeta del apocalipsis nacional. Todo era culpa de alguien más, del gobierno de turno. Si subía la bencina, era incompetencia criminal. Si aumentaba la delincuencia, había que sacar tanques. Si el crecimiento era mediocre, Chile estaba a minutos de convertirse en Venezuela. El país siempre parecía al borde del colapso y sólo él, armado de una cuenta de X y una indignación industrial, podía salvarlo.
Pero ocurrió la tragedia menos prevista por el kastismo: ganó.
Y ahí apareció —Kast presidente—. Un hombre que pasó años criticando cada decisión de gobierno y que, al llegar al poder, descubrió que administrar un país exige algo más complejo que escribir “INACEPTABLE” en mayúsculas.
“El problema de Kast nunca fue la falta de convicción. Fue el exceso de simplificación”.
Gobernó durante años un país imaginario donde los problemas se resolvían con voluntad, slogans y frases diseñadas para viralizar.
La seguridad, por ejemplo. En campaña parecía protagonista de serie de Netflix: “Plan Escudo”, “Operación Frontera Final”, “Tolerancia Cero”. Faltaba apenas un tráiler con explosiones y música épica. Pero una vez en La Moneda, el libreto chocó con un detalle incómodo: no había plan, ni suficientes carabineros, ni inteligencia, ni presupuesto mágico, ni botón rojo para expulsar migrantes por Bluetooth.
Entonces el hombre que pedía militares en cada esquina comenzó a hablar de “coordinación institucional”, “limitaciones jurídicas” y “evaluaciones técnicas”. Traducido: descubrió exactamente las mismas restricciones que ridiculizaba cuando gobernaban otros.
La hipérbole como programa.
Quizás el momento más honesto del kastismo fue cuando explicó que sus promesas de expulsiones masivas eran una “metáfora”. Qué maravilla conceptual. La cuenta regresiva no era literal. Las promesas eran simbólicas. El reloj era poético. El plan migratorio era realismo mágico.
Porque —Kast candidato— era un hombre de certezas absolutas, —Kast presidente—, en cambio, parece un alumno justificando un trabajo que no alcanzó a terminar.
El enemigo era el estado… hasta que conoció sus comodidades.
Durante años criticó el uso de recursos públicos con fervor franciscano. Y sin embargo, bastó cruzar la puerta de La Moneda, su nueva casa, para enamorarse rápidamente de las bondades del aparato estatal. Resultó que el Estado opresor también tiene comedor, chofer, residencia y vajilla fiscal y puede organizar almuerzos a sus amigos con cuenta al erario.
El mismo hombre que denunciaba nepotismos hoy sonríe orgulloso mientras celebra el ascenso político a diputado de su hijo y sobrinos como si gobernar Chile fuese una pyme familiar.
Y qué decir de los ministros. Kast exigía renuncias antes de los cien días cuando era oposición. Pero gobernar tiene esa extraña costumbre de convertir a los “ineptos” en “equipos que necesitan tiempo”. El desempleo no desapareció con discursos. La economía no reaccionó a hashtags patrióticos. Y el Estado no se administró como un live de TikTok.
Kast, el presidente que jamás habría votado por sí mismo.
Lo más irónico del gobierno de Kast es que su opositor más feroz sería el propio Kast de hace tres años. El candidato viviría destrozando al presidente en X desde las siete de la mañana. Lo acusaría de ineptitud, tibieza, improvisación y excusas.
Y tendría razón.
Porque el gran descubrimiento de este gobierno no es que Kast haya cambiado. Es que siempre supo que gobernar era infinitamente más difícil de lo que gritaba. Pero la indignación daba votos y la complejidad no cabe en un tuit.
Al final, la verdadera metáfora no eran las expulsiones.
Era él.
@MisColumnas
Mazazo del TC a los excesos del Gobierno en ley de escuelas protegidas. Fallo resguarda derechos y libertades individuales de NNA y bloquea castigar con pérdida de gratuidad. Resolución sirve de advertencia sobre el registro de incivilidades.
IMPUNIDAD a 264 km/h
Cuando el apellido correcto acelera más rápido que la justicia.
Hay delitos que en Chile se castigan con una severidad ejemplar: vender sopaipillas sin permiso municipal, tener la revisión técnica vencida o estacionarse donde duerme algún alcalde regional. Pero existe otra categoría de infracciones, reservada para quienes nacieron con apellido de directorio y patrimonio de holding: ahí la ley se vuelve comprensiva, terapéutica, casi maternal.
Pablo José Izquierdo Reyes fue sorprendido conduciendo a 264 km/hr.,en Costanera Norte. Doscientos sesenta y cuatro. No iba manejando un automóvil: iba convirtiendo una autopista urbana en una pista de despegue. A esa velocidad, cualquier error no termina en accidente, sino en masacre. Sin embargo, el mensaje que recibió fue tranquilizador: en Chile puedes transformar una vía pública en un experimento balístico, siempre y cuando vengas de la familia correcta.
Porque mientras a cualquier ciudadano le inmovilizan el vehículo por un papel atrasado, a este heredero del club de la aristocracia empresarial chilena le dejaron la licencia intacta. Ni arresto domiciliario total, ni suspensión para conducir, ni una señal mínima de proporcionalidad frente al riesgo causado. La jueza Ximena Rivera Salinas incluso decretó inicialmente reserva de identidad. Una delicadeza procesal que rara vez se observa con el chileno común, ese que aparece con nombre, apellido y foto en televisión por robar un shampoo en un supermercado.
Y aquí aparece la pregunta incómoda: si esto no es corrupción, ¿qué es? Porque la corrupción no siempre necesita sobres con dinero ni transferencias opacas. A veces basta el peso invisible del apellido, el temor reverencial al poder económico o la obediencia cultural de una institucionalidad entrenada para tratar distinto a quienes pertenecen a la casta propietaria del país.
La historia de los Izquierdo Menéndez no es precisamente la de una familia perseguida por la adversidad. Su árbol genealógico atraviesa algunos de los episodios más oscuros de Chile: vínculos con el exterminio selk’nam en la Patagonia, participación de integrantes de la familia en la conspiración y asesinato del general René Schneider, cercanía con la dictadura y presencia dominante en sectores estratégicos como la pesca, el negocio forestal e inmobiliario. Son parte de esa élite que lleva más de un siglo confundiendo patrimonio con impunidad.
No es casualidad que el país donde un joven de población puede pasar meses preso preventivamente por una riña, sea el mismo donde un empresario que circula a velocidad criminal recibe trato de ciudadano ejemplar. El sistema judicial chileno hace rato dejó de parecer una balanza: hoy se asemeja más a un detector de apellidos. Si usted se llama Pérez, González o Muñoz, la justicia cae sobre usted con todo el peso pedagógico del Estado. Pero si se llama Izquierdo Menéndez, Matte, Angelini o Luksic, el aparato institucional comienza súbitamente a descubrir matices, contextos y “circunstancias”.
El problema no es solo este caso. El problema es la pedagogía de la impunidad. El mensaje social que queda instalado es brutal: en Chile existen velocidades distintas ante la ley. Una para los ciudadanos corrientes y otra para quienes habitan el Olimpo empresarial. A unos se les fiscaliza; a otros se les protege. A unos se les exhibe; a otros se les blinda.
Y después se preguntan por qué la gente perdió la confianza en las instituciones.
Quizás porque cuesta creer en la igualdad ante la ley cuando alguien puede conducir a 264 kilómetros por hora, poner en peligro decenas de vidas y volver tranquilamente a casa con licencia en el bolsillo. Quizás porque la justicia chilena parece tener un límite de velocidad muy claro: nunca avanzar más rápido que los intereses del poder económico.
Lo más obsceno no es el exceso de velocidad. Lo obsceno es la sensación de intocabilidad. Esa convicción aristocrática de que las reglas existen sólo para los demás.
@MisColumnas
Notable! No se veía algo así desde que Francisco J Cuadra orquestó apariciones de la Virgen al vidente de Peña Blanca! Director de la PDI anuncia que se ubicaron a los 64 niños haitianos:"Todos están bien físicamente" | https://t.co/mlxePC2czl https://t.co/5C82ZaLcED
NO DIGAN QUE NO SE LOS DIJERON.
Jorge Quiroz, el ministro de Hacienda, representa un peligro para la institucionalidad del país.
No han querido ver la real dimensión de que haya estado vinculado a casos de corrupción como las colusiones y quiebras de empresas en modos fraudulentos. Es un fulano inescrupuloso y sin principios. Hoy erosiona el debate con mentiras y calumnias.
Háganse cargo antes que esto tome ribetes peores.
La temeraria e irresponsable acción individual de un conductor que transforma una autopista urbana en una pista de carreras es, sin duda, un acto criminal del todo repudiable. Sin embargo, resulta aún más aberrante y peligroso el desparpajo de una magistrada que, sentada en el estrado de un tribunal de la república, dicta una resolución asquerosa que desafía el sentido común y la seguridad pública. Mientras la conducta del infractor representa una transgresión particular, la resolución de la jueza 𝙓𝙞𝙢𝙚𝙣𝙖 𝘼𝙡𝙚𝙟𝙖𝙣𝙙𝙧𝙖 𝙍𝙞𝙫𝙚𝙧𝙖 𝙎𝙖𝙡𝙞𝙣𝙖𝙨 constituye una claudicación institucional que hiere de muerte la confianza en el sistema de justicia.
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El verdadero escándalo no radica únicamente en la impunidad del sujeto que quedó libre y con la licencia en el bolsillo, sino en la desfachatez de una judicatura que utiliza formalismos legales para blindar la opulencia y el privilegio. Que una garantía procesal se estire de forma tan elástica para favorecer a ciertos sectores, en un momento donde las huestes del @PJudicialChile ya se encuentran severamente cuestionadas por corrupción y tráfico de influencias, transforma este fallo en una provocación intolerable. El descaro de la jueza al intentar amparar bajo la "interpretación jurídica" una medida tan laxa frente a un peligro público flagrante es el reflejo de una desconexión ética que indigna profundamente.
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Al final del día, lo que acrecienta de forma legítima la rabia ciudadana es constatar que la balanza de la justicia en Chile no es ciega, sino descaradamente selectiva. El repudio masivo ya no se agota en las figuras temerarias que desprecian la vida ajena a exceso de velocidad; se concentra, con el doble de fuerza, en aquellos magistrados que operan como un escudo corporativo para los apellidos influyentes. Mientras los tribunales sigan actuando con ese nivel de condescendencia frente al poder económico, ninguna mordaza informativa bastará para ocultar la podredumbre de un sistema donde el desparpajo judicial termina siendo mucho más dañino que el delito original.
No pasó ni una semana para que este video de Kaiser se transformara en FAKE NEWS.
Que no pase piola que este weon era uno de los políticos que acusó tráfico de niños haitianos y luego nos enteramos que no fue así.
Nunca se disculpará, lo sabemos, pero quedará como uno de los políticos menos creíbles de Chile.
Y OJO, el video sigue en sus redes sociales.