«El fanatismo consiste en redoblar el esfuerzo cuando se ha olvidado el objetivo.» - Jorge Santayana
El algoritmo odia los matices.
Las redes sociales premian lo rotundo, lo emocional.
No hay espacio para un “depende” o un “todavía lo estamos investigando”. No hay recompensa para la humildad intelectual.
El algoritmo quiere certeza. Y si esa certeza viene acompañada de ira, mejor todavía.
En ese entorno, la duda no es una virtud, sino una debilidad.
Los matices, que exigen pausa y reflexión, son penalizados por un sistema que valora la velocidad por encima de la comprensión.
Construimos marcas personales sobre trincheras ideológicas.
Cada conversación se convierte en un combate. O estás conmigo o estás contra mí.
Facha o woke. Ignorante o iluminado. Blanco o negro.
Convertimos la complejidad en guerra cultural. El pensamiento binario se disfraza de claridad moral.
Los estoicos hablaban de apatheia: libertad frente a emociones exageradas, la serenidad que surge del pensamiento claro, del juicio pausado.
Pero las redes nos ofrecen justo lo contrario: exaltación emocional constante.
Nos volvemos esclavos de nuestras reacciones, convencidos de que el irracional siempre es el otro.
No construimos comunidades en las redes sociales. Construimos bunkers ideológicos.
Cámaras de eco donde solo resuena lo que ya creemos.
Todo lo que desafía nuestra visión del mundo se descarta, se ridiculiza o se ataca.
Preferimos estar equivocados con nuestra tribu que tener razón en contra de ella.
Y en ese entorno, confundimos consenso con verdad.
El algoritmo quiere que reacciones. Ahora.
Pero pensar exige tiempo. Los matices nos obligan a detenernos, a considerar opciones, a aceptar que quizá estamos equivocados.
Pero eso no se viraliza.
Recuerda: si renunciamos a los matices, renunciamos a la verdad.
Y sin verdad, lo único que queda es ruido.
The best teachers are also the most avid learners.
You can't convey love of learning if you don't love learning yourself.
Your students don't learn from what you say, but from who you are.
El Gran Wyoming incurre en un error habitual, el de convertir un problema político en un relato moral.
Decir que los inmigrantes son personas como nosotros es una obviedad, pero una obviedad que no resuelve nada.
También lo son los franceses, los rusos o los chinos, y sin embargo los Estados deben gestionar sus llegadas de acuerdo con criterios como soberanía, capacidad económica y cohesión social.
El debate no se resuelve apelando a la compasión ni a metáforas sobre fantasmas, sino preguntándose cuántos entran, en qué condiciones, con qué efecto sobre el mercado laboral y sobre la sanidad, la vivienda o la seguridad.
La política empieza cuando se asumen esos límites, no cuando se evaden con sermones sentimentales.
Acusar de sembrar odio a quienes plantean objeciones es otra falacia. El miedo no siempre es irracional. Puede ser perfectamente lógico si se basa en hechos, como la sobrepoblación en barrios concretos, la presión sobre servicios públicos o las diferencias salariales que alimentan la precariedad.
Ignorar estos datos bajo la etiqueta del odio es una forma de censurar el debate real.
Tampoco se puede presentar la regularización masiva como un acto de bondad o una obligación moral.
Es, en todo caso, una decisión de poder del Estado. Cuando Felipe González, Aznar o Zapatero llevaron a cabo regularizaciones extraordinarias no lo hicieron por filantropía, sino para legalizar mano de obra, aliviar tensiones en la economía sumergida o ganar apoyos políticos, teniendo en cuenta que estos movimientos de personas siempre benefician al gran capital
Confundir esto con un deber universal es simple propaganda.
Y lo mismo ocurre con frases como vivimos en un sistema injusto y obsoleto. ¿De qué sistema hablamos? ¿Del capitalismo global? ¿De la Unión Europea? ¿Del Estado español? Esta vaguedad no aclara nada, solo sirve para agitar emociones en un mitin.
El núcleo del problema es la soberanía. Un Estado debe decidir quién entra, bajo qué condiciones y con qué finalidad.
Si no lo hace, si delega su control a otros o si lo sustituye por discursos moralizantes, acaba perdiendo su propia consistencia política.
Y un Estado que no controla sus fronteras ni su población no es un Estado justo ni injusto, es un Estado en vías de disolución.
”Eres desafortunado si no has sufrido adversidades en la vida. Pasarás por ella sin oponentes y nadie sabrá de qué eres capaz… ni siquiera tú”. Séneca
No desees que la vida sea dura, pero tampoco que sea más fácil cuando se ponga difícil… desea mejor tener la fuerza y el coraje necesarios para afrontarla.
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✍️Raynier Montoro-Bombú et al.
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Luis Enrique perdió a su hija de 9 años. Escuchad lo que dice. Si habéis perdido un hijo o hija o a un ser muy querido, escucharle es terapéutico. Yo pienso como él, tengo que hacerlo para no volverme loco. Cuesta, pero hay que pensar así.