Lo conflictivo es lo poco ágil del equipo. Pásenle una picana eléctrica para que les saque trote. Su estilo es el de la cultura tecnológica y administrativa de un medio competitivo y de primer nivel. Tiene gran experiencia en administración, pero con pingos que corren
Demoledor artículo sobre el conflictivo estilo de gestión de la ministra de Ciencia, Ximena Lincolao. ¿Por qué el presidente la nombró? ¿Quién fue el genio que la recomendó? No tenía c.v. para ser ministro. Había vivido 30 años en EE.UU., no conoce Chile, menos el Estado.
https://t.co/H1Kvl7xJAi
Pero, lamentablemente, tengo que recordarte que fuiste activo participante y responsable de la mala alternativa al sistema binominal (que ya era malo) que nos ha llevado directamente a este deterioro
Kusanovic (IND-exRN) da una clase involuntaria del deterioro de la política y el imperio del individualismo transaccional. En su versión más obscena, pero es ejemplo de una tendencia que crece. “Pídanme disculpas y denme cosas para Magallanes”https://t.co/8FlJSLLREV vía @emol
Ante la arremetida de un imperio en decadencia y podrido moralmente hasta los cimientos, Cuba tiene todo el derecho a existir y como dijo AMLO, Cuba es patrimonio de la humanidad por su resistencia, coraje, dignidad y solidaridad con los pueblos del mundo
"Él ha abogado por la racionalidad del debate moral, por un cosmopolitismo respetuoso de la diversidad cultural, y por la idea que ha la base de la democracia se encuentra el dialogo son coacciones."
Columna de Carlos Peña sobre el legado de Jürgen Habermas hoy en @elmercurioec.
Después se llenan la boca con la desinformación. Al menos una duda razonable, silencio, prudencia.
Un senador, ¿después de muchos casos, no será mejor esperar a la Fiscalía y a Tribunales y no dárselas de jueces desde el Senado?
Me sorprende la cantidad de gente que no tolera la diversidad y le molesta cualquier planteamiento diverso
Es muy estimulante cuando alguien desafía lo que yo pienso o creo. Eso me hace pensar y mejora o cambia mis propias ideas
Cuba no es victima de ningun desastre natural. Cuba es victima de un desastre politico e historico. Si no se hace nada para acabar con la dictadura Cubana cualquier ayuda humanitaria alargara el hambre y el dolor. 60 años ya fueron demasiados.
@voceriagobierno Con la ayuda de la hiperultrarecontraderesha y la constante oposición de los “suyos”. Y, afortunadamente hubo varios ex Concerta que les ayudaron a salvar los muebles
I spoke with @LaulPatricia about Marxism:
One is: What’s remarkable is that Marxism has been tried. Now, of course, defenders of Marxism say it hasn’t really been tried anywhere, but certainly the people who implemented it claimed they were implementing Marxism.
And this is a massive experiment—a global experiment—with a very clear outcome. Namely, the Soviet Union was a disaster. The imposition of communism on Eastern Europe was a disaster. The imposition of communism in Venezuela was a disaster. The imposition of communism in Maoist China was a disaster. Disaster in terms of both poverty and oppression and genocide and stupid wars. So the world has told us what happens under communism, and it’s a sign of how out of touch intellectuals can be that there are still people who defend it despite the entire world giving a very clear-cut answer.
One more is: would you rather live in North Korea or South Korea? Would you rather live in the old East Germany or West Germany? We have an experimental group and a matched control group in terms of culture, language, and geography, and the answer is crystal clear. So this is a sign of, I think, the pathology of intellectual life—that Marxism can persist.
The other is, you did call attention to one of the appeals of Marxism, though, and more generally of heavy, strong influence of government guided by intellectuals, which is that there are certain kinds of reforms that you can state as principles. You can articulate them verbally as propositions—like equality, human rights, democracy—but there’s other kinds of progress that take place in massive distributed networks of millions of people, none of whom implements some policy. But collectively, there is an order, an organization that’s beneficial.
So that can happen organically through, for example, the development of a language. No one designed the English language. It’s just hundreds of millions of English speakers. They coin new words. They forget old words. They try to make themselves clear. And we get the English language and the other 5,000 languages spoken on earth.
Likewise, a market economy is something where knowledge is distributed. You don’t have a central planner deciding how many shoes of size 8 will be needed in a particular city, but rather information is conveyed by prices, which are adjusted according to supply and demand. And you’ve got a distributed network of exchange of information that can result in an emergent benefit.
Now, intellectuals tend to hate that. They like rules of language—of correct grammar. They like top-down economic planning. They like cultural change that satisfies particular ideals described by intellectuals. And so rival sources of organization, like commerce, like culture—traditional culture—tend to be downplayed by intellectuals.
And this can be magnified by the fact that many dictatorships give a privileged role to intellectuals, which may be why, over the course of the 20th century, and probably continuing to the present, there has not been a dictator that has not had fans among intellectuals—including the mullahs and ayatollahs of Iran, but also the communist dictators: Mao and Castro, even Stalin in his day. And every other dictator has had, actually, often fawning praise from Western intellectuals.
Es una canallada que senador UDI Macaya aproveche tragedia de incendios para dejar sin reajuste al sector público.
No corresponde, porque, además, entre quienes combaten las llamas están los trabajadores de Conaf, de emergencia y salud que merecen respeto y salario digno.
@FernandoLealA Una turba lanza piedras, protegiendo a quienes lanzan molotovs, y los tienes que dispersar a todos con un arma no letal pero con probabilidad de lesiones graves, la teoría dice que a alguien le va a tocar el boleto premiado. No jueguen juegos en los que no quieren el premio.
Una potencia, con mínima violencia, saca a un dictador que lleva décadas y que no ha podido ser removido con métodos pacíficos, dando paso a un transición democrática.
Si el derecho internacional dice que no es correcto, entonces el problema está en el derecho internacional.
Como muchas personas, mi corazón está a la izquierda. Siempre he votado por alguna variación de ella. Mi forma de entender el mundo tiene raíces profundas tanto en el marxismo como en sus críticas desde la misma izquierda, de Camus a Orwell. Pero descubro que lo que me separa de la izquierda oficial —o al menos de su versión tuitera— es precisamente el corazón.
Porque soy de izquierda, mi primer impulso ante la caída de Maduro es una alegría visceral. No por quien la provocó —Trump no despierta en mí ninguna simpatía— sino por los millones de venezolanos que llevan años huyendo de una parodia grotesca del socialismo. Por las madres que no han visto crecer a sus hijos. Por los profesionales manejando Uber en Santiago. Por los que murieron cruzando el Darién.
La izquierda que conozco en Twitter piensa al revés: primero el antiimperialismo, después la soberanía, luego la no injerencia, y al final —si queda espacio— los venezolanos. Como si el principio de no intervenci��n pesara más que los cuerpos torturados en El Helicoide. Como si los derechos humanos del tirano importaran más que los de sus víctimas.
Este reflejo automático se repite en cada crisis. En Cuba, la corrupción dinástica de los Castro siempre pesa menos que el embargo. Cuando las iraníes se quitan el velo y enfrentan a los mulás, la izquierda busca primero denunciar a la CIA. Cuando quemaron el metro en Santiago, había que entender la rabia antes que lamentar a la cajera que no pudo llegar a su trabajo. No importa que los mulás ejecuten homosexuales, que los muyahidines lapiden mujeres, que los Castro encarcelen poetas: si están contra Estados Unidos, merecen comprensión.
Entiendo el razonamiento. Conozco la historia de las intervenciones, los golpes de Estado, la Escuela de las Américas. Sé que Estados Unidos no regala nada y que Trump es un personaje siniestro. Pero lo que no puedo entender es la ausencia de emoción humana elemental. Esa frialdad doctrinaria que no se conmueve ante los videos de venezolanos llorando de alegría en las calles de Caracas. Que no siente nada ante las iraníes cortándose el pelo en señal de rebelión. Que siempre tiene un "pero" listo antes que un abrazo.
Preferiría, por supuesto, que los venezolanos hubieran derrocado solos a su tirano. Pero sé —porque la historia lo enseña— que pocas dictaduras caen sin alguna forma de presión internacional. La chilena no lo hizo. La argentina tampoco. La española menos. Y de todas las salidas posibles después del fraude brutal de julio, esta es de las menos sangrientas.
Hoy los venezolanos celebran. Las calles de Caracas se llenan de una esperanza que creíamos muerta. Y yo, que sigo siendo de izquierda precisamente porque creo en la dignidad humana antes que en las abstracciones geopolíticas, celebro con ellos.
Mañana habrá tiempo para analizar, criticar, contextualizar. Hoy, solo hoy, déjenme sentir esta alegría sin pedir permiso al manual del buen antiimperialista. Déjenme poner el corazón donde siempre debió estar la izquierda: del lado de la gente, no de los mapas.
Tu enunciación , saturada de una performatividad discursiva pretendidamente deconstructivista, encarna una episteme elitista que desecha –con el desdén de quien cree habitar una supradiscursividad posmoderna– la constitutiva centralidad simbólica que la figura de la Primera Dama detenta en la arquitectura afectiva del imaginario popular. Su intento de erradicar dicha institucionalidad no fue sino una operación de invisibilización de aquellas cuerpas feminizadas que, desde espacios no formalmente deliberativos, encarnan funciones de mediación afectiva y cuidado comunitario.
Pía, en cambio, desde una praxis que podríamos denominar contra-hegemónica en su sencillez y pragmatismo, restituye el lugar significante de este rol sin escudarse en la dicotomía fundacionalista entre austeridad fiscal y legitimidad política. Al re-habitar la institución de la Primera Dama, no como trono sino como dispositivo relacional y ético de la función pública, Pía resignifica una tradición que, lejos de ser un remanente monárquico, se inscribe en la historicidad de las relaciones de cuidado articuladas con el Estado. Lo que Karamanos no logró deconstruir, Pía lo reconstituye desde la experiencia situada del pueblo que demanda representación simbólica y afectiva en las esferas del poder.
- Leonor Oyarzún fundó Integra, Prodemu y la F de la Familia.
- Marta Larraechea, fundó el MIM, Senama y preocupación especial por adultos mayores.
- Luisa Durán, FOJI (Orquestas Juveniles), Artesanías de Chile, Sonrisa de Mujer.
Cecilia Morel: Elige vivir sano.
- Karamanos: ¿?
LA BANALIZACIÓN DE LA INTELIGENCIA
Vivimos en una época paradójica: nunca la humanidad había tenido tanto acceso al conocimiento y, sin embargo, pocas veces había sido tan evidente el desprestigio de la inteligencia. No de la inteligencia entendida como talento excepcional o erudición académica, sino de algo mucho más básico y democrático: la capacidad de pensar con rigor, de dudar con honestidad y de sostener ideas sin convertirlas en consignas.
La era de la hiperopinión ha consagrado un nuevo ideal ciudadano: el sujeto que opina rápido, fuerte y sin matices. Pensar despacio se confunde con vacilación; argumentar se interpreta como arrogancia; dudar, como debilidad moral. En este nuevo ecosistema, la inteligencia no se valora por su profundidad, sino por su capacidad de alinearse con una tribu y producir aplauso inmediato. La razón ha sido desplazada por la emoción, y la emoción, a su vez, por la indignación como atajo moral.
Las redes sociales no inventaron este fenómeno, pero lo perfeccionaron. Transformaron la opinión en mercancía y el pensamiento en espectáculo. La frase ingeniosa vale más que la idea bien construida; el exabrupto genera más adhesión que el argumento; el insulto circula mejor que la reflexión. En ese mercado, la inteligencia estorba porque exige tiempo, contexto y complejidad, tres recursos que el algoritmo considera improductivos.
Pero sería cómodo —y falso— culpar solo a la tecnología. La banalización de la inteligencia es también una renuncia voluntaria. Preferimos la comodidad de repetir a la incomodidad de pensar. Repetir no exige responsabilidad; pensar sí. Pensar obliga a hacerse cargo de las consecuencias de las ideas, a aceptar la posibilidad de estar equivocado, a convivir con la incertidumbre. Repetir, en cambio, ofrece refugio: diluye la responsabilidad individual en el coro y convierte la ignorancia compartida en virtud identitaria.
El problema no es que existan opiniones equivocadas —eso ha sido siempre parte del debate humano—, sino que hoy se ha instalado la idea de que toda opinión vale lo mismo, independientemente de su sustento, su coherencia o su relación con los hechos. Así, la ignorancia ya no se reconoce como carencia, sino como postura; la desinformación se disfraza de rebeldía; y el rechazo al conocimiento se vende como autenticidad popular.
Esta lógica tiene efectos políticos, culturales y sociales profundos. Una sociedad que desprecia el pensamiento complejo se vuelve presa fácil del simplismo, del populismo emocional y de las soluciones mágicas. Cuando la inteligencia se caricaturiza como elitismo, lo que se ataca no es a una élite, sino a la posibilidad misma de deliberar con seriedad sobre los problemas comunes.
Defender la inteligencia, entonces, no es un gesto soberbio ni académico. Es un acto cívico. Es reivindicar el derecho —y el deber— de pensar bien, incluso cuando incomoda, incluso cuando no genera likes, incluso cuando obliga a ir contra la corriente. Es recordar que la inteligencia no divide por naturaleza; lo que divide es la pereza intelectual que prefiere la consigna al argumento y el grito al razonamiento.
Tal vez el verdadero acto subversivo de nuestro tiempo no sea opinar más fuerte, sino pensar mejor. Pensar con rigor, con humildad y con una convicción simple pero exigente: que la inteligencia, lejos de ser un lujo, sigue siendo una de las pocas herramientas capaces de sostener una sociedad que aspire a algo más que su propia caricatura. 🔳
@MisColumnas