“¿Estás bien? No he sabido de ti desde la última vez”.
Ella respondió que sí, que todo estaba bien.
Entonces él fue directo: “Perdón por desaparecer. No busco una relación y por eso preferí quedarme callado”.
Ella tardó poco en contestar:
“¿Ah, eso? No te preocupes. Eso que pasó fue porque estaba ovulando. No es nada”.
Mi amigo se quedó destruido.
No porque quisiera una relación con ella, sino porque por primera vez sintió que alguien había reducido lo ocurrido a algo completamente irrelevante.
Ahora dice que quiere conquistarla y que se arrepiente de todas las mujeres a las que trató de la misma manera.
Supongo que así funciona el karma: a veces no llega para castigarte, sino para hacerte sentir exactamente lo que alguna vez hiciste sentir a otros.
A veces no duele perder a alguien. Duele descubrir que para esa persona tampoco significaste tanto como imaginabas.
El día que me vean con novio, primero es un milagro; segundo, es un hombre que resuelve más que yo. Y tercero, sobrevivió a mis intentos de huir y me demostró con hechos por qué debía dejar de estar sola.
Quiero ser rica. Lo admito.
Pero no por un reloj de lujo ni por un Lamborghini.
Quiero ser rica para poder ir al gimnasio a las 3 de la tarde un martes.
Sentarme dos horas en una cafetería agradable, desayunar y pedir un café caro sin mirar el precio.
Asegurarme de que las personas que amo nunca tengan que preocuparse por el dinero.
Despertarme de forma natural un miércoles cualquiera sin tener que estar en ningún lugar.
Invitar a mis amigas a cenar y decir:
“No se preocupen, yo invito.” Esa es mi versión de riqueza.