Wey, quítate esa perra costumbre de perdonar cualquier mamada porque la gente es culera y se aprovecha de lo buen pedo que eres, aprende a mandar a la verga, sin miedo, no confundas ser buena onda con ser pendejo. Es mejor quedarse solo que estar con un chingo de gente hipócrita.
Alguna vez, mientras estoy lejos, echarás de menos mi cuerpo rozando el tuyo, tus manos buscarán con urgencia enredarse con las mías, tus labios sentirán esa necesidad de humedecerse con los míos. Ya será tarde, golondrina, en algún otro atardecer he de pensarte y olvidarte.
A veces, solo a veces, quisiera tenerte de vuelta: tocar tus finas manos mientras estás dormido, besar tu frente mientras abrazas la almohada; oler tu cuello mientras el mar entra por la ventana. Algunos días siento la urgencia de desempolvar el verano que una vez fuimos.
Urge deshacerse de lo que nos persigue cuando cerramos los ojos, de lo que nos atormenta en las tardes de invierno, de lo que nos priva en nuestros momentos más felices. Ojalá rompamos de una vez por todas los muros que nos impiden ver los hermosos atardeceres.
Y siento que estoy perdiendo el interés por aquello que antes me ponía el sol y que, de un día para otro, solamente fueron nubes grises y mucha tormenta. Recojo mis pedazos e iré contra todo aquello que la vida quiera ponerme a prueba. Y alguna canción sonará, alguna playa arderá
Trato de aprender de ti: de todo lo que eres y lo que fuiste conmigo. Te amé a ciegas e hice oídos sordos cuando me dijeron aquello que no quise creer, pero no niego los escalofríos que causante con un «te necesito más que a mis adicciones». Por eso te quise, aunque nunca más.
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A mi edad ya no acepto amores fugaces ni inmaduros: flores, las encuentro en un jardín; chocolates, en una dulcería; y, sobre todo, el amor va siempre conmigo. Nadie apaga mis faros, nadie pisotea mis sentimientos y nadie entra tan fácilmente a la ternura de mi alma.