𝗘𝗹 𝗽𝗿𝗼𝗯𝗹𝗲𝗺𝗮 𝗻𝗼 𝘀𝗼𝗻 𝗹𝗼𝘀 𝟲𝟱 𝗺𝗶𝗹 𝗺𝗶𝗹𝗹𝗼𝗻𝗲𝘀 𝗱𝗲 𝗯𝗮𝗿𝗿𝗶𝗹𝗲𝘀 𝗱𝗲 𝗽𝗲𝘁𝗿𝗼́𝗹𝗲𝗼. 𝗘𝘀 𝗰𝗼𝗻 𝗾𝘂𝗶𝗲́𝗻 𝗹𝗼 𝗳𝗶𝗿𝗺𝗮𝗻, 𝗲𝗹 𝗰𝗮𝗹𝗱𝗼 𝗻𝗼 𝗽𝘂𝗲𝗱𝗲 𝘀𝗮𝗹𝗶𝗿 𝗺𝗮́𝘀 𝗰𝗮𝗿𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗹𝗮𝘀 𝗮𝗹𝗯𝗼́𝗻𝗱𝗶𝗴𝗮𝘀. 𝗘𝘀 𝗱𝗲𝗰𝗶𝗿, 𝗽𝗲𝘁𝗿𝗼𝗹𝗲𝗼 𝘀𝗶́, 𝘁𝗼𝗱𝗼 𝗲𝗹 𝗾𝘂𝗲 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗮𝗻, 𝗿𝗲𝗰𝗼𝗻𝗼𝗰𝗶𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼 𝗮𝗹 𝗿𝗲́𝗴𝗶𝗺𝗲𝗻, 𝗻𝗼: 👇
Hasta ahora veo que muchos no entienden el punto. El problema no es el acuerdo en sí. Casi toda Venezuela preferiría aliados comerciales como Estados Unidos, no Cuba, China, Irán o Rusia. Eso está claro. El problema es otro: no hay ninguna necesidad de que Donald Trump cierre acuerdos petroleros con la misma dictadura que sometió al país por más de 20 años.
Los venezolanos están dispuestos a garantizarle a EE.UU. todo el petróleo que necesite por 100 años o más. La única condición es que esos acuerdos se firmen con representantes legítimos del país. Trump puede conseguir lo mismo, y más, si lo hace de otra forma. Tendría el apoyo de la mayoría. Nadie está molesto por otras razones.
Muchos venezolanos siguen agradecidos con su administración porque fueron los únicos capaces de sacar a Maduro por la fuerza, algo que se pedía a gritos y los demócratas no estaban ni están dispuestos a hacerlo. Acá nadie está discutiendo ni siquiera a qué precio Delcy entregó el petróleo. Está claro que Venezuela no tiene capacidad para extraerlo con eficiencia; eso lo tienen Estados Unidos y otros países desarrollados. Y hay tanto crudo bajo tierra que alcanza para abastecer a ambos países por más de un siglo.
Lo que la mayoría teme es que el caldo salga más caro que las albóndigas: que al final el régimen se quede, se reconozca y siga sometiendo a la población.
Algo que nunca entenderán las futuras generaciones, es cómo sus progenitores teniendo 300 mil millones de barriles de petróleo confirmados debajo de sus pies, más de 30 billones de pies cúbicos de gas, toneladas de oro y otros minerales valiosos, y en un mundo con la tecnología avanzada para extraerlos y venderlos de forma literalmente rápida, dejaron que el 80% de la población (ellos) naciera en pobreza, y un 50% en pobreza extrema. El Chavismo no debería ser perdonado nunca, ni en esta, ni en alguna otra vida si es que existe.😡
Hoy, 4 de julio, el pueblo de los Estados Unidos celebra los 250 años de su Independencia. Dos siglos y medio de una historia marcada por inmensos desafíos, pero sobre todo, por una determinación indomable: la certeza de que la libertad es el único fundamento sobre el cual se edifica una nación próspera y digna. Esa convicción convirtió a los Estados Unidos en el gran faro de esperanza para el mundo libre.
Los Padres Fundadores plasmaron en Filadelfia una verdad eterna: que la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad son derechos inalienables. No son dádivas de un monarca, ni concesiones de un gobernante; son derechos otorgados por el Creador que pertenecen a cada individuo por su sola dignidad humana. Pero ellos sabían que la libertad es frágil si no se protege, y por eso nos legaron su mayor aporte institucional: una República basada en la estricta separación de poderes y el imperio de la ley, un sistema diseñado para que el poder frene al poder y nunca más degenere en tiranía.
Venezuela y los Estados Unidos comparten ese mismo ADN republicano. Somos aliados históricos y naturales, unidos por el arraigo de nuestros valores democráticos. No es una casualidad que nuestras fechas fundacionales estén unidas en el calendario: mañana, 5 de julio, los venezolanos conmemoramos 215 años de nuestra propia gesta de Independencia. Esta proximidad en el tiempo simboliza un destino compartido: la vocación irrenunciable de ser libres.
Hoy, mientras el pueblo estadounidense celebra este cuarto de milenio de libertad constitucional, los venezolanos libramos nuestra propia batalla histórica para rescatar esos mismos principios: la división de poderes, la justicia independiente y la dignidad de los ciudadanos. En este día de júbilo, reafirmamos nuestro compromiso de avanzar unidos por un hemisferio de paz, donde la opresión sea cosa del pasado y donde la libertad y las oportunidades cobijen a cada uno de nuestros hijos.
En esta hora decisiva, expresamos nuestro más profundo agradecimiento al pueblo de los Estados Unidos; al Presidente Trump y a su gobierno; a sus funcionarios, militares y servidores públicos; y a todos quienes, con su compromiso y liderazgo, hacen de ese país una gran nación. Su apoyo ha sido un testimonio de solidaridad, firmeza y defensa de los valores de la libertad, en un momento crucial para Venezuela y para nuestro hemisferio.
Mantengámonos firmes en este camino. La libertad siempre prevalece.
Que Dios bendiga al pueblo de los Estados Unidos, y que Dios bendiga e ilumine a nuestra amada Venezuela!!!
#Venezuela. Epa @delcyrodriguezv es verdad que Wilmer Antonio Cruz #ElTopo esta preso en el Helicoide? Lo metiste preso por ayudar a rescatar personas a punta de pala y manos y decir verdades sobre la falta de ayuda a personas desesperadas buscando a familias enterradas?
@POTUS@StateDept sabe que esta persona esta desaparecida y se rumora que esta en El Helicoide que supuestamente cerraron?
Que aparezca El TOPO de Vargas!
Me sabe a casabe lo que digas. APARECELO‼️
Esto lo escribí en marzo. Luego del impasse entre un sector de la Casa Blanca y María Corina Machado solo debería actualizar los hechos.
"La ironía es evidente: el régimen adaptado se beneficia de dos extracciones. La de Maduro, a plomo limpio, y la de Machado, quien lleva tres meses en un exilio no buscado".
"Puede sonar exagerado, pero es un hecho que el país perdió su soberanía. Recuperarla no será sencillo, incluso si hubiese elecciones y un cambio de régimen.
En la vieja dicotomía, las fuerzas del capital están aprovechando la vulnerabilidad de un país que quiso ser vanguardia del Socialismo del Siglo XXI y hoy corre el riesgo de convertirse en ejemplo del colonialismo del siglo XXI."
Venezuela: ¿Colonialismo del siglo XXI? | EL PAÍS América https://t.co/CcC78pi5uk
La ley es clara. El Congreso incluyó específicamente los terremotos como fundamento para otorgar el Estatus de Protección Temporal porque entendió que hay desastres que hacen imposible que una persona regrese de manera segura a su país.
Venezuela está viviendo esa realidad en este momento.
La Administración debe hacer lo correcto y redesignar el TPS para los venezolanos que ya se encuentran en Estados Unidos. Enviar a cientos de miles de ellos de regreso a un país devastado por un terremoto catastrófico, después de años de represión política, colapso económico y crisis humanitaria, simplemente no es una opción.
Hay principios que no admiten negociación.
El derecho de todo venezolano a entrar, permanecer y regresar a su propio país no depende de una autorización del poder. Es un derecho reconocido por la Constitución y por el derecho internacional de los derechos humanos.
@MariaCorinaYA, como cualquier venezolano, tiene el derecho de entrar a Venezuela. Defender ese derecho es defender una garantía que pertenece a todos los ciudadanos, más allá de cualquier posición política.
Un país no puede reconstruirse mientras sus ciudadanos dependan del permiso del poder para volver a casa. Venezuela volverá a ser una República y en ese momento los venezolanos ejercerán sus derechos.
@javiernegre10
De acuerdo con los reportes y afirmaciones del periodista Negre, la prioridad del régimen sería impedir el regreso de María Corina Machado a Venezuela. Sin embargo, mientras esa narrativa domina el discurso oficial en las redes sociales, las redes sociales se llenan de denuncias y videos que muestran a ciudadanos confrontando a presuntos funcionarios sorprendidos robando pertenencias y dinero entre los escombros del terremoto. Clásica manipulación por este elemento que se hace pasar por “periodista.”
Si esas denuncias son ciertas, la verdadera tragedia no solo es el desastre natural, sino la degradación institucional de un régimen donde quienes deberían proteger a las víctimas terminan siendo acusados de aprovecharse de ellas. Esa contradicción es la que alimenta la percepción de un Estado profundamente corrompido.
Este es el resultado de la “buena cooperación” y “trabajando de hombro a hombro.”
No existe propaganda, lobby, medios, influencers, narrativas, bots, trolls ni dinero en el planeta tierra que pueda convencer, manipular o confundir al venezolano para que piense que Delcy Rodríguez es un buen ser humano y de derecha.
Éxito con eso
Durante estos meses muchos aceptamos —y en mi caso, incluso defendí— la idea de que existía una estrategia gradual. El plan de “tres fases” anunciado por el secretario de Estado que buscaba desmontar, paso a paso, la estructura del chavismo mientras se construían condiciones para una transición democrática. Pero el 24 de junio cambió el país. Los terremotos rompieron ese esquema de la misma manera en que rompieron miles de edificios en Caracas y en el estado Vargas.
Desde el 24 de junio ya no discutimos únicamente quién debe gobernar Venezuela. Discutimos quién puede hacerlo. Hay una diferencia enorme entre ambas preguntas. La primera pertenece al terreno de la legitimidad democrática. La segunda pertenece al terreno de la capacidad estatal y, en este momento, de la supervivencia nacional. Los terremotos respondieron brutalmente esa segunda pregunta y la primera ya había sido respondida hace bastante tiempo (en 2023 y en 2024).
La discusión dejó de ser exclusivamente política. Ya no estamos hablando únicamente de cuándo deben celebrarse determinadas elecciones. Estamos hablando de quién tiene la capacidad de conducir a un país devastado, de coordinar su reconstrucción y, sobre todo, de proteger la vida de millones de venezolanos. Eso cambia completamente la ecuación.
Quiero ser absolutamente claro. Esto no se trata de @MariaCorinaYA como persona. Se trata de lo que ella representa porque así lo hemos decidido los venezolanos.
Ella no es la principal dirigente política del país porque lo haya decretado ningún gobierno extranjero, ningún organismo internacional o ningún partido. Lo es porque la inmensa mayoría de los venezolanos, dentro y fuera de nuestras fronteras, le otorgó esa legitimidad. Y el liderazgo, en una catástrofe nacional, deja de ser un asunto partidista para convertirse en una necesidad pública.
Por eso la pregunta no va dirigida a Delcy Rodríguez. La respuesta de la tiranía es perfectamente comprensible dentro de su propia lógica de supervivencia estalinista. Jorge Rodríguez, Delcy Rodríguez y Diosdado Cabello saben que su permanencia depende del miedo (que cada día es menor). Y saben también que la presencia de María Corina Machado en Venezuela representa exactamente lo contrario: organización, esperanza, coordinación y la posibilidad de que una sociedad profundamente golpeada vuelva a reconocerse alrededor de un liderazgo legítimo.
No espero otra conducta de ellos.
La pregunta es para Washington. Es para @marcorubio. Es para @realDonaldTrump. Es para @usembassyve. Si Estados Unidos continúa ejerciendo una influencia determinante sobre el rumbo de la transición venezolana, ¿por qué impedir o aceptar que la dirigente con mayor legitimidad del país permanezca fuera precisamente cuando Venezuela más la necesita? ¿Qué interés estratégico puede justificar semejante decisión después de lo que acabamos de vivir?
Escuché con atención el mensaje que María Corina envió desde Panamá. Hubo una frase que resume perfectamente el momento que atravesamos: «Esto no se trata de mí». Tiene razón. No se trata de ella. Se trata de un país entero que necesita reencontrarse. Se trata de miles de venezolanos de la diáspora que quieren regresar para ayudar. Se trata de médicos, ingenieros, rescatistas, empresarios, voluntarios y familias que necesitan una conducción capaz de organizar el inmenso esfuerzo de reconstrucción que tenemos por delante.
Toda gran tragedia nacional necesita liderazgo. No para sustituir el trabajo de los rescatistas. No para reemplazar a los ingenieros. No para cargar escombros. Sino para darle dirección a una nación que intenta ponerse nuevamente de pie.
Venezuela necesita hoy ese liderazgo. Y la inmensa mayoría de los venezolanos ya decidió quién debe ejercerlo.
Si en Washington alguien considera que la presencia de Machado sobre el terreno puede resultar «desestabilizadora», me temo que está leyendo un país que ya no existe. Porque el verdadero factor de desestabilización no es la líder legítima de los venezolanos; es una tiranía que ha demostrado, frente a la mayor tragedia natural de nuestra historia reciente, que no puede, no sabe y, lo más doloroso de admitir, tampoco quiere gobernar para proteger a su propia gente. Nos odia. Y, siendo honesto, también los odian los venezolanos a ellos. Existe una ruptura moral irreparable entre la sociedad y quienes ocupan de facto el poder.
El estallido social del que tantos hablan no ocurrirá porque María Corina vuelva a Venezuela. Podría ocurrir precisamente si el país continúa sin un horizonte político claro. Si la sociedad no encuentra una conducción capaz de canalizar institucionalmente el inmenso dolor, la frustración y la rabia acumulados durante estos días.
La forma de evitar ese escenario no consiste en mantener congelada una transición. Consiste en acelerarla. Consiste en permitir que la sociedad se organice para reconstruir el país física, económica, institucional y moralmente. Consiste en comprender que estos miserables que hoy permanecen cómodamente instalados en Miraflores ya no pueden seguir al frente de un país al que han demostrado despreciar una y otra vez.
También escucho con frecuencia que Venezuela debe proyectarse ahora como un país estabilizado y lleno de oportunidades para la inversión. Ojalá lleguemos pronto a ese escenario. Pero intentar vender hoy esa imagen ignorando la realidad que dejaron los terremotos sería un profundo error de diagnóstico.
Porque ningún inversionista serio apuesta únicamente por recursos naturales. Invierte donde existen instituciones. Donde existe seguridad jurídica. Donde existe capacidad administrativa. Donde existe un Estado capaz de responder cuando ocurre una emergencia. Y eso fue precisamente lo que esta semana quedó dramáticamente en evidencia.
Los videos de ciudadanos enfrentando a militares, las denuncias sobre obstáculos a la ayuda, el bloqueo de información y la indignación creciente de millones de venezolanos seguirán recorriendo el mundo. No hay estrategia comunicacional capaz de ocultarlo.
Y hay algo todavía más grave.
Un régimen que obstaculiza la ayuda humanitaria durante una tragedia nacional envía el peor mensaje posible a cualquier ciudadano y a cualquier inversionista: que ni siquiera frente al dolor colectivo está dispuesto a renunciar a la lógica del control criminal. Si roban comida, imagínense cómo van a robar las máquinas de empresarios.
Los venezolanos seguiremos agradeciendo el respaldo de Estados Unidos. Seguiremos considerándolo un aliado natural. Pero precisamente porque somos aliados debemos poder hablar con franqueza.
El problema nunca fue solamente Nicolás Maduro. El problema es el chavismo. El problema es Delcy Rodríguez. Es Jorge Rodríguez. Es Diosdado Cabello. Es una estructura de poder que ha demostrado durante veintisiete años que destruye todo aquello que toca y que, incluso frente a una tragedia de esta magnitud, sigue actuando como un obstáculo para su propio pueblo.
Han pasado seis meses desde el 3 de enero. Ha pasado una semana desde el 24 de junio. Cada uno de esos días ha tenido un costo humano. Y los venezolanos ya no podemos seguir esperando.
Queremos caminar junto a Estados Unidos. Queremos que siga siendo nuestro principal aliado en la recuperación de la democracia. Queremos que la reconstrucción de Venezuela sea también una historia de cooperación entre dos países que comparten valores e intereses. Pero también debemos decir con claridad que nosotros no podemos esperar indefinidamente. No podemos. Y no lo haremos.
El chavismo debe llegar a su fin.
No solamente porque destruyó la democracia. No solamente porque destruyó la economía. No solamente porque destruyó el Estado. Sino porque esta semana terminó de demostrar que también es incapaz de conducir el dolor de una nación. O, peor todavía, que lo disfruta.
Si para poner punto final a esta tragedia seguimos contando con el apoyo de nuestros aliados, estaremos profundamente agradecidos. Ojalá sea así. Si ese apoyo no alcanza o no llega con la urgencia que el momento exige, los venezolanos haremos lo que ya empezamos a hacer durante esta semana. Tomaremos el martillo con el que hoy removemos escombros para reconstruir nuestras ciudades. Y, cuando llegue el momento, también para derribar el muro político que desde hace veintisiete años impide que Venezuela vuelva a levantarse.
Ya ha sido demasiado.
𝐐𝐮𝐞 𝐧𝐨 𝐬𝐞 𝐦𝐞 𝐨𝐥𝐯𝐢𝐝𝐞: 𝐥𝐚 𝐢𝐫𝐚 𝐝𝐞 𝐡𝐨𝐲
Ayer escribí desde el dolor. Hoy la ira me sube como bilis caliente por el estómago, me cierra la garganta y me tiembla en las manos. No voy a domesticarla, perfumarla ni presentar disculpas por sentirla. No me da la gana. Hay dolores que hacen llorar; este provoca náuseas.
Amanece otra vez y siguen contando muertos. Mil cuatrocientos treinta, dice el “balance oficial”. Pero esa cifra parece una mentira cubierta de sangre seca frente a las más de cincuenta mil personas que, según la ONU, continúan desaparecidas bajo los escombros. Cincuenta mil vidas suspendidas en la oscuridad, cincuenta mil familias esperando una voz, un movimiento, un milagro. Se niegan a nombrarlas porque hacerlo implicaría confesar la dimensión monstruosa de su abandono. Y mientras Venezuela remueve a pulso toneladas de concreto, rezando por escuchar una voz debajo de la ruina, ellos permanecen intactos, aseados, posando.
Los desprecio por ese espectáculo obsceno. Los vi dentro del Poliedro, protegidos por el aire acondicionado, estrenando gorras y usando las cajas de ayuda como escenografía de su miseria moral. Alimentos enviados para salvar vidas, apilados detrás de ellos como un botín, mientras afuera alguien agoniza esperando agua, medicina o una mano que llegue a tiempo.
Y lo más asqueroso: “Justicia y Paz” bordado en el pecho. Hay que estar moralmente podrido para exhibir esas palabras sobre las ruinas de una nación a la que le arrebataron ambas. Justicia, cuando los muertos se acumulan sin responsables y las familias buscan a los suyos entre el polvo. Paz, cuando el país entero tiembla de duelo, impotencia y rabia. No son palabras: en sus cuerpos se vuelven una burla, una provocación, casi una profanación. Se las cosen al uniforme como quien pretende tapar con hilo limpio décadas de abuso, abandono y crueldad. Pero no hay bordado capaz de cubrir tanta vergüenza. No hay consigna que lave tanta culpa. Y no hay pecho lo bastante ancho para sostener palabras que les quedan moralmente inmensas.
No fue solo el terremoto. El sismo no elige. Ellos sí. Eligieron robar durante años, desmantelar el país, vaciar las instituciones y dejar a millones de personas indefensas frente a la tragedia. Cada cuerpo que sigue bajo los escombros lleva su firma. Cada vida que se apagó esperando una ayuda que no llegó es una acusación que ninguna gorra, consigna ni fotografía podrá borrar.
Por eso lo digo con todo el desprecio, sin una gota de diplomacia: váyanse. Háganse a un lado y devuélvanle el país a quien lo ama de verdad. No tienen derecho a esta tierra. No después de los muertos que pudieron no serlo. Y si no se van por las buenas, el pueblo los echará. Porque Venezuela ya no los rechaza: los vomita.
Axel Hernández ganó una medalla de plata en las Olimpiadas Internacionales de Matemáticas, el joven contrasta su regreso silencioso y cotidiano con la euforia con la que fueron recibidos los beisbolistas campeones.
Hace un llamado a la sociedad venezolana para que valore el talento intelectual y científico con la misma pasión que el deportivo, sosteniendo que la verdadera libertad y el progreso del país dependen de priorizar la educación, la innovación y el pensamiento crítico.
Con el campeonato de ayer y las celebraciones uno se da cuenta que Venezuela es un país realmente unido y que el futuro es irremediablemente brillante.
No existe la división política porque los venezolanos entendimos —a los golpes— muy bien cómo pasamos de ser una cuasi potencia regional a un país devastado en un par de décadas. No hace falta ni ahondar en esta realidad porque todos, incluso los defensores de esa nefasta causa pérdida, saben muy bien lo que pasó en Venezuela y cómo será contada la historia.
Pero, a diferencia de lo que muchos piensan, este proceso de recuperación, reconstrucción y reconciliación nacional, de hecho, arrancó mucho antes del 3 de enero. Los venezolanos llevamos mucho tiempo unidos. Reflexionando y valorando nuestra patria. Trabajando por ella. Algunos extrañamos volver, otros añoran el regreso de las navidades con familia completa y todos, sin dudas, estamos expectantes por conquistar la libertad plena con todo lo que eso implica: no más presos políticos, pujanza económica, seguridad, salud, educación y la fortificación de un sentimiento patriótico en torno a una tierra-nación que está destinada a la grandeza.
Evidentemente, hay muchos pasos que dar, pero estamos en el camino correcto. Lo de ayer fue más que un logro deportivo histórico. El equipo de béisbol ejemplificó de forma histórica que una generación se moldeó en un contexto tan adverso que no existe el concepto de bajar los brazos.
Se intenta hasta que se logre el objetivo. Una y otra vez, a pesar de las constantes decepciones que vivimos.
Al final, estas casi tres décadas de frustraciones no han sido más que una prueba de fuego para verificar el carácter de Venezuela. Y la mayoría de los venezolanos demostramos estar a la altura del reto.
Ahora que estamos de vuelta, nuestro ascenso será como una fuerza de la naturaleza: imparable e inevitable. Muchos no están ni remotamente preparados para lo que se viene.
Venezuela es de béisbol y para demostrarlo ganamos el campeonato mundial. Por primera vez en la historia. 3-2 a Estados Unidos, en su casa, en Miami, en el país que inventó este deporte. No hay forma de dimensionar lo que eso significa para un pueblo que lleva años acostumbrado a perderlo todo, porque esta noche ganó algo que nadie le puede quitar, que no se devalúa, que no se va por un apagón ni se pierde en ninguna frontera. Esta noche Venezuela es la mejor del mundo. Y eso es nuestro. De todos.
Eliminamos a Japón, el campeón defensor. Eliminamos a Italia, que llegó invicta. Resistimos el jonrón de Bryce Harper en la octava entrada cuando el título parecía escaparse. Y en la novena, en el momento más difícil, encontramos la carrera que nos hizo campeones. No con magia, sino con temple. Con ese carácter que tiene este pueblo para sobrevivir lo que parece insuperable y seguir de pie.
Hoy los venezolanos que están en Caracas, los que estamos en Madrid, los que están en Santiago, en Bogotá, en Miami, en cualquier rincón del mundo donde el éxodo nos dejó, lloramos todos de lo mismo. De orgullo. De pertenencia. De ese amor tan complicado y tan inexplicable que uno le tiene a su país aunque el país te haya fallado, aunque te haya empujado a irte, aunque extrañes más de lo que puedas decir en voz alta.
Esta noche Venezuela nos recordó que seguimos siendo uno. Y eso no lo hace ningún gobierno, ningún régimen, ninguna crisis. Lo hacen nueve entradas, un out final, y un pueblo que nunca dejó de creer.