@NicolasUrq23939 Asi es, Perón de sangre Tehuelche.
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¿Por qué soy Sindicalista?
He trabajado toda mi vida, primero con mi padre en su taller. Mi padre fue un hombre valiente que se enfrentó a la traición de aquellos que, con malicia y avivatéz, se aprovecharon de su cultura y técnica germana, heredada de mi abuelo.
Mi abuelo, un germano que de niño vivió la Primera Guerra Mundial y en su adultez huyó de la Segunda, encontró en Colombia una imagen que lo llamó, el paisaje hermoso y extenso junto a las imágenes de esa Bogotá de los 40s. Algunos lo recordaban como un dandy y un artista; otros sospechan que llegó en los 40s con más historia por sus viajes por Europa y su amplio conocimiento de submarinos. Lo cierto es que, como otros alemanes, trajeron ciencias o técnicas importantes: química, ingeniería, aeronáutica (como SCADTA, que luego sería Avianca), publicidad e industrias que ayudaron a desarrollar el país.
Mi abuelo se dedicó al arte de la imagen y la publicidad; mi padre, a la ingeniería. Ambos, trabajadores incansables, con una lógica de voluntad de poder, de dominio sobre el destino. Para ellos el trabajo no era un simple medio o fin: era la vida misma.
En este país hay quienes levantan armas por venganza. Mi abuelo, buscando paz en un mundo en guerra, encontró el arte. Mi padre, ante la traición y la soledad en una sociedad que no valoró su existir, levantó una familia como legado e hizo la síntesis lógica que muchos dividen estúpidamente: trabajo y empresa, capital productivo y labor en una misma persona.
Siempre soñó con un gremio de técnicos, ingenieros. Pero se topó con la realidad de la bien llamada “malicia indígena”.
Indígena cuyo uso correcto es un cultismo del latín para alguien que viene de un lugar y se encuentra con otros de un lugar diferente al suyo proviniendo de la etimología del latín inde (“de ahí”) y el griego gen (“nacido o surgido”), a su vez viene de la raíz indoeuropea genus (“parido en un lugar”). Cosa que hoy en el continente “Americano”, ya no existen indígenas, porque nadie ha nacido en otro lugar, como yo o mi padre. No es un insulto racial, sino la observación de una dinámica: gente que se siente dueña del lugar con toda razón, pero se aprovecha del foráneo que trae conocimiento, fortalece la producción y el trabajo extrayendo todo sin agradecer su verdadera contribución. Esa traición repetida genera la necesidad de organización por parte de aquellos que con servicio, lealtad y dedicación introducen lo mejor en una patria (La tierra de los padres) para su grandeza.
El gremio era la organización tradicional de una profesión o técnica: maestro-aprendiz, transmisión de saber, honor del oficio. Representaba el Antiguo Régimen que en su desmantelamiento por La Ley Le Chapelier (14 de junio de 1791) y el Decreto Allarde (2 y 17 de marzo de 1791), las cuales fueron dos medidas clave de la Revolución Francesa que destruyeron el sistema corporativista mal llamado “medieval” de gremios y corporaciones de oficios estableciendo el liberalismo económico individualista en Francia, con ello influyendo al mundo.
Un Rudolf Jung, uno de los padres y alterkämpfen del Nacionalsocialismo, afirmó que para los germanos los gremios no eran simples asociaciones económicas, eran comunidades orgánicas (Genossenschaften) basadas en el antiguo espíritu germánico de la Markgenossenschaft (comunidad de la marca). Jung parte de una premisa central: el Volk alemán tiene un “espíritu” (Geist) eterno y una forma natural de organización social que se manifestó de manera más pura en la mal llamada Edad Media. El capitalismo moderno, el materialismo y el “espíritu judío” (usura, especulación, mammonismo) destruyeron ese orden. Por eso, el Nacionalsocialismo no es una “invención” moderna, sino una regeneración (Erneuerung) de lo que ya existió: un socialismo germano, cooperativo y comunitario, opuesto tanto al liberalismo capitalista como al marxismo internacionalista.
El sindicato (del francés syndicat) surge después de la Revolución Francesa que prohibió los gremios para imponer el individualismo liberal. Nace para defender al trabajador desarraigado por la Revolución Industrial, especialmente al proletario. Proponiendo incluso en su revolución una sociedad productiva basada en que el fruto del trabajo se realizará cuando los trabajadores aseguren sus medios para producir organizados de manera sindical.
Uno es más tradicionalista, reactivo, conservador del oficio. El otro es revolucionario, surgido del nuevo régimen junto al influjo industrial y al surgente proletario.
Yo veo valor en ambos. El trabajo como virtud, vocación, salvación y dignificador, no como maldición bíblica para ciertas corrientes calvinistas. Una llamada a afirmar la existencia contra la traición y la soledad organizándose.
Grandes sindicalistas entendieron esto mejor que los marxistas ortodoxos o los liberales ingenuos: Hubert Lagardelle, Eduard Berth, influencia Mutualistas Proudhonianas y Georges Sorel con su sindicalismo revolucionario francés, la huelga como mito movilizante, antiparlamentarismo y la violencia purificadora; Georges Valois en su síntesis nacional sindicalista; Ramiro Ledesma Ramos en su Nacionalsindicalismo español; Alceste De Ambris que defendió a los obreros italianos, apologeta de la acción directa y uno de los padres del Fasci di Azziones Rivoluzionari; o James Connolly, el irlandés, que unió lucha obrera y nacional.
Ellos veían al productor orgulloso, no al proletario pasivo esperando al Estado.
El sindicalismo bueno no es burocracia clientelar ni aparato partidista. Es defensa directa del trabajador concreto: el técnico, el ingeniero, el que hereda saber, el que produce valor real que reproduce e integra a su comunidad, a su nación.
Mi padre sintetizó lo que muchos separan: capital y labor. Cuando esa síntesis se rompe y uno parasita al otro, hace falta contrapeso organizado. No por odio de clases, sino por dignidad del trabajo junto a eficiencia productiva.
Por eso soy sindicalista. No por moda ideológica, sino por herencia de taller, por haber visto de cerca cómo se traiciona al que trabaja con voluntad de poder y por creer que el trabajo dignifica y salva.
El gremio antiguo y el sindicato moderno servían al mismo fin: proteger al que produce, al que domina su destino con las manos y la mente, que aporta como el buen Socialismo Germano (guíado por Spengler o Sombart) el trabajo como deber y vocación, contrario a la visión Manchesteriana o Marxista de “Hazte con el capital y deja de trabajar”, influidos por el judaísmo talmúdico y el protestantismo calvinista que ven el trabajo como una maldición: uno para acumularlo; los otros para succionar los beneficos y productos del Goyim.