LA DEMOCRACIA IMPERFECTA
De la ignorancia al cosplay parlamentario.
Hubo un tiempo —lejano y casi mitológico— en que ingresar al Congreso implicaba cierta gravedad republicana. No bastaba con gritar, posar o convertirse en meme ambulante. Existía, al menos, el pudor intelectual de aparentar preparación. Hoy, en cambio, la política parece un casting permanente entre un reality show decadente y una convención de personajes extraviados de internet.
La democracia contemporánea no atraviesa una crisis menor. Está internada en la UCI, conectada a ventilación mecánica y con familiares discutiendo afuera si vale la pena reanimarla. Y no, el problema no es sólo ideológico. No se trata simplemente de izquierda o derecha. El deterioro es más profundo: es cognitivo.
Durante años se habló de corrupción, populismo o polarización. Pero existe algo todavía más corrosivo: la instalación de la estupidez como virtud electoral. El político ya no necesita conocimientos, lectura, coherencia o siquiera una sintaxis mínimamente funcional. Basta con viralizarse. La democracia dejó de premiar la preparación y comenzó a recompensar el espectáculo.
Así llegamos a un Congreso donde un diputado se creía Sheriff, otra parlamentaria apareció disfrazada de carabinera, otra corría como Naruto por los pasillos legislativos creyendo quizás que la República era una Comic-Con financiada por el Estado. Y ahora, como si la sátira hubiese renunciado por exceso de competencia, aparece Javier Olivares envuelto en una capa prusiana y lentes oscuros, evocando una estética pinochetista de utilería barata, mezcla entre villano de teleserie noventera y general de cotillón patriótico.
La escena habría sido considerada humor absurdo hace veinte años. Hoy ocurre en el Congreso Nacional. Y lo más inquietante no es que suceda, sino que ya casi no sorprende.
La democracia moderna parece haber confundido representación con animación de eventos. Los partidos políticos ya no buscan estadistas; buscan rostros reconocibles para electores fatigados intelectualmente. El criterio de selección dejó de ser la capacidad y pasó a ser la recordación de marca. Haber insultado fuerte en televisión vale más que leer un libro. Haber participado en un panel gritándose con otros analfabetos emocionales suma más votos que cualquier formación académica.
El resultado es devastador: personas que no saben construir una idea compleja administrando estructuras complejas. Individuos incapaces de hilar una frase ocupando cargos donde deberían discutirse leyes, presupuestos o políticas públicas. La democracia, concebida originalmente como un sistema de deliberación racional, terminó convertida en una plataforma de amplificación para egos histéricos y mediocridades televisivas.
Lo más grave es que ya ni siquiera existe vergüenza. Antes, la ignorancia procuraba esconderse. Hoy desfila orgullosa. La incompetencia se volvió identitaria. El político precario no busca elevar el debate; busca arrastrarlo al barro porque allí se siente intelectualmente cómodo. Y mientras más vulgar, más “auténtico” parece ante una ciudadanía agotada, rabiosa y cada vez menos exigente.
En columnas anteriores ya observábamos cómo el pensamiento binario domina la conversación pública, cómo la emocionalidad reemplazó al razonamiento y cómo la política se transformó en una pichanga amateur donde nadie conoce la estrategia, pero todos quieren figurar frente a la cámara. El problema es que ya no hablamos de metáforas humorísticas. Hablamos del poder real.
Porque cuando la democracia deja de seleccionar a los mejores y comienza a premiar a los más estridentes, entra en fase de decadencia institucional. Y eso exactamente está ocurriendo.
La tragedia no es sólo tener malos políticos. La tragedia es acostumbrarse a ellos. Normalizar el ridículo. Reírnos un rato de la capa prusiana, del cosplay parlamentario o del diputado hiperventilado de cristal, mientras lentamente se degrada la seriedad de las instituciones. @MisColumnas
Querida red, quiero pedirles su ayuda, para que la humanidad le gane a la burocracia, los egoísmos y a la insensibilidad. Sé que miles de uds respetan a papá y fueron parte de su historia deportiva, hoy te pido que seas parte de su historia de vida #nelsonacosta
No lo sabía. Cuando quedas embarazada, las células del bebé siguen vivas en el cuerpo de la madre durante más de 27 años.
Se llama "microquimerismo": durante el embarazo, las células del bebé entran en la sangre de la madre a través de la placenta y se instalan incluso en órganos y en el cerebro. En un estudio de 2012 de la Universidad de Washington, se encontraron células de origen fetal en el cerebro de aproximadamente el 63% de las mujeres analizadas.
Y estas células no se quedan ahí sin hacer nada.
Cuando el corazón o el hígado de la madre sufre daño, las células del bebé acuden a ese lugar y ayudan a reparar el tejido. A nivel celular, el hijo protege a su madre.
Y hay algo más: las células de los bebés perdidos por aborto espontáneo o muerte fetal también permanecen en el cuerpo de la madre.
El embarazo, a nivel celular, es convertirse en madre para siempre. El vínculo con tu hijo es para toda la vida.
El lazo entre madre e hijo existe a nivel celular. Es demasiado bonito...
Un liceo público en Quellón, Chiloé construyó un radiotelescopio real. No es simulación ni maqueta. Acaban de ganar el fondo ALMA ANID para expandirlo a Chile y al mundo. Desde el fin del mundo hacen ciencia de verdad. Eso es educación pública de calidad 🔭🇨🇱👍
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LA VERDADERA EMERGENCIA
ES EL LENGUAJE
Gobernar en gerundio, pensar en borrador. Cuando el poder conjuga mal los verbos, la realidad termina mal escrita.
Hay gobiernos que tropiezan en la gestión, otros en la estrategia, algunos en la ética. Este, en cambio, tropieza —y con estrépito— en algo más primario: el lenguaje. Y cuando la palabra falla, no solo se erosiona la forma; se desnuda el fondo.
Desde la irrupción de José Antonio Kast y su cohorte ministerial, hemos asistido a un fenómeno curioso: la progresiva degradación del discurso público. No se trata de una cuestión estética ni de elitismo retórico, como apresuradamente podrían caricaturizar algunos, sino de un problema funcional. Gobernar es, en esencia, comunicar. Y aquí, la comunicación no alcanza siquiera el umbral de lo aceptable.
Lo que en un inicio pudo interpretarse como inexperiencia, hoy se revela como una constante estructural. Ministros con posgrados —al menos en el papel— que balbucean ideas inconexas; subsecretarios que convierten el exordio en un campo minado de muletillas; vocerías que parecen improvisaciones de sobremesa mal iluminada. La pobreza léxica es apenas la superficie de un problema más profundo: la incapacidad de articular pensamiento con claridad.
Porque el lenguaje no es un adorno: es pensamiento en voz alta. Y cuando la sintaxis se desmorona, lo que cae no es sólo la frase, sino la idea misma. Escuchar a ciertas autoridades es asistir a una suerte de naufragio semántico, donde las palabras flotan sin dirección, sin ritmo, sin jerarquía. No hay cadencia, no hay intención, no hay estructura. Sólo ruido.
En columnas anteriores —pienso particularmente en aquella dedicada a la vocera Mara Sedini— ya advertíamos esta tendencia: una retórica que abdica de toda aspiración a la precisión y se refugia en una falsa cercanía, como si la informalidad fuese sinónimo de autenticidad. Pero no lo es. Es, más bien, la coartada de la mediocridad.
El caso del propio presidente Kast no es mejor, un exordio plano, simplón, facilista, un discurso poco elaborado y pobre en su contenido y técnica, en las antípodas de un estadista de verdad. No hay profundidad, no hay precisión ni conocimiento, menos agudeza ni exactitud.
El caso del hoy diputado Orrego es patético, verbaliza mal, no modula y lo peor, no logra salir del mismo lugar común cada vez que habla. Hasta para insultar se requiere cierta lucidez diría el gran Schopenhauer.
El problema no es que hablen “como la gente”. Es que hablan peor que la gente cuando la gente intenta hablar bien. Hay en ello una paradoja inquietante: quienes detentan el poder parecen haber renunciado a la responsabilidad de elevar el estándar del discurso público, optando en cambio por mimetizarse con su versión más precaria.
Se dirá —y con algo de razón— que la gestión importa más que la elocuencia. Pero esta es una falsa dicotomía. La buena gestión necesita ser explicada, defendida, persuadida. Sin lenguaje, no hay política, hay administración muda. Y un gobierno que no sabe decir lo que hace, termina no sabiendo qué hacer.
Lo más preocupante, sin embargo, no es el diagnóstico, sino el pronóstico. No hay señales de corrección. No hay autoconciencia. No hay, siquiera, incomodidad. Se habla mal con la tranquilidad de quien no percibe el error, de quien ha vivido siempre en un ecosistema donde la precariedad lingüística es norma y no excepción.
Así, el problema deja de ser individual y se vuelve cultural. No estamos ante ministros que hablan mal, sino ante una élite que ha naturalizado hablar mal. Y cuando eso ocurre, la política pierde una de sus herramientas más nobles: la palabra como instrumento de construcción común.
En definitiva, este gobierno no solo desafina: ha olvidado que existe una partitura. Y en ese olvido, cada intervención pública se convierte en una disonancia, en un ejercicio involuntario de descomposición. Porque cuando el lenguaje se empobrece, la política no tarda en seguirle el paso.
@MisColumnas
CARTA ABIERTA A LA MINISTRA DE SEGURIDAD.
Trinidad Steinert. @MinSteinert
Presente:
Señora Ministra,
He leído con atención —y no sin cierta perplejidad— su reciente declaración en la prensa, en la que afirma que tiene una ambiciosa misión: “La de recuperar el Estado de Derecho”. La frase, de apariencia solemne, tiene sin embargo un inconveniente mayor: presupone la pérdida de aquello que, en rigor, no se ha extraviado.
Resulta inquietante que una autoridad encargada precisamente de resguardar el orden institucional sugiera, siquiera retóricamente, que Chile ha dejado de ser un Estado de Derecho. Porque si tal premisa fuese cierta, no estaríamos ante un problema comunicacional, sino ante una ruptura estructural de la República. Y, como usted bien sabe —o debiera saber—, las palabras en política no son inocuas: configuran realidad, orientan percepciones y, en no pocos casos, erosionan confianzas.
Conviene entonces precisar conceptos, no por pedantería académica, sino por responsabilidad institucional.
El Estado de Derecho no es una consigna aspiracional ni un eslogan de campaña; es un principio estructural de organización del poder. Supone, entre otras cosas, que la ley es superior a la voluntad de quienes gobiernan, que los poderes del Estado se encuentran separados y equilibrados, que los derechos fundamentales son exigibles y que las autoridades actúan dentro de marcos jurídicos previamente establecidos.
Si Chile no viviera bajo estas condiciones, usted no estaría ejerciendo su cargo en virtud de normas vigentes, los tribunales no fallarían conforme a derecho, y la oposición —incluyendo a quienes discrepan de usted— no podría expresarse libremente sin temor a represalias institucionales. La evidencia empírica, señora Ministra, desmiente su afirmación con una contundencia que no requiere mayor elocuencia.
Es cierto que existen desafíos en materia de seguridad, cumplimiento de la ley y eficacia del sistema. Nadie razonable lo discute. Pero confundir deficiencias operativas con ausencia de Estado de Derecho es, en el mejor de los casos, una imprecisión conceptual; en el peor, una estrategia discursiva que tensiona innecesariamente la legitimidad institucional.
Porque decir que se “recuperará” el Estado de Derecho implica insinuar que actualmente impera la arbitrariedad, que la ley ha dejado de regir o que los derechos fundamentales se encuentran suspendidos. Y esa descripción, además de inexacta, es peligrosamente cercana a los diagnósticos que, en otras épocas y latitudes, han servido de antesala para justificar excesos que luego todos lamentan. Los chilenos tenemos 17 años de nuestra historia reciente fragmentada por una ruptura institucional que eliminó el estado de derecho, luego, ni en broma.
Chile, con todas sus imperfecciones, mantiene vigentes sus instituciones, sus tribunales, su marco constitucional y su sistema de garantías. El Estado de Derecho no es perfecto —nunca lo es—, pero existe. Y precisamente por existir, puede y debe perfeccionarse, fortalecerse y hacerse más eficaz. Esa es una tarea legítima. Pero no requiere ser dramatizada como una reconstrucción desde las ruinas.
Cabe entonces preguntarse: ¿se trata de una confusión conceptual o de una licencia retórica? Si es lo primero, le convendría revisar las definiciones. Si es lo segundo, quizás valga la pena recordar que la sobreactuación institucional suele tener costos más altos que beneficios políticos.
La ciudadanía espera de sus autoridades claridad, rigor y prudencia. Sobre todo cuando se habla de los pilares que sostienen la convivencia democrática. El Estado de Derecho no se invoca como una promesa de campaña ni se ofrece como si fuese un bien perdido en una vitrina vacía. Se ejerce, se respeta y, en todo caso, se fortalece.
Afortunadamente, señora Ministra, en Chile no hay nada que “recuperar” en ese sentido. Lo que sí hay —y con urgencia— es mucho que mejorar.
Atte.,
Un ciudadano que aún confía en que las palabras importan.
@MisColumnas
Au Lycée de l’Alliance française Antoine de Saint-Exupery de Santiago sur son site de Vitacura. ✈️🇨🇱
Avec 3200 élèves c’est le troisième plus grand lycée du réseau de l’AEFE !
Mon déplacement fut l’occasion d’échanger avec les élèves, parents d’élèves et représentants du corps enseignant et de la direction. 🎓
Merci à toutes et à tous pour nos riches échanges. 👏🏽
La INFLAMACIÓN está detrás de casi TODAS las enfermedades CRÓNICAS, desde la PERSISTENTE grasa abdominal hasta los ATAQUES cardíacos.
PERO nadie HABLA de cómo SOLUCIONARLO realmente.
AQUÍ hay 10 TRUCOS antiinflamatorios SUBESTIMADOS que tu MÉDICO NO mencionará: 🧵
El ayuno de 72 HORAS es la MEJOR medicina de la TIERRA.
Provoca que el CUERPO “devore” tumores, inflamación y toxinas.
Es literalmente un MÉDICO dentro.
Así es como se hace el ayuno CORRECTAMENTE (según la ciencia):