La Confederación Nacional de Ferias Libres rechazó el uso despectivo de la expresión "señora de feria" tras duri intercambio entre las senadoras Fabiola Campillai y Camila Flores. Su presidenta, Paola Morales, afirmó que las feriantes "alimentan Chile" y pidió respeto por un oficio "digno y fundamental".
LA FALACIA DEL CHORREO
Una de las ideas más persistentes de la economía contemporánea es creer que si se bajan los impuestos a las grandes empresas y fortunas, llegará más inversión, se crearán empleos y toda la sociedad terminará beneficiada. Es la vieja teoría del “chorreo”, según la cual la riqueza acumulada en la cima termina descendiendo hasta quienes están abajo. Suena razonable. El problema es que la evidencia lo contradice.
El Gobierno ha decidido reducir el impuesto de primera categoría desde el 27% al 23%, asegurando que ello estimulará la inversión, aumentará la competitividad y generará empleo. El argumento no es nuevo. Reagan lo utilizó en los ochenta, Trump lo repitió en 2017 y numerosos gobiernos conservadores lo han convertido en una especie de dogma económico. Sin embargo, cuando la evidencia reemplaza a la ideología, las conclusiones son bastante menos alentadoras.
Uno de los estudios más completos sobre esta materia analizó medio siglo de reformas tributarias en 18 países de la OCDE. La conclusión fue categórica: las rebajas de impuestos al 1% más rico aumentaron sus ingresos, pero no produjeron un efecto estadísticamente significativo sobre el crecimiento económico ni sobre el empleo. Los ricos terminaron siendo más ricos, pero el prometido beneficio para el conjunto de la economía simplemente no apareció.
Otra revisión académica examinó cientos de estimaciones publicadas durante décadas y encontró incluso un sesgo en parte de la literatura económica favorable a publicar resultados que respaldaban las rebajas tributarias. En otras palabras, el respaldo científico a esta tesis es bastante menos sólido de lo que suele presentarse en el debate político.
La explicación tampoco resulta demasiado compleja. Las empresas no invierten porque paguen menos impuestos. Invierten cuando existen oportunidades rentables. Si no hay suficiente demanda, estabilidad institucional, infraestructura, capital humano o expectativas de crecimiento, una rebaja tributaria difícilmente cambiará la decisión de construir una nueva planta o contratar más trabajadores. Lo que sí puede aumentar es la rentabilidad de los accionistas mediante mayores dividendos, recompra de acciones o simplemente mayores utilidades.
La propia OCDE ha señalado que reducir impuestos corporativos sólo puede tener efectos relevantes cuando forma parte de una agenda mucho más amplia que incluya productividad, simplificación regulatoria, certeza jurídica y mejora del capital humano. Convertir la rebaja tributaria en el eje de una estrategia de crecimiento constituye una simplificación que la evidencia internacional no respalda.
Más aún, toda rebaja de impuestos tiene un costo. Cada punto porcentual menos implica menores recursos para financiar salud, educación, infraestructura, seguridad, investigación científica o políticas sociales. Por ello la carga de la prueba debería recaer en quienes proponen renunciar a esa recaudación. No basta con repetir que “llegará inversión”. Corresponde demostrarlo.
Ahora, no toda reducción tributaria es necesariamente un error. Existen contextos donde podría corregir ciertas distorsiones específicas. Pero afirmar que bajar cuatro puntos del impuesto corporativo generará automáticamente crecimiento y empleo, constituye una afirmación que hoy encuentra más respaldo en los discursos políticos que en los datos.
Las economías exitosas no prosperan porque favorecen fiscalmente a quienes más tienen. Prosperan cuando logran combinar inversión privada, instituciones sólidas, productividad, innovación y un Estado capaz de financiar bienes públicos de calidad. Confundir una rebaja tributaria con una política de desarrollo es reducir la economía a un eslogan. Y cuando un gobierno convierte un acto de fe en política pública, el riesgo es que los únicos que terminen celebrando sean quienes menos lo necesitan, transformando la política del chorreo en la del choreo, pues al final, una letra menos les sea aún más favorable.
@MisColumnas
LA NEGACIÓN COMO REFUGIO
Hay un momento en que la realidad deja de discutirse y comienza a combatirse. No porque los hechos sean ambiguos ni porque falten antecedentes, sino porque aceptarlos tiene un costo demasiado alto para quien ha decidido convertir una opinión en una identidad.
Hace unos días ocurrió un episodio revelador. Un ministro apareció usando un casco y una chaqueta donde se leía orgullosamente “Biministro”. La imagen fue publicada por distintos medios, registrada desde distintos ángulos y comentada ampliamente. No era una filtración dudosa, un montaje anónimo ni una fotografía perdida en internet. Era un hecho público.
Sin embargo, ocurrió algo más interesante que la propia imagen. Un número no menor de personas decidió negar que existiera. La explicación fue tan extraordinaria como sintomática: acusaron uso de inteligencia artificial.
Hasta ahí podría tratarse simplemente de desinformación. Lo inquietante vino después. Cuando aparecieron nuevas fotografías, videos e incluso registros provenientes de distintos medios, la reacción no fue rectificar. Fue insultar.
He ahí el fenómeno: la evidencia no corrige la creencia; la fortalece.
Durante mucho tiempo llamamos a esto sesgo de confirmación. Tendemos a buscar información que reafirme lo que ya pensamos. Pero aquí ocurre algo distinto. La evidencia deja de competir con la opinión. Simplemente pierde valor. La realidad pasa a ser un elemento opcional.
Leon Festinger describió este proceso mediante la disonancia cognitiva. Cuando un hecho amenaza una convicción profundamente arraigada, modificar la creencia produce un costo psicológico enorme. Resulta más cómodo negar el hecho que reconstruir la propia identidad. Por eso se tiende a atacar al mensajero mientras se niega el mensaje. Si el mensaje amenaza la creencia, se mata la paloma.
Porque eso es lo que realmente está en juego. No se trata de un casco. Se trata del grupo al que pertenezco. Admitir el error significaría aceptar que “los míos” también pueden hacer el ridículo. Y para ciertos fanatismos eso equivale a una traición, porque el hecho en sí mismo siempre se entiende, en el fondo, saben que es ridículo, pero se niegan a aceptarlo, lo que ratifica el hecho.
La política moderna ha reemplazado las ideas por barras bravas. Ya no se discuten argumentos; se defienden camisetas. El adversario deja de ser alguien equivocado para convertirse en un enemigo cuya sola existencia resulta intolerable. Cuando eso ocurre, la verdad pierde importancia y la lealtad se transforma en la única virtud.
Por eso la evidencia suele producir el efecto contrario al esperado. Cuantas más pruebas aparecen, más intensa se vuelve la negación. No porque las pruebas sean débiles, sino porque el orgullo ya tomó el control del razonamiento. El cerebro deja de buscar la verdad y comienza a fabricar defensas.
Las redes sociales han convertido este mecanismo en un espectáculo cotidiano. Nunca antes fue tan fácil verificar un hecho. Tampoco había sido tan sencillo ignorarlo. Bastan unas pocas palabras mágicas: “es IA”, “es un montaje”, “los medios mienten” o “está sacado de contexto”. La evidencia ya no necesita ser refutada; basta con desacreditar su origen.
Y cuando ni siquiera eso funciona, aparece el último recurso: el insulto. Es el certificado de defunción del argumento. Quien aún razona intenta demostrar. Quien ya no puede demostrar necesita descalificar.
El problema nunca fue pensar diferente. Comienza cuando cada cual fabrica su propia realidad y decide habitarla como si fuera inexpugnable. Entonces la verdad deja de ser un puente entre las personas para convertirse en un intruso al que conviene expulsar. Y toda sociedad que expulsa la verdad termina, tarde o temprano, expulsando también la libertad de pensar.
Ya no se niega para refutar, se niega para crear otra realidad, como si la verdad tuviese una doble vida.
@MisColumnas
EL CIRCO DE LOS IMBÉCILES
Subnormales con micrófono.
Toda época fabrica sus bufones. La nuestra, sin embargo, decidió regalarles cámaras, micrófonos, auspiciadores y algoritmos. Ya no entretienen en una plaza; hoy monetizan la estupidez desde un estudio, convencidos de que la ignorancia, mientras más ruidosa, más rentable resulta.
Hay quienes todavía creen que el problema son cuatro individuos diciendo barbaridades. No. Ellos son apenas el síntoma. El problema es la cultura que los celebra, las plataformas que los convierten en espectáculo y los espectadores que confunden la crueldad con valentía y la vulgaridad con irreverencia.
Porque una cosa es el humor. Otra muy distinta es burlarse de quienes perdieron la vista, reírse de los ejecutados por la Caravana de la Muerte o trivializar el sufrimiento de miles de familias que aún buscan verdad y justicia. Cuando la tragedia ajena se convierte en material para un chiste, no estamos frente a humor negro; estamos frente a una profunda pobreza moral.
Lo verdaderamente revelador es que ese tipo de contenidos no aparecen por generación espontánea. Son hijos de un clima cultural donde algunos todavía celebran a Pinochet, relativizan las violaciones a los derechos humanos y desprecian la memoria como si recordar fuera un acto de resentimiento y no una obligación democrática. En ese ecosistema, la burla deja de ser una ocurrencia y se transforma en una declaración de principios.
Resulta inquietante observar cómo ciertos sectores de la ultraderecha parecen convivir con absoluta comodidad frente a este tipo de expresiones. Da la impresión de que mientras el objetivo sea ridiculizar a las víctimas, degradar la memoria histórica o caricaturizar los derechos humanos, el escándalo desaparece y el silencio se vuelve extraordinariamente elocuente.
No es casualidad que muchas de estas voces encuentren afinidad o eco en espacios vinculados al Partido Nacional Libertario y en sectores del Partido Republicano e incluso en el PDG. Más allá de las diferencias internas que puedan existir, cuesta encontrar condenas categóricas con la misma energía con que suelen denunciar aquello que afecta a sus propias causas.
Lo paradójico es que quienes más invocan la libertad suelen ser los primeros en despreciar aquello que hace posible una democracia: el respeto por la dignidad humana, la memoria histórica y los límites éticos de la convivencia. Confunden la libertad de expresión con la libertad para envilecerlo todo. Y no son sinónimos.
Una democracia puede soportar opiniones incómodas. Lo que termina destruyéndola es la normalización de la deshumanización. Cuando reírse de un asesinado, de un torturado o de un mutilado deja de producir vergüenza y comienza a producir aplausos, el problema ya no está sobre el escenario. Está sentado entre el público.
Por eso el debate no consiste en censurar a cuatro subnormales con micrófono. El verdadero desafío es preguntarnos por qué una sociedad ha llegado al extremo de convertir semejante miseria intelectual en entretenimiento, y por qué existen marcas, plataformas y audiencias dispuestas a financiar esa degradación.
La historia enseña que las democracias rara vez mueren de un solo golpe. Antes se erosionan lentamente entre risas, burlas, indiferencia y cobardías. Empiezan relativizando el dolor de las víctimas y terminan relativizando la propia democracia.
Y cuando eso ocurre, los verdaderos idiotas ya no son quienes hablan frente a un micrófono. Son quienes todavía los aplauden.
Por lo anterior, es fácil entender y comprender, porqué en países como Alemania, es ilegal difundir propaganda nazi, usar sus símbolos, negar el Holocausto o burlarse y minimizar los crímenes del régimen.
Quizá sea hora que acá hagamos lo mismo, con el negacionismo, los insultos, la burla y la nefasta reivindicación de la dictadura que después de medio siglo, sigue erosionando la democracia y la paz social de nuestro país.
@MisColumnas
CARTA ABIERTA A LA DIPUTADA XIMENA OSSANDÓN
Diputada: @nonaossandon
En política existen errores graves, errores imperdonables y, finalmente, aquellos que revelan una manera de entender el cargo. Su reciente confesión en CNN Chile, donde reconoció haber apoyado y votado un proyecto de ley que nunca leyó, pertenece a esta última categoría.
No fue un lapsus. No fue una confusión. Fue una declaración espontánea de una forma de ejercer la representación parlamentaria.
Miles de ciudadanos le entregaron su voto para que estudiara, analizara y decidiera sobre las leyes que rigen la vida de millones de chilenos. No la eligieron para firmar documentos como quien acepta los términos y condiciones de una aplicación sin leer una sola línea.
Porque eso es exactamente lo que usted reconoció haber hecho.
Y no se trataba de un proyecto cualquiera.
Era una iniciativa impulsada por el diputado Cristóbal Urruticoechea que pretendía imponer, a mujeres que ya enfrentan el dramático escenario de un aborto permitido por las tres causales legales, la obligación de escuchar previamente los latidos del feto. Una propuesta ampliamente cuestionada por médicos, juristas y organizaciones de derechos humanos por añadir sufrimiento psicológico a mujeres que ya viven una tragedia.
Un proyecto cuya dimensión ética exigía precisamente lo contrario de la improvisación: exigía lectura, estudio, reflexión y convicción.
Sin embargo, usted estampó su respaldo sin conocer su contenido.
Y sólo cuando la crítica pública hizo evidente la magnitud del error decidió retirar su firma, reconociendo que jamás había leído aquello que apoyó.
Resulta difícil imaginar una confesión más preocupante para quien ejerce funciones legislativas.
Porque si un parlamentario puede votar sin leer, entonces la deliberación democrática deja de ser un ejercicio intelectual para transformarse en una simple rutina administrativa.
No legisla la conciencia.
Legisla la inercia.
Hace algunos años, siendo vicepresidenta de la JUNJI, usted calificó un sueldo cercano a cuatro millones de pesos mensuales como “bastante reguleque”. La frase quedó grabada en la memoria colectiva porque revelaba una desconexión evidente con la realidad de millones de chilenos.
Hoy la historia parece regalarle una curiosa ironía.
Su remuneración parlamentaria supera los ocho millones de pesos mensuales, acompañada de asignaciones que bordean los dieciséis millones adicionales destinados al ejercicio de su función.
Es decir, el país financia generosamente el trabajo legislativo esperando rigor, responsabilidad y dedicación.
Lo mínimo que un ciudadano podría esperar es que ese trabajo incluya leer los proyectos antes de apoyarlos.
No parece una exigencia desproporcionada.
De hecho, constituye la descripción básica del cargo.
Porque las leyes no son formularios.
No son invitaciones.
No son cartas de saludo.
Cada firma parlamentaria tiene consecuencias concretas sobre la vida de las personas.
Por eso su explicación no tranquiliza.
La agrava.
No basta con retirar una firma después del escándalo.
El daño ya está hecho, porque quedó instalada una duda infinitamente más profunda: ¿cuántos otros proyectos fueron respaldados con el mismo nivel de atención?
La democracia funciona sobre una premisa elemental: los representantes deben actuar con mayor diligencia que los representados.
No con menos.
Los ciudadanos pueden equivocarse al votar una vez cada cuatro años.
Los parlamentarios tienen la obligación de no equivocarse cada vez que votan.
Quizás, diputada, hoy ya no corresponda hablar de un sueldo “reguleque”. Porque el problema nunca fue la remuneración.
El problema aparece cuando el nivel de responsabilidad resulta muy inferior al privilegio de representar a un país.
Y en ese aspecto, lamentablemente, lo verdaderamente reguleque no ha sido el sueldo. Ha sido el estándar con que usted decidió ejercer una de las responsabilidades más importantes que puede otorgar la democracia.
@MisColumnas
"Cuando a mí la prensa me sigue preguntando: ¿Cuánto tiempo fue torturada?. No tiene importancia. A Rodrigo lo torturaron 10 minutos. Está muerto. A mí me torturaron meses y en varios centros de tortura. El tiempo no quiere decir nada, es lo que te destruyen".
-Verónica de Negri
ALERTA, EN PELIGRO LAS SEMILLAS |
En este registro, María Elena Rozas de RAP-Chile, explica el panorama crítico entorno a las semillas y la arremetida de la industria biotecnológica a través del SAG.
Y aquí, parte de la declaración de RAP-Chile y Anamuri:
Semillas en riesgo: cultivos editados genéticamente, control corporativo y la defensa de la soberanía alimentaria en Chile
La ofensiva de las corporaciones biotecnológicas sobre las semillas no se detiene. Hoy, bajo nuevos nombres y discursos de "innovación", intentan imponer en Chile los cultivos editados genéticamente como si fueran semillas convencionales, ocultando los riesgos ambientales, sociales y políticos que implican para la agricultura campesina y los pueblos.
Las llamadas Nuevas Técnicas Genómicas (NTG), promovidas por las empresas y respaldadas por sectores del agronegocio, buscan avanzar sin regulaciones estrictas, sin participación real de las comunidades y sin evaluaciones independientes que consideren sus impactos sobre la biodiversidad y la soberanía alimentaria.
(…) el modelo sigue siendo el mismo: monocultivos extensivos, apropiación corporativa de las semillas, dependencia tecnológica y expansión de un sistema agroindustrial que desplaza a la agricultura campesina, destruye los territorios y amenaza las semillas nativas y criollas.
Las corporaciones no buscan alimentar a los pueblos. Buscan controlar el sistema alimentario mundial.
Las semillas editadas genéticamente están asociadas a patentes y derechos de propiedad intelectual que profundizan la dependencia de campesinas y campesinos hacia unas pocas empresas transnacionales. El objetivo es ocupar los territorios, controlar los mercados y desplazar progresivamente cualquier semilla libre que no esté bajo control corporativo.
Cuando un cultivo modificado genéticamente contamina semillas campesinas, el daño puede ser irreversible. Se pierde biodiversidad, autonomía y la capacidad de los pueblos para reproducir libremente sus semillas. Por eso la defensa de las semillas es también una defensa de la soberanía alimentaria y de la vida.
Las semillas no son mercancías. Son patrimonio de los pueblos al servicio de la humanidad.
Defender las semillas campesinas significa defender la biodiversidad, la cultura, la autonomía de los territorios y el derecho de los pueblos a producir alimentos sanos y culturalmente apropiados.
Hoy más que nunca, necesitamos fortalecer la organización, el intercambio de semillas, la producción agroecológica y la lucha colectiva contra cualquier intento de privatizar y controlar la base misma de la alimentación.
Porque sin semillas libres no hay soberanía alimentaria.
Y sin soberanía alimentaria no hay futuro para los pueblos.
NO SON BENEFICIOS SOCIALES,
SON DERECHOS |
Una cuestión de dignidad, y de proyectarnos como país, como individuos. Sin olvidar que lo que se ha CONQUISTADO ha sido con sangre derramada.
Y estos subterfugios que usa el ejecutivo, estos cambios en el lenguaje, NO SON INOCENTES. No es solo un cambio de términos, sino de perspectiva y realidad, condicionando y manipulando a la opinión pública.
“No tenemos que tener miedo ni dejarnos engañar para que nos quiten las cosas que condicionando tanto esfuerzo hemos luchado y seguimos luchando por obtener, mantener y mejorar…”
Bolivia: luego de 39 días de bloqueo el parlamento acaba de darle el poder al presidente para usar al ejército contra la protesta popular y declarar el estado de excepión contra los manifestantes. Ningún partido salva al pueblo
DIFUNDIMOS |
Carta de Centro de Estudiantes del INBA a Chilevision, respecto del reportaje de @chvnoticias, domingo 7 de junio
“Resulta contradictorio que, en múltiples ocasiones, los medios resguarden la identidad de personas involucradas en delitos graves, mientras que en este caso sí se decide exponer públicamente a un estudiante. Nos preguntamos: ¿cuál es el criterio detrás de esa decisión? ¿Por qué se considera válido revelar ese nivel de información personal en este contexto?
Lamentablemente, pareciera que para Chilevisión el sufrimiento, la polémica y el miedo son más útiles para generar audiencia que el ejercicio real del periodismo. Y eso quedó nuevamente demostrado en la cobertura realizada sobre nuestra comunidad educativa.
¿Por qué no hablan de cómo el INBA acogió a 38 personas tras el incendio de un edificio en Santiago
Centro el año pasado? ¿Por qué no muestran las funciones gratuitas de cine realizadas en nuestra Aula
Magna? ¿Por qué jamás dedican minutos al trabajo patrimonial que el museo del INBA lleva desarrollando hace más de dos años, con recorridos abiertos a la comunidad durante el Día de los Patrimonios? ¿Por qué no hablan de los puntajes nacionales formados en nuestras aulas, ni de los cientos de estudiantes y exalumnos que han aportado al país desde distintas áreas del conocimiento, las artes, la ciencia y el servicio público?
La respuesta es simple: porque eso no genera el mismo morbo ni el mismo nivel de rating.
Construir una imagen seria y completa de nuestra comunidad requiere investigación, contexto y periodismo real. En cambio, grabar rejas, encapuchados y declaraciones alarmistas es mucho más fácil, rápido y rentable. Chilevisión nuevamente decidió reducir un establecimiento histórico de la educación pública chilena a una caricatura basada en el miedo y el sensacionalismo.
Lo más grave es que este tipo de coberturas no son inocentes. Alimentan el desprecio hacia la educación pública, refuerzan prejuicios contra los liceos emblemáticos y terminan justificando discursos que buscan el abandono, debilitamiento o incluso el cierre de estos espacios históricos”.
CHILE: LA NATALIDAD IMPOSIBLE
Cada cierto tiempo reaparece la alarma. Los titulares anuncian una caída histórica de la natalidad, expertos advierten sobre el envejecimiento de la población y políticos de distintos sectores buscan fórmulas para convencer a los jóvenes de tener hijos. Sin embargo, la pregunta fundamental suele quedar fuera del debate: ¿realmente los jóvenes ya no quieren ser padres o simplemente hemos construido una sociedad donde serlo se ha transformado en un lujo?
Chile atraviesa una transformación demográfica sin precedentes. La tasa de fecundidad ha caído por debajo de un hijo por mujer, una cifra que hace apenas algunas décadas habría parecido inconcebible. No estamos frente a una disminución marginal. Estamos observando uno de los procesos de contracción demográfica más acelerados del planeta. (Instituto Nacional de Estadísticas)
La explicación fácil consiste en atribuir el fenómeno a cambios culturales. Se afirma que las nuevas generaciones son más individualistas, que privilegian el desarrollo profesional, los viajes o la independencia personal. Sin duda, parte de esos factores existe. Pero reducir el fenómeno a una simple preferencia cultural equivale a ignorar la realidad material que enfrentan millones de personas.
La reproducción no es una conducta extraña dentro de la especie humana. Es uno de las pulsiones más universales y persistentes de nuestra historia biológica. Por ello, cuando una sociedad comienza a renunciar masivamente a la maternidad y la paternidad, la primera pregunta no debería ser qué ocurre con las personas, sino qué ocurre con las condiciones bajo las cuales esas personas intentan construir una familia.
La respuesta aparece rápidamente. Chile se ha convertido en el país con —mayor costo relativo de vida— de América Latina. Para una pareja joven, acceder a una vivienda adecuada exige endeudamiento por décadas. Un arriendo en sectores medios consume una proporción creciente de los ingresos familiares. La educación, el transporte, la salud y los cuidados infantiles agregan nuevas capas de presión económica.
En estas condiciones, tener un hijo deja de percibirse como un proyecto de vida y comienza a experimentarse como un riesgo financiero.
La demografía siempre ha respondido a incentivos y restricciones. Las familias no toman decisiones reproductivas en el vacío. Las toman observando sus ingresos, sus perspectivas laborales, el acceso a vivienda y la posibilidad de ofrecer bienestar a sus hijos. Cuando esas variables se deterioran, la natalidad inevitablemente cae.
Por eso resulta llamativo e inaceptable que gran parte del debate público se concentre en la baja natalidad y no en las causas que la producen. Se discuten bonos, campañas comunicacionales y llamados a fortalecer la familia, mientras se evita abordar el problema estructural: el costo de formar una familia en Chile.
La expansión del mundo de las mascotas es, en cierto modo, un síntoma de esta realidad. No porque perros y gatos sustituyan literalmente a los hijos, sino porque representan vínculos afectivos que pueden asumirse con niveles de compromiso económico, emocional y temporal muy inferiores a los que exige la crianza humana.
La verdadera crisis no es que los jóvenes hayan dejado de amar la idea de tener hijos. La verdadera crisis es que una parte creciente de ellos siente que no puede permitirse hacerlo.
Una sociedad que convierte la maternidad y la paternidad en privilegios económicos termina socavando sus propias bases demográficas. No es la naturaleza humana la que está cambiando. Son las condiciones materiales las que están empujando a millones de personas a renunciar a uno de los proyectos más antiguos de nuestra especie.
Quizás ha llegado el momento de comprender que el problema de la natalidad no se resolverá preguntando por qué los jóvenes no tienen hijos. La pregunta correcta es mucho más incómoda: ¿qué clase de sociedad hemos construido para que tenerlos se haya vuelto tan difícil?
@MisColumnas
🔴 Las imágenes son difíciles de ignorar: un adulto mayor detenido con violencia por manifestarse ante la visita presidencial.
Cuando el poder responde a la crítica con fuerza policial, el problema deja de ser el manifestante y pasa a ser la tolerancia del gobierno frente al disenso.
🔴 José Antonio Kast esta actuando de la peor forma posible.
VIOLENCIA SIMBÓLICA
La victimización del victimario.
Hay una forma de violencia particularmente perversa. No rompe vidrios, no deja hematomas, no dispara balines ni lanza piedras. No necesita gritar porque sabe que puede herir susurrando. Es la violencia simbólica: esa modalidad refinada de agresión que se disfraza de opinión, performance o simple libertad de expresión, mientras inocula desprecio, humillación y provocación calculada.
La violencia física es condenable. La verbal también. Sobre ello existe un consenso razonable. Sin embargo, hay una categoría más sofisticada y escurridiza que suele escapar al escrutinio público porque opera desde la ambigüedad. Su fuerza radica precisamente en que puede negar su propia existencia. Golpea y luego afirma que jamás levantó la mano.
La violencia simbólica consiste en utilizar símbolos, mensajes, imágenes o conductas destinadas a provocar, degradar o imponer una visión sobre otros, especialmente cuando dichos símbolos evocan experiencias traumáticas, abusos o episodios dolorosos para una parte significativa de la sociedad.
Quien se viste deliberadamente evocando a un dictador, quien reivindica represiones que dejaron víctimas o quien transforma el sufrimiento ajeno en una puesta en escena política, sabe muy bien lo que está haciendo. No hay ingenuidad posible. La provocación calculada rara vez es un accidente.
Lo fascinante, y al mismo tiempo miserable, es que los cultores de esta práctica suelen presentarse como paladines de la tolerancia. Lanzan la piedra simbólica y esconden la mano. Instalan el agravio y luego exigen respeto. Provocan hasta el límite y, cuando alguien reacciona, se apresuran a ocupar el papel de víctimas.
Es una operación política de una pobreza intelectual notable. Consiste en reemplazar las ideas por la provocación, el debate por el espectáculo y los argumentos por la manipulación emocional. No se busca convencer; se busca irritar. No se pretende construir; se pretende detonar.
El procedimiento es conocido. Primero se introduce un símbolo destinado a herir sensibilidades. Luego se espera la reacción. Finalmente, cuando esta llega, se denuncia intolerancia, censura o fanatismo. El agresor se transforma mágicamente en agredido. El victimario se disfraza de víctima. Y la discusión pública queda reducida a una representación grotesca donde la responsabilidad desaparece.
Nada de esto justifica insultos, amenazas o agresiones físicas. La violencia nunca es una respuesta legítima. Pero tampoco puede aceptarse la ficción de que la provocación permanente carece de consecuencias. La convivencia democrática exige derechos, pero también responsabilidades.
Las democracias saludables descansan sobre desacuerdos profundos administrados mediante reglas compartidas de respeto. Cuando actores políticos convierten la provocación en estrategia, erosionan precisamente esas reglas. Transforman el espacio público en una arena donde el objetivo ya no es deliberar, sino exasperar.
La violencia simbólica es especialmente dañina porque es persistente. No actúa como un golpe aislado, sino como una gotera constante que deteriora lentamente la confianza social. Va normalizando el desprecio, trivializando el dolor ajeno y degradando el lenguaje político hasta convertirlo en una competencia de provocaciones cada vez más extremas.
Por eso resulta tan peligrosa. Porque destruye la convivencia mientras proclama defenderla, y agrede mientras reclama respeto. Porque ofende mientras exige consideración. Y porque, en su versión más ruin, convierte la reacción de los otros en combustible para su propio relato victimista.
Provocar deliberadamente para obtener una respuesta y luego denunciar al provocado no es valentía. Tampoco es libertad. Mucho menos política. Es una forma de cobardía. Una de las más refinadas y miserables. La cobardía de quien no tiene nada que ofrecer salvo el agravio. La mediocridad de quien, incapaz de construir una idea, decide construir una trampa.
@MisColumnas
Comparto este video que lanzaron ayer Silvio Rodríguez y Chico Buarque; los fondos que se recaben serán donados a la Sala de Pediatría del Instituto de Oncología de Cuba, así que si queréis verlo, darle like y compartirlo con otras personas, es un pequeño grano de arena para aliviar la difícil situación en que se encuentran.
El vídeo es precioso y presenta esa Habana tan digna como empobrecida.
https://t.co/AVk6LbJAI7
Mejor discurso que he escuchado en mucho tiempo sobre lucha de clases no viene de la academía sino de una indígena de Bolivia en huelga contra el derechista Rodrigo Paz. "La gente humilde sin los ricos viviríamos, pero los ricos sin la gente humilde no viven, se mueren de hambre"
Valiente mujer Boliviana, orgullo de Bolivia, escuchen que bien se expresa y se les quiere ver de menos por ser campesinas, indígenas, descendientes de nuestros ancestros, aprendan de la mujer Boliviana valiente y decidida en la lucha por expulsar la lacra apartheid sionista.
En Chile se dejará de producir azúcar a partir de remolacha nacional
Chile dejará de producir azúcar a partir de materia prima nacional y dependerá completamente de importaciones o refinación de azúcar de caña traída desde el extranjero. La decisión de Empresas Iansa de suspender la compra de remolacha para la temporada 2026-2027 profundiza la crisis de un cultivo que llegó a tener 60 mil hectáreas en Chile.
“Mono, gay, hediondo a negro”; fueron algunos de los insultos del chileno Germán Naranjo Maldini, Gerente de la pesquera Landes Seafood, detenido en Brasil por protagonizar acto de racismo y discursos de Odio (que tanto presume la derecha mundial)
Arriesga una pena de prisión de 2 a 5 años de prisión.
VERGÜENZA AJENA.
Decir que esto debe avergonzarnos es poco.
No conozco al oligofrénico, racista y homofóbico de Germán Naranjo Maldini, gerente comercial de Pesquera Landes, pero creo que la empresa debe tomar acciones urgente y desvincularlo. Y si dicha empresa tiene negocios con empresas brasileñas, es de esperar que dicha relación comercial sea finiquitada por sus clientes, al menos hasta que Naranjo sea despedido.
Las acciones y ofensas del imbécil individualizado no nos representan y espero que se tomen las medidas correspondientes y la empresa lo comunique públicamente.
@PesqueraLandes #PesqueraLandes