Finalmente las tasas de cambio BCV (612,43) y de intervención electrónica (615,52) convergen ➡️⬅️ y casi no hay spread, brecha o diferencial entre ellas.
Si lo que dice Alejandro Grisanti es cierto, de que viene una inyección de dólares a la banca para la próxima semana de ~$1.800 millones y así subir la oferta en las intervenciones hasta los $2.500 millones; significa entonces que el próximo paso del BCV debería ser hacer converger también la tasa de Binance de 806 Bs con la tasa de las intervenciones. ➡️⬅️
Adicionalmente, después de estar subiendo durante 10 semanas consecutivas, la liquidez monetaria bajó 4.37 % en la semana del 12 de junio.
Queda entonces esperar si finalmente logran reducir la brecha entre el dolar oficial y Binance.
𝐋𝐚 𝐜𝐚𝐬𝐚 𝐝𝐞 𝐭𝐞𝐜𝐡𝐨 𝐯𝐞𝐫𝐝𝐞
Un ataque cayó del cielo sobre una casa perdida en la selva venezolana y mató al hombre más buscado del continente. Hay que dar las gracias. Y, en el mismo aliento, preguntarse qué murió de verdad esa noche.
Por Elizabeth Sánchez Vegas
El video lo vio medio continente antes del amanecer: una casa de techo verde en mitad de la vegetación, un punto de luz que desciende del cielo y, enseguida, el fuego. Trece segundos. En ellos terminó la vida de Héctor Guerrero Flores, el Niño Guerrero, fundador del Tren de Aragua, el hombre por cuya captura Washington ofrecía cinco millones de dólares.
Es tentador cerrar allí la historia. Un criminal monstruoso recibió el final que sembró y, para sus miles de víctimas, esa casa ardiendo puede parecer una forma tardía de justicia. Nadie con sentido moral va a llorarlo. Pero los países no se reconstruyen solo con alivio, sino con preguntas. Y la que deja esa explosión es tan grande como el hombre que desapareció dentro de ella: ¿estamos ante el desmantelamiento de un sistema criminal, o solo ante el reparto del poder entre quienes sobrevivan?
La muerte del Niño Guerrero contiene, en primer lugar, una confesión histórica. Durante años, el poder venezolano sostuvo que el Tren de Aragua era una exageración mediática, una invención política, una amenaza fabricada para justificar presiones externas. Lo negó con la misma naturalidad con la que negó el hambre, el éxodo y la destrucción de las instituciones. Ahora, al confirmar la operación, la ubicación del objetivo y su muerte, reconoce aquello que pretendió convertir en fantasía.
No se localiza con precisión militar a un hombre cuyo paradero se desconoce. No se coordina una operación de esta magnitud contra una organización que supuestamente no existe. La explosión no solo alcanzó a un criminal: atravesó años de propaganda oficial. El Niño Guerrero no surgió de la nada. Nació en Tocorón.
◆ ◆ ◆
En 2005 era un delincuente de Maracay acusado de dispararle a un policía. Dos décadas después hicieron falta inteligencia internacional, operaciones especiales y poder militar extranjero para encontrarlo y eliminarlo. La distancia entre aquel malandro de barrio y el objetivo internacional en que terminó no se explica solo por su astucia. Tuvo una incubadora. Y esa incubadora fue el Estado venezolano.
Tocorón no funcionaba como una prisión: era un territorio autónomo, con piscina, zoológico, discoteca, comercios y estadio de béisbol. Mientras millones de venezolanos hacían cola por harina o medicinas, desde una cárcel administrada por el Estado se expandía una estructura criminal con dinero, armas y conexiones internacionales. La autoridad fingía custodiar el recinto; en realidad, el recinto producía poder.
𝑫𝒐𝒏𝒅𝒆 𝒆𝒍 𝑬𝒔𝒕𝒂𝒅𝒐 𝒂𝒃𝒂𝒏𝒅𝒐𝒏𝒂 𝒍𝒂 𝒍𝒆𝒚, 𝒂𝒍𝒈𝒖𝒊𝒆𝒏 𝒐𝒄𝒖𝒑𝒂 𝒔𝒖 𝒍𝒖𝒈𝒂𝒓. 𝑬𝒍 𝑵𝒊ñ𝒐 𝑮𝒖𝒆𝒓𝒓𝒆𝒓𝒐 𝒏𝒐 𝒇𝒖𝒆 𝒖𝒏𝒂 𝒂𝒏𝒐𝒎𝒂𝒍í𝒂 𝒅𝒆𝒍 𝒔𝒊𝒔𝒕𝒆𝒎𝒂: 𝒇𝒖𝒆 𝒖𝒏𝒂 𝒅𝒆 𝒔𝒖𝒔 𝒄𝒐𝒏𝒔𝒆𝒄𝒖𝒆𝒏𝒄𝒊𝒂𝒔 𝒎á𝒔 𝒑𝒆𝒓𝒇𝒆𝒄𝒕𝒂𝒔.
Y, sin embargo, la verdadera obra del Tren de Aragua no fue su fundador, sino sus víctimas. El comerciante que pagó “vacuna” cada semana para conservar abierto el negocio. La madre que todavía no sabe dónde está su hija. Los ocho millones que caminaron —con los hijos a cuestas y los zapatos rotos— huyendo de un país donde el miedo dejó de ser un accidente y se convirtió en método.
El Niño Guerrero murió en trece segundos. A ellos los fueron destruyendo lentamente, durante una generación, y a casi ninguno el Estado le pidió perdón.
◆ ◆ ◆
Por eso, antes de cualquier advertencia, corresponde decir una palabra que a los venezolanos no nos cuesta, porque somos un pueblo agradecido: gracias.
Gracias a Estados Unidos por haber hecho lo que un Estado secuestrado, degradado y cómplice no quiso hacer en veintisiete años. Cuando los tribunales protegen al criminal, las cárceles se vuelven sus oficinas y los cuerpos que deberían perseguirlo terminan sirviéndole, llega un momento en que el mal solo puede detenerse desde afuera. Tal vez esta era ya la única manera. Reconocerlo no disminuye a Venezuela ni convierte la gratitud en sumisión: significa aceptar el tamaño real de la catástrofe — un país que llegó a necesitar la fuerza de un aliado para neutralizar a un criminal que creció bajo la mirada de sus propias autoridades.
Pero precisamente porque la operación fue necesaria, hay que separar dos cosas que el entusiasmo confunde: la demolición y la arquitectura.
𝑼𝒏 𝒎𝒊𝒔𝒊𝒍 𝒑𝒖𝒆𝒅𝒆 𝒅𝒆𝒔𝒕𝒓𝒖𝒊𝒓 𝒖𝒏𝒂 𝒄𝒂𝒔𝒂 𝒆𝒏 𝒕𝒓𝒆𝒄𝒆 𝒔𝒆𝒈𝒖𝒏𝒅𝒐𝒔. 𝑵𝒐 𝒑𝒖𝒆𝒅𝒆 𝒍𝒆𝒗𝒂𝒏𝒕𝒂𝒓 𝒖𝒏𝒂 𝒓𝒆𝒑ú𝒃𝒍𝒊𝒄𝒂.
Eliminar al criminal resuelve una urgencia. Reconstruir las instituciones exige algo más lento y más difícil: jueces independientes, policías sometidas a la ley, cárceles que no sean oficinas del delito y un poder político nacido del voto. El peligro no es que sigan cayendo quienes deban responder por sus crímenes. El peligro es que, mientras todos celebran la caída de los culpables, nadie pregunte quién ocupa el espacio que dejan vacío.
𝑨𝒑𝒍𝒂𝒖𝒅𝒊𝒎𝒐𝒔 𝒄𝒂𝒅𝒂 𝒄𝒂í𝒅𝒂. 𝑳𝒂 𝒑𝒓𝒆𝒈𝒖𝒏𝒕𝒂 𝒒𝒖𝒆 𝒄𝒂𝒔𝒊 𝒏𝒂𝒅𝒊𝒆 𝒉𝒂𝒄𝒆 𝒆𝒔 𝒒𝒖𝒊é𝒏 𝒔𝒆 𝒒𝒖𝒆𝒅𝒂 𝒄𝒐𝒏 𝒍𝒂 𝒄𝒂𝒔𝒂.
Detrás del Niño Guerrero hay otros nombres y otros cargos. Está Diosdado Cabello —ministro de Interior, Justicia y Paz, señalado durante años por las autoridades estadounidenses como jefe del Cartel de los Soles y símbolo de la unión entre poder político, aparato represivo y crimen organizado—. Están los militares y funcionarios que protegieron rutas, cobraron favores o administraron silencios. Tendrán que responder.
Pero responder no debería significar desaparecer sin explicación bajo el fuego. A Nicolás Maduro no lo borró un misil: lo espera un tribunal. Y esa diferencia importa, porque un tribunal obliga a mostrar pruebas, a identificar responsabilidades y a dejar un registro que ninguna propaganda pueda borrar después. Una transición democrática no puede parecerse a una sucesión de ajustes de cuentas: debe distinguirse de una purga por la existencia de reglas.
◆ ◆ ◆
Ahí está el verdadero riesgo de este momento. Cada caída del antiguo poder deja una habitación vacía, y quienes mejor posicionados están para ocuparla son precisamente los que permanecen dentro de la estructura, con acceso a los resortes administrativos, a la información y a las negociaciones.
Los hermanos Rodríguez han sobrevivido mientras otros eran desplazados, capturados o eliminados. No son una fuerza externa al régimen ni una generación política nueva: son parte central del sistema que administró Venezuela durante años. Si se les permite decidir cuándo el país está “suficientemente limpio”, declararán concluida la limpieza el día en que sean los últimos propietarios de la casa.
𝑬𝒔𝒐 𝒏𝒐 𝒔𝒆𝒓í𝒂 𝒖𝒏𝒂 𝒕𝒓𝒂𝒏𝒔𝒊𝒄𝒊ó𝒏. 𝑺𝒆𝒓í𝒂 𝒖𝒏𝒂 𝒉𝒆𝒓𝒆𝒏𝒄𝒊𝒂.
Conviene no confundir las dos manos. Una derriba desde afuera —la de Estados Unidos, que no aspira a gobernar desde Miraflores y que, ojalá, nos acompañe hasta el final; el mejor aliado que Venezuela tendrá, como María Corina lo ha dicho siempre—. La otra hereda desde adentro lo que cada caída deja vacío, y puede aspirar a conservar el poder bajo otro nombre, con otro tono y una apariencia menos brutal. Por eso no basta con que caigan criminales: hay que saber hacia dónde conduce cada caída.
La única prueba de que estamos ante una limpieza institucional y no ante una purga tiene fecha y mecanismo: una elección libre, observada y competitiva, con todos los sectores habilitados y con garantías para que el venezolano pueda escoger sin miedo quién lo gobierna.
𝑳𝒂 𝒑𝒖𝒓𝒈𝒂 𝒕𝒆𝒓𝒎𝒊𝒏𝒂 𝒄𝒖𝒂𝒏𝒅𝒐 𝒒𝒖𝒆𝒅𝒂 𝒖𝒏 𝒗𝒆𝒏𝒄𝒆𝒅𝒐𝒓. 𝑳𝒂 𝒕𝒓𝒂𝒏𝒔𝒊𝒄𝒊ó𝒏 𝒕𝒆𝒓𝒎𝒊𝒏𝒂 𝒄𝒖𝒂𝒏𝒅𝒐 𝒅𝒆𝒄𝒊𝒅𝒆 𝒆𝒍 𝒑𝒖𝒆𝒃𝒍𝒐.
Hasta la palabra favorita del régimen cambia de sentido a esta luz: soberanía. No empezó a romperse la noche en que una fuerza extranjera golpeó una casa en la selva, sino mucho antes — cuando el Estado dejó de proteger a sus ciudadanos, permitió que el crimen gobernara territorios y convirtió sus instituciones en instrumentos de impunidad. La soberanía no consiste en impedir que el mundo nos ayude, sino en reconstruir un país que no vuelva a necesitar que otro haga el trabajo de sus jueces. Venezuela necesitará aliados por mucho tiempo; la mejor forma de honrar esa ayuda no es rechazarla, sino asegurarnos de que termine donde debe: en una república capaz de defenderse con sus propias leyes.
◆ ◆ ◆
La casa de techo verde puede quedar en la historia como el comienzo de dos procesos opuestos. Puede ser el primer capítulo de una purga silenciosa, en la que van desapareciendo adversarios hasta que un solo grupo hereda intacto el poder. O el comienzo del desmontaje de un Estado criminal y de una transición verdadera — acompañada por nuestros aliados, vigilada por los ciudadanos y conducida hacia las urnas. La diferencia no estará solo en quién caiga. Estará en quién decida después.
𝑪𝒂𝒆𝒓á𝒏 𝒐𝒕𝒓𝒐𝒔. 𝑸𝒖𝒆 𝒄𝒂𝒊𝒈𝒂𝒏 𝒕𝒐𝒅𝒐𝒔 𝒍𝒐𝒔 𝒒𝒖𝒆 𝒅𝒆𝒃𝒂𝒏 𝒓𝒆𝒔𝒑𝒐𝒏𝒅𝒆𝒓 𝒂𝒏𝒕𝒆 𝒍𝒂 𝒋𝒖𝒔𝒕𝒊𝒄𝒊𝒂. 𝑷𝒆𝒓𝒐 𝒒𝒖𝒆 𝒆𝒍 ú𝒍𝒕𝒊𝒎𝒐 𝒆𝒏 𝒒𝒖𝒆𝒅𝒂𝒓 𝒅𝒆 𝒑𝒊𝒆 𝒏𝒐 𝒔𝒆𝒂 𝒖𝒏 𝒄𝒂𝒖𝒅𝒊𝒍𝒍𝒐, 𝒏𝒊 𝒖𝒏𝒂 𝒇𝒂𝒎𝒊𝒍𝒊𝒂, 𝒏𝒊 𝒖𝒏𝒂 𝒇𝒂𝒄𝒄𝒊ó𝒏 𝒅𝒆𝒍 𝒂𝒏𝒕𝒊𝒈𝒖𝒐 𝒓é𝒈𝒊𝒎𝒆𝒏. 𝑸𝒖𝒆 𝒔𝒆𝒂 𝒖𝒏𝒂 𝒍𝒆𝒚. 𝒀 𝒒𝒖𝒆 𝒂 𝒒𝒖𝒊𝒆𝒏 𝒈𝒐𝒃𝒊𝒆𝒓𝒏𝒆 𝒃𝒂𝒋𝒐 𝒆𝒍𝒍𝒂 𝒍𝒐 𝒆𝒍𝒊𝒋𝒂 𝒆𝒍 𝒑𝒖𝒆𝒃𝒍𝒐, 𝒍𝒊𝒃𝒓𝒆 𝒂𝒍 𝒇𝒊𝒏, 𝒇𝒓𝒆𝒏𝒕𝒆 𝒂 𝒖𝒏𝒂 𝒖𝒓𝒏𝒂.
@Lorkirs Circular Nº 11442, emitida por SUDEBAN , en la misma establece, que los clientes y usuarios consignen dicho documento de identidad, aún cuando se encuentre vencido, siempre que el mismo se presente legible, como requisito para el acceso a los productos o servicios.
Un estudiante universitario de la actualidad no tiene patrón de comparación con lo que eran y lo que son hoy nuestras universidades. Además, muchos vienen de un bachillerato desastroso.
Hemos troceado las carreras universitarias para montar un negocio de másteres inútiles que solo sirven para vaciar la cartera de las familias. Permitidme reflexionar sobre la estafa de los grados Frankenstein y por qué hay que volver a las Licenciaturas generalistas. 🧵va...
Voy a decir dos cosas:
1) Excelente el accionar de la directora defendiendo a la docente y marcándole los puntos a los pibes.
2) A estos pendejos irrespetuosos les hace falta una buena cagada a palos que les enseñe de respeto a los mayores.
🚨 Guarda esta CLASE MAGISTRAL de 1 hora que he subtitulado al español.
Esta charla de "CÓMO HABLAR" ha sido una tradición del MIT durante más de 40 años.
Patrick Henry Winston creía que la forma en que nos comunicamos define nuestro éxito en la vida.
Pasó 50 años enseñando en el MIT y su legado trascendió las aulas e inspiró a miles de mentes brillantes.
Ofrecida cada mes de enero, tiene como objetivo mejorar la capacidad de hablar en situaciones críticas enseñándote algunas reglas heurísticas.
A pesar de ser un pionero de la Inteligencia Artificial, Winston descubrió que el éxito de los estudiantes de ingeniería no dependía solo de su capacidad técnica, sino de saber transmitir sus ideas.
- Prohibió empezar con un chiste porque el público aún no está adaptado al conferenciante. En su lugar, exigió abrir con una promesa clara de lo que la audiencia aprenderá.
- Una gran idea debe ser explicada de tres formas distintas a lo largo de la charla para asegurar su asimilación.
- Explicar detalladamente qué no abarca tu concepto para delimitar perfectamente su valor real y evitar confusiones.
- Jamás se debe leer el texto de las diapositivas, ya que las personas no pueden leer y escuchar con atención al mismo tiempo.
- Aprender a realizar preguntas y sostener un silencio de hasta 7 segundos para permitir que el cerebro de los oyentes procese la información.
Una masterclass para toda la vida.
Celebrar la felicidad ajena requiere algo que casi nadie tiene cuando está destruido por dentro:
Margen emocional.
Cuando tu vida se derrumba, la felicidad de otros no inspira.
A veces duele.
Como un recordatorio de todo lo que perdiste.
Y muchas personas desaparecen no porque sean malas.
Desaparecen porque ya no pueden sostenerse a sí mismas.
Desde entonces dejé de tomarme tan personal ciertos silencios.
Porque no todo alejamiento es desprecio.
A veces es supervivencia.
Y quizá la pregunta incómoda no sea:
“¿Por qué no estuvo?”
Sino esta:
¿Cuántas veces juzgamos a alguien sin tener idea de la batalla que libra en silencio?
No importa lo que estudies sino DÓNDE LO ESTUDIES.
Las tres mejores universidades de Venezuela (la @SecretariaUCVe primera siempre y la @Unimet y la @enlaucab se alternan los siguientes puestos) de acuerdo a rankings int'l como el QS World University Rankings @worlduniranking
Llevo más de 25 años como profesor universitario en innovación y temas de actualidad, y siempre veo la misma dualidad. No importa la materia, asignatura ni la tecnología de turno: al final, los jóvenes se dividen en dos grupos.
El 80% llegan, hacen lo justo, no preguntan y no profundizan. Y no es que rechacen lo nuevo: es que les da igual.
Los otros (el 20%), cuando termina la clase, siguen buscando, probando, preguntándose por qué. No vuelven a casa a descansar: vuelven a aprender.
No los separa el talento ni el origen ni el estrato social. Los separa la curiosidad.
Y eso, después de dos décadas viendo promociones enteras, es lo único que al final marca la diferencia para algunos.
La curiosidad no es un extra: es lo que distingue a quienes se quedan en el mínimo y a quienes se lanzan a aprender por su cuenta.
Ese 20% tiene hambre de entender la innovación por ellos mismos. Porque las cosas no llegan solas. Y no llegan nunca si no se buscan.
Reunión de tutoría.
Martes.
17 : 10.
Aula de primaria.
Sillas pequeñas.
Pósters de planetas.
Y un profesor con cara de llevar 9 meses tragando cemento emocional.
Entran los padres de Hugo.
9 años.
Suspendido en lengua.
No entrega deberes.
Interrumpe en clase.
Ha llamado “NPC” a la profesora de música.
La madre deja el bolso en la mesa.
—Venimos preocupados.
El profesor asiente.
—Yo también.
—Hugo está desmotivadísimo.
—No estudia.
—Porque no le motiváis.
Ah.
Claro.
El niño no lee, no escribe, no atiende y no trae la libreta.
Pero el problema es que el profesor no ha convertido los adjetivos en una experiencia inmersiva con luces LED.
El padre se cruza de brazos.
—En casa es muy inteligente.
—No lo dudo.
—Entonces, ¿por qué suspende?
El profesor abre el cuaderno.
—Porque en el examen dejó 7 preguntas en blanco.
La madre frunce el ceño.
—¿Y no se las podías adaptar?
Adaptar.
La palabra mágica.
Antes significaba ayudar a quien lo necesitaba.
Ahora significa que mi hijo no se frustre aunque no haga nada.
El profesor respira.
—Hugo puede aprobar. Pero tiene que trabajar un poco.
La madre se ofende.
—No queremos que pierda la autoestima.
Autoestima.
Otro comodín.
Como si corregir a un niño fuera romperle el alma.
Como si decirle “esto está mal” fuera violencia institucional.
Entonces el padre suelta la frase:
—Igual el problema es que no sabéis conectar con esta generación.
El profesor mira por la ventana.
En el patio, Hugo está intentando meterle tierra en la mochila a otro niño.
Conexión generacional.
Precioso.
Al día siguiente, correo a dirección:
“Estamos muy decepcionados. Sentimos que el colegio no acompaña emocionalmente a nuestro hijo.”
Acompañar emocionalmente.
Traducción:
“Mi hijo no hace nada, pero quiero que parezca culpa vuestra.”
Y ahí está el problema.
No son los niños.
Los niños prueban límites.
El problema son padres que llegan al colegio no para escuchar, sino para defender un expediente.
Padres que confunden educar con proteger del esfuerzo.
Padres que quieren profesores suaves, notas altas y cero consecuencias.
Resumen:
Si tu hijo suspende, puede necesitar ayuda.
Puede necesitar apoyo.
Puede necesitar otra forma de aprender.
Pero también puede necesitar algo mucho más revolucionario:
Que en casa alguien le diga la verdad.
Estaba corrigiendo trabajos y me puse a pensar en las cosas que me han dicho en los cierres de calificaciones. Armé un hermoso poema:
Me dijeron:
no corrijas con rojo,
la tinta hiere.
No corrijas con verde,
la esperanza confunde.
No uses rosa,
las chicas lo decoran.
No pongas ausente,
vino veinte minutos
a mirar TikTok desde el fondo.
No marques tantos errores,
la hoja se pone triste.
No escribas en cursiva,
la imprenta es más inclusiva.
No señales todas las faltas,
la ortografía violenta.
No pongas “insuficiente”,
decí “en proceso
de encontrarse con el conocimiento”.
No digas que no leyó,
decí que hizo
una interpretación alternativa
del concepto de lectura.
No pidas memoria,
Google recuerda por ellos.
No pidas silencio,
la concentración es opresiva.
No pidas atención sostenida,
el cerebro ahora funciona en pestañas abiertas.
Y así, corrigiendo cada vez menos,
leyendo cada vez menos,
pensando cada vez menos,
un día descubrimos
que también sabían cada vez menos.
Lo detuvieron a principios de enero de 2025. Llevaba hallacas y bombones para cenar con su octogenaria madre.
Víctor Hugo Quero Navas tenía 51 años, era comerciante, lo llamaban "el Ruso" por los ojos claros. No era opositor activo, no era figura pública. Estaba en Plaza Venezuela (Caracas) celebrando Año Nuevo cuando funcionarios encapuchados de la policía política del gobierno venezolano se lo llevaron. Lo acusaron de terrorismo, traición a la patria y conspiración. Un hombre con hallacas en la mano, espía internacional. Eso necesitaba el régimen para justificar lo que vino después.
Víctor murió a finales de julio de 2025 bajo custodia del Estado venezolano. Lo enterraron alegando que "no suministró datos sobre vínculos filiatorios" y que ningún familiar fue a buscarlo. Mientras tanto, su madre de 83 años recorría cárceles, fiscalías y defensorías exigiendo saber si su hijo seguía vivo. La dejaron buscar. La dejaron dar ruedas de prensa llorando.
La dejaron envejecer buscando a alguien que llevaba meses en una tumba que ella no sabía que existía.
En mayo de 2026, un tribunal le negó la amnistía porque sus delitos "no calificaban". Llevaba nueve meses muerto. Al día siguiente, el gobierno confirmó su muerte. Alguien en esa sala sabía la verdad cuando firmó esa negativa. O nadie la sabía, que es igual de terrible.
Esto no es un fallo burocrático. Es el sistema funcionando exactamente como fue diseñado: detener sin justificación, desaparecer sin consecuencias, mentir sin costo. Víctor no era nadie especial para el régimen. Era desechable. Y cuando alguien es desechable para un Estado, no necesitan ni mentir bien. Solo necesitan que su madre siga buscando mientras ellos guardan silencio. Carmen Teresa Navas tiene 83 años y reconoció a su hijo en una exhumación. Eso es Venezuela hoy. Sin metáforas.
Y Víctor podría ser cualquiera de nosotros. El que sigue viviendo allá porque no ha podido salir. El que se fue y decidió regresar porque creyó que algo había cambiado. El que va de visita a ver a su mamá por Navidad. El que solo quería cenar hallacas con su familia. En Venezuela ya no existe el perfil de riesgo, porque el riesgo es simplemente estar ahí. Nadie está a salvo. Ni el que nunca se ha metido en política, ni el que tiene pasaporte europeo, ni el que lleva años fuera. Basta con pisar ese suelo en el momento equivocado, cruzarse con el funcionario equivocado, o simplemente existir donde un Estado sin freno decide que eres útil como ejemplo. Víctor no hizo nada. Y por eso su caso es el más aterrador de todos.
La inflación puntual cerró abril en:
· Mes: 10,6% (Promedio: 17,1%).
· Acumulada: 90% (Promedio: 98,7%).
· Anual: 612% (Promedio: 457%).
La inflación puntual cedió terreno en un año pero continúa como la mas grande del mundo.
En cambio, la inflación promedio creció en un año.
Se viene una nueva ola migratoria.....no hay manera, ni condiciones para que lo qué están afuera regresen, ni en el mediano plazo habrá mejoría sustancial...
1/6 🪓 El reciente ajuste salarial en Venezuela no es política social, es el síntoma de un modelo agotado. Estamos atrapados en una tenaza económica: un Estado voraz que indexa servicios e impuestos, y una empresa privada con un siglo de atrofia productiva. Abro hilo 🧵.
Dejar de culpar a los profesores sería un buen inicio.
Muchos niños no tienen problemas de escuela.
Tienen problemas de casa.
Pantallas todo el día.
Cero conversación.
Nadie sabe cómo están.
Pero eso sí:
exigimos que el colegio lo arregle todo.
Y aquí viene lo incómodo:
ningún profesor puede competir
con horas de pantalla
y cero atención en casa.
Y esto no es problema del colegio.
Vuelo de 10 horas.
Noche cerrada, luces bajas, gente intentando dormir.
Dos filas atrás, una pareja con un niño de unos 6 años.
Tablet a todo volumen, dibujos y canciones infantiles compitiendo con los motores del avión.
Media hora. Una hora. Nadie dice nada.
Azafatas pasando, miradas incómodas, cero acción.
Al final te levantas y vas hacia ellos:
—Perdonad, ¿podríais bajar el volumen o ponerle auriculares? Es imposible descansar así.
El padre se encoge de hombros:
—Es un niño, ¿qué quieres que haga? Si no se entretiene, monta un escándalo, y los auriculares le hacen daño. Si queríais dormir, haber pagado business.
Traducción: “Mi hijo es mi pase VIP para hacer lo que me sale de los huevos”.
Respiras, sin subir el tono:
—Precisamente porque es un espacio cerrado, hay que pensar en los demás. Tu comodidad no vale más que el descanso de todo el avión.
Mira hacia arriba y suelta algo sobre “la gente que odia a los niños”,
pero baja el volumen casi al mínimo.
Dos pasajeros te sonríen cuando vuelves a tu asiento.
Uno te susurra: “Gracias, pensaba que era el único al que le molestaba”.
El problema no son los niños.
Son los padres que han decidido que su agotamiento es responsabilidad del resto,
y que el “es un niño” les da derecho a colonizar cualquier espacio.
El derecho de tu hijo a entretenerse no incluye convertir un vuelo entero en su guardería personal.
Y no, poner límites a eso no es ser amargado.
Es ser el adulto que muchos padres ya no quieren ser.