El problema de fondo no es simplemente político, sino moral. Una sociedad no puede aspirar a la verdad pública si quienes deberían buscarla se dedican a adulterarla. Un periodismo que miente, recorta, opera y construye fake news no cumple ninguna función noble, por el contrario, intoxica la conversación pública. Degrada el debate democrático y convierte a los ciudadanos en rehenes de agendas que no responden al interés general,
sino al interés de pequeños grupos de poder. La mentira sistemática no se vuelve respetable por aparecer impresa en un diario, en un portal o en un programa de televisión.
Sigue siendo mentira. Y cuando esa mentira se organiza, se profesionaliza y se repite todos los días con pretensión de autoridad, deja de ser un error para convertirse en un
mecanismo de manipulación.
Por eso la crítica al periodismo no es un ataque a la libertad de expresión como intentan presentarlo quienes se escudan en ese argumento para no rendir cuentas. Al contrario, denunciar a los operadores disfrazados de periodistas es defender la verdad frente a quienes la prostituyeron. Defender la libertad de expresión no implica otorgar inmunidad moral a quienes usan un micrófono, una columna o una pantalla para mentir de manera sistemática. La libertad de prensa no puede ser un escudo para la desinformación organizada ni una coartada para la operación política. Si el periodismo quiere recuperar
autoridad, tendrá que volver a algo tan básico como olvidado: verificar antes de publicar, informar antes que militar, y asumir que la verdad está por encima de sus negocios, de sus prejuicios y de sus intereses.
Tolstói llegó a la cima de casi todo lo que el mundo llama plenitud: fama, genio, familia, reconocimiento. Y ahí, justo ahí, se le reveló el abismo.
En Confesión no describe una crisis de fracasado. Describe la lucidez de quien consiguió lo que buscaba y descubrió que el alma no se alimenta de logros.
La inteligencia puede explicar el mundo, pero no puede sostenerlo.
Por eso su búsqueda no terminó en una idea mejor, sino en el Evangelio. No como ornamento cultural, sino como la única respuesta que no se deshace cuando la vanidad se apaga.
Dios no aparece cuando ya no nos queda nada. A veces aparece cuando por fin vemos que lo que teníamos no era vida. Era escenario.
Ntp entiendo que para ti se te haga una mamada algo que para mí es importante. Igual entiendo por qué cuando lo compare con un una idea tuya se te hizo una opinión tan ignorante. Para ti mis sueños son mamadas y los tuyos son importantes.