el hilo de gemidos suaves chocase contra él. Su voz era ronca y exasperada, como si esperase más.
⸻Vamos a la cama.
Le ordenó, con ceruleos directamente mirando a aquella humilde cama que había en una de las paredes.
Era como contemplar a un cordero yendo al matadero; solo que era él el verdugo y en realidad no se refería en nada a la muerte... Sino que era algo mucho más visceral, incluso. Porque era una necesidad intrínseca y de animal—algo que incluso él mismo había descubierto en su
excitación, y aquella zona era la más exacta para desfilar su obviedad. Que Sejanus le tocase... Le traía loco, desde luego, en tantos aspectos que era abrumador el elegir cómo sentirse.
Se aferró a su cuerpo, bajando la cabeza para apoyar los labios contra su oreja y dejar