El símbolo del desprecio por el patrimonio. Los geoglifos de La Encañada (cercanías de Quillagua) han sido parcialmente destruidos por la instalación de antenas. Si no protegemos obras de hace miles de años, ¿qué nos queda como país?
Foto: Fundación Desierto de Atacama
LA VERDADERA EMERGENCIA
ES EL LENGUAJE
Gobernar en gerundio, pensar en borrador. Cuando el poder conjuga mal los verbos, la realidad termina mal escrita.
Hay gobiernos que tropiezan en la gestión, otros en la estrategia, algunos en la ética. Este, en cambio, tropieza —y con estrépito— en algo más primario: el lenguaje. Y cuando la palabra falla, no solo se erosiona la forma; se desnuda el fondo.
Desde la irrupción de José Antonio Kast y su cohorte ministerial, hemos asistido a un fenómeno curioso: la progresiva degradación del discurso público. No se trata de una cuestión estética ni de elitismo retórico, como apresuradamente podrían caricaturizar algunos, sino de un problema funcional. Gobernar es, en esencia, comunicar. Y aquí, la comunicación no alcanza siquiera el umbral de lo aceptable.
Lo que en un inicio pudo interpretarse como inexperiencia, hoy se revela como una constante estructural. Ministros con posgrados —al menos en el papel— que balbucean ideas inconexas; subsecretarios que convierten el exordio en un campo minado de muletillas; vocerías que parecen improvisaciones de sobremesa mal iluminada. La pobreza léxica es apenas la superficie de un problema más profundo: la incapacidad de articular pensamiento con claridad.
Porque el lenguaje no es un adorno: es pensamiento en voz alta. Y cuando la sintaxis se desmorona, lo que cae no es sólo la frase, sino la idea misma. Escuchar a ciertas autoridades es asistir a una suerte de naufragio semántico, donde las palabras flotan sin dirección, sin ritmo, sin jerarquía. No hay cadencia, no hay intención, no hay estructura. Sólo ruido.
En columnas anteriores —pienso particularmente en aquella dedicada a la vocera Mara Sedini— ya advertíamos esta tendencia: una retórica que abdica de toda aspiración a la precisión y se refugia en una falsa cercanía, como si la informalidad fuese sinónimo de autenticidad. Pero no lo es. Es, más bien, la coartada de la mediocridad.
El caso del propio presidente Kast no es mejor, un exordio plano, simplón, facilista, un discurso poco elaborado y pobre en su contenido y técnica, en las antípodas de un estadista de verdad. No hay profundidad, no hay precisión ni conocimiento, menos agudeza ni exactitud.
El caso del hoy diputado Orrego es patético, verbaliza mal, no modula y lo peor, no logra salir del mismo lugar común cada vez que habla. Hasta para insultar se requiere cierta lucidez diría el gran Schopenhauer.
El problema no es que hablen “como la gente”. Es que hablan peor que la gente cuando la gente intenta hablar bien. Hay en ello una paradoja inquietante: quienes detentan el poder parecen haber renunciado a la responsabilidad de elevar el estándar del discurso público, optando en cambio por mimetizarse con su versión más precaria.
Se dirá —y con algo de razón— que la gestión importa más que la elocuencia. Pero esta es una falsa dicotomía. La buena gestión necesita ser explicada, defendida, persuadida. Sin lenguaje, no hay política, hay administración muda. Y un gobierno que no sabe decir lo que hace, termina no sabiendo qué hacer.
Lo más preocupante, sin embargo, no es el diagnóstico, sino el pronóstico. No hay señales de corrección. No hay autoconciencia. No hay, siquiera, incomodidad. Se habla mal con la tranquilidad de quien no percibe el error, de quien ha vivido siempre en un ecosistema donde la precariedad lingüística es norma y no excepción.
Así, el problema deja de ser individual y se vuelve cultural. No estamos ante ministros que hablan mal, sino ante una élite que ha naturalizado hablar mal. Y cuando eso ocurre, la política pierde una de sus herramientas más nobles: la palabra como instrumento de construcción común.
En definitiva, este gobierno no solo desafina: ha olvidado que existe una partitura. Y en ese olvido, cada intervención pública se convierte en una disonancia, en un ejercicio involuntario de descomposición. Porque cuando el lenguaje se empobrece, la política no tarda en seguirle el paso.
@MisColumnas
"No decir que la situación es grave" y "no mencionar jamás a las empresas": La minuta del Gobierno para manejar relato por alza de los combustibles #Cooperativa90 https://t.co/8Hc6oSTBZo
LA REPÚBLICA DEL “YO CREO”
La cultura del tincazo.
Cuando la ignorancia se disfraza de opinión y el tufillo reemplaza a los datos.
Durante siglos la humanidad hizo un esfuerzo monumental para separar dos cosas muy distintas: lo que se sabe y lo que se cree. Fue una tarea ardua. Costó revoluciones científicas, bibliotecas enteras, universidades, y unas cuantas cabezas brillantes dedicadas a demostrar que el mundo no funciona según la intuición del primero que levanta la mano en la plaza.
Pero en nuestra época, ese esfuerzo parece estar retrocediendo con una facilidad alarmante. En el debate público ha emergido con fuerza una expresión que resume este retroceso intelectual: “yo creo que…”.
La frase se ha convertido en una especie de salvoconducto retórico. Permite opinar sobre cualquier asunto —economía, salud pública, seguridad, energía, cambio climático o política internacional— sin la molestia de informarse previamente. Basta con la convicción íntima, el pálpito, la tincada. El razonamiento queda reducido a una corazonada que se pronuncia con tono solemne.
La escena es ya un clásico.
El periodista pregunta:
—Señor diputado, ¿qué opina sobre este fenómeno económico?
Y la respuesta llega sin rubor:
—Bueno… yo creo que…
Y a continuación se despliega un relato completo, con diagnósticos, causas, consecuencias y hasta soluciones. Todo ello basado en la única evidencia disponible: la creencia personal del entrevistado.
En otras palabras, la epistemología del bar.
El problema no es que las personas tengan creencias. Eso es inevitable y profundamente humano. El problema aparece cuando la creencia se presenta como conocimiento. Cuando la intuición se disfraza de evidencia y la opinión se hace pasar por análisis.
La cultura del “yo creo” transforma el debate público en una feria de opinología donde todos compiten por ver quién suena más convencido, no quién está mejor informado. Los datos, esos ingratos elementos que suelen arruinar buenas narrativas, pasan a ser un accesorio opcional.
En este nuevo ecosistema retórico, el argumento ya no necesita evidencia: basta con actitud. El dato duro es reemplazado por el tufillo. Esa percepción vaga que alguien presenta como si fuese un diagnóstico técnico.
—Tengo el tufillo de que esto no funciona…”no me tinca”…
Y listo. Con ese aroma intelectual se clausura cualquier análisis serio.
El tufillo, por supuesto, tiene una ventaja enorme sobre los datos: no puede refutarse. Los números se equivocan, las estadísticas se revisan, los estudios se contrastan. Pero el tufillo es invulnerable. Es la forma más sofisticada de la ignorancia: una ignorancia que además se siente segura de sí misma.
Lo verdaderamente curioso es que esta práctica ya no produce vergüenza. Antiguamente, cuando alguien no sabía de un tema, solía decirlo. Era una forma básica de honestidad intelectual. Hoy, en cambio, la ignorancia se expresa con convicción televisiva y gesto grave, como si fuese una fuente legítima de conocimiento.
Así hemos llegado a un curioso estadio cultural: la democracia del pálpito.
En ella, la evidencia compite en igualdad de condiciones con la intuición; los estudios con la corazonada; y la investigación con la tincada matinal. El experto y el improvisado ocupan el mismo espacio argumental, porque ambos comienzan sus frases de la misma manera:
“Yo creo que…”
El resultado es un debate público cada vez más liviano, donde las ideas no se contrastan con hechos sino con otras creencias. Un diálogo donde los argumentos flotan como globos sin peso, sostenidos únicamente por la seguridad con que se pronuncian.
Y así, mientras la realidad exige datos, análisis y conocimiento, la conversación pública avanza orgullosamente impulsada por el motor intelectual más antiguo de la humanidad:
La opinión sin fundamento… pero con mucho tufillo.
@MisColumnas
Video: La Presidenta del Senado, Paulina Núñez, repite en 45 segundos, 5 veces “yo creo”…y argumenta desde la creencia, sin ningún dato.
Eduardo, usted desde su cómodo púlpito digital, decidió despedir al presidente de Chile con un insulto fácil: “Merluzo”. El problema de ese gesto no es su grosería —la política argentina lleva años degradando el lenguaje público— sino su ignorancia. Porque cuando se abandona el dato y se abraza el exabrupto, lo que queda en evidencia no es el objeto del insulto, sino la precariedad intelectual de quien lo emite.
Antes de insultar Sr. Feinmann, usted debería comparar hoy a Chile con Argentina, lo que exige algo más que fervor ideológico: exige cifras. Y las cifras, señor Feinmann, son despiadadas con los relatos improvisados.
Mientras usted descalifica al presidente chileno, el país que él gobierna termina su mandato con inflación anual cercana al 3%. Argentina, en cambio, suele registrar en un mes lo que Chile acumula en un año. Esa sola comparación debería bastar para moderar cualquier entusiasmo insultante.
En empleo y actividad económica, la diferencia también es elocuente. En Chile se crearon más de 200.000 empresas sólo el 2025; en Argentina, su país, bajo el experimento libertario de Milei, cierran cerca de 30 empresas por día. Más de 22.000 compañías han desaparecido en dos años generando más de 290.000 desempleados, y más de 30 multinacionales han abandonado su país. No es precisamente el paisaje de un milagro económico.
Mientras tanto, en Chile aumenta la creación de empleos, los salarios reales llevan más de dos años creciendo y la pobreza continúa reduciéndose. En Argentina, el empleo formal apenas supera la mitad de la fuerza laboral y la informalidad avanza como una epidemia estructural, siendo más del doble que en Chile.
Hablemos también del Estado, ese enemigo retórico del libertarismo. Chile tiene uno de los Estados más pequeños del mundo: apenas el 9,5% de su fuerza laboral trabaja en el sector público. El promedio de la OCDE es casi el doble. El gasto público chileno bordea el 25% del PIB; el promedio OCDE supera el 40%. Es decir: el supuesto “socialismo” chileno que usted denuesta, existe, en realidad, sólo en la imaginación de quienes prefieren el eslogan al análisis.
Hablemos de riesgo país, Chile entre los dos menores de la región. Argentina, en cambio, dejando fuera Venezuela, tiene el riesgo país más alto de Latam, y es el mayor deudor del planeta con el Fondo Monetario Internacional, concentrando alrededor del 35% de toda su cartera crediticia.
La obra pública argentina es ejemplo de congelamiento.
Pero quizá el contraste más revelador sea el social. Durante el gobierno que usted insulta, se aumentó el salario mínimo al doble de Argentina, se redujo la jornada laboral a 40 horas semanales, se elevó la pensión garantizada para adultos mayores, se instauró copago cero en salud pública, se creó un royalty minero para financiar políticas sociales y se impulsaron industrias estratégicas como el hidrógeno verde y el litio.
No son consignas. Son políticas públicas.
Mientras tanto, en Argentina, se proponen jornadas laborales de hasta 12 horas, salarios variables pagables incluso en especies, indemnizaciones financiadas en cuotas. Los trabajadores de plataformas llegan al 10% de la masa laboral argentina, mientras en Chile es menos del 2,5%.
Por eso su tuit no es una crítica política: es una caricatura informativa. No describe la realidad chilena; describe su desconocimiento sobre ella.
Chile, con todos sus problemas —que los tiene— termina este ciclo con inflación controlada, moneda estable, crecimiento empresarial, reducción de pobreza y como la economía más sólida de América Latina.
Argentina, en cambio, experimenta con una motosierra fiscal mientras su tejido productivo se deshilacha.
De modo que antes de repartir epítetos desde Buenos Aires, quizá convendría mirar los indicadores con un poco más de humildad. Porque cuando los datos hablan, los insultos quedan exactamente en lo que son: ruido.
Y el ruido, señor Feinmann, rara vez reemplaza a la inteligencia.
Lea e infórmese, es gratis.
🎞️Sobre declaraciones de la futura ministra Vocera de Gobierno, Mara Sedini, el Defensor de la Niñez, Anuar Quesille, aclara que la Defensoría de la Niñez es una institución autónoma del Estado, cuya máxima autoridad es elegida por el Senado cada 5 años, y que hoy se encuentra en medio de su mandato.
Revisa la aclaración completa en el video:
LA REPÚBLICA DE LOS GRITOS
El triste show del bastón iracundo.
Argentina, de esto, no se sale…
El Congreso de una nación es, por definición, un teatro. No uno menor ni de barrio, sino uno clásico: pasiones en escena, ideologías en pugna, egos sobreactuados y aplausos estratégicos. Allí conviven el grito y el silencio, la ironía y la épica, el abrazo oportunista y la derrota rumiada. Todo eso es parte del libreto democrático. Mientras el exceso no abandone el perímetro de la palabra, la república resiste.
Pero hay un momento que exige otra textura: cuando el Presidente habla. Ese instante no pertenece al circo, sino al rito. Puede gustar o no el contenido, convencer o irritar, pero la solemnidad no es optativa. No se trata de respeto a la persona, sino a la investidura. Al final del día, el respeto al mandatario es respeto al ciudadano que lo eligió, incluso —y sobre todo— al que no.
En la Argentina contemporánea, ese umbral fue traspasado con entusiasmo. El último discurso de Javier Milei ante el Congreso de la Nación Argentina no fue un exordio: fue un exabrupto. Gritos, insultos, descalificaciones personales y una ira exhibida como virtud cívica. El improperio elevado a método. La injuria presentada como sinceridad brutal. El denuesto como política pública.
Cuando el agravio emana desde la cúspide del poder, deja de ser anécdota y se vuelve norma. El mensaje es claro: la furia gobierna, el insulto ordena, la desmesura conduce. Y entonces el Congreso deja de ser foro y se convierte en barra brava; la política abandona el debate y se instala en la cancha embarrada; el desacuerdo se resuelve a los gritos, como en la villa, como en la calle, como en el ajuste de cuentas del narco. Nada de esto es metáfora: es pedagogía institucional.
Se dirá —con tono de meme— que es “estilo”, que es “carácter”, que es “autenticidad”. Magnífico. También lo es el berrinche infantil, pero nadie pretende gobernar con él. La república no se administra con espasmos. El liderazgo no consiste en vociferar, sino en contener. Y la autoridad que necesita gritar para existir ya ha perdido su razón de ser.
Lo verdaderamente grave no es el exabrupto presidencial, sino su normalización. Un país que aplaude el insulto desde el atril aprende rápido a despreciar la ley desde la vereda. Un Congreso que responde con griterío abdica de su dignidad. Y una sociedad que confunde brutalidad con franqueza termina celebrando su propia degradación.
De ahí la tragedia: de esto no se sale. Porque para salir se requiere respeto, profesionalismo, templanza. Virtudes básicas, casi aburridas, que hoy parecen exóticas. Sin ellas, la política argentina no cae: se descompone. Y cuando la descomposición se vuelve costumbre, ya no hay shock que cure, ni grito que salve.
Argentina, entonces, queda atrapada en su propio espectáculo. Aplaudiendo al protagonista mientras el teatro arde. Un presidente iracundo, rabioso y furibundo, rehén de un lenguaje vulgar, soez y procaz, envuelto en su propio narcisismo y aplaudido por una bancada anestesiada por el poder que jamás imaginaron tener.
Cuando la icónica canción del musical Evita, canta y dice: No llores por mi Argentina, con tristeza podemos ver que hoy al país transandino ya no le quedan lágrimas. @MisColumnas
PATRIOTISMO SELECTIVO
Cuando el ego ideológico muestra la hilacha.
Cada cierto tiempo, la política exterior ofrece una prueba simple —casi infantil— para medir la madurez de una clase dirigente: ¿Es capaz de distinguir entre la legítima diferencia ideológica y el interés estratégico del país?
La discusión en torno a la eventual candidatura de Michelle Bachelet a la Secretaría General de las Naciones Unidas parece demostrar que, en Chile, una parte de la derecha aún reprueba ese examen básico. Los mismos que hasta hace poco decían que el país debía retirarse de la ONU por irrelevante, hoy entran en el debate sobre quien deba presidirla. Al parecer no es tan intrascendente.
Mientras Argentina se cuadra sin complejos tras Rafael Grossi, y Costa Rica o Portugal hacen lo propio con sus respectivos candidatos, en Chile se abre una guerra de trincheras internas. No por falta de méritos de la candidata, sino por una razón mucho más pobre, es ella. Como si la ONU fuera una extensión del debate doméstico y no el principal foro de gobernanza global del planeta.
Conviene recordar una obviedad que suele incomodar a los ideólogos: que un compatriota presida una organización multilateral de esta envergadura no significa control político, pero sí implica protagonismo, acceso temprano a información estratégica, capacidad de influencia informal y posicionamiento internacional del país. Son ventajas reales, estudiadas y conocidas en la diplomacia profesional. Por algo las grandes potencias —y las medianas inteligentes— las buscan con disciplina casi militar.
La historia es clara. Países que han logrado instalar figuras propias en la cúspide de organismos internacionales no sólo ganan visibilidad, sino también redes, reputación y capacidad de lectura anticipada de la geopolítica. Tener a alguien “en la cabecera de la mesa” permite comprender antes que otros hacia dónde se mueven los consensos, las tensiones y los equilibrios globales. En un mundo crecientemente fragmentado, eso es poder blando del más fino y por cierto, estratégico.
En términos de currículum, el debate resulta aún más curioso. Michelle Bachelet no sólo fue dos veces Presidenta de la República, sino que lideró ONU Mujeres y ejerció como Alta Comisionada para los Derechos Humanos, uno de los cargos más complejos y políticamente sensibles del sistema internacional. Pocos candidatos vivos —de cualquier color— pueden exhibir una trayectoria equivalente en conducción política, gestión multilateral y legitimidad internacional. Grossi, con una carrera sólida en el ámbito nuclear, y otros aspirantes europeos o latinoamericanos, poseen méritos atendibles, pero objetivamente más acotados en escala y diversidad.
Y sin embargo, desde Chile surge la resistencia. Una resistencia que llega al punto de preferir candidatos extranjeros antes que una compatriota. Aquí la ironía se escribe sola: los mismos que se autodefinen como patriotas parecen entender el patriotismo como una camiseta partidaria y no como una defensa racional del interés nacional.
La analogía futbolera es inevitable: sería como oponerse a que un chileno presida la FIFA porque alguna vez fue dirigente del club rival. Una lógica tan apasionada como provinciana. Tan ruidosa como absurda…una torpeza pueril.
Más preocupante aún es la señal que se envía hacia afuera. Un país que no respalda a sus propias figuras en escenarios globales comunica división, inmadurez y una sorprendente incapacidad de separar la política doméstica del tablero internacional. En diplomacia, esas señales se leen con lupa, y las consecuencias no son despreciables.
Chile no gana nada disparándose en el pie por una miopía ideológica. Gana mucho —aunque a algunos les incomode— cuando entiende que el mundo no funciona como una pelea en redes sociales. El verdadero patriotismo no consiste en vetar al adversario, sino en saber cuándo el interés del país está por encima del gusto personal. Hoy, no son tiempos de mostrar la hilacha. @MisColumnas
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