Terminar tu intervención con “y bueno por mi parte es todo” está tan trillado que se merece el “más que una pregunta tengo un comentario” que segurito viene después.
Me queda poco tiempo contigo.
Pensarlo me eriza la piel y me empaña la mirada.
Quiero escuchar lo que digas, oler tu perfume, inhalar tu presencia.
Si no puedes quedarte conmigo, entonces, por favor, quédate en mí.
Cuánta ternura. Cuántos abrazos. Cuántos «yo te ayudo». Cuánta escucha. Cuánta impecabilidad con las palabras.
Qué fácil, resulta, es el cariño bonito.
Estoy saliendo con mi crush de la universidad y viviendo el presente. No hay ansiedad. No hay presiones de nada. Solo veo cómo le brillan los ojitos y a mí se me sale el corazón. Bendito obsequio de la vida.
Cuando un ponente tiene elocuencia, interpretarlo es una delicia: Empieza la semana con inglés <> español <> francés en una conferencia sobre ciberseguridad.
Dominé las reglas y me volví un maestro de este particular ajedrez: enrocado y con una caballeriza al frente, me blindé contra los jaques del tablero.
Pero las reglas mutaron, y mis piezas, confundidas, caen, unas hacia atrás, otras de bruces.
Tu reina se abalanza.
Mate, Rodo
Entre risas y lágrimas, me cuenta lo que se siente andar en sus zapatos y lo hace desde la fertilidad del dolor, donde la sabiduría crece a sus anchas.
Tal vez —pienso— todos estamos viviendo lo mismo.
Al final, mi madre y yo bailamos rock hasta agotarnos.
No quiero olvidar.