A raíz de la visita del Papa León XIV a España, algunos han vuelto al debate de siempre: si España es “laica” o “aconfesional”.
Como jurista y católico, quiero señalar que esa discusión es una trampa terminológica. En la práctica, ambas fórmulas conducen al mismo resultado: expulsar progresivamente a Cristo de la vida pública, reducir la fe a un asunto privado y presentar cualquier presencia social de la Iglesia como una «anomalía democrática».
El católico no debería entrar dócilmente en ese lenguaje. La cuestión decisiva no es si el Estado se declara laico, aconfesional, neutral o cooperador. La cuestión decisiva es si una nación reconoce o rechaza públicamente el reinado de Cristo.
Además, para hacerlo todavía más ridículo, el Estado laico o aconfesional presume de neutralidad, pero termina predicando su propia religión civil. Tiene dogmas, ritos, moral pública, herejías sociales, excomuniones mediáticas y una idea cerrada del hombre. Solo que, en este caso, se trata de una religión falsa: sin Dios verdadero, con el Estado como poder supremo y el hombre como medida última de todas las cosas.
El ateísmo político también "educa", también legisla, también impone una visión del bien y del mal. Su “neutralidad” consiste en sacar a Cristo de la escuela, de la ley, de la familia y de la vida pública para colocar en su lugar al Estado, la ideología dominante y la voluntad humana.
España no puede entenderse sin la fe católica. Su unidad histórica, su cultura, su derecho, sus universidades, su arte, su concepción de la familia, su idea de justicia y su misión universal han sido formadas durante siglos por la Iglesia. Pretender ahora que el catolicismo quede reducido a devoción doméstica es una mutilación espiritual y jurídica de la propia patria, ya sea a través de un Estado laico, aconfesional o cualquiera que sea el nombre que reciba.
La libertad religiosa —fruto de la revolución liberal francesa—, entendida como neutralidad pública ante la verdad, ha servido para colocar la verdadera fe al mismo nivel que el error. Bajo apariencia de convivencia, termina imponiendo un dogma nuevo: Dios puede existir en la conciencia privada, pero debe desaparecer de la ley, de la escuela, de la política y de la vida social.
La doctrina católica, sin embargo, enseña algo mucho más alto. La autoridad civil debe reconocer el orden moral querido por Dios. La Iglesia tiene derecho a enseñar, orientar, corregir y juzgar moralmente la vida pública. La educación debe formar en la verdad, y en España esa verdad pasa necesariamente por la fe católica. (cf. León XIII, Immortale Dei y Libertas praestantissimum; Pío XI, Quas primas y Divini illius Magistri).
Laicidad, aconfesionalidad, neutralidad: palabras modernas para una misma renuncia. El ideal católico no es una patria espiritualmente neutral, porque la neutralidad ante Cristo acaba siendo apostasía pública.
Lo que debemos perseguir es una España confesionalmente católica, ordenada al bien común bajo la ley de Dios, con una educación católica, unas instituciones conscientes de su deber moral y una vida pública que reconozca a Cristo Rey.
España será católica o será una carcasa histórica administrada por el liberalismo.
Santo Tomás enseña que, después de Dios, el hombre es deudor principalmente de sus padres y de su patria, porque de ellos ha recibido el ser, la educación y el orden civil que sostiene la vida común.
Por eso, amar la Patria rectamente es un acto de piedad: gratitud hacia quienes nos precedieron, fidelidad al bien común y deber de transmitir a los hijos una herencia espiritual, moral y cultural.
El católico debe amar su Patria, sabiendo que toda patria terrena está ordenada a la Patria celestial. La sirve con justicia, la corrige cuando se aparta de la ley natural y divina, y la defiende cuando es atacada en sus bienes más altos: la fe, la familia, la verdad y la tradición.
Despreciar injustamente la propia Patria es despreciar uno de los dones concretos que la Providencia nos ha confiado. Amarla cristianamente es custodiarla para Dios.
"It has always seemed strange to me... The things we admire in men, kindness and generosity, openness, honesty, understanding and feeling, are the concomitants of failure in our system. And those traits we detest, sharpness, greed, acquisitiveness, meanness, egotism and self-interest, are the traits of success. And while men admire the quality of the first they love the produce of the second." - John Steinbeck
This quote is taken from John Steinbeck’s Cannery Row (1945). In the novel, Steinbeck examines a core contradiction of modern life: the virtues people publicly celebrate are rarely the ones that lead to success. Kindness, honesty, generosity, and empathy are praised in principle, yet in competitive economic systems they often hinder advancement. In contrast, traits like greed, shrewdness, and self-interest tend to produce material rewards, even while being morally criticized.
Steinbeck isn’t condemning success itself. Rather, he highlights a cultural paradox—society applauds virtue but frequently profits from its opposite. The final line underscores this tension: goodness is admired, yet ambition and self-interest are what generate the wealth and productivity people ultimately enjoy. Maybe that contradiction is simply part of the world we live in.
The lack of ideas — or, more simply, gods — causes an inexplicable melancholy, like a fog through which the sun does not penetrate. The world becomes colorless; the word loses its substance — and above all, where it should go beyond the limits of pure communication.
Ernst Junger
“Así, pues, la vida del hombre oscila como un péndulo, de derecha a izquierda, entre el dolor y el aburrimiento.”
Arthur Schopenhauer.
El mundo como voluntad y representación. Tomo IV
«La división de España en estados federales con administración independiente equivaldría a la reaccionaria destrucción de la unidad nacional» (Karl Marx).
¿Alguien que esté en su sano juicio piensa que esta fiesta del fútbol debe ser multada con 20.000€?
¿Por qué alguien quiere perseguirlo? Muy sencillo: porque tiene otros intereses que nada tienen que ver con el fútbol.
No tendría por qué contar esto pero desde @descifraguerra hemos sufrido presiones, censura y persecución activa. Lo voy a poner a nivel personal ya que se nos acusa de una cosa y la contraria justo cuando la propaganda está más concentrada que nunca sobre el discurso único.
Hoy hace 501 años que el gran Hernán Cortés, al mando de un ejército en su gran parte integrado por indígenas (tlaxcaltecas y otros pueblos originarios), tomó la capital del imperio mexica, gente que practicaba sacrificios humanos e imponía fuertes tributos a sus vecinos. (Sigue)