[Frank]
Había una curiosa similitud entre los besos que habían compartido; en la fiesta, justo antes de cumplir el reto que le habían impuesto en el juego, estaba seguro de cuál sería la reacción ajena, sabía que no correspondería, pero ahora había tenido una envolvente seguridad desde el principio, de nueva cuenta había podido predecirlo. Y una parte de él se alegraba de que no lo hubiera hecho la primera vez, porque había un encanto en que se sintiera como si nunca hubiera pasado, eran como dos personas distintas.
Su mano lo sostuvo delicadamente por la solapa, aunque no se molestó en tirar de él más cerca, se fundían ya contra el otro en un beso que se intensificaba a un ritmo gradual, coordinado y con una placidez que le arrebataba cualquier pensamiento. Nada había existido antes, ni existiría después. Eran sólo ellos y el imperceptible suspiro que ambos dejaron escapar.
Cuando el contacto se rompió, se encargaron de mantenerse a una escasa distancia. Podían mirarse con una profundidad armónica que jamás había tenido la suerte de compartir con alguien.
Su mano se deslizó por su pecho, creía estar temblando un poco pero se negaba a reconocerlo.
Sus palabras habrían puesto una sonrisa en su rostro en el instante en que se convirtieron en una confesión, pero se encontró a sí mismo conteniéndola sin razón, como una programación automática de la que tenía que liberarse si quería ser capaz de responderle.
—Me gustas, Santiago —. Fue sólo entonces que se permitió dejar ir el peso que lo paralizaba, sonriendo inevitablemente. —Se estaba volviendo muy difícil disimularlo.