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El cooling break con pausa publicitaria con Maradona hecho con IA promocionando una casa de apuestas.
Hay un razonamiento que aparece con claridad en quienes apoyan la gestión aun cuando reconocen que ahora están peor. La idea que ordena el discurso es que el problema nunca fue estar mal. El problema era que otros estaban mejor sin merecerlo. Que el comercio caiga, que el salario rinda menos o que el trabajo falte entra en una lógica de corrección moral. El deterioro propio se vuelve tolerable bajo la creencia de que alguien más pierde un privilegio ilegítimo. La sensación de castigo funciona como alivio simbólico. Se asume que el verdadero sufrimiento pertenece al que pierde algo que no debía tener.
En ese marco estar peor deja de ser una señal de fracaso para transformarse en una prueba de justicia. El ajuste se vive como pedagogía social. La política dejó de prometer bienestar para pasar a administrar culpas. El mecanismo de negación radica en creer que el daño siempre le pertenece a otro. El cuerpo propio siente el impacto de las medidas económicas y la mente lo procesa como un ordenamiento necesario de las jerarquías sociales. Esa tolerancia tiene un límite biológico marcado por la urgencia.
Ese equilibrio ya muestra señales de agotamiento. La pérdida es reconocida, el deterioro es dicho en voz alta y la experiencia cotidiana empieza a tensar el argumento que la justificaba. Mientras el castigo al otro conserve eficacia simbólica, el malestar propio puede seguir siendo soportado. Cuando esa compensación moral deje de alcanzar, cuando la sensación de justicia no logre cubrir la urgencia material, el razonamiento empieza a resquebrajarse y la adhesión queda expuesta a un giro.