MANUAL DE DESPROGRAMACIÓN BOLIVARIANA PARA VENEZOLANOS SENSIBLES (o cómo desprenderse lentamente de la idea —sin sufrir un colapso emocional inmediato— de que Simón Bolívar fue «nuestro libertador»)
MÁS DE UN SIGLO de escolarización bolivarista deja marcas profundas. Década tras década el venezolano promedio aprendió primero a decir «Bolívar» y después a pensar. Por eso, cualquier procedimiento de desprogramación exigirá paciencia.
El rostro de Bolívar aparece en billetes, monedas, plazas, escuelas, ministerios, avenidas; en los ojos húmedos de la maestra de primaria y hasta en el papel higiénico ideológico del Estado. Casi-casi-casi aparece también en el tetero.
Si alguien ve la misma cara durante cuarenta años, termina suponiendo que aquel señor debió salvar a la humanidad de una invasión extraterrestre.
Pero procedamos, por difícil que sea, a la desprogramación.
La primera medida consiste en tranquilizar al paciente; asegurarle que nadie le va a quitar las arepas; que nadie le va a prohibir decir «chévere», «pana». Que ni siquiera van a quitarle el decadente y ya tan normalito «marico». Que no habrá alarma en algún Estado porque alguien descubra que Bolívar no descendió del Monte Sacro envuelto en relámpagos olímpicos. La vida continuará con admirable indiferencia. Las hallacas seguirán existiendo; el Ávila permanecerá en su sitio; autobuses y mototaxis continuarán circulando.
Después de esa primera estabilización emocional comienza la terapia propiamente dicha. La primera grieta aparece cuando el venezolano descubre que ganar una guerra no convierte automáticamente a nadie en libertador. Napoleón ganó muchísimas y dejó media Europa cubierta de cadáveres, ruinas y censura. La historia universal conserva una enorme colección de vencedores capaces de arruinar civilizaciones enteras.
Más adelante emerge una pregunta todavía más delicada: ¿qué éramos exactamente antes de la independencia? Ahí comienzan a verse los primeros espasmos republicanos. El venezolano formado bajo el catecismo bolivarista imagina 1810 como una especie de Mordor tropical —aquel reino infernal y oscuro de las novelas de Tolkien— administrado por españoles malignos que despertaban cada mañana pensando cómo torturar indígenas, afilando bayonetas frente a plantaciones humeantes. Luego aparecería Bolívar en su caballo blanco repartiendo ciudadanía, dignidad, electricidad y autoestima continental.
El problema está en ciertos detalles incómodos. En 1800 los habitantes de Caracas eran españoles. Jurídicamente españoles. Culturalmente españoles. Religiosamente españoles. Lingüísticamente españoles. Esto incluía criollos, mestizos, pardos, indígenas integrados al orden imperial y personas de múltiples mezclas raciales. Porque ser españoles era toda esa poliformia compleja y vibrante, no la estampita del peninsular enseñada luego en república. Ser americano jamás convertía automáticamente a nadie en extranjero dentro de la Monarquía Hispánica. Tampoco el color de piel anulaba la pertenencia civilizatoria. Existía movilidad social, ascenso administrativo, acceso al sacerdocio, participación municipal, vida universitaria y múltiples mecanismos de integración jurídica. Las provincias americanas formaban parte de una misma estructura política que llevaba tres siglos desarrollándose. Nadie necesitaba pasaporte para viajar de Caracas a Cádiz, todo aquello pertenecía al mismo cuerpo político.
Llegados a este punto, el paciente suele, como si no hubiera escuchado lo anterior, soltar la frase aprendida: «Sí, pero éramos colonia». Entonces toca formular una pregunta sencilla y observar cuidadosamente la reacción fisiológica: ¿en qué colonia los habitantes poseen representación municipal, universidades reales, fueros, imprentas, acceso al sacerdocio, movilidad jurídica y posibilidades de ascenso administrativo? El silencio posterior toma una densidad dramática.
Pero la terapia avanza. Llega el momento de revisar qué dejaron realmente las
Estamos en la mañana del 8 de Noviembre de 1920.
En la capilla de Saint-Pol-sur-Ternoise, en Francia.
Un humilde ataúd de madera sale con destino el castillo medieval de Boulogne.
@ajsucre Ya saldrá alguna organización diciendo que era un número desproporcionado de policías contra un pobre e indefenso que solo estaba aplacando el calor del verano…