"Tengo dos hijos con discapacidad que no reciben su medicación hace cinco meses. Estoy llegando al límite de la desesperación. Mis hijos además de epilépticos son ciegos. Sin la medicación convulsionan. El médico que me está ayudando a conseguir medicación les quiso bajar la dosis para que me alcanzara lo que me había dado en el mes y volvieron a convulsionar después de ocho años. Cada convulsión los daña, tienen las cejas cosidas, fracturas de clavícula. Es muy cruel y muy desesperante pasar por esto y yo llegué a un límite. No sé si no me van a ver encadenada. Voy a ir hasta las últimas consecuencias si ha mis hijos les pasa algo".
Cinco meses sin entregar una medicación vital para que puedan seguir viviendo. Ni olvido ni perdón para estos hijos de puta.
El cuarto Rey Mago
Se llamaba Elyas.
No era el más rico ni el más conocido de los que observaban el cielo.
Solo era el que más tiempo pasaba callado, mirando.
Cuando la estrella nació sobre el desierto, él también la vio.
Vendió su casa, su mejor caballo y hasta el anillo de su padre.
Con lo que juntó compró dos cosas para el Niño que iba a nacer:
Un frasco de ungüento que aliviaba cualquier herida y un manto tejido con hilo de oro.
Y agregó una sola moneda de plata pesada y antigua, que su abuelo le había dejado “para el día más importante”.
Partió de noche.
A los pocos días encontró a un caravanero golpeado y abandonado.
Elyas se arrodilló, le limpió las heridas con el ungüento y se quedó hasta que el hombre pudo sentarse.
El frasco quedó casi vacío.
La estrella seguía avanzando.
Más adelante, en un pueblo helado, vio a una viuda que iba a entregar a su hijo pequeño porque no tenía con qué alimentarlo.
Elyas le dio el manto de oro para que lo vendiera.
El niño se quedó con su madre.
La estrella ya no se distinguía tan bien entre las nubes.
Pasaron los años y Elyas no dejó de buscar.
Llegó a Belén cuando José, María y el Niño ya habían huido a Egipto.
Llegó a Egipto cuando ellos ya se habían ido.
Y así fue en cada lugar:
Siempre un paso detrás.
Donde preguntaba, le decían que el Rey había estado, pero ya no estaba.
Solo quedaba el rumor.
Una tarde de viento llegó a Jerusalén.
En la plaza vendían a una muchacha para pagar deudas. Elyas sacó la única moneda, la que había guardado para el Rey, y la puso en la mano del comerciante.
A esa misma hora, en una colina cercana, estaban crucificando a un hombre.
Elyas se acercó entre la gente.
Cuando el condenado levantó la cabeza, el viejo mago reconoció en sus ojos el mismo brillo que había seguido toda la vida.
Se quedó allí, con las manos vacías, hasta que todo terminó.
Tres días después, en una habitación oscura, una luz que no venía de ninguna lámpara llenó el cuarto.
El que había estado en la cruz estaba de pie.
Elyas no pudo hablar, solo bajó la cabeza.
El otro le puso una mano en el hombro y le dijo:
-No llegaste tarde.
El ungüento me lo pusiste cuando estaba tirado en el camino.
El manto me lo diste cuando tenía frío y vergüenza.
La moneda me la entregaste cuando me vendían.
Todo lo que pensabas que habías perdido, yo lo recibí.
Elyas lloró por primera vez en muchos años.
No de tristeza.
De haber entendido, al fin, que nunca se había perdido.
La historia no requiere explicación...
Nosotros somos el cuarto Rey Mago y Jesús espera que le encontremos en cada persona necesitada que se cruce en nuestro camino.
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