El ego no me deja aceptar que mi propia autodestrucción se concibió el mismo día que respiré por primera vez en esta atmósfera. Predestinado al dolor y tristeza.
Vengo huyendo a rastras. Herido sin que nadie lo vea. Largos y tortuosos parajes visitados sin que nadie lo note. Un experto en supervivencia más por falta de agallas que por ganas de existir.
¡Qué inmisericorde tiende a ser nuestra mente!
No basta con tener que existir a la fuerza. También hay que vivir luchando contra nuestro propio deseo de autodestrucción.
Nos limitamos a creer que los demás nos ven con nuestros propios ojos. Cuando descubrimos la verdad es demasiado tarde. Siempre tuvimos más potencial del que nosotros mismos imaginábamos, y al final, la muerte se roba esos honores.
Si vamos a morir, que sea en nuestros términos.
Muy poco cuestionamos la majadería de los que, siendo testarudos, se aferran al deseo de vivir para siempre. Por el contrario, todo nihilista vive en las penumbras de la desazón y el desprecio por simplemente cargar con el peso de existir contra su voluntad.