Agustín Laje acaba de descubrir que la existencia material condiciona la conciencia, pero para no darle la razón a Marx lo llama “el metro cuadrado de la gente”.
Pasó años vendiendo a la derecha como salvación y a la batalla cultural como motor de la historia. Ahora mira los gobiernos de Milei y compañía y se pone a calcular cuánto puede durar el entusiasmo sin una mejora concreta en la calidad de vida. Los números y las encuestas no le dan, así que empieza a preparar la explicación para cuando vuelva el péndulo.
Las ideas destinadas a salvar Occidente terminaron rindiendo examen frente al alquiler, el salario, la comida y las cuentas. Laje ya sospecha el resultado. Todos afuera.
El materialismo histórico irrumpió de repente en la Derecha Fest sin pagar entrada. Hermoso.
🔴 Las vueltas de la política: Louis de Grange y el tren a Chillán
En 2024, De Grange ironizaba con el “famoso tren más rápido de Sudamérica” y cuestionaba al gobierno por su despliegue comunicacional.
Hoy, convertido en ministro de Transportes, se sube al mismo tren y hace videos para promover su gestión.
El tren no cambió de origen. Lo que cambió fue el asiento de De Grange: antes viajaba como crítico; ahora viaja como publicista.
El estigma del peso mata
Un estudio reciente del NBER demuestra de forma contundente que el simple hecho de ser etiquetado como “obeso” en el registro médico electrónico puede aumentar significativamente el riesgo de morir dentro del hospital.
La autora, Manasvini Singh, analizó más de 166.000 ingresos hospitalarios en un gran hospital de Boston utilizando un diseño de regresión discontinua en el corte exacto de BMI = 30. Justo por encima y por debajo de este umbral, los pacientes tienen prácticamente la misma salud real, edad, enfermedades y gravedad. Sin embargo, al cruzar el corte y aparecer la etiqueta “obeso” en la pantalla del médico, la mortalidad hospitalaria aumenta 0,4 puntos porcentuales (un incremento relativo de alrededor del 40 %). Este efecto se concentra casi exclusivamente en los pacientes más graves, aquellos para quienes cada decisión médica cuenta.
¿Cómo funciona el mecanismo?
La etiqueta “obeso” activaría el estigma de peso en los médicos. Esto genera dos efectos claros y medidos:
-Menos esfuerzo diagnóstico: los pacientes etiquetados reciben menos órdenes de pruebas, menos análisis de laboratorio y una evaluación inicial menos exhaustiva en las primeras 24 horas. Los médicos parecen dar menos importancia a sus síntomas o atribuirlos automáticamente al peso.
-Lenguaje estigmatizante en las notas clínicas: usando un modelo de lenguaje validado por médicos, el estudio detecta un aumento claro de lenguaje que juzga moralmente al paciente (“mala fuerza de voluntad”, “no cumple”), desacredita sus síntomas (“dice que le duele pero…”) o lo estereotipa. Este lenguaje negativo aparece especialmente entre los médicos que ya tienden a usar más lenguaje estigmatizante con otros pacientes.
El resultado es que los pacientes “obeso” reciben peor atención en un momento crítico, lo que eleva su probabilidad de morir. Curiosamente, este efecto no ocurre en otros umbrales clínicos no estigmatizados (como los cortes de presión arterial), donde la mortalidad incluso baja porque los médicos prestan más atención.
En resumen, el estudio muestra que el estigma no es solo un problema social o psicológico sino que en el entorno hospitalario se convierte en una fuerza discriminatoria y letal, activada por una simple etiqueta en la pantalla.
VIOLENCIA SIMBÓLICA
La victimización del victimario.
Hay una forma de violencia particularmente perversa. No rompe vidrios, no deja hematomas, no dispara balines ni lanza piedras. No necesita gritar porque sabe que puede herir susurrando. Es la violencia simbólica: esa modalidad refinada de agresión que se disfraza de opinión, performance o simple libertad de expresión, mientras inocula desprecio, humillación y provocación calculada.
La violencia física es condenable. La verbal también. Sobre ello existe un consenso razonable. Sin embargo, hay una categoría más sofisticada y escurridiza que suele escapar al escrutinio público porque opera desde la ambigüedad. Su fuerza radica precisamente en que puede negar su propia existencia. Golpea y luego afirma que jamás levantó la mano.
La violencia simbólica consiste en utilizar símbolos, mensajes, imágenes o conductas destinadas a provocar, degradar o imponer una visión sobre otros, especialmente cuando dichos símbolos evocan experiencias traumáticas, abusos o episodios dolorosos para una parte significativa de la sociedad.
Quien se viste deliberadamente evocando a un dictador, quien reivindica represiones que dejaron víctimas o quien transforma el sufrimiento ajeno en una puesta en escena política, sabe muy bien lo que está haciendo. No hay ingenuidad posible. La provocación calculada rara vez es un accidente.
Lo fascinante, y al mismo tiempo miserable, es que los cultores de esta práctica suelen presentarse como paladines de la tolerancia. Lanzan la piedra simbólica y esconden la mano. Instalan el agravio y luego exigen respeto. Provocan hasta el límite y, cuando alguien reacciona, se apresuran a ocupar el papel de víctimas.
Es una operación política de una pobreza intelectual notable. Consiste en reemplazar las ideas por la provocación, el debate por el espectáculo y los argumentos por la manipulación emocional. No se busca convencer; se busca irritar. No se pretende construir; se pretende detonar.
El procedimiento es conocido. Primero se introduce un símbolo destinado a herir sensibilidades. Luego se espera la reacción. Finalmente, cuando esta llega, se denuncia intolerancia, censura o fanatismo. El agresor se transforma mágicamente en agredido. El victimario se disfraza de víctima. Y la discusión pública queda reducida a una representación grotesca donde la responsabilidad desaparece.
Nada de esto justifica insultos, amenazas o agresiones físicas. La violencia nunca es una respuesta legítima. Pero tampoco puede aceptarse la ficción de que la provocación permanente carece de consecuencias. La convivencia democrática exige derechos, pero también responsabilidades.
Las democracias saludables descansan sobre desacuerdos profundos administrados mediante reglas compartidas de respeto. Cuando actores políticos convierten la provocación en estrategia, erosionan precisamente esas reglas. Transforman el espacio público en una arena donde el objetivo ya no es deliberar, sino exasperar.
La violencia simbólica es especialmente dañina porque es persistente. No actúa como un golpe aislado, sino como una gotera constante que deteriora lentamente la confianza social. Va normalizando el desprecio, trivializando el dolor ajeno y degradando el lenguaje político hasta convertirlo en una competencia de provocaciones cada vez más extremas.
Por eso resulta tan peligrosa. Porque destruye la convivencia mientras proclama defenderla, y agrede mientras reclama respeto. Porque ofende mientras exige consideración. Y porque, en su versión más ruin, convierte la reacción de los otros en combustible para su propio relato victimista.
Provocar deliberadamente para obtener una respuesta y luego denunciar al provocado no es valentía. Tampoco es libertad. Mucho menos política. Es una forma de cobardía. Una de las más refinadas y miserables. La cobardía de quien no tiene nada que ofrecer salvo el agravio. La mediocridad de quien, incapaz de construir una idea, decide construir una trampa.
@MisColumnas
@pitiklinov A los niños desde chicos hay que decirle que ni pueden ser todo lo que quieran, que la realidad es que no son libres. Esas cosas se consiguen con esfuerzo.