No quería que regresaras porque no quería volver a necesitar algo que ya había aprendido a perder. Pero ahora estás aquí, y qué fastidio que se sienta tan bien.
Tengo veintidós, pero en mis ojos tiembla la de siete, la que frente al espejo se detiene y se promete entender a esa niña que no reconoce, que toca su reflejo y no se encuentra después, como si el vidrio guardara otra versión y ella aprendiera a esconderse… en vez de verse.
Y entonces llegas, tan simple, tan tú,
sin ruido, sin prisa, sin pedirlo tú,
y algo en mi mundo comienza a ceder,
algo que no planeaba volver a encender.