Hay quien cree que no sabe gestionar una situación dura, como si hubiese una forma correcta de atravesar una situación dura. Cuando las cosas se tuercen, lo natural es sufrir. Creemos que la gestión emocional consiste en aprender a no pasarlo mal, eso sería inhumano. La vida duele, a veces mucho. No se puede esquivar. La esperanza es que casi siempre vuelve a salir el sol.
No sabes expresar lo que sientes porque aprendiste que callar garantizaba la ausencia de conflicto. Si cuando expresas tristeza, enfado o frustración tienes una respuesta culpabilizadora, aprendes a callar lo que sientes. Entender por qué pasa y aprender a comunicar es posible.
Cada emoción impulsa a la acción, pero eres tú quien va a decidir. Cuanto más entrenas la capacidad de observar lo que piensas y sientes y la habilidad de elegir la acción que quieres, más confianza vas generando en ti.
Los errores son errores y nadie quiere tenerlos. Del error se aprende pero con el objetivo de no repetirlo. Idealizar el error como fuente de aprendizaje es contraproducente porque los acaba idealizando. Mejor aprender de los aciertos propios y ajenos para poder repetirlos.
Poner límites no es algo que tienes que aprender a hacer con los demás, es un trabajo que haces contigo. Es trabajar con tu miedo al conflicto cuando dices que no, es trabajar con la culpa que sientes cuando dices basta. El trabajo de poner límites está en una misma.
La resiliencia está en reconstruirse después de desmoronarse y en aprender nuevamente a vivir con benevolencia. Quien se priva de sentir por miedo no sana, ni tampoco crece. Nuestras cicatrices nos marcan para enseñarnos, no para condenarnos. Somos más sabios sin deshumanizarnos.
El tiempo si cura, pero solamente lo hace cuando te lo dedicas a ti, cuando decides sanar, cuando con ganas o sin ganas te esfuerzas por verte y sentirte mejor, cuando intentas cosas nuevas y empiezas a sonreir por ti. Ahí es cuando el tiempo cura todo.