Divide y reinarás.
Fijate el patrón, porque es perfecto.
Si cuestionabas a Demichelis, eras gallardista.
Después volvió Gallardo y era Gallardo o River.
Ahora la falsa grieta es Coudet o Juanfer.
Mientras discutimos por un DT o jugador, dejamos de mirar a los que de verdad toman decisiones. A los verdaderos responsables.
Cambian entrenadores. Cambian jugadores. Cambian el relato.
Pero los que deciden siguen siendo los mismos.
Lo preocupante es que no es solo una mala racha, ni un bajón futbolístico. Es algo más profundo.
River se volvió tibio. Blando. Previsible. No tiene fuego sagrado.
En vez de jugar los clásicos con el cuchillo entre los dientes, con carácter, se juegan sin alma.
Y esa tibieza no nace en la cancha. Baja desde arriba.
De una dirigencia más preocupada por la imagen, por la estética, por el “todo está bien”, que por sostener el ADN competitivo que siempre nos definió.
El gris de las butacas no es casual. Es simbólico.
A River lo hicieron gris.
El campo de juego también lo expone. Deteriorado, estropeado por los recitales.
Como si el fútbol hubiera pasado a segundo plano.
Y eso, inevitablemente, termina en el equipo.
Los jugadores representan lo que el club transmite.
Y transmiten eso: falta de rebeldía, de hambre, de carácter.
Falta de importancia por el fútbol.
Falta de respeto por el hincha.
Falta de identidad.
Se debería hablar de fútbol, pero hay cosas más graves de fondo. Porque si bien River hoy atraviesa las consecuencias de una grave gestión futbolística que viene de arrastre, hay algo peor todavía: la decisión institucional de convertirnos en un club boludo. Ahí está el punto más grave.
El verso de “vivir y jugar con grandeza” terminó siendo una excusa vacía. Una bandera mal usada que, lejos de elevarnos, nos adormeció. Nos volvió ingenuos. Alejó de la cancha al hincha ortodoxo para darle lugar, en masa, a un nuevo hincha que probablemente, como las golondrinas, se vaya ahora que el verano terminó.
Ese cambio también se refleja adentro de la cancha: futbolistas mucho menos comprometidos, fríos y faltos de carácter, en sintonía con el público que nos metieron. Mientras tanto, te condicionan, te cagan y te cargan. Y una dirigencia muda.
Quieren hacerte creer que con las formas alcanza, cuando en realidad, sin carácter y sin poder, no competís en serio. La grandeza no es ingenuidad. La grandeza es imponer condiciones, es hacerle sentir al rival desde el minuto uno que está jugando contra River.
Y hace rato dejamos de hacerlo. Afuera y adentro de la cancha.
Hace unos días veíamos cómo retiraban las banderas de Kiper sin motivo alguno como si en River no reinara la libertad de expresión.
Hoy se ve que volvió la cordura porque ahora hay banderas de Di Carlo vivitas y coleando en el Monumental.
Hay hinchas con suerte, entre los que me ubico, que son los que viven y trabajan para River. Acomode mi vida entera a esto. Si uno quiere, se puede pero tiene que resignar muchas cosas e incluso tener dos o tres trabajos.
Ayyyy los muchachos de las filiales le piden fotos a Stefano como si fuera el Beto Alonso
Que bajo cayeron muchachos, se arrastran chupándole la japi a los dirigentes
Si de verdad amas a River y tu vida es River,no puede no tocarte lo que le pasa a @River_hinchada . Lo que le pasa a él le pasa a miles de socios y mañana sera a vos .Los Dirigentes nos ven como un obstáculo de sus negocios, juegan con nuestra vida.
@JorgeBrito@stefanocdicarlo
River volvió del Mundial de Clubes tras una actuación decepcionante. Una más, entre tantas, en el último tiempo.
No hay limpieza. No llega nadie. Nadie da la cara.
Acá no pasó nada.
Sale a la venta un remanente de TLM y se agota en diez minutos.
Van a ir 90 mil personas, a cualquier partido que juegue River.
Y si hubiera lugar para 150 mil, se llenaría también.
Siento que, en gran parte de River, la derrota dejó de incomodar.
Y eso marca algo mucho más profundo que un mal momento.
Porque la incomodidad frente al fracaso no es un capricho, es una forma de vivir.
Una manera de entender el fútbol.
Nosotros, los que mirábamos victorias con cara de “falta algo”.
Los que nos enojábamos ganando.
Los que exigíamos incluso en la cima.
Hoy, de a poco, empezamos a convivir con la derrota.
A justificarla. A aceptarla.
Y en ese gesto, que parece madurez, se esconde algo más peligroso: la renuncia a lo que nos hizo distintos.
A lo que nos dio identidad.
Quedaré arraigado a eso que tal vez ya no exista.
Pero a esta nueva realidad, no me voy a acostumbrar nunca.
“Dale flaquito, corré y transpirá esa camiseta que yo usé durante 20 años ¿Qué te pensás que tenés puesto?”
✍️ Ángel Labruna 🐔 a Norberto Alonso en 1971 mientras dirigía a Rosario Central contra River