CARTA ABIERTA A LA MINISTRA XIMENA LINCOLAO.
Sra. Ministra: @MinLincolao
No es la primera misiva abierta que le dirijo, y seguro, no será la última.
Usted acaba de aportar una sorprendente frase: profesores y profesionales de humanidades podrían reinventarse como vendedores o trabajar en servicio al cliente.
Extraordinario.
Siglos construyendo universidades para descubrir que el destino del humanista estaba entre la caja y el mesón de informaciones.
Así, un profesor de Filosofía podría cambiar a Kant por la garantía extendida; uno de Literatura, a Cervantes por el manejo de inventario; el historiador abandonar la Revolución Francesa para explicar el Cyber y el lingüista aplicar semántica preguntando: “¿Desea agregar un seguro?”.
Hablar de reconversión laboral no es escandaloso. La tecnología destruye ocupaciones y crea otras. Lo inquietante es que la ministra del conocimiento reduzca una disciplina académica al empleo comercial que consiga quien la decidió estudiar.
Más curioso aún porque usted estudió Pedagogía en Castellano y Filosofía. Cuando recomienda a humanistas convertirse en vendedores, podría predicar con el ejemplo. Tal vez sea el nuevo concepto de transferencia tecnológica: del aula al retail sin escalas.
Su frase tampoco cae del cielo. Hace pocos días su ministerio modificó Fondecyt Postdoctorado 2027, concentrando el 70% de los recursos en áreas supuestamente prioritarias. El CRUCH advirtió riesgos para la diversidad disciplinaria e internacionalización. También se cuestionó exigir residencia definitiva a investigadores extranjeros.
Ahora entendemos el ecosistema: si una disciplina no coincide con la prioridad gubernamental, siempre queda Servicio al Cliente.
El problema, ministra, no es Falabella, Ripley ni un call center. Son trabajos dignos. Lo ofensivo es imaginar que años de formación intelectual encuentran allí su reconversión natural. Un profesor no es un vendedor frustrado. Un filósofo no es un ejecutivo esperando capacitación. Un historiador tampoco es capital humano ocioso portando audífonos usando una contraseña de CRM.
Las humanidades aportan aquello que la inteligencia artificial hace más necesario: pensamiento crítico, comprensión del lenguaje, ética, argumentación y capacidad para distinguir conocimiento de propaganda. La paradoja es magnífica: mientras la IA ejecuta cada vez mejor tareas rutinarias, usted propone desplazar hacia ellas a quienes fueron formados para pensar.
Siguiendo la doctrina Lincolao, profundicemos la política pública. Licencia clase C para filósofos y mochila térmica para historiadores: delivery con pensamiento crítico. Los antropólogos podrían conducir Uber mientras estudian movilidad urbana; a los lingüistas les reservamos cobranzas, pues dominan la buena retórica. Y los matemáticos, si también incomodan, a cajas: al menos calcularán el vuelto.
Quizás el próximo Fondecyt incorpore Postdoctorado en Reposición de Góndolas, Magíster en Atención de Reclamos y Doctorado en Venta Consultiva de IA.
Chile necesita vincular conocimiento, innovación y empresa. Pero eso no significa subordinar la universidad al mostrador ni medir el conocimiento por su rentabilidad inmediata. Los países que innovan protegen investigación básica, atraen talento y estudian incluso aquello cuya utilidad aún desconocen. De allí surgen descubrimientos que transforman economías.
Una ministra de Ciencia debería comprenderlo antes que nadie.
Su declaración preocupa más de lo que divierte. No porque vender sea indigno, sino porque pensar es indispensable. Cuando el ministerio del conocimiento sugiere que ciertas disciplinas pueden resolver su futuro atendiendo clientes, el problema deja de ser laboral y pasa a ser intelectual.
Tal vez los profesores puedan reinventarse, ministra. Siempre han sabido hacerlo.
La pregunta es si puede reinventarse el Ministerio de Ciencia. Porque profesores tenemos. Lo que empieza a faltarnos es una política científica a la altura del pizarrón.
@MisColumnas
CARTA ABIERTA AL DIPUTADO JAVIER OLIVARES
Diputado @JavierOlivares
Lo escuché en CNN Chile hablar del régimen de Pinochet con esa fascinación que algunos reservan para los héroes. Dijo que le “gustó el gobierno militar”, que se hicieron “muy buenas cosas” y, respecto de su famosa capa, preguntó cuál sería el pecado si fuese la del general. Curiosa pregunta.
El problema nunca fue la capa, diputado. El problema es lo que parece haber debajo.
Usted nació en 1983. Cuando Pinochet llegó al poder, faltaban diez años para que usted naciera. Cuando se realizó el plebiscito de 1988, usted tenía cinco años. Es decir, mientras Chile decidía en las urnas terminar con la dictadura, usted probablemente estaba aprendiendo a leer.
Por eso resulta fascinante su nostalgia. Usted recuerda políticamente una época que no vivió políticamente. Su pinochetismo no puede ser memoria: es una convicción adquirida posteriormente. Es nostalgia de segunda mano, una especie de souvenir ideológico comprado muchos años después de terminado el viaje.
Y aquí aparece una paradoja magnífica: un diputado elegido democráticamente que admira un régimen que clausuró el Congreso. Usted cobra una dieta gracias a una institucionalidad que su admirado gobierno militar consideró perfectamente prescindible. Usted en dictadura jamás habría podido ser diputado.
Su caso es como un vegetariano inaugurando una carnicería o un pirómano postulando a jefe de bomberos. Pocas contradicciones políticas poseen semejante perfección estética.
No se trata de discutir si durante diecisiete años se hicieron reformas o modificaciones. Hasta las dictaduras administran presupuestos. El pequeño inconveniente es que también hubo ejecuciones, desapariciones, torturas, exilio, censura y persecución política. Usted dice condenar las violaciones a los derechos humanos, pero inmediatamente intenta rescatar las “cosas buenas” como si las hubiese. Es una contabilidad moral sorprendente: como si los muertos pudieran anotarse en una columna y el crecimiento económico en otra, para después calcular el saldo.
No funciona así.
Los derechos humanos no son una nota al pie del balance nacional. Un Estado que tortura a una persona ya ha cruzado una frontera moral que ninguna carretera consigue pavimentar.
Pero hay algo todavía más irónico. Usted dice valorar la libertad. Excelente. Pinochet prohibió partidos, persiguió opositores, censuró medios y gobernó sin elecciones competitivas durante todo su régimen. Admirar aquello en nombre de la libertad requiere una gimnasia intelectual formidable.
Quizás por eso su capa produjo tanta conversación. No porque Chile padezca una intolerancia textil, sino porque los símbolos tienen significado. Vestirse evocando a un dictador y luego sorprenderse porque alguien recuerda la dictadura es como llegar vestido de payaso a un cumpleaños y reclamar que le pregunten por el circo.
Lo verdaderamente preocupante, diputado, no es que usted tenga opiniones discutibles. Para eso precisamente existe la democracia. Lo grotesco es beneficiarse de ella mientras se romantiza a quien la destruyó.
Usted puede ser pinochetista. La democracia que Pinochet negó a otros le concede incluso el derecho de admirarlo. Esa es precisamente su superioridad moral: permite que hasta sus detractores hablen, compitan, sean elegidos y ocupen un escaño.
Y quizá allí reside la ironía definitiva.
Augusto Pinochet cerró el Congreso el 11 de septiembre de 1973. Javier, ocupa usted hoy un asiento dentro de ese Congreso y desde allí reivindica aspectos del régimen que lo cerró.
No sé si llamarlo contradicción, ingratitud democrática o simplemente una total idiotez.
Pero hay que reconocerle algo, diputado: para defender una dictadura desde un Parlamento democrático se necesita una capa y no tener temor al ridículo.
Atentamente,
Un ciudadano que prefiere una democracia imperfecta donde usted pueda decir disparates, a una dictadura perfecta donde alguien pueda hacerlo callar.
@MisColumnas
@marionnomas Ponía mi pijama frente a la estufa, luego con ternura me recostaba y arropaba lentamente, mientras me sonreía, besaba mi frente y me rezaba como señal de protección decía ella y veces me leía un cuento narrado con amor de mamá, se me fue hace 4 meses ya y guardo aun sus recuerdos