Siete años casado con mi cariñito
Hoy es mi aniversario de boda.
Siete años que doña ELA ha tratado de gobernar con mano de hierro, sin saber, o acaso sin comprender, que en las cosas del amor y del compromiso verdadero no es más que un pasajero sin voz ni voto sobre hacia dónde ni a qué velocidad pueden viajar dos almas enamoradas.
Y eso que, desde los inicios, si es que su ceguera no se lo ocultó por su dañina sed de mal, ya se veía venir que aquí se cernía un romance épico, de esos que en otra época los juglares se hubiesen recreado cantando en las plazas de los pueblos o para ablandar el corazón de alguna damisela pretendida sin demasiado éxito a corto plazo.
Debió ser esa ceguera, sin duda, la que le impidió ver que un inesperado reencuentro en el Año Nuevo chino bastó para encender una llama que jamás se apagaría. Unos primeros mensajes inocentes dieron paso a otros de tonteo y estos, a una relación sincera que complicaría sobremanera su misión destructiva sobre mi cuerpo.
Porque si ella se aferraba con la disciplina de un samurái a su cometido, yo me refugiaba en ese universo fantástico que solo el amor y los brazos entregados de mi cariñito —que se convirtieron en los míos— pueden crear.
Un espacio en el que, a pesar de depender de ella para casi todo, puedo mirarla a los ojos y, ahí, en ese lugar y en ese instante precisos, estar solo con ella; perderme en la calidez y bondad de su mirada y olvidarme de todos los males que me afligen y de los peligros que me acechan.
Cuando la miro, todo lo demás pierde fuerza. Durante unos instantes no hay enfermedad, ni miedo, ni cansancio, ni amenazas. Solo estamos ella y yo. Solo su mirada y ese lugar al que me lleva, un lugar que nadie más puede encontrar porque solo ella tiene ese poder sobrenatural de embrujo sobre mí.
Llegó, como anunciaba al principio, el día de nuestro enlace y, para ello, escogimos un lugar idílico en la Costa Brava. Un lugar en el que darnos el “sí, quiero” rodeados de luz, de agua salada, del murmullo de las olas, de la brisa marina y del cariño de todas las personas —familiares y amigos— que nos rodeaban.
La noche anterior, no obstante, el desconcierto inicial y el enfado provocados por el diluvio universal. Por un cielo que se caía a pedazos e inundaba todo a su paso, trastocando nuestros planes de casarnos a pie de playa. ¡Qué tontería! Enfadarme por eso cuando lo esencial permanecía intacto.
Tras no pocos quebraderos de cabeza, todos los invitados pudieron llegar al lugar del enlace y ser testigos de aquel “sí, quiero” que trascendía al resto. Una unión que, sabedora de que sería de tres y no de dos, afrontaba el reto con la única arma a su alcance: el amor. Verdadero, inquebrantable…
Fue una boda de ensueño, en la que fui feliz y logré olvidarme casi por completo de doña ELA, a quien, por otra parte, no invité al evento. Faltaría más. Demasiado tóxica.
Sin embargo, asistió. Vaya si lo hizo. Y noté su presencia. Tan solo lamento no haber podido ver su rostro cuando Chadia, la novia más bella que jamás he visto, hizo su entrada en la sala.
Me la imagino roja de rabia, cubriéndose ante el tremendo esplendor que mi cariñito desprendía y sin saber dónde esconderse para huir de tamaña humillación.
A veces, no niego que con cierta maldad, picardía y una buena dosis de satisfacción, me la he imaginado en ese trance. También he pensado que las lluvias torrenciales de la noche anterior a mis nupcias no fueron algo casual, sino que obedecieron al llanto descarnado de doña ELA, que, acostumbrada al éxito en sus menesteres, sufre también los contratiempos.
Han pasado siete años desde entonces. Siete años difíciles, en los que hoy te pegas con doña ELA y mañana y pasado mañana con una Administración indolente. Siete años en los que he estado muy próximo a abandonar este mundo en más de una ocasión.
Pero, por encima de todo, han sido siete años felices. Siete años en los que los brazos y los ojos de mi cariñito han creado, y crean una y otra vez, ese espacio donde, pase lo que pase, soy capaz de estar solo con ella y perderme en la calidez y bondad de su mirada.
Quizá eso sea el amor verdadero: encontrar un lugar donde el mundo deja de doler durante un rato. Y yo tengo la suerte de encontrarlo cada día en sus brazos y en sus ojos.
Te quiero mucho, querida esposa.
Eres la luz que ilumina mi vida.
¿ACASO FUE UNA VICTORIA FRENTE A DOÑA ELA?
La mañana de ayer amaneció envuelta en una extraña bruma emocional. Se celebraba la tercera marcha de Vilablareix, «Lluitem per l’ELA», bajo el abrazo incombustible de la gente de Hofemxtu. Hasta ahora, mi presencia allí había sido un ritual inquebrantable sostenido sobre dos pilares: el clamor urgente por la investigación para doblegar a esta maldita enfermedad, y la imperiosa necesidad de mi alma de reencontrarse con rostros amigos. Era, además, el escenario perfecto para saldar mi deuda de gratitud con esos voluntarios que, durante meses, tejen en la sombra este milagro solidario.
Pero, para ser honesto, los augurios eran oscuros. Llevaba más de una semana arrastrando un calvario de dolores intestinales y sumido en un insomnio tortuoso que no dejaba espacio para el descanso. De hecho, doña ELA, en su perpetua tiranía, ya me había vetado la presencia siete días antes en la carrera que, por idéntico fin, se celebra en mi lugar de residencia, en Sils.
Tras sobrevivir a un sábado teñido de negrura, el domingo me concedió una tregua. Desperté frágil y habitado por la fatiga, pero el dolor había enmudecido. ¿Acaso doña ELA, en un inusual acto de clemencia, me estaba firmando un salvoconducto? Fuera o no un espejismo, no quise pensarlo demasiado. Tras el agotador laberinto de los preparativos, emprendimos la marcha arañándole minutos al reloj.
Casi sin darme cuenta, allí estaba. Junto a la línea de salida, pero sin osar tomar parte por mi estado.
Mis ojos chocaron con una marea verde de más de ochocientas almas, contrastando con el rosa vibrante de Mónica y su fiel escuadrón de voluntarios. Cuando la voz del animador rasgó el aire anunciando mi presencia por la megafonía, algo se quebró dentro de mí. Sin saber por qué, rompí a llorar bajo mis gafas de sol. Fue el estallido de quien comprende, en una fracción de segundo, el peso titánico de esa pequeña victoria arrebatada a las garras de la enfermedad.
Me sentí inmensamente feliz. Veía desfilar ante mí a una legión de corazones comprometidos, me sentía escudado por mi universo entero: mi cariñito, mis hijos, mi cuñada, Marta, Fernanda, Nohelia y un largo etcétera. Sin embargo, pronto la magia se hizo pedazos. Un silencio de plomo dinamitó mi felicidad esparciendo sus restos por los aires. A diferencia de los años pasados, me había convertido en un prisionero en mi propia carne. Apenas podía comunicarme.
Mi cerebro gritaba las palabras, mis labios dibujaban la coreografía exacta de cada sílaba, pero de mi garganta solo escapaba un hilillo de voz moribundo. Un susurro quebrado por la sed de aire de mis pulmones; un sonido casi inaudible que abandonaba mi cuerpo con destino a ninguna parte. Cuánto habría deseado agradecer su esfuerzo colosal a las chicas y chicos de Hofemxtu. Cuántas palabras se quedaron atascadas ante quienes me saludaban o me felicitaban por mi segundo libro. Y, por encima de todo, cómo anhelaba desgarrarme el pecho con un «os quiero» gigante para mis tres hijos, que estaban allí, junto a mí.
La fatiga y la debilidad, esas compañeras de viaje que últimamente se niegan a separarse de mi sombra, me obligaron a batirme en retirada. Regresé pronto a casa, desvaneciéndome casi en silencio, sin la oportunidad de decir adiós.
Más tarde, sepultado en mi cama, intentando recomponer mi cuerpo exhausto, una revelación heló mi sangre. Comprendí que la ventana que doña ELA me había abierto esa mañana no había sido un regalo para que disfrutase del paisaje, sino la invitación a que me viese reflejado frente a un cruel espejo. Me había dejado salir solo para que contemplara, con mis propios ojos, lo avanzada que está su obra de demolición. Y lo cierto es que, por mucho que mi instinto resiliente quiera colgarse la medalla de la victoria matutina, al hacer el balance al final de la jornada, sé que la contienda no pasó de unas amargas tablas. Y eso, aplicando una dosis casi suicida de generosidad.
Aun así, desde el cuasi silencio de mi trinchera, envío un abrazo infinito y un gracias colosal para toda la gente de Hofemxtu, por su esfuerzo, y para todos los participantes, por su compromiso.
A vosotros, a los que estáis al otro lado de esta pantalla haciéndome compañía de modo perenne, os lanzo también un abrazo cargado de cariño.
Visita de la Reina a la Academia de Oficiales de la Guardia Civil, centro de referencia en la formación de los futuros mandos del Cuerpo y en la transmisión de los valores esenciales de la Institución: vocación de servicio, profesionalidad, liderazgo y compromiso con la sociedad.
Buenos días,
"Marquitos, un monstruo entre nosotros", ya está también en Kindle.
Impreso https://t.co/zsRtSuXIbk
Kindle https://t.co/tTBYBbAzPS
Aquí os dejo un avance para abrir boca.
Introducción.
Era veintiuno de marzo, la primera mañana de la primavera y su vigésimo cumpleaños. También era el primer día, desde hacía cinco giros completos de la Tierra alrededor del Sol, en el que podía mirar el cielo sin estar rodeado de gente, del ruido de las pelotas botando en el patio, de muros de hormigón, de alambradas y de concertina.
Estando en tercero de la ESO, el mismo día en que cumplía los quince años, había rajado de abajo a arriba a su profesor de matemáticas. Todo el paquete intestinal abandonó su cuerpo por el abdomen, esparciéndose a sus pies entre los gritos de terror y los vómitos de sus compañeros de clase que, presas del miedo, huían despavoridos del aula pidiendo auxilio.
¡Era de lo más cómico ver cómo corrían y algunos caían al suelo al resbalar con su propio vómito!
Entretanto, él estaba fascinado con lo que había conseguido con su cuchillo de monte, ése que su padre le regaló cuando, un año antes, decidió ingresar en los Boy Scouts. Muchas habían sido las tardes, tras recibir dicho presente, en las que solo, en el monte, se había dedicado a afilar su hoja con alguna piedra de río pulida por el paso del agua sobre ella a lo largo de los años y por la fricción con otros cantos rodados. Y, muchos fueron también los bichejos varios que probaron la eficacia de su filo en ese período.
A pesar de dichas experiencias previas, lo de esa mañana estaba siendo un alucine total. Era tan embriagador que no veía cómo podría haber mejorado su auto regalo de cumpleaños. Muchas veces se lo había imaginado, pero ¡oh, Dios mío!, la realidad superaba con creces todas sus expectativas.
Ni en el mejor de sus sueños hubiese esperado tal desparrame y las arcadas de sus compañeros. Mucho menos aún, y eso había sido la guinda del pastel, la cara de bobalicón e imbécil de don Antonio. Reflejaba tanta sorpresa que parecía que los ojos se le iban a salir de las cuencas mientras él, henchido de orgullo por lo que estaba haciendo, hundía aún más su cuchillo en su barriga y desgarraba su apestosa carne. Mientras lo hacía, hablándole a escasos centímetros de su cara, le decía mientras le salpicaba el rostro con algunas gotas de saliva que salían disparadas de su boca por el esfuerzo y por la emoción que estaba sintiendo en esos momentos:
- ¿Quién ríe ahora? ¿Quién es el mocoso ahora? Esta vez no va a hacer falta que llames a mi padre, ya vendrá él por iniciativa propia, abusón, que eres un abusón.
Después rebuscó en los bolsillos de la chaqueta de quien ya no era más que un cadáver, hasta encontrar un paquete de tabaco rubio y un mechero. Con las manos cubiertas por la sangre todavía tibia de su víctima sacó dos cigarrillos y los encendió al mismo tiempo. Puso uno en los labios de don Antonio, que yacía inerte y eviscerado en el suelo, y tomó asiento en el sillón del profesor a la par que ponía los pies sobre la mesa y se disponía a esperar, mientras fumaba, a la Guardia Civil.
¡Qué cara iba a poner su padre!, sargento comandante del puesto y representante de la ley en el pueblo, cuando lo viese así. Seguro que le echaría la bronca por estar fumando. Sí, su padre, como todo buen exfumador, odiaba el tabaco y repudiaba su consumo, en especial, si quien lo llevaba a cabo era su hijo.
Mientras esperaba la llegada de su progenitor, pensó en su madre. ¡Qué felices eran los tres! Ella lo comprendía, sabía que era diferente de los otros niños: inteligente, pero disperso en sus estudios, solitario, sin verdaderos amigos y muy apegado a la figura materna.
Sí, ella sabía tratarlo y también cuando algo le preocupaba solo con mirarlo. Tenía un radar para ello y siempre era capaz de calmarlo y llevarlo a ese lugar tranquilo de su mente que solo ellos dos conocían.
Aun así, a pesar del inmenso amor que profesaba hacia su madre, estaba furioso con ella por haberlos abandonado cuando él tan solo contaba con doce años. Recordaba el día exacto de su marcha, un veintitrés de abril.
Tenía presente en su memoria, como si hubiese sido ayer, el momento en el que sonó el timbre de su casa y su padre abrió la puerta. Escuchó la voz del cabo primero Ramírez, pero sin poder entender lo que decía desde su habitación y, de manera casi inmediata, oyó un fuerte golpe contra la pared seguido del grito más desgarrador que hubiese escuchado jamás.
Desde ese preciso instante escondió su cabeza bajo la almohada tratando, sin éxito, de acallar todos los sonidos y refugiarse en su lugar tranquilo. No pudo, le resultó imposible porque oía los pasos acelerados de su padre hacia la habitación de matrimonio y los de Ramírez que lo seguía. Después, un forcejeo y la voz de éste diciéndole al primero:
- Mi sargento, por favor, suelte la pistola. No haga ninguna locura. Por el amor de Dios, que tiene usted un hijo. ¿Qué va a ser de Marquitos si se quita de en medio? Piénselo bien hombre, baje el arma. Se lo ruego por lo más sagrado.
Pronto oyó el insistente crepitar de la sirena de una ambulancia acercándose al cuartel. Al instante, el ruido de las puertas de una furgoneta mientras unos destellos intermitentes de color ámbar se colaban en su habitación por las rendijas de la persiana. Y, casi en seguida, el sonido de las ruedas de una camilla y los pasos de los sanitarios dirigiéndose hacia la estancia en la que estaba su padre.
Unos minutos más tarde pudo oír cómo la camilla hacía el recorrido inverso, otra vez los portones de la furgoneta y, sin solución de continuidad, la sirena alejándose.
En breve escuchó cómo la puerta de su habitación se abría, pero él seguía bajo la almohada y apretando ésta fuertemente contra sus orejas. Quería permanecer ajeno a todo aquello, de hecho, ni siquiera le apetecía estar allí.
Unos pasos se aproximaron a su cama y notó cómo alguien se sentaba en ella y posaba dulcemente su mano sobre su hombro, a la par que una voz femenina decía:
- Marcos, Marquitos, date la vuelta por favor, tenemos que hablar un momento.
- No quiero –dijo él–.
- Venga Marcos, es importante.
Al oír esto último le pareció que era la voz de Lourdes y que sollozaba. Lourdes era la mejor amiga de su madre. Se conocieron en la universidad, cuando ambas empezaron a estudiar enfermería. Como compañeras de habitación en la residencia estudiantil de Granada, hicieron muy buenas migas y se convirtieron en uña y carne. Sin embargo, al acabar segundo sucedió algo que separó momentáneamente sus caminos: la Guardia Civil publicó por primera vez una convocatoria en la que se admitirían mujeres. Lourdes, que era hija del Cuerpo y que le tiraba el verde desde pequeña, no se lo pensó. Cursó la instancia escrita de su puño y letra y, tras superar la oposición, se incorporó en septiembre de 1988 como alumna en la Academia de Baeza, formando parte de la nonagésima cuarta promoción de la Escala de Cabos y Guardias.
El destino quiso, no obstante, que su madre, enfermera de profesión, se acabase casando con un guardia civil y que, al ascender éste a sargento, cuando Marquitos tenía ocho años, fuese destinado a Otívar. Éste era un pueblo de Granada no muy lejano a la costa, de casas encaladas e interminables cuestas y escaleras, donde su amiga de la época universitaria era también guardia civil.
Al ver que quien le hablaba era ella, abandonó su inútil refugio, se dio la vuelta y se sentó en la cama. Con los primeros rayos de luz que la persiana dejaba entrar por la ventana, pudo apreciar que Lourdes tenía los ojos rojos de haber llorado y ésta, al ver su rostro de desconcierto, se abalanzó sobre él dándole un abrazo de los que duelen.
Así, agarrada a él con todas sus fuerzas y entre sollozos, le dijo que cuando su madre acabó su turno de noche en el hospital de Motril, mientras volvía a casa con su coche, se había salido en una curva poco antes de llegar a Jete y había impactado contra un árbol perdiendo la vida en el acto.
Después, le dijo que su madre ya era una estrella del cielo que lo miraba sonriente y que cuidaría de él desde allí. También le comentó que su padre se había puesto muy malito al saberlo y se lo habían tenido que llevar al hospital para curarlo.
“Estrella sonriente, malito, hospital…”. ¡Cuánto eufemismo junto!, pensó él. Su madre lo había abandonado para siempre, de la manera más definitiva e irreversible posible, y su padre, su padre se había vuelto majara y se lo habían llevado al loquero para que no se levantase la tapa de los sesos.
Su panorama no podía ser menos halagüeño: sin madre, con un padre más para allá que para acá, sin abuelos y sin tíos. Sus progenitores, como él, eran hijos únicos fruto de la dificultad para engendrar que a ambos les había tocado en herencia.
¡Se había quedado solo en el mundo y era carne de servicios sociales!
Después de mi "Cuaderno de bitácora…", regreso ahora con otro registro diferente: una novela negra.
"Marquitos, un monstruo entre nosotros", es una ficción que, no obstante, alberga algo de mi esencia y de mi experiencia.
Disponible en Amazon el viernes, a punto para St Jordi.
Esta es una de las cosas más extraordinarias que verás hoy.
Marula Eugster Rigolo dejó boquiabiertos a los jueces de Italy's Got Talent (2020) con su impresionante interpretación del equilibrio.
⚓️Tras 2 semanas en el Mar de Alborán, nuestro buque oceánico “Duque de Ahumada” ha recalado en el Estanque del Retiro de #Madrid.
🛳️ Durante toda la jornada de hoy podrás visitarlo.
🆓 Entrada libre hasta completar aforo.
😜 ¡Te esperamos!
Hoy es mi cumpleaños, el de verdad, no el sucedáneo “cumple-ELA” que también celebro cada año coincidiendo con la fecha de mi fatal diagnóstico y que, rememoro cada 13 de noviembre más como acto de rebeldía que de júbilo, más como señal de victoria por seguir aquí a pesar de todo, que como signo de alegría por los recuerdos que esa data me evocan y, sobre todo, como un corte de manga de magnitudes épicas a doña ELA por haber resistido a su pertinaz acoso y derribo, al menos hasta ahora.
Como comencé diciendo, hoy hace 56 años de aquel, imagino que frío 16 de diciembre de 1969 en Granada, en el que Encarnita, mi madre, trajo al mundo a su segundo hijo en el Hospital Militar de dicha ciudad, un edificio blanco que presidía, y aún lo hace, pero con distinta función, el Campo del Príncipe, ese marco incomparable del barrio del Realejo donde tantas y tantas horas jugaría más adelante con mi hermano Jose, normalmente bajo la atenta supervisión de mi abuela Encarna, un ángel de quien solo recuerdo cosas buenas y amor, mucho amor.
Sí, por tan solo una quincena pertenezco a la que, a estas alturas del siglo XXI, suena ya como vetusta, rancia, pasada de moda y lejana década de los 60. Aun con esa vitola de extrema veteranía, no han sido pocas las veces en las que, orgulloso de mi año de nacimiento, no por cierta postura que dichos dígitos pueden evocar, sino por otras razones mucho más destacadas, me he permitido bromear refiriéndome a él como el ciclo anual en el que sucedieron tres grandes fenómenos: se celebró el festival de Woodstock, con todas sus implicaciones, la humanidad tocó la luna, literalmente y, sobre todo, nací yo.
Pero, me adelanto al acontecimiento que da origen a estas líneas, que no es otro que el aniversario de mi nacimiento. Pues bien, aquel día, desafiando las leyes de la física, mi madre, con sus escasos 155 cm de estatura y su complexión delgada, afrontó la proeza de alumbrar a un morlaco de 5,5 Kg, a mí, que más azul que rosado por la falta de oxígeno en el dificultoso y largo parto, vi mis tempranas luces enfrentándome a mi primera dificultad, la de respirar, ésa a la que ahora hago frente cada día por culpa de doña ELA y, de la que entonces tuve que ser rescatado por las hábiles manos del equipo médico que me reanimó.
Todo podía haberse acabado entonces, incluso antes de empezar, pero no estaba escrito para mí un final tan prematuro. No deja de ser paradójico, no obstante y, aprovecho con ello para volver al presente, que lo que casi me impidió convertirme en persona a ojos del derecho civil, que no biológicamente, sea precisamente el trágico final que me depara esta asesina implacable que es doña ELA.
En todo caso y, aguante lo que aguante mi existencia, en el día de mi cumpleaños no puedo dejar de dar un infinito gracias por cada segundo de estos 56 años y, por si alguien se lo pregunta, también por cada uno de estos últimos siete y un mes en los que, la pérfida doña ELA ha tomado el control de mi cuerpo, pero no de mi mente.
Debo decir, sin embargo, que al menos en mi caso, bajo la amenaza continua de ver el fin de mis días, hace tiempo que ya no vivo esta fecha del modo y con la exclusividad que lo hacía antes. En mi vida, ahora, hay muchos más cumpleaños y ocasiones de celebración.
Son tantas las cosas que pienso que he vivido por última vez porque no llegaré a la siguiente que, cuando afortunadamente me equivoco en mi predicción, lo vivo con una emoción especial e incluso con la alegría de aquella celebración anual.
En nuestro día a día, cuando estamos sanos, no nos planteamos si volveremos a ver a nuestros padres, hermanos y resto de familiares que viven lejos en su próxima visita, tampoco si veremos otras campanadas de fin de año, las hogueras de San Juan, una nueva temporada de la NBA, F1, MotoGP…, otros Juegos Olímpicos, o si podremos celebrar un nuevo aniversario de boda con nuestro cariñito o si veremos otra vez a nuestros hijos soplando las velas por su cumpleaños.
No, cuando estamos bien, cuando pensamos que nada inquieta nuestra supervivencia, damos por sentado que todo eso irá pasando como una sucesión inmutable de acontecimientos, tan periódica e inalterable que, incluso perdemos la perspectiva de la importancia de cada uno de ellos.
En mi caso, en cambio, y no dudo de que será exactamente igual en el de otras muchas personas en las que su salud es especialmente frágil, hasta el punto de hacer pender su vida de un hilo, cada uno de estos acontecimientos revividos de un modo que, incluso podríamos calificar de inesperado, se convierte en un hito digno de celebración, casi al mismo nivel que la fecha de mi nacimiento y, no porque ésta se haya devaluado, ni mucho menos, sino porque cuando se tienen tantas ganas de seguir en este mundo como tengo yo, cualquiera de esos hechos, tal vez insignificantes para muchos, se transforma en una pequeña victoria sobre la muerte, se saborea como un triunfo y se vive con una intensidad tal que, en mi vida anterior a la irrupción de doña ELA, era simplemente inimaginable.
Así pues, y a pesar de la inmensa alegría que me produce celebrar un año más el día en el que Rafael y Encarnita vieron por primera vez a su segundo hijo y en la que éste le hizo el primer quiebro a la señora de la guadaña, ya tengo la mirada fijada en la Navidad y fin de año con mi suegra y mis cuñadas y, especialmente, en la próxima visita de mis padres, a quienes ansío ver con todas mis fuerzas.
Gracias a tod@s por estar al otro lado de mi escritorio y, como siempre digo, deseo que el año que viene en esta misma fecha podamos volver a leernos porque, significará que he postergado otros 365 días el "Adiós Polilla".
Un fuerte abrazo.