En medio del vendaval… lo que voy a contar es lo menos relevante pero, si nada lo impide, este verano vuelvo a presentar Hoy por hoy. Como en los viejos tiempos. La SER es el único animal que tropieza dos veces en el mismo Pedro. Ojalá estéis ahí.
📻 Tenemos que haceros un anuncio...
👏🏻 @jl_sastre dirigirá @Hora25 la próxima temporada y @EstherBazan conducirá el tramo informativo de 20:00 a 20:30 horas:
"Haremos lo que sabemos hacer en la SER: un periodismo plural, independiente y necesario"
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Está todo el mundo hablando de La Casita de Bad Bunny pero tengo la sensación de que casi nadie sabe su historia y su genealogía, lo cual es un poco perverso porque la historia de La Casita es tan intrincada como una peli de terror psicológico.
La cosa —y la casa— tiene un principio, que está en Long Island en 1947. Allí un tipo llamado William Levitt miró un campo de patatas y vio, en lugar de patatas, el futuro de la clase media estadounidense, que para él tenía forma de diecisiete mil casas iguales. Literalmente Iguales.
Levitt había aprendido en la Marina a construir barracones a toda velocidad y aplicó la misma idea al baby-boom de posguerra: dividió la construcción de una casa en veintisiete pasos, puso a un hombre a hacer solo el paso nueve durante el resto de su vida natural, y empezó a escupir viviendas a razón de una cada dieciséis minutos. El que ponía los grifos no sabía clavar un clavo y el que clavaba no había visto un grifo, y entre todos, sin que ninguno entendiera la casa entera, levantaron un suburbio del tamaño de una provincia. Se llamaba Levittown.
Que tú dices pues muy bien, vivienda barata y rápida. Y sí, eso lo era. Y racista también, porque el contrato de esas casas idénticas incluía una cláusula que prohibía venderlas a cualquiera que no fuera de raza blanca. Estaba escrito. Con tipografía. O sea, la utopía de la clase media pero no me pongas negros ni hispanos cerca.
Así que tanto Levittown como todas las urbanizaciones que se construyeron en las afueras, también las que no tenían la cláusula explícita, se llenaron de blancos que huían de las ciudades —esto tiene nombre técnico, White Flight, la fuga blanca, que suena a maniobra militar y en el fondo lo era— dejando los centros urbanos a quienes no podían comprar un chalecito. El resultado fue un paraíso siniestro de céspedes idénticos donde todo el mundo era exactamente igual porque por contrato no podía ser de otro modo.
Unos quince años después, un funcionario de Puerto Rico se fue a Toa Baja, al norte de la isla, y desplegó sobre una mesa los mismos planos. Otro Levittown. La promesa de la clase media estampada en hormigón, y todo dentro de algo llamado Operación Manos a la Obra, donde las manos eran las de los boricuas y la obra de los gringos.
Aquí no había cláusula racial porque sería algo absurdo en un lugar tan mezclado como Puerto Rico y, claro, también porque en la isla la exclusión funcionaba por canales económicos, no por los del color de la piel. O no solo. El caso es que el módulo de Levitt entró y dentro de cada casita idéntica un puertorriqueño se instaló a desear exactamente lo que un señor de Long Island había decidido que un estadounidense debía desear.
Pasan sesenta años. La arquitecta Mayna Magruder Ortiz mira una vivienda real en Humacao, ahora al este de la isla, mira los planos de Levittown, y hace lo que hacen los arquitectos, que es copiar. Según algunas revistas de arquitectura, Mayna Magruder combina la herencia del XIX con la urbanización de posguerra, pero el resultado es una casa que está por todo Puerto Rico. Rosa pastel. Cornisas amarillas. Sillas de plástico monobloc, las que pesan ochocientos gramos y aguantan a un obispo, las que tu tío apila de seis en seis al final de la fiesta, el grado cero de la civilización con clima benévolo. También tiene la misma cubierta plana, salvo que aquí no es tejado sino un sitio para bailar, porque alguien decidió en una reunión que esa cubierta que durante toda la historia de la arquitectura caribeña sirvió para no morir bajo la lluvia, fuese ahora un escenario con aforo.
Pero lo que más conocemos todos es el balcón con marquesina. El balcón de la casa obrera puertorriqueña era el órgano social de la vivienda, el sitio donde se enfriaba la cerveza, se vigilaba al vecino y se conspiraba contra el casero, el único lugar donde la clase trabajadora hacía la cosa verdaderamente subversiva, que es estar junta sin pagar entrada.
En La Casita de Bad Bunny el balcón también tiene aforo. Quince personas. Y las quince son Ester Expósito, Los Javis, Lamine Yamal, una cantante llamada Judeline cuyo nombre se evapora a mitad de pronunciación, influencers cuya influencia también está en proceso constante de evaporación, además de unas cuantas chicas desconocidas, blancas y europeas pero disfrazadas de caribeñas a las que un ojeador —y la palabra es exacta— ha elegido para que puedan competir entre ellas por quién sale más segundos en las pantallas gigantes, cinco, trece, veintiuno. Ah, y Marta Ortega, presidenta de Inditex, que baila dentro de la réplica de una casa de clase trabajadora mientras por los altavoces suena un tema sobre la gentrificación de la isla, sobre la mudanza forzosa, sobre la bandera celeste de los independentistas, y nadie en el estadio detecta el cortocircuito porque no hay cortocircuito, el aparato fue diseñado para que la crítica del aparato circule por sus propias cañerías sin tocar jamás una pared.
Y así, la marquesina donde el bisabuelo no tenía dónde caerse muerto es hoy el lugar más caro del universo al que no puedes comprar entrada, porque no se vende, solo se concede, que es la forma final del lujo, el lujo que ni siquiera te deja la dignidad de pagarlo.
En 1967 —poco después de la Operación Manos a la Obra— Guy Debord dijo que la sociedad contemporánea no era una sociedad basada en la imagen, sino que era una sociedad *que es* imagen. La Casita es esa frase hecha hormigón rosa. La sociedad del espectáculo ha localizado una cosa sin mercantilizar —la nostalgia del barrio, la silla de plástico— y la ha mercantilizado tan a fondo que la ha construido a escala 1:1, la pasea por cuatro continentes y te cobra cien euros por verla de lejos y ni siquiera te das cuenta de qué es eso que ves de lejos.
El espectáculo ha engullido la historia de La Casita, la ha digerido, la ha metabolizado y la ha regurgitado convertida en lo que siempre devuelve el espectáculo después de comer, que es más espectáculo.
Hemos conseguido, con un poco de tocar los 🥚🥚 y mucho insistir, que nos dejaran coger sillas de la sala de al lado para seguir la comparecencia. Ahora la segunda parte: ¿se admitirán preguntas?
📝🤔 ¿Aprobarían Àngels Barceló y @jl_sastre el texto de Sastre que entró ayer en la PAU de Castilla y León o Murcia?: "Es complicado"
😌 Por si acaso, ya se lo dice Àngels: "Ahora, cuando escribas textos, escríbelos pensando en los pobres alumnos".
El otro día me pasó una movida increíble con un BMW que demuestra que hay gente que va a su bola todo el rato y se cree que el mundo gira a su alrededor y que ellos son los únicos que importan.
Iba yo con mi hijo por el parking de Parquesur, por esos caminitos para peatones a punto de cruzar un paso de cebra que hay, cuando llega un BMW —blanco, algo viejo— y pasa ahí, despacito, con todo su papo, casi rozándonos, como si no existiéramos.
Así que le pego un grito: “¡¿TÚ DE QUÉ VAS, TRONCO?!”, y resulta que el pavo se para delante, a un lado, y se baja del coche. Y claro, yo en plan encima vamos a tener bronca, que antes a lo mejor me daba más igual pero si pones en peligro a mi hijo igual la tenemos, lo cual es un problema porque no quiero tener bronca con el niño delante. Pero ¿qué hago? ¿le dejo que haga lo que le salga de las pelotas y encima tengo que aguantar que se ponga borde? Pues no, claro. Así que me preparo para mandarle a tomar por el culo a la mínima.
Sale el tío —unos treinta y pocos, vestido con un traje que le quedaba mal, o muy grande o muy pequeño o las dos cosas a la vez— y me doy cuenta enseguida de que no iba a pasar nada de lo que yo creía que iba a pasar. Porque no tenía cara de montar bronca, tenía *esa* cara.
*Esa* cara es una cara muy reconocible. Es la cara de que igual venía de una entrevista de trabajo en la que un tal Íñigo y un tal Gonzalo, que llevaban ambos un polo de marca y sonrisa de prospecto farmacéutico, le habían explicado durante cuarenta minutos que no encajaba en el perfil mientras pronunciaban tres veces la palabra sinergia y ninguna vez la palabra sueldo. La cara de que igual esa misma mañana el casero le había mandado un mensaje y él lo había leído en el ascensor y había hecho los números y los números no daban. La cara de que igual todavía llevaba el teléfono caliente de haber hablado con su madre, que está bien, que siempre está bien, aunque le hable desde el Hospital Universitario de Burgos porque esta noche se ha caído en el pasillo cuando iba a hacer pis y ya no le funcionan bien las manos por los temblores y ya no es capaz de escribir, ella, que escribía cuentos dedicados al tipo cuando el tipo era un niño de seis años y no sabía que iba a estar a 300 kilómetros de su madre, en una ciudad enorme, conduciendo un coche de hace veinte años, y tratando de hacer su vida lo mejor que puede o lo mejor que le sale, pero ella está bien, hijo, no te preocupes.
Igual sí, igual la cara era exactamente la cara de eso que es muy probable y muy poco averiguable, la cara de que no le pasaba nada en concreto, solo la presión barométrica difusa y acumulada de estar vivo un viernes cualquiera en un mundo que no está diseñado para que nadie esté contento, sino para que todos lleguemos tarde a algún sitio y no prestemos atención a nada de lo que nos rodea. Ya sabéis, *esa* cara.
El hombre se me acerca y me dice: “Lo siento, tío, no os he visto, no quería asustaros”. Y se agacha a la altura de Lucas y le dice “Qué niño tan guapo”. Y yo le he dicho: “Es verdad que nos hemos asustado, ten un poco más de cuidado, ¿vale?”. Y él ha dicho:
—Sí, lo intentaré.
Y luego me ha dado un abrazo de esos un poco mierder que nos damos los tíos, y más los desconocidos, que es una cosa que te estrechas la mano como por los pulgares y acercas el antebrazo al pecho del otro y le das una palmadita en la espalda. Después se ha subido al BMW blanco algo viejo y se ha ido.
Unos diez minutos más tarde, cuando ya íbamos en el coche de vuelta a casa, Lucas me ha preguntado desde la sillita de atrás: “Papá, ¿por qué has abrazado a ese señor”.
Y yo querría haberle dicho que porque el señor se ha equivocado y ha pedido perdón y eso está muy bien, hay que pedir perdón cuando nos equivocamos y hacemos daño a otra persona, y también que la mayor parte de las veces nadie está contra nosotros, nadie intenta realmente hacernos daño, es solo que creemos que estamos solos en el mundo, que somos los únicos que importamos, que vamos a nuestra bola, pero casi nunca sabemos de qué esta hecha esa bola con la que cargamos todos.
Pero lo que le he dicho es “Porque los señores también se abrazan”, que suena a canción de los Cure, pero yo qué sé, es lo que me ha salido en ese momento.
N° de orden con que fue elegida la PRIMERA plaza #MIR en 2026 en cada provincia/ciudad autónoma:
🟢 La primera plaza en Barcelona fue elegida por el n°1, Madrid n°2, Almería n°3...
🔴 La primera plaza en Huesca fue elegida por n°3456, Zamora n°2225... (también Ceuta y Melilla).
Un hombre que sabe de lo que habla trata de poner sentido común y ciencia a las charlatanerías de un futbolista con gorrito de papel de aluminio.
A esto hemos llegado.
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📻 Carlos Alsina reivindica la función de la radio: "No estamos para tumbar gobiernos ni para ayudar a que llegue quien no ha sido capaz por su propio pie"
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