LA GENERACIÓN QUE NO DEJÓ DE AMAR A LOS HIJOS.
(2ª Parte)
Existe una explicación cómoda para la caída de la natalidad: los jóvenes serían más individualistas, menos comprometidos y excesivamente preocupados por su bienestar personal. Según esta tesis, simplemente dejaron de querer formar familias. Sin embargo, los datos muestran una realidad mucho más compleja.
Lo que ocurre no es una renuncia masiva a la maternidad y la paternidad. Es la consecuencia lógica de un entorno económico y social que ha elevado los costos de criar hijos y reducido las condiciones mínimas de estabilidad para hacerlo.
Durante gran parte de la historia, las personas tuvieron hijos en condiciones materiales mucho más difíciles que las actuales. La diferencia es que existían mayores niveles de certidumbre. Un empleo podía durar décadas, la vivienda era relativamente accesible y las redes familiares proporcionaban apoyo cotidiano. Hoy ocurre exactamente lo contrario.
Las nuevas generaciones enfrentan mercados laborales más flexibles, pero también más precarios. Los contratos temporales, los ingresos variables y la incertidumbre económica dificultan cualquier planificación de largo plazo. Tener un hijo ya no representa únicamente una decisión afectiva; se ha transformado en una compleja evaluación financiera.
La vivienda constituye quizás el mejor ejemplo de esta transformación. En numerosos países, incluido Chile, el precio de las propiedades ha crecido mucho más rápido que los salarios. El resultado es que millones de jóvenes postergan la independencia económica o destinan una parte excesiva de sus ingresos al arriendo. Formar una familia en esas condiciones se vuelve extraordinariamente difícil.
A ello se suma un problema menos visible: la escasez de tiempo. Las jornadas laborales extensas, los largos desplazamientos urbanos y la creciente exigencia profesional han convertido el tiempo en un recurso tan escaso como el dinero. Criar hijos requiere ambos.
Existe además un cambio cultural que suele interpretarse erróneamente. No se trata simplemente de egoísmo. Las generaciones actuales crecieron en una sociedad que enfatiza la realización personal, la educación continua, el desarrollo profesional y la salud mental. Muchos jóvenes buscan alcanzar cierto equilibrio emocional y económico antes de asumir responsabilidades parentales.
También aparece un factor relativamente nuevo: la incertidumbre sobre el futuro.
El cambio climático, las crisis económicas recurrentes, la inseguridad y la aceleración tecnológica han generado una percepción de riesgo que influye en decisiones que antes parecían naturales.
Las consecuencias trascienden la esfera individual. Una natalidad persistentemente baja modifica profundamente la estructura de una sociedad. Disminuye la población en edad de trabajar, aumenta la proporción de adultos mayores, tensiona los sistemas previsionales y de salud y reduce el dinamismo económico.
La experiencia internacional demuestra que revertir estas tendencias es extremadamente difícil. Una vez que la fecundidad cae bajo ciertos niveles, los cambios culturales y económicos adquieren una fuerte inercia.
Por eso, la discusión suele partir de un diagnóstico equivocado. El problema no es que los jóvenes hayan dejado de querer hijos. El problema es que cada vez menos personas consideran razonable tenerlos bajo las condiciones actuales.
La verdadera pregunta no es por qué los jóvenes no están formando familias. La pregunta es por qué nuestras sociedades se han vuelto tan costosas, exigentes e inciertas que incluso la decisión más natural de la especie humana comienza a percibirse como un riesgo.
Y esa diferencia no es semántica. Es la distancia entre culpar a una generación y comprender un fenómeno estructural que definirá buena parte del futuro económico y social del siglo XXI.
@MisColumnas
Este hilo es oro puro. El líder de la derecha más extrema chilena se pelea con una IA porque no le da la razón.
Posteo a posteo se pone más y más autoritario, como suele hacerlo para intimidar en el debate público.
Pero la IA no tiene emociones, entonces sólo vuelve a no darle la razón y complejiza una respuesta que él busca tenga el binarismo simplón con que presenta los problemas sociales.
Un imperdible.
EL FETICHE DEL CRECIMIENTO
En Chile existe una religión económica: la adoración compulsiva del crecimiento. Sus sacerdotes aparecen cada cierto tiempo en TV, seminarios y columnas de opinión lamentando que el país ya no crezca al 7% anual como en los 90’s.
Y en esa nostalgia suelen omitir un detalle incómodo: en los noventa Chile era infinitamente más pobre, más precario y mucho más pequeño.
La memoria económica en política suele ser peligrosamente corta.
En 1973 el PIB de Chile apenas bordeaba los USD 17 mil millones. En 1990 llegaba a 33 mil millones. En el año 2000 alcanzó 75 mil millones. Para 2010 el país ya se acercaba a 218 mil millones, y en 2025 rondaba los 360 mil millones de dólares.
O sea, para poner en perspectiva, entre 1973 y 1990 el PIB se duplicó, y entre el año 1990 y hoy resulta 10 veces mayor, en un país que pasó de 10,3 millones de habitantes en 1973 a 13,4 millones en 1990 y a 19,5 millones al día de hoy. Es decir, mientras la población aumentó un 45% en estos últimos 35 años, el PIB lo hizo un 1.000%
Pretender que una economía diez veces mayor en 35 años conserve las mismas tasas relativas de expansión de hace treinta años no es análisis técnico; es propaganda.
Un 2,5% de crecimiento hoy representa muchísimo más valor económico real que un 5% en un país pequeño y subdesarrollado. Pero esa parte rara vez aparece en los discursos apocalípticos de quienes hablan del crecimiento como si Chile hubiese pasado de ser Irlanda a Haití en apenas una década.
El problema no es querer crecer más. Por supuesto que Chile debe crecer más. El problema es la frivolidad intelectual con la que algunos reducen toda discusión económica a una cifra aislada, desconectada de contexto, estructura productiva y desarrollo social.
Porque crecer no es simplemente inflar el PIB. También importa cómo se crece y quiénes capturan los beneficios de ese crecimiento.
Chile sigue atrapado en una lógica extractivista propia de economías primarias: cobre, litio, fruta, celulosa, salmones, etc. Recursos naturales exportados con escaso valor agregado. Mientras otros países desarrollan tecnología, innovación e industria avanzada, nosotros seguimos celebrando que sacamos más piedras del suelo o más toneladas desde un puerto.
En vez de discutir sofisticación productiva, capital humano o innovación tecnológica, algunos sectores vuelven a ofrecer la vieja pócima neoliberal: bajar impuestos a las grandes corporaciones. Como si la historia económica mundial no hubiese demostrado ya suficientes veces que regalar tributos a los grupos económicos no garantiza inversión, productividad y menos bienestar colectivo.
La propuesta de reducir el impuesto corporativo del 27% al 23% por 25 años parece diseñada más por un directorio empresarial nostálgico que por economistas del siglo XXI. Veinticinco años. En plena revolución de inteligencia artificial, automatización, electromovilidad y transformación energética global. Nadie serio puede proyectar la economía mundial a ese horizonte con dicha rigidez, equivale a haber diseñado en 1995 una estrategia fiscal pensando en TikTok, ChatGPT o vehículos autónomos.
Hablan de inversión, pero desprecian la educación pública. Hablan de empleo, pero consideran exagerado mejorar salarios. Hablan de competitividad, aunque tiemblan frente a cualquier discusión sobre desigualdad. Y mientras prometen prosperidad futura, el presente sigue mostrando sistemas públicos debilitados, servicios saturados y una clase media que sobrevive endeudada.
El crecimiento económico importa. Pero el crecimiento sin cohesión social termina en paisajes modernos pero carentes de humanidad.
Chile ha crecido menos de lo que muchos quisieran. Pero también ha crecido más que buena parte de economías desarrolladas comparables. La OCDE promedió cifras bastante menores en los últimos años. Esa parte, curiosamente, tampoco suele aparecer en los discursos catastrofistas. Porque en el fondo, el debate ya no es económico. Es ideológico. @MisColumnas
DÍA DE LA MADRE
Cada año repetimos el ritual. Flores, desayunos, fotografías familiares, mensajes en redes sociales y restaurantes llenos. El Día de la Madre se ha convertido en una de las celebraciones más universales y emocionalmente poderosas de nuestra cultura contemporánea. Pero pocas veces nos detenemos a pensar de dónde viene esa fecha y qué significa realmente.
Muchos creen que el Día de la Madre se celebra el 10 de mayo en todo el mundo, pero no es así. La fecha cambia según el país. En gran parte de Occidente se celebra el segundo domingo de mayo, mientras que en países como México quedó arraigado definitivamente el día 10. Detrás de esa decisión hubo razones prácticas, culturales y religiosas. Pero más allá de la historia oficial, lo interesante es otra cosa: la humanidad sintió la necesidad de reservar un día para agradecer aquello que nunca podrá pagar.
Porque una madre no es sólo una persona. Es el primer territorio emocional que habitamos.
Antes de conocer el mundo, conocimos su voz. Antes de entender el lenguaje, entendimos sus brazos. Antes de saber quiénes éramos, alguien ya nos miraba como si fuésemos extraordinarios incluso en nuestra absoluta fragilidad.
Y eso deja una huella imposible de borrar.
Tal vez por eso las sociedades, incluso las más frías o materialistas, terminan regresando a la figura materna como quien vuelve al origen. No importa cuánto avance la tecnología, cuán sofisticadas se vuelvan las ciudades o cuánto cinismo acumule la política: la imagen de una madre sigue conservando algo sagrado. Algo anterior a cualquier ideología.
Hay madres heroicas y silenciosas. Mujeres que criaron hijos mientras escondían su propio cansancio. Madres que trabajaron jornadas interminables y aun así encontraban energía para preguntar cómo estuvo el día. Madres que no tuvieron reconocimiento, que improvisaron respuestas cuando no tenían nada, que aprendieron a resistir sin manuales y a amar sin descanso.
Y también están las otras historias. Las madres imperfectas, agotadas, humanas. Las que cometieron errores, las que tuvieron miedo, las que lloraron a escondidas mientras todos dormían. Porque la maternidad real no ocurre en publicidad de perfumes ni en fotografías perfectas. Ocurre en la incertidumbre, en el sacrificio cotidiano y en esa obstinación conmovedora de seguir adelante aunque el cuerpo y el alma digan basta.
Quizás por eso el Día de la Madre provoca algo tan profundo. Porque no estamos celebrando una fecha. Estamos celebrando el vínculo más decisivo de la experiencia humana.
Con los años uno descubre algo extraño: la vida puede alejarnos de muchas cosas, pero siempre termina devolviéndonos a mamá. A veces en una receta. A veces en una canción. A veces en una frase que juramos nunca repetir y que un día sale de nuestra boca exactamente con el mismo tono que tenía ella.
Y entonces entendemos.
Entendemos que el amor más inmenso casi siempre fue también el más silencioso.
Que hubo una mujer que envejeció mientras nosotros crecíamos.
Que mientras nosotros descubríamos el mundo, alguien pasaba noches enteras derrotando sus propios miedos para protegernos de los nuestros.
Y llega un momento —duro, inevitable— en que uno mira las manos de su madre y descubre el tiempo. Las venas más marcadas. La piel más frágil. El cansancio escondido detrás de la sonrisa de siempre. Y dan ganas de detener el reloj. De abrazarla más fuerte. De pedirle perdón por todas las veces en que no vimos el tamaño de su amor.
Porque un día entendemos que mamá no era eterna.
Y ahí se rompe algo dentro.
Entonces recordamos aquella madrugada en que nos esperaba despierta. El uniforme doblado sobre la silla. El remedio servido antes de pedirlo. La mano en la frente cuando teníamos fiebre. Su voz diciendo “avísame cuando llegues” aunque ya fuéramos adultos.
Y uno descubre, con una tristeza hermosa, que probablemente nadie volverá a querernos así.
Tan completamente.
Tan gratuitamente.
Tan para siempre.
@MisColumnas
EL BUFÓN CON CAPA PRUSIANA
Un diputado diminuto para una política pequeña.
Javier Olivares, parece convencido de que hacer política consiste en ser cosplayer. Literalmente. Porque aparecer en el Congreso Nacional con una capa prusiana y lentes oscuros emulando al dictador no es un acto de rebeldía, ni de irreverencia, ni de valentía. Es algo mucho más pequeño, mucho más idiota: la desesperación de un hombre que necesita llamar la atención aunque sea revolcándose en la miseria simbólica de una época oscura.
Lo suyo no es provocación inteligente; es farándula con olor a naftalina autoritaria. Un cosplay patético, hecho por alguien que jamás entendió el peso histórico de aquello que intenta caricaturizar. Porque jugar a Pinochet en un país que fue marcado por la tortura, los desaparecidos y el miedo, no es transgresor: es vulgar, abyecto y miserable. Es el equivalente político de hacer chistes en un funeral para asegurarse de que alguien lo mire cinco segundos.
Y ahí está el núcleo del problema: Olivares no soporta su propia irrelevancia.
Toda su carrera ha sido una lucha desesperada contra el olvido. Primero gritó en televisión, después opinó como iluminado en un panel, y ahora se dedica a fabricar polémicas como un influencer envejecido que descubre que el escándalo da más clics que las ideas. Su trayectoria no tiene doctrina. No sigue principios: sigue cámaras.
Lo más ridículo es que él probablemente se cree audaz. Debe imaginarse a sí mismo como una especie de enfant terrible de la política chilena, un disruptor incómodo para la izquierda. Pero la realidad es mucho menos cinematográfica. Lo que vimos fue a un adulto disfrazado de caricatura histórica para conseguir atención en redes sociales. Un hombre grande jugando a ser un tirano porque no tiene la capacidad intelectual para ser algo más.
Ni siquiera hay convicción detrás del acto. Hay pobreza de un cálculo adolescente. Hay esa lógica miserable del algoritmo donde cualquier estupidez sirve mientras entregue visibilidad. Porque Olivares comprendió hace tiempo que no puede destacar por profundidad, preparación ni densidad política. Entonces eligió otro camino: el del bufón provocador. El problema es que hasta los bufones requieren ingenio, y él apenas alcanza el nivel de imitador en una vulgar fiesta temática.
“La tragedia no es sólo su ridiculez personal. La tragedia es que el Congreso termine convertido en un escenario para este tipo de performances miserables”.
Mientras algunos discuten seguridad, crecimiento o salud pública, Olivares juega a disfrazarse de fantasma autoritario como un escolar buscando risas en el recreo. Y eso habla incluso, menos de Pinochet que de él mismo: de su pequeñez, de su vacío, de su absoluta incapacidad de comprender dónde está parado, de su propia insignificancia.
Porque hay algo particularmente miserable en trivializar el dolor ajeno para ganar exposición. Detrás de su numerito hay familias que perdieron hijos, padres y hermanos. Hay personas torturadas. Hay heridas históricas todavía abiertas. Pero Olivares pertenece a esa generación de opinólogos narcotizados por su propia imagen, incapaces de distinguir entre provocación política y degradación moral. Para ellos todo es contenido. Todo es show. Todo es utilizable mientras su nombre siga circulando.
Y quizá eso sea lo más demoledor de Javier Olivares: no produce miedo, produce vergüenza ajena. No encarna fortaleza, sino fragilidad emocional disfrazada de arrogancia. No parece un líder radical; parece un hombre desesperado por seguir siendo relevante en un país que hace rato dejó de tomarlo en serio.
En el fondo, Olivares no es peligroso por inteligente. Es peligroso por banal. Porque representa esa degradación contemporánea donde la política ya no necesita ideas, sólo espectáculo; ya no requiere estatura, apenas visibilidad.
Un ex rostro televisivo convertido en caricatura de sí mismo, usando símbolos oscuros como utilería barata para alimentar su propia estupidez. @MisColumnas
LA ESTRATEGIA DEL SILENCIO
Cuando un gobierno se dispara en los pies, sólo queda observarlo.
En un país donde la realidad se deshace como un castillo de naipes mal barajado, el gobierno de José Antonio Kast ha logrado, con una eficacia casi pedagógica, lo que parecía improbable: convertir la torpeza en doctrina y el error en política pública. No es que se equivoquen —eso sería humano—, es que insisten en hacerlo con una convicción casi estética, como si el tropiezo fuese una forma superior de coherencia.
Mientras tanto, la oposición, ese actor históricamente adicto al micrófono, ha descubierto el poder terapéutico del silencio. Se ha vuelto contemplativa, casi zen. Observa. Espera. Respira. Porque, claro, hay una máxima que aquí se ha elevado a estrategia: no interrumpas a tu adversario cuando se está equivocando. Y este gobierno, generoso en desaciertos, ofrece material inagotable.
El inicio fue digno de una tragedia sin épica: un país “quebrado”, una caja vacía, un relato de emergencia que se desinfló con la velocidad de un globo en manos de un niño impaciente. Luego vinieron las rectificaciones, esas confesiones tardías que no corrigen el error, sino que lo certifican. Porque en política, retractarse no es enmendar: es protocolizar la torpeza.
Pero el problema no es un desliz aislado, sino una coreografía persistente del error. Seremis que no alcanzan a memorizar el nombre de su cargo antes de dimitir por problemas de probidad. Funcionarios que aterrizan en puestos estratégicos no por mérito, sino por militancia, como si la lealtad partidaria fuese un sustituto funcional de la competencia técnica. La administración pública, en ese sentido, parece haberse transformado en una pasarela donde desfila la improvisación con credencial.
Y así, entre renuncias exprés y nombramientos que desafían cualquier estándar profesional, se instala una sospecha más inquietante: no es que falte talento, es que sobra torpeza. Como si gobernar fuese un ejercicio menor, una práctica amateur donde el costo del error siempre lo paga otro.
En paralelo, las vocerías se enredan en su propio laberinto. Explican mal, corrigen peor y, en el intento de aclarar, oscurecen. Cada intervención pública se parece más a un borrador que a una declaración, a un ensayo fallido que jamás debió salir a escena. Y sin embargo, sale. Una y otra vez.
En ese contexto, la oposición no necesita construir un relato: le basta con observar cómo el oficialismo dinamita el suyo. No hay confrontación porque no hay necesidad. No hay debate porque no hay contraparte sólida. Es, más bien, un espectáculo unilateral donde el error se reproduce sin resistencia, como un eco que se niega a extinguir.
La política chilena, entonces, adquiere una fisonomía peculiar: un gobierno que se corrige a sí mismo a punta de tropiezos y una oposición que entiende que, a veces, la mejor intervención es la abstención. No por virtud, sino por conveniencia estratégica.
Como en esas pichangas de barrio donde el consejo es simple y brutal —“no lo marques, se marca sólo—, el gobierno avanza tropezando con su propia sombra, mientras al frente alguien, con inusual disciplina, decide no interrumpir el espectáculo.
Y así, en esta extraña coreografía de errores y silencios, el protagonismo no lo tiene quien habla más fuerte, sino quien se equivoca con mayor constancia. Porque cuando el poder convierte el error en rutina, el silencio deja de ser ausencia: se transforma, elegantemente, en una forma superior de inteligencia.
@MisColumnas
¡Buenos días!
En días como hoy, "da más fuerza saberse amado que saberse fuerte: la certeza del amor, cuando existe, nos hace invulnerables"
Goethe
Les deseo un #FelizViernes 🙂
LA INVITACIÓN
El privilegio de ser pensado.
La palabra invitación proviene del latín invitatio, -ōnis, que se refiere a la acción y efecto de llamar, convocar o estimular a alguien para asistir a un acto o celebración. Deriva del verbo invitare (invitar), el cual originalmente significaba animar, estimular o acoger con benevolencia.
Porque, “Invitar no es incluir: es preferir”.
Hay gestos que, por su aparente sencillez, corren el riesgo de volverse invisibles. Invitar es uno de ellos. Y sin embargo, pocos actos condensan con tanta precisión la arquitectura íntima de lo humano: reconocer al otro, otorgarle un lugar y, en ese mismo gesto, declarar que su presencia no es neutra, sino significativa.
Invitar no es sólo convocar; es seleccionar. Es, en rigor, una forma delicada de preferencia. Entre la vasta multitud de rostros posibles, alguien decide detenerse en uno —el tuyo— y extender un puente. Ese puente puede ser una mesa, un café, una conversación o incluso un silencio compartido. Pero siempre implica lo mismo: una apertura. Invitar es abrir un espacio —físico o simbólico— para que otro lo habite.
La etimología no se equivoca cuando asocia la invitación con el acto de llamar y estimular. Hay en ella una doble dimensión: por un lado, la llamada que convoca; por otro, el impulso que legitima la respuesta libre. Nadie es obligado a aceptar una invitación sin que esta pierda su esencia. En su núcleo, la invitación es una propuesta de libertad compartida: te considero, te ofrezco, decides.
Pero lo verdaderamente notable es lo que subyace al gesto. Invitar supone haber pensado en el otro en su ausencia. Es un acto previo, silencioso, que ocurre antes de cualquier palabra. En ese instante invisible, alguien evalúa —a veces sin saberlo— que tu presencia agregará valor, que tu existencia mejora el escenario propuesto. Invitar es, en ese sentido, una forma implícita de elogio: no hacia lo que haces, sino hacia lo que eres cuando estás.
Por eso la invitación tiene algo de riesgo. No en su forma más evidente —el rechazo posible—, sino en su dimensión más íntima: exponerse. Quien invita revela una necesidad, una expectativa, una esperanza. Incluso las invitaciones más protocolares, aquellas dictadas por la costumbre o el compromiso, conservan un residuo de esta vulnerabilidad. Porque aun en la obligación, hay reconocimiento de vínculo. Nadie invita a quien le es completamente indiferente.
En tiempos donde la eficiencia ha colonizado buena parte de nuestras relaciones, la invitación resiste como un acto improductivo en el mejor sentido del término. No busca optimizar, ni maximizar, ni rentabilizar. Invitar no es una transacción: es una afirmación. Dice, sin decirlo, que el tiempo compartido tiene valor por sí mismo. Que la presencia del otro no necesita justificación adicional.
Quizá por eso hemos aprendido a subestimar la respuesta. Aceptar o rechazar una invitación parece un trámite menor, cuando en realidad es una forma de corresponder —o declinar— ese reconocimiento inicial. Agradecer se vuelve entonces un acto de lucidez: comprender que, detrás de la simple propuesta, hubo un gesto de consideración que no es automático ni trivial.
Invitar, en última instancia, es un modo de construir mundo. Cada invitación traza una pequeña geografía afectiva, un territorio donde ciertas presencias importan más que otras. Y en ese mapa, ser invitado es ocupar un lugar. No cualquiera, sino uno deliberadamente asignado.
La próxima vez que alguien te invite —a lo que sea— conviene detenerse un segundo más de lo habitual. No sólo para decidir si asistir, sino para leer lo que está en juego. Porque en ese gesto, tan cotidiano que casi no se ve, alguien ya ha tomado una decisión silenciosa pero contundente: que el lugar será mejor contigo dentro.
@MisColumnas
CUANDO EL SILENCIO SE VUELVE GRITO
Crónica de un fracaso colectivo.
Hay tragedias que no solo duelen: interpelan. Lo ocurrido en un colegio de Calama no es únicamente un hecho policial, ni siquiera un episodio aislado de violencia. Es, ante todo, una fractura humana profunda. Una mujer —María Victoria Reyes, madre, trabajadora, parte de una comunidad— pierde la vida en el lugar donde debía resguardarse la convivencia y el cuidado. Y un joven de 18 años cruza un umbral definitivo, arrastrando consigo no sólo su destino, sino el de todos quienes quedan orbitando ese acto.
A la familia de María Victoria, cualquier palabra resulta insuficiente. El dolor que enfrentan no admite consuelo fácil ni explicación tranquilizadora. Sólo cabe el respeto, la contención silenciosa y el reconocimiento de una pérdida irreparable. Porque hay ausencias que no se llenan: se aprenden a llevar.
Pero tras el impacto, emerge la pregunta inevitable. ¿Qué ocurrió antes de ese instante? ¿Qué proceso íntimo, oscuro y sostenido, llevó a un joven a planificar, a escribir, a anticipar la violencia como destino?
Sabemos que no fue un impulso súbito. Hay indicios de preparación, de aislamiento, de una interioridad que se fue cerrando sobre sí misma. Cuadernos donde se bosqueja el daño, silencios que nadie descifra a tiempo, conductas que se normalizan hasta volverse invisibles. Y entonces la violencia deja de ser una irrupción inesperada y comienza a parecerse, inquietantemente, a una consecuencia.
Aquí no hay una sola falla. Hay un entramado. La familia, el colegio, las instituciones. Todos aparecen, de algún modo, en el espejo incómodo de lo que no se hizo, de lo que no se vio o no se quiso ver. No siempre por negligencia deliberada, sino por algo más sutil y más peligroso: la habituación al deterioro. Nos acostumbramos a señales débiles, a jóvenes que se aíslan, a malestares que no estallan… hasta que lo hacen.
Y sin embargo, incluso en ese entramado, hay una decisión final que es individual e irreparable. En ese instante, el joven no sólo arrebata una vida inocente: también clausura la propia. Porque después de un acto así, no hay retorno posible a la normalidad. Sólo queda una existencia marcada por la violencia que eligió ejercer.
Lo más inquietante es lo que viene después. La reacción inmediata: autoridades que llegan, declaraciones, medidas urgentes, protocolos que se revisan. Se habla de pórticos, detectores de metales, de seguridad reforzada, de respuestas visibles. Todo necesario, sin duda, pero insuficiente si no se aborda lo esencial: lo que ocurre antes, mucho antes, en la intimidad de una vida que se desmorona sin testigos.
Porque el riesgo no siempre es estridente. A veces es silencioso, persistente, casi imperceptible. Se manifiesta en el aislamiento, en la desconexión emocional, en la pérdida de sentido. Y ahí, en ese territorio difuso, es donde la sociedad suele llegar tarde.
Esta tragedia no puede convertirse en una más dentro de una secuencia de conmoción y olvido. No puede diluirse en el ciclo habitual de indignación, diagnóstico superficial y posterior indiferencia. Hay aquí una señal, dura pero clara: estamos mirando los efectos, pero seguimos esquivando las causas.
Tal vez lo verdaderamente urgente no sea sólo reforzar la seguridad, sino reconstruir el tejido humano que la hace innecesaria. Volver a mirar con atención, a escuchar con disposición, a intervenir con responsabilidad. Entender que prevenir no es controlar, sino comprender a tiempo.
Porque cuando un joven convierte su dolor en violencia, no solamente fracasa él. Fracasa, en algún punto, todo lo que debió sostenerlo.
Y ese es el silencio que, si no lo enfrentamos, siempre termina por convertirse en grito.
@MisColumnas
No hay recursos suficientes para expulsar a los migrantes con orden de dejar el país, por lo que el Congreso tendría que aprobar nuevos fondos, las promesas electorales se empiezan a olvidar...
Uno de los cinco dichos más comunes que utiliza una persona mentirosa, según los análisis realizados por la IA, es "no te preocupes, todo va a estar bien”.
https://t.co/BvJ3NF6tCc
EL SÍNDROME DE LA CAPERUCITA ROJA. (Versión criolla.)
En el clásico cuento de Caperucita Roja, la niña entra en la casa de su abuela y, a pesar de todas las señales evidentes de que algo está mal, se deja engañar por el lobo disfrazado. Este relato infantil, al margen de su moraleja original, puede extrapolarse a un fenómeno psicológico y político que bien podría llamarse "El Síndrome de la Caperucita Roja": una situación en la que las personas, dominadas por el sesgo de confirmación, ven lo que quieren ver y no lo que realmente es.
También hay una forma particularmente sofisticada de ingenuidad: aquella que se disfraza de sorpresa. En política, esta variante alcanza niveles casi artísticos, sobre todo cuando los hechos —persistentes, reiterados, incluso estridentes— son sistemáticamente ignorados en favor de una narrativa más cómoda, más deseable, más tranquilizadora.
El “síndrome de la Caperucita Roja, versión criolla” no es otra cosa que la obstinación voluntaria de no ver. No se trata de falta de información —porque la evidencia estaba ahí, abundante y sin pudor— sino de una decisión deliberada: mirar al lobo y convencerse de que es una abuela.
Porque, seamos rigurosos, las señales nunca fueron sutiles. No hubo ambigüedad programática ni giros inesperados. El ideario del Partido Republicano ha sido consistente hasta la terquedad: oposición a políticas redistributivas, resistencia a avances laborales, desconfianza estructural hacia el rol del Estado en lo social. Pretender hoy desconcierto frente a anuncios como el cuestionamiento a las 40 horas, la propuesta a la eliminación de feriados irrenunciables o la reducción de impuestos corporativos entre otros, es un ejercicio de ficción más cercano a la literatura que al análisis político.
La sorpresa, entonces, no es ingenuidad: es negación.
Más aún cuando los indicios no se limitaban al programa, sino que se extendían con generosidad a las biografías. Los nombramientos ministeriales operaban como un prólogo transparente: vínculos con episodios controvertidos del sector privado como las colusiones, defensas jurídicas de figuras asociadas a la dictadura de Augusto Pinochet, vocerías marcadas por el exabrupto más que por la argumentación. Cada designación era, en sí misma, una declaración de intenciones. Pero, nuevamente, el electorado optó por leer entre líneas… aunque las líneas ya gritaban.
El patrón se repite con una precisión casi didáctica: primero se relativizan las señales (“no será tan así”), luego se reinterpretan (“en realidad es estrategia”), y finalmente, cuando la realidad se impone con la delicadeza de un martillo, emerge el desconcierto performativo (“esto no era lo que esperábamos”). Como si el problema fuese el desenlace, y no la lectura previa.
En el cuento original, Caperucita formula preguntas evidentes frente a anomalías imposibles de ignorar: los ojos, las orejas, los dientes.
En nuestra versión criolla, las preguntas también existieron, pero fueron rápidamente sofocadas por respuestas complacientes. No era un lobo: era “carácter”. No era ideología dura: era “convicción”. No era regresión: era “orden”.
Y así, entre eufemismos y autoengaños, se construyó una expectativa que nunca tuvo correlato con la realidad observable.
Lo verdaderamente inquietante no es que un gobierno actúe conforme a su doctrina —eso, en cierto rigor, es coherencia—, sino que una parte del electorado finja sorpresa ante esa coherencia. Como si las promesas explícitas, los discursos reiterados y las trayectorias personales fuesen meros accidentes narrativos, y no indicadores predictivos y fiables de lo que vendría.
El síndrome, en su versión más depurada, no radica en haber sido engañado, sino en haber querido serlo.
Porque las señales, como en todo buen cuento, siempre estuvieron ahí. No ocultas, no cifradas, no encriptadas ni ambiguas. A la vista de todos. El problema nunca fue el lobo. Fue la voluntad obstinada de querer ver a una abuela.
@MisColumnas