Si están en Barranquilla y no han botado, vayan YAAAAA. Apagaron los semáforos hacia el sur y la ciudad está colapsada. No deje que lo coja el tiempo y los testigos por favor estén temprano porque el conteo de los votos será rápido. #YoCuidoLaVictoria
Uno ama el fútbol porque ese deporte nos saca de la realidad. Una realidad que a veces se llama trabajo, presión, deudas, enfermedad, peleas familiares, problemas económicos, soledad, ansiedad o depresión.
No se trata solo de los 90 minutos. Son también los días previos, cargados de ansiedad y expectativa, y los días posteriores, llenos de euforia o de una tristeza profunda que cuesta sacudirse.
Es llegar al trabajo con el pecho hinchado de orgullo tras una victoria, o arrastrar los pies con rabia y desilusión después de una derrota.
Es discutir con otros hinchas sobre si nuestro equipo es el más grande de la historia de Colombia, si es el mejor del momento, si los jugadores tienen garra o son “pechofríos”.
Discusiones interminables sobre mil variables que, en el fondo, solo reflejan cuánto nos importa. Y en medio de toda esa pasión, muchas veces nos hacemos los locos y olvidamos la verdad incómoda: el fútbol es un negocio.
Un negocio muy lucrativo donde ganan mucho dinero los dueños de los clubes, representantes, cuerpos técnicos, jugadores, periodistas, canales de tv. Todos ganan… menos los hinchas.
Los hinchas solo gastamos. Gastamos en abonos, boletas, suscripciones de televisión, camisetas, souvenirs, viajes, tiempo, energía y, en muchos casos, hasta salud. Y en casos más extremos, algunos arriesgan la vida.
A las barras bravas se les olvida que para los clubes que tanto amamos, no somos tan importantes como creemos. No entienden —o no quieren entender— que no vale la pena jugarse la vida por una pasión que, en el fondo, debería servir para distraernos de un mal día, no para convertirnos en un número más.
Lo más triste de todo esto es que, cuando asesinan a un hincha (a uno que amaba a su club, que coordinaba, que iba a reuniones, que alentaba), el equipo saca un comunicado frío, genérico, donde ni siquiera lo menciona.
Nunca dejaremos de ser hinchas. Eso está arraigado muy adentro, en el corazón. Es imposible de arrancar.
Pero, ¿realmente vale la pena arriesgar lo más valioso que tenemos por un juego?
No hay que forzar nada. Las personas saben lo que quieren y también saben lo que arriesgan a perder. Quien quiere quedarse, se queda. Quien quiere saber de ti, te busca. Quien quiere verte, encuentra el tiempo. Quien te ama, te lo demuestra. Lo demás son solo excusas, y aprender a aceptar eso también es una forma de dejar de abandonarte por no soltar a otros.
Cansados, agotados, a veces sin ganas de nada o de simplemente tirar la toalla.
Pero siempre hay que seguir... Aguita fría en la mañana y sonreir para mostrar nuestra mejor cara aunque por dentro estemos a punto de estallar.
Es increíble cómo una pequeña acción puede cambiar por completo la idea que tenías de alguien. Un gesto, una palabra, un acto de bondad o de crueldad pueden hacerte ver que todo lo que creías saber era solo una ilusión.