⚽🎨 El artista guatemalteco originario de Jalapa, Alejandro Requena culminó, tras 17 horas de trabajo, una impresionante obra elaborada únicamente con lápices de colores en homenaje a Cristiano Ronaldo (CR7).
El retrato destaca por su nivel de detalle y precisión, convirtiéndose en un tributo al futbolista portugués que ha generado reacciones entre aficionados y seguidores del arte. 🇵🇹✍️
#CristianoRonaldo #ArteGuatemalteco #Jalapa
"No estoy mal, pero tampoco estoy bien"
Lo dicen las personas que siempre cumplen, que se levantan cada mañana y hacen lo que toca.
Que duermen más o menos, trabajan, intentan cuidarse, se apuntan al gimnasio cuando pueden y hasta encuentran un rato para respirar hondo o quedarse en silencio.
Desde fuera, todo parece en orden, pero por dentro algo no encaja. Como una vida que avanza, sí, pero con el motor en reserva.
Lo curioso es que cada una tenía su propia explicación.
Una pensaba en falta de vitaminas.
Otra en falta de descanso.
Otra en tener más disciplina.
Otra en dejar el café.
Otra en tomar más ginseng.
Y puede que algo de eso ayude, a veces ayuda. Pero con los años se aprende a mirar un poco más profundo, separando las capas. Casi nunca es una sola grieta, es un desgaste silencioso. Pequeños desequilibrios que el cuerpo va aceptando, como quien se acostumbra a un ruido de fondo.
Una gota insignificante que termina taladrando su mente.
Dormir un poco menos de lo necesario.
Comer deprisa.
Vivir en alerta constante.
Responder por todos.
No parar nunca del todo.
Dejar los sueños para después.
El viernes...
Cuando tenga vacaciones...
Cuando me jubile...
Hasta que un día, sin darnos cuenta, eso se convierte en la forma habitual de estar en el mundo. Y ahí está el verdadero riesgo, acostumbrarse, dejar de preguntarse si podría ser distinto.
Si el cuerpo podría sentirse ligero.
Si la energía no tuviera que pedirse prestada.
Si la paciencia y las ganas no fueran un recurso escaso.
Nos enseñaron que crecer era esto.
Aguantar.
Adaptarse.
Seguir.
Encajar.
Callar.
Tragar.
Resignarse.
Pero yo no termino de creérmelo, tampoco creo en soluciones milagro ni en fórmulas rápidas, creo más bien en detenerse a escuchar. En entender qué está drenando a cada persona.
Y en reconstruir poco a poco, con una paciencia y un cariño que no se ven, pero sí transforman. Lo he visto cientos y cientos de veces.
Las almas cansadas vuelven a florecer.
Por cierto, si hoy te sientes cansado-a no lo tomes como un fallo. El cansancio no es debilidad
sino la señal de que llevas demasiado tiempo sosteniendo una vida que te pide más de lo que te devuelve.
Quizá ha llegado el momento de construir una vida que te nutra más de lo que te drena,
es un desafío fascinante ¿no crees?
A mí me gustaría verte florecer.
Karim A Nesr
@Transito_mixco En este retorno siempre debe haber policía regulando el tránsito, desde que quitan el reversible en la mañana es imposible retornar y los motoristas van a toda velocidad
He spent seven years chained to a radiator in a dark basement. He had never seen sunlight. The day they set him free, he walked to a window… and stayed there for nine straight hours, just looking.
In February 2023, officers carrying out a welfare check at a condemned house in western Pennsylvania found something they hadn’t expected.
A dog.
A large, mixed-breed male, chained to a radiator pipe with a padlocked collar around his neck. The chain was barely fourteen inches long.
Fourteen inches. For seven years.
The man who had lived there had died weeks earlier. Neighbors knew about him — but no one knew about the dog. The basement had no windows. The only lightbulb had burned out long before anyone arrived. There was a bowl of hardened food and another filled with murky, green water, both just within reach of the chain.
That was his entire world.
Fourteen inches of space. Total darkness.
When they found him, he wasn’t lying down.
He was sitting.
Perfectly upright, in the dark, like he had been waiting.
A veterinarian later documented what that kind of life does to a body.
His muscles had wasted away so badly he could barely stand. When he tried to walk, his back legs gave out — tendons shortened and stiff from years without movement. He could manage a few steps before collapsing. His body had forgotten how to move through space.
The collar had been put on when he was younger. As he grew, it didn’t. It pressed deeper into his neck until the skin healed over parts of it. Removing it required surgery. Beneath it was a full ring of raw, infected tissue that had been causing constant pain for years.
His nails had never worn down. They had curled under, piercing into his paw pads. Some had grown completely through, forcing him to stand on wounds he couldn’t escape.
His eyes had never adjusted to light.
When they brought him upstairs, even dim daylight overwhelmed him. He trembled, disoriented. For days, he had to stay in low light, slowly reintroduced to brightness. One eye eventually adapted. The other never fully did.
And touch… was unfamiliar.
The first time someone gently placed a hand on his head, he flinched so hard he fell over. The second time, he pulled away. The third time… he leaned in just slightly.
Just enough to feel.
Recovery took months.
Physical therapy, careful feeding, constant care. He relearned how to walk step by step. The first time he crossed a room, he stumbled — but he got back up.
On his twenty-third day in foster care, something happened.
His caregiver carried him into the living room and set him down in a patch of sunlight.
He froze.
He stood there for a long moment, as if unsure what it was.
Then, slowly, he moved toward the window.
He placed his front paws on the sill.
And looked outside.
He sat down.
And didn’t move for nine hours.
Not asleep. Not restless. Just… watching.
The sky. Trees. Birds. Cars passing. Grass moving in the wind.
Everything he had never seen before.
His foster sat behind him, quietly crying as she watched him take it all in.
He was later adopted by a retired postal worker who lived alone in a small house filled with big windows. The man chose him on purpose.
“Everyone wants the easy dogs,” he said. “I know what it feels like to be overlooked.”
He built wide shelves under every window in the house so the dog could rest comfortably and see outside.
He named him Seven.
For the years he lost.
Now around ten years old, Seven moves slowly, with a stiff gait. One eye remains cloudy. A ring of scar tissue circles his neck. His nails still need frequent care.
But every day, he spends hours by the windows.
He follows the sun from one side of the house to the other. Morning light. Afternoon glow. Evening shadows.
He watches everything.
And he never goes into a room without a window. If a door closes and he’s left in the dark, he cries — not a bark, but a deep, aching sound. The kind that comes from memory.
So the man opens the door.
🚨 ÚLTIMA HORA
Trump ataca al Papa Leo XIV — y recibe una respuesta contundente que no olvidará
Donald Trump pensó que podía ganar puntos políticos fáciles al llamar al Papa Leo XIV “un insulto a Jesús”, argumentando que el pontífice, conocido por expresar sus opiniones, estaba “demasiado influenciado por lo woke” y creía que Dios no discrimina por género. Pero, desafortunadamente para “Dementia Don”, eligió a la persona equivocada. Frente a una audiencia llena, el Papa Leo XIV no solo respondió — ofreció una poderosa reflexión moral.
“El Presidente de los Estados Unidos acaba de decir que yo insulté a Jesús”, comenzó el Papa Leo XIV. “¿Quieren saber qué insulta a Jesús? Quitarle la atención médica a los enfermos mientras se reducen los impuestos a los multimillonarios.”
Y eso fue solo el comienzo.
“¿Saben qué insulta a Jesús?”, continuó. “Deportar al extranjero y separar a los bebés de sus madres.”
Luego fue aún más allá — señalando la guerra, la corrupción y la hipocresía.
“¿Saben qué insulta a Jesús? Bombardear a niños inocentes en Irán y enviar a nuestros valientes hombres y mujeres a morir en otra guerra interminable… Encubrir los archivos de Epstein y luego negarse a procesar a una sola persona involucrada.”
Esto no era política como de costumbre. Era una acusación moral directa. El Papa Leo XIV — quien ha hablado frecuentemente sobre temas sociales y éticos — cambió completamente el enfoque. En lugar de retroceder, fundamentó su mensaje en las mismas enseñanzas que Trump intentó usar en su contra.
“No soy un cristiano perfecto”, dijo. “Solo ha habido un cristiano perfecto, y fue crucificado en una cruz hace 2.000 años.”
Y luego llegó la frase que más impactó:
“Jesús nos enseñó a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos… ¿Podemos imaginar guerra en el cielo? ¿Podemos imaginar intolerancia en el cielo? ¿Podemos imaginar pobreza en el cielo? Entonces, ¿por qué toleramos estas cosas en la tierra?”
Así es como se responde. No con insultos. No con miedo. Sino con claridad — y convicción. Trump intentó desacreditarlo. En cambio, el Papa Leo XIV ofreció un mensaje que ahora resuena mucho más allá de esa sala.
Ese sábado fui al refugio con un plan claro ya en mente. Había elegido a mi perro en línea: un mestizo de Pitbull fuerte y guapo, con ojos gentiles y expresivos. Incluso había empezado a llamarlo Bruno antes de conocerlo.
En mi mente, todo parecía simple. La puerta del kennel se abriría, él vendría directamente hacia mí con la cola moviéndose, y nos iríamos a casa juntos. Ya me imaginaba haciendo caminatas y teniendo un compañero leal a mi lado.
Pero cuando el voluntario abrió la puerta, nada salió como lo había imaginado. Bruno no se movió. Ni cola moviéndose, ni emoción. Solo se quedó allí en el concreto, soltó un sonido suave e incierto, y bajó la cabeza.
Confundido, me acerqué más. “Vamos, amigo”, dije suavemente, extendiendo la correa. Me miró por un momento, luego miró más allá de mí. Cuando seguí su mirada, vi a un cachorro mestizo diminuto acurrucado en la esquina, tratando de hacerse invisible.
El pequeño cachorro, tal vez de ocho semanas, estaba temblando. Sus ojos estaban fijos en Bruno, y Bruno lo observaba con la misma intensidad.
Fue entonces cuando lo entendí. No solo compartían un espacio. Eran el consuelo el uno del otro. En un refugio ruidoso y abrumador lleno de perros ladrando, habían encontrado una sensación de paz mutua.
Bruno no estaba siendo terco. Solo no quería dejar a su amigo atrás. Sin un solo sonido, lo dejó claro: no iba a ir a ningún lado solo.
En ese momento, ya no se sentía como una elección. Se sentía como lo único que había que hacer.
Me volví hacia el personal, tomé aire y pregunté: “¿Es posible adoptar a los dos?” El voluntario sonrió y dijo que habían estado esperando que alguien lo hiciera. Los dos dormían acurrucados juntos todas las noches.
Después de que se completó el papeleo y todo estuvo finalizado, salieron del refugio uno al lado del otro, manteniéndose cerca, tal como siempre estuvieron destinados a estar.
📅 24 de abril | Día Internacional del Perro de Búsqueda y Rescate 🐾
Hoy reconocemos la invaluable labor de nuestros ejemplares caninos, quienes junto a sus guías forman un binomio esencial en la búsqueda y localización de personas en emergencia.
🐶🚒 Compromiso, disciplina y vocación de servicio que salvan vidas.
#ASONBOMD #UnidadCanina #PerrosDeRescate #Emergencias1554
Nunca leí tanta verdad en el texto siguiente:
′′ No tienes que darte cuenta de todo, no tienes que ser SUPER madre, súper esposa, súper ama de casa, súper profesional, súper mujer...
Pues cuando tu cuerpo pida arreglo van a ser pocos que recordarán que trataste de ser todo en una sola!
Así que deja la casa para después, ve a caminar, ve al parque, comienza el gimnasio, cómprate lo que quieras, ve al salón, duerme hasta luego, ponte la ropa que te gusta, sé tú, cuídate, ámate, y Hazlo exclusivamente por ti!
El hijo crece, el marido se va, el empleo encuentras otro, la casa se va a ensuciar de nuevo, pero tú... puede ser que no tengas una segunda oportunidad."
Desconozco al autor.
Hace unos días mi estimada Sarita @mbfestudio publicó una hermosa reflexión en su blog personal sobre aquellas personas que siempre están presentes, como el mar cuando lo tenemos enfrente y llega un momento en que dejamos de notar su inmensidad y su belleza.
Esta reflexión me recordó un texto anónimo que leí hace poco aquí mismo que decía algo así.
“Fui el hijo que se quedó.
Mi hermano se fue a estudiar fuera.
Mi hermana se casó y se mudó.
Yo me quedé cerca. Fui al médico con mis padres. Atendí las emergencias. Estuve en cada cumpleaños.
En las reuniones familiares mis padres siempre hablaban con orgullo de lo que hacían mis hermanos lejos.
Yo era el que está siempre aquí.
Un día le pregunté a mi madre si sabía lo que significaba que yo estuviera siempre aquí.
Se quedó callada.
No lo había pensado así.
Quedarse no es menos que irse, pero casi nunca recibe el mismo reconocimiento.”
Los padres con frecuencia se sienten orgullosos al hablar del hijo que construyó su carrera utilizando buena parte de los ahorros familiares y se enfocó únicamente en progresar mientras otros se encargaban de cuidarles y acompañarles en la vejez. Sin embargo, los hijos que permanecen, los que acompañan, los que sostienen, suelen quedar invisibles.
Mi reflexión es una invitación a que aprendamos a apreciar, honrar y agradecer esa presencia constante. A reconocer el valor silencioso de quienes están emocional y energéticamente disponibles, de quienes nos escuchan cuando no estamos bien y mejoran nuestra vida sin alardes ni medallas, simplemente estando allí, como el mar.
Dijo una vez Rami Malek: “Cuando intentas encajar en un molde que no es el tuyo, terminas sintiéndote fuera de lugar en todas partes. Me tomó tiempo entender que no tenía que cambiar para encajar, sino encontrar los espacios donde mi autenticidad tuviera valor. Si sientes que no perteneces, tal vez solo estás en el lugar equivocado. Sigue buscando, sigue siendo tú. En algún momento, el mundo correcto te encontrará.”
A los psicólogos también nos hacen ghosting.
Y se siente feo que alguien con quien construiste un vínculo, terapéutico, pero vínculo al fin, desaparezca sin una explicación, deje de responder tus mensajes y se vaya sin despedirse, sin que puedas saber la razón ni cerrar el vínculo.
Tal vez esto te suene familiar si alguna vez alguien desapareció de tu vida sin explicación.
Me acuerdo la primera vez que una paciente dejó la terapia. Lo hizo después de la primera sesión, justo antes de la segunda cita. Simplemente me dijo: creo que este tipo de terapia que manejas no es lo mío.
Recuerdo que me afectó mucho su rechazo y su crítica velada. Lo platiqué con mi psicóloga, una adorable señora con 30 años de experiencia, que intentó ayudarme a entenderlo y tranquilizarme.
Me dijo: A los psicólogos nos pasa todo el tiempo. La gente simplemente deja de presentarse sin darte una razón. He perdido la cuenta de las veces que me ha pasado, pero igual sigue afectando. Aunque con los años el impacto es menor y uno aprende a sobrellevarlo como un gaje del oficio.
Claro que hay quienes sí se despiden, pero los que desaparecen dejan una sensación que puede ir desde el rechazo y el dolor hasta la culpa o el enojo. Porque antes que psicólogos, somos seres humanos. Y también nos duele sentirnos rechazados, desaprobados o abandonados, como pasa en cualquier otro tipo de relación.
Pero la gente se va por muchas razones, me explicó, y muchas no tienen que ver contigo o con tu forma de trabajar.
🟤A veces se van porque no están listos y sienten que no van a poder hacerlo.
🟤A veces por cuestiones económicas, de las más comunes.
🟤Porque surgió una situación en su vida y no pudieron continuar.
🟤Porque se abrió una puerta en terapia y no les gustó lo que encontraron detrás.
🟤Porque llegaron a un punto en el que ya saben lo que tienen que hacer y eso implica tomar decisiones que no quieren tomar.
🟤Porque esperaban otra cosa: una solución mágica, que alguien les dijera qué hacer y cómo resolver sus problemas.
🟤También hay pacientes que desaparecen por vergüenza.
🟤Porque recayeron en una conducta que habían prometido cambiar.
🟤Porque volvieron a una relación que sabían que les hacía daño.
🟤Porque sienten que decepcionaron al terapeuta.
🟤Otros se van porque en terapia aparecen emociones difíciles: enojo, frustración o decepción. A veces incluso con el propio terapeuta. Y en lugar de hablar de eso, simplemente se van.
Y también están los que simplemente desaparecen porque no les caíste bien o porque tu estilo de trabajo no era lo que buscaban.
Para quien hace ghosting parece una salida fácil. No hay que dar explicaciones, no hay que pasar por una conversación difícil, basta con dejar de responder. Incluso hay quienes se convencen de que así lastiman menos.
Pero para quien se queda del otro lado, la experiencia puede ser muy distinta. El ghosting toca fibras profundas: activa la sensación de abandono, lastima la autoestima y deja a la persona dando vueltas en preguntas que nunca tienen respuesta.
¿Qué hice mal?
¿Dije algo que no debía?
¿Fui demasiado intenso o demasiado poco?
Es curioso cómo la mente intenta llenar el silencio con culpa.
El ghosting evita una conversación difícil, pero deja un silencio mucho más complicado de procesar.
Hoy esta práctica es cada vez más común, sobre todo en las relaciones que pasan por pantallas. La distancia y la falta de contacto humano hacen que desaparecer sea mucho más fácil. Como si el otro no tuviera un corazón donde también se sienten las cosas.
Con la experiencia entendí mejor lo que mi psicóloga me dijo ese día.
Muchas de las personas que se van sin despedirse están haciendo lo único que saben hacer en ese momento: evitar lo que incomoda, no enfrentar la conversación difícil, no hacerse cargo de cerrar un ciclo.
A veces, cuando una persona se acerca a un tema que le duele mucho, su primera reacción no es hablar de eso. Es irse.
En el fondo, muchas veces para eso venían a terapia.
Porque alguien que le hace ghosting a su psicólogo no solo está saliendo de un proceso. Muchas veces también está mostrando una dificultad emocional muy clara: evitar conversaciones difíciles, no enfrentar lo que duele o no saber cómo cerrar un ciclo.
Y las consecuencias de esa falta de recursos, aunque duela reconocerlo, también son parte del trabajo que hacemos los psicólogos.
Aprender a entender incluso las despedidas que nunca sucedieron.
Con los años descubrí un patrón curioso: muchas personas que desaparecen un día, tiempo después vuelven a escribir. A veces meses después, a veces años. Y casi siempre dicen lo mismo:
“Perdón por haber desaparecido.”
Eso pasó con mi primer paciente que dejó la terapia luego de su primera sesión. Al tiempo reapareció y me dijo: me fui porque efectivamente soy más de terapias alternativas, pero también porque no quería ver que mi relación se estaba cayendo a pedazos, todavía no estaba lista. Aun así, nos separamos un año después de haber ido contigo.
Aunque me tomó tiempo procesar su deserción, se lo agradecí, porque vino a confirmar lo que me había dicho mi psicóloga: probablemente no tuvo que ver contigo o tu forma de trabajar.
A los psicólogos también nos duele el ghosting. Por favor, no lo hagan.
Llegó la primavera de la explosión de flores a Guatemala, el Palo Blanco con su profundo amarillo en el Parque Central, los Matilisguates tirando pétalos rosados por todo el país, las jacarandas con sus lilas llenando de color las avenidas y calles