Como coña puede ser divertido. Pero entre la coña y la realidad hay un abismo. Lorca fue protegido por la familia Rosales, que no eran unos desconocidos o unos marginales en Falange. Eran los fundadores del partido en Granada y lo escondieron en su casa. Lorca era, según testimonios de diversos intelectuales del momento y según diversos biógrafos de ambos, amigo personal de José Antonio. Este llegó a escribirle lo siguiente: "Federico, ¿no crees que con tus monos azules y nuestras camisas azules se podría hacer una España mejor?". José Antonio desbloqueó las ayudas y subvenciones para La Barraca, de Lorca, cuando gobernaba la CEDA. Muchos jóvenes falangistas colaboraban con Lorca en La Barraca. El más conocido es Eduardo Ródenas, uno de sus discípulos y colaboradores más entusiastas, y brutalmente asesinado por la izquierda al inicio de la contienda. Volviendo al asesinato: la detención de Lorca fue promovida por Luis Ruiz Alonso, exdiputado de la CEDA y enemigo declarado de la Falange. José Antonio rechazó su solicitud de entrada en Falange ("en Falange no cabe el obrero amaestrado de la CEDA"), donde Ruiz Alonso quiso militar de forma oportunista con el objeto de reposicionarse como cacique local toda vez que había ido perdiendo fuerza su figura en la CEDA local. José Antonio lo consideraba servil, dócil ante los poderosos y enemigo de cualquier ideal de justicia social. De hecho, la animadversión de José Antonio hacia Ruiz Alonso refleja a la perfección la lucha que había (simplifiquemos) entre viejas y nuevas derechas del momento. Para los cedistas locales la Falange eran herejes y alborotadores y tenían amistades peligrosas, como la de Lorca. Desde aquel momento, Ruiz Alonso se enemistó frontalmente con Falange y sus representantes granadinos, los Rosales, justamente la familia que resguardó y protegió a Lorca. La Falange, en realidad, ni ordenó ni ejecutó su muerte. Todo lo contrario. Es más, en su detención y posterior asesinato se mezcla el odio político con las causas personales y conflictos de la burguesía granadina, a la que pertenecían tanto Lorca como sus enemigos. Como tantas veces en la guerra, las banderas políticas fueron el pretexto, la máscara o la justificación con la que ocultar rencillas familiares y pleitos sociales de años o incluso décadas. En este caso, la familia de Lorca llevaba décadas enemistada por cuestiones de tierras, derechos de agua, prestigio, honor y otros asuntos con otras familias con poder en Granada. Tanto es así que algunos personajes de La casa de Bernarda Alba, estrenada poco antes de la guerra, son trasuntos de la familia enemiga Roldán, que se sintió ridiculizada y aprovechó sus contactos y su influencia sobre personajes de la derecha local (no falangista) y militares en el contexto de caos del primer mes de guerra para ajustar cuentas.