@latercera 5/x Eso importa porque una crítica seria debería discutir si la interpretación de Matamala es convincente o no, en vez de limitarse a insultarlo o atribuirle intenciones ideológicas sin entrar al fondo. #NoEsMiPresidente
@latercera 4/x Muchas de las críticas a la columna que leo acá parecen apuntar más a desacreditar al autor que a responder los argumentos que plantea. Haga el esfuerzo y plantee argumentos a su crítica.
LOS PROFESIONALES IMAGINARIOS
Hay algo fascinante en escuchar a ciertos personajes públicos hablar de sus áreas de especialidad con la misma solvencia técnica de un turista opinando sobre física cuántica después de ver un video de TikTok. Uno escucha a José Antonio Kast y cuesta creer que alguna vez haya pasado por una facultad de Derecho; del mismo modo en que oír a Checho Hirane comentar economía hace pensar que su formación en Ingeniería Comercial consistió apenas en estacionar cerca de una universidad.
El fenómeno es transversal y alarmante. Mara Sedini tenía postgrado en comunicaciones; Steinert es abogada; Rojo Edwards se supone Ingeniero. Sin embargo, basta oírlos unos minutos para que aparezca una duda razonable: ¿en qué momento el título profesional pasó a convertirse en un accesorio ornamental?
Porque una cosa es no saber de todo —algo humano— y otra muy distinta es opinar desde la ignorancia con la arrogancia de quien cree que el micrófono reemplaza al conocimiento.
Chile se ha llenado de profesionales que hablan como opinólogos de matinal. Abogados que jamás construyen una argumentación jurídica seria. Ingenieros comerciales incapaces de distinguir entre ideología y análisis económico. Periodistas cuya capacidad de cuestionamiento murió atropellada por el rating televisivo. Personas que parecen haber cambiado los libros por frases prefabricadas y el rigor por lugares comunes.
El caso de la ministra de Ciencias resulta particularmente revelador. Más allá del doctorado que dice poseer, lo inquietante es la desconexión entre el peso académico que implica ese grado y la liviandad de sus declaraciones públicas. Un doctorado supone investigación, publicaciones y producción de conocimiento. No se obtiene simplemente respirando cerca de una biblioteca. Y, sin embargo, su discurso tiene la profundidad conceptual de una frase motivacional impresa en una taza.
En la Cámara abundan parlamentarios con magísteres y postgrados que, al momento de argumentar sobre aquello que supuestamente dominan, exhiben una ignorancia sorprendente. Javier Olivares se ufana de ser periodista, pero sus intervenciones jamás reflejan formación rigurosa ni capacidad analítica. Más bien parecen comentarios improvisados de sobremesa amplificados por una cámara.
El problema no es elitista; no se exige brillantez universal. Lo preocupante es la desaparición del rigor. La normalización del “yo opino igual”. Como si discutir de minería, energía, salud o derecho constitucional fuese equivalente a comentar un partido de fútbol entre amigos.
Ahí aparece también Ximena Rincón: abogada que rara vez habla como tal. En debates donde el análisis jurídico debería ser central, termina recurriendo a frases vagas, apelaciones emocionales y ese insufrible “sentido común” que en política suele ser el refugio de la ignorancia tomando palco.
Y luego están los periodistas televisivos, sacerdotes contemporáneos de la superficialidad. Entrevistadores incapaces de detectar contradicciones, errores conceptuales o falsedades técnicas mientras ocurren frente a sus narices.
El caso de Kast es quizá el símbolo más perfecto de esta época. No porque ignore el ciclo del agua, humedales o figuras literarias, sino porque siendo abogado parece desconocer diferencias básicas entre normas, leyes y decretos. Dieciséis años como diputado sin impulsar una ley relevante y aún así proyectando la seguridad doctrinaria de quien —cree entender— completamente el funcionamiento del Estado.
Y ese es el verdadero drama: el prestigio de la credencial reemplazó al conocimiento.
Ser profesional no consiste únicamente en vestir formal, llegar puntual o hablar con seguridad frente a una cámara. La formación intelectual exige algo más incómodo: profundidad, estudio, rigor y humildad para comprender los límites del propio conocimiento.
Porque un país no se degrada sólo por corrupción o incompetencia. También se deteriora cuando quienes deberían pensar terminan improvisando. @MisColumnas
@CNNChile@AXELKAISER le dejo acá la portada de @latercera para que los llame exigiendo el cambio de titular ... le sugiero: "pese a que se estaba consolidándo en el rol"