LAS SEÑALES SIEMPRE ESTÁN
A lo largo de más de tres décadas de democracia chilena, desde Patricio Aylwin hasta Gabriel Boric, ha sido una pauta casi inquebrantable: quienes llegan a La Moneda lo hacen precedidos de trayectorias parlamentarias o de gestión estatal que hablan de trabajo, iniciativa legislativa, debates, proyectos y un registro cuantificable de decisiones públicas. Esa nómina incluye a personajes tan diversos como Ricardo Lagos, Michelle Bachelet, Sebastián Piñera o Eduardo Frei —y sin entrar en juicios sobre sus ideas, todos ellos supieron dejar huella en escaños públicos antes de asumir la Presidencia. No así José Antonio Kast.
Desde 2002 hasta 2018, Kast fue diputado por distintos distritos de la Región Metropolitana, pero su paso por el Congreso ha sido objeto de críticas constantes: entre 2006 y 2018 acumuló 146 inasistencias a sesiones de sala, equivalentes según datos oficiales a varios millones en dieta parlamentaria sin presencia efectiva en la Cámara. En comisiones legislativas —el verdadero motor de la creación, debate y perfeccionamiento de leyes— su participación, si bien no inexistente, fue intermitente: de 1.521 sesiones, asistió a 896, lo que arroja un 41 % de ausencias.
Naturalmente, estos números se vuelven inofensivos entre quienes le defienden, pero incluso bajo esas defensas se permite recordar una obviedad: su actividad parlamentaria no se perfila como la de un estadista en términos cuantitativos ni cualitativos comparables a la media de sus pares que hoy integran la tradición democrática chilena. Y los registros no ocultan que durante su propia campaña presidencial de 2017, incluso declaró que dejaría de lado sus labores parlamentarias para concentrarse en el sueño de La Moneda, donando su dieta mientras su asistencia menguaba.
He ahí la primera señal: el político que prioriza su ambición sobre el trabajo que se le paga por hacer. La segunda señal fue una inconsistencia camaleónica: miembro durante años de la Unión Demócrata Independiente, allí jamás emergió como figura central —siempre bajo la sombra de Longueira, Coloma, Lavín o Matthei— hasta que optó por fundar su propio partido como tabla de salvación de una carrera que nunca despegó de verdad.
Y luego está el detalle de estilo: discursos que recurren a cifras apocalípticas más propias de pancartas virales que de análisis estadísticos serios, declaraciones sobre el papel del Congreso que parecen minimizarlo, o la insinuación en espacios públicos de que gobernará mediante decretos si el Legislativo no se aviene a sus prioridades. Esto no es liderazgo; es una patología discursiva que confunde ruido con autoridad. Y por cierto, no olvidar sus mentiras en la campaña del plebiscito constituyente.
Las señales siempre están.
¿Por qué nos debe importar? Porque la política —como toda arte aplicada— exige rigor, paciencia y oficio. Un diputado que falta a comisiones no exhala “innovación legislativa”; exhala desidia. Un aspirante que privilegia mítines sobre debates públicos no pone en valor ideas, pone en valor el show. Un eventual presidente que cuestiona la relevancia del Congreso no está invitando a fortificar la democracia; está mirando al Estado desde fuera, con la lógica del forastero que regresa con promesas grandilocuentes pero sin herramientas reales para ejecutarlas.
En la metáfora de la Caperucita Roja, las señales —los hilos sueltos, las pisadas, los números fríos del registro parlamentario— siempre estuvieron ahí. No es que hoy nos sorprenda un lobo disfrazado de abuela; es que ignoramos sistemáticamente el animal que caminaba a la vista de todos. Porque, como muestra la historia reciente, la política chilena no sólo es generosa, también puede ser ciega con quienes desean vestirla como trampolín de espectáculo o como caja de resonancia personal. Y cuando eso ocurre, no hay discurso que tape el vacío: solo queda la amarga constatación de que las señales siempre estuvieron, y nosotros las ignoramos. @MisColumnas
Estudio del CNTV revela que robos y asaltos predominan en los noticieros de televisión, pese a que estos delitos están en su nivel más bajo desde 2013. https://t.co/Jkd7W3mddm
Al final no les molestaba que no tuvieran experiencia, que fueran apitutados, que no hayan estudiado carreras afines a sus cargos, que les den los cargos como premio de consuelo ni que tengan antecedentes. Lo que les molestaba era que no eran de su sector 🤗🤗🤗
Imagínate gana Kast sin haber respondido completamente UNA SOLA pregunta en los diferentes debates. Solo quedándose parado con cara de weón acorralado y repitiendo "Boric, el Gobierno, el Bori, etc...".
Ahí sí que nos coronamos con weones universales.
-mejoraremos todo
-cómo lo va a hacer?
-mejoraremos todo
-pero cómo lo va a hacer?
-mejoraremos todo, este es un mal gobierno…
Y así hasta el infinito, ningún planteamiento concreto