@FisicoImpuro@petrogustavo@DianaMoralesR1 Pequeña precisión técnica: la autorización de rutas internacionales y la gestión aerocomercial no las hace MinComercio. Eso corresponde a la Aerocivil, en coordinación con autoridades aeronáuticas y la aerolínea directamente :)
Soy feminista, por lo tanto una mujer de izquierdas. He acompañado durante décadas el movimiento social en Colombia, sin embargo, no voy a votar por @IvanCepedaCast. Ni en primera, ni en segunda si se llega a dar.
No puedo apoyar con mi voto, ni de ninguna otra manera, a quienes toleran la ciberviolencia y el hostigamiento contra las mujeres que han denunciado o acompañado a sobrevivientes de violencia sexual y basada en género. Sería seguir empoderando a nuestro agresor colectivo.
Mientras esa izquierda partidaria siga protegiendo públicamente a @AABenedetti@HOLLMANMORRIS y sus muchos y muchas secuaces, no es un lugar seguro para ninguna mujer. Ni siquiera para las militantes del PH.
Nadie puede exigirnos a las feministas de ninguna forma apoyar un proyecto político que nos ha amenazado, a los ojos de todo el mundo, desde hace más de 6 años. Ni hacer sacrificios por el "partido", "el proyecto", "el país" o lo que sea.
Mientras el antifeminismo y la misóginia de ese proyecto sea una de sus bases políticas, yo me mantendré al margen y hipercrítica.
Si en Bogotá, el alcalde @CarlosFGalan y la secretaria de movilidad @ClaudiaDiazAco1 no implementan medidas drásticas para que las motos respeten las normas de tránsito, el problema se les sale de las manos y no hay marcha atrás. El tema con los domiciliarios es de otro nivel.
Hoy 25 de marzo, Día del Niño por Nacer, alzamos la voz desde lo más profundo de nuestras convicciones.
Defender la vida no es una consigna, es un compromiso con nuestras familias, con Colombia y con Dios.
Nuestra campaña no se construye desde la indiferencia, sino desde la certeza de que cada vida importa, que cada historia merece una oportunidad y que, si soñamos con una Patria Milagro, debemos empezar por reconocer que el milagro de la vida es lo más valioso que tenemos como humanidad.
Junto a @ABDELAESPRIELLA defendemos la vida.
Como muchas personas, mi corazón está a la izquierda. Siempre he votado por alguna variación de ella. Mi forma de entender el mundo tiene raíces profundas tanto en el marxismo como en sus críticas desde la misma izquierda, de Camus a Orwell. Pero descubro que lo que me separa de la izquierda oficial —o al menos de su versión tuitera— es precisamente el corazón.
Porque soy de izquierda, mi primer impulso ante la caída de Maduro es una alegría visceral. No por quien la provocó —Trump no despierta en mí ninguna simpatía— sino por los millones de venezolanos que llevan años huyendo de una parodia grotesca del socialismo. Por las madres que no han visto crecer a sus hijos. Por los profesionales manejando Uber en Santiago. Por los que murieron cruzando el Darién.
La izquierda que conozco en Twitter piensa al revés: primero el antiimperialismo, después la soberanía, luego la no injerencia, y al final —si queda espacio— los venezolanos. Como si el principio de no intervención pesara más que los cuerpos torturados en El Helicoide. Como si los derechos humanos del tirano importaran más que los de sus víctimas.
Este reflejo automático se repite en cada crisis. En Cuba, la corrupción dinástica de los Castro siempre pesa menos que el embargo. Cuando las iraníes se quitan el velo y enfrentan a los mulás, la izquierda busca primero denunciar a la CIA. Cuando quemaron el metro en Santiago, había que entender la rabia antes que lamentar a la cajera que no pudo llegar a su trabajo. No importa que los mulás ejecuten homosexuales, que los muyahidines lapiden mujeres, que los Castro encarcelen poetas: si están contra Estados Unidos, merecen comprensión.
Entiendo el razonamiento. Conozco la historia de las intervenciones, los golpes de Estado, la Escuela de las Américas. Sé que Estados Unidos no regala nada y que Trump es un personaje siniestro. Pero lo que no puedo entender es la ausencia de emoción humana elemental. Esa frialdad doctrinaria que no se conmueve ante los videos de venezolanos llorando de alegría en las calles de Caracas. Que no siente nada ante las iraníes cortándose el pelo en señal de rebelión. Que siempre tiene un "pero" listo antes que un abrazo.
Preferiría, por supuesto, que los venezolanos hubieran derrocado solos a su tirano. Pero sé —porque la historia lo enseña— que pocas dictaduras caen sin alguna forma de presión internacional. La chilena no lo hizo. La argentina tampoco. La española menos. Y de todas las salidas posibles después del fraude brutal de julio, esta es de las menos sangrientas.
Hoy los venezolanos celebran. Las calles de Caracas se llenan de una esperanza que creíamos muerta. Y yo, que sigo siendo de izquierda precisamente porque creo en la dignidad humana antes que en las abstracciones geopolíticas, celebro con ellos.
Mañana habrá tiempo para analizar, criticar, contextualizar. Hoy, solo hoy, déjenme sentir esta alegría sin pedir permiso al manual del buen antiimperialista. Déjenme poner el corazón donde siempre debió estar la izquierda: del lado de la gente, no de los mapas.