Alejandro Armenta (@armentapuebla_)llegó a la gubernatura de Puebla con la ayuda de 172 personas que aportaron $$$ a su campaña. Le decimos "los padrinos" — y vamos a revelar la lista completa: quién puso el dinero, y qué recibió después, en contratos o en un puesto de gobierno.
No es un documento de campaña: es el libro de contabilidad que circuló dentro del propio gobierno de Puebla (@SPFAGobPue), en manos de quien administra los contratos — documenta 1,080 millones 281 mil pesos ($1,080,281,000.00) en aportaciones que nunca se reportaron ante la autoridad electoral, cruzadas una por una contra contratos reales de gobierno, licitaciones públicas y los cargos que varios de esos aportantes recibieron en la nueva administración. No es una acusación: es aritmética. (En la imagen, cada "K" equivale a millones de pesos, no a miles.)
En esa lista hay de todo: funcionarios que llevaban casi veinte años esperando en el inframundo político el momento de regresar, medios que cambian de tono cuando son socios más que críticos, y más de un aportante con antecedentes penales que hoy tiene despacho en el gobierno del estado.
Tres meses después le llegó el título tan ansiado: Licenciado en Sistemas Administrativos Computacionales, cortesía de la luna de miel política que por entonces se vivía con el ahora senador Nacho Mier. Fue la esposa de este quien, desde la rectoría de la Universidad Realística, le regaló el papel como quien regala una corbata. Toda su carrera profesional se había construido firmando listas de asistencia y actas de exámenes ajenos, de modo que le resultaba, si se detenía a pensarlo, casi cómico terminar ostentando una licenciatura en computación cuando su relación con la tecnología no superaba el envío de un correo o de un mensaje de WhatsApp. Todavía se recordaba a sí mismo, ridículo, buscando desesperadamente los botones en la pantalla lisa del iPhone que alguna vez le regalaron, convencido de que un teléfono sin botones era, sencillamente, un teléfono descompuesto. Pero no se detenía a pensarlo. Ya había llegado alto sin haber estudiado nunca; el título solo servía para callar las críticas que su nombramiento pudiera despertar. La educación, se decía, nunca había sido lo importante. Lo importante era el puesto.
Qué equivocado estaba. Si hubiera pisado, aunque fuera una sola vez, un salón de clases, tal vez lo habría pensado dos veces antes de dejar aquella memoria USB sobre la mesa del Café Aguirre de la calle 31. O tal vez no: quizás eso no se aprende en ningún salón, sino que es, simplemente, la condición del hombre que ha pasado toda una vida siendo una sombra incorpórea y ha llegado a creer, por costumbre, que sus actos —como su cuerpo— no dejan huella.
Gracias a él, hoy flota en el aire, disponible para quien sepa mirarla, la evidencia de que su jefe, el gobernador, gastó veinticinco veces más de lo que la ley le permitía gastar en su campaña.
Capítulo I — El ascenso de una sombra
Durante veintidós años había sido, en el sentido más literal de la palabra, nadie: una sombra proyectada por otro hombre, sin volumen propio, sin la cortesía de un contorno. Aquella mañana del 19 de agosto, por primera vez en cincuenta y dos años de existencia, alguien lo miraba de frente y le concedía, con la solemnidad hueca de los actos protocolarios, un lugar. Que ese reconocimiento le llegara tan tarde y con tan poca ceremonia no le restaba nada de su dulzura; al contrario, se la multiplicaba, del mismo modo en que un hombre hambriento encuentra sublime hasta la sopa más aguada. Su invisibilidad, después de todo, no era ninguna metáfora literaria: era tan completa y tan verificable que, cuando escapó del hospital donde lo tenían internado por covid, nadie —ni una enfermera, ni un camillero, ni el sistema entero de vigilancia diseñado para impedir precisamente eso— reparó en su ausencia. Fue la cama vacía, y sobre todo la cuenta sin pagar, lo que finalmente alertó al personal de que un hombre había estado ahí y ya no estaba. Ni su cuerpo lograba, en ese lugar, dejar rastro.
Vestía de traje solo en las ocasiones —contadas, humillantes en su rareza— en que debía escoltar a su jefe a algún acto de gobierno, siempre un paso atrás, siempre en el borde de la fotografía. Esa mañana, sin embargo, el traje le quedaba distinto, porque lo llevaba no como subalterno sino como par: los dos, él y su antiguo jefe, subsecretarios ya, codo con codo, en la misma nómina de la elegancia oficial.
Mientras se anunciaba su nombramiento —Subsecretario de Administración, nada menos, en la dependencia que él mismo consideraba la más elegante del gabinete estatal— esperaba con la ansiedad de quien sabe que le falta una pieza para que el disfraz sea perfecto: un papel que lo librara, de una vez, de presentarse como lo que en el fondo seguía siendo, un iletrado con despacho. Bastaba con oírlo hablar. Por más que se hubiera esforzado en corregirse, la ese fugitiva se le colaba siempre al final de los verbos —dijistes esto, venistes a aquello—, la marca de agua que ningún sastre, por bueno que fuera, le iba a poder disimular. La Junta Auxiliar de la Resurrección, en su caso, no era solamente un asunto de vestuario: también tenía sonido, y el sonido lo delataba.
Esto es lo que viene: nueve capítulos que documentan, uno por uno, cómo se pagó una gubernatura — el dinero, los intermediarios, los cargos que se cobraron después, los antecedentes que nadie quiso mencionar, la prensa que dejó de vigilar para financiar.
Hoy inicia, 13:00.
Capítulo I — El ascenso de una sombra
Durante veintidós años fue la sombra de otro hombre — nadie lo veía, ni siquiera un hospital entero notó cuando escapó de él. Una mañana, por fin, tuvo nombre propio y despacho propio. Y fue él, sin saberlo, quien dejó sobre la mesa de un café la prueba de que su jefe gastó veinticinco veces lo que la ley permite en una campaña a gobernador.
Capítulo II — Los padrinos
Antes de firmar cualquier contrato con el gobierno hay que tocar dos puertas, sobrevivir meses de espera y un pitch de dos minutos. Y aun así, nada de eso importa si no se pagó primero la deuda con los padrinos: quienes financiaron la campaña cuando apoyarla todavía era un acto de fe. Primero se paga, después se gana — nunca al revés.
Capítulo III — Los referentes
Ningún padrino llega solo. A cada uno lo trajo alguien de la mano, y esa introducción se convierte en un compromiso de por vida. Un solo hombre abrió diecisiete puertas distintas con la misma llave. Otro, padrino de honor en la boda del propio gobernador. Y detrás de ellos, veintiocho nombres más, cada uno cobrando en la moneda que mejor le convenga.
Capítulo IV — Unos invierten por dinero, otros por poder
No todos los padrinos quieren lo mismo a cambio. Unos apostaron un peso para cobrar cincuenta, cien, hasta quinientas cincuenta y seis veces lo que pusieron. Otros no quisieron dinero: quisieron un escritorio, un membrete, un cargo público. Y hay un caso que no cabe en ninguna de las dos columnas — el que cambió millón y medio de árboles por una notaría.
Capítulo V — Los dueños del Estado
Cinco padrinos no apostaron a multiplicar un peso: apostaron a comprar el edificio entero. Entre los cinco pusieron más de 260 millones de pesos — casi seis veces el tope legal de gasto de toda la elección — y se llevaron, a cambio, la obra más cara de la lista, un puesto de gobierno, y hasta un lugar en el consorcio de una obra de seis mil millones de pesos.
Capítulo VI — El regreso del inframundo
Hay que retroceder veinte años para entender esta parte de la lista: un gobierno que terminó mal para casi todos los que lo integraron, con presos, prófugos y un gobernador señalado por perseguir periodistas. De ahí salió también un funcionario joven que hoy gobierna Puebla — y sus antiguos compañeros de gabinete decidieron que había llegado, por fin, el momento de cobrar la lealtad.
Capítulo VII — Los indeseables
No todos los padrinos son gente que uno presenta con orgullo. En esta lista hay quien conoció la cárcel por enriquecimiento ilícito, quien huyó del país con orden de aprehensión, y quien hoy enfrenta arresto en el extranjero por un litigio familiar. Y la ironía más incómoda: dos de los hombres hoy encargados de vigilar el dinero público son señalados como factureros.
Capítulo VIII — La prensa cómoda
Nadie le exige objetividad a un accionista, y varios dueños y directivos de medios decidieron que era más rentable financiar el poder que vigilarlo. La prensa, en esta lista, no cubre la campaña: la financia. Y después, con la misma naturalidad con la que ayer cuestionaba contratos desde una columna, hoy los cobra ella misma.
Capítulo IX — El corte que nunca cierra
Todo lo contado hasta aquí cabe en un documento con fecha de corte — y ningún corte significa un final. Mil ochenta millones de pesos, veinticinco veces el tope legal, y los propios encargados de vigilar el gasto público entre los aportantes. Este no es el cierre de la historia. Es apenas el primer expediente de una causa que alguien, tarde o temprano, tendrá que juzgar.
Todo lo insinuado esta semana — los montos, los multiplicadores, los cargos, las redes familiares — tiene nombre, apellido y dato exacto en el documento. Mañana empieza a tener nombre en público.
Última oportunidad de especular sin nombres: mañana el primer capítulo tiene identidad, contrato y monto exacto. Después de eso, ya no hay pista — hay lista.
Toda la semana hablamos de "los padrinos" sin decir quiénes son. Mañana dejan de ser una figura retórica y empiezan a ser gente con nombre, cargo y contrato.
Fiscalizador y fiscalizado, en la misma lista de aportantes. Legislador y vigilado, en la misma lista de aportantes. ¿Todavía crees que son casualidades sueltas?
Titular del CAPCEE, después Subsecretario de Egresos, después director del DIF estatal: un mismo aportante acumuló los tres cargos en menos de dos años. El orden es siempre el mismo — primero la aportación, después cada nombramiento.
Hay un aportante cuyo contrato de regreso se llama, literalmente, "Auditoría Superior" — sin ser su titular. El mismo operador que lo trajo también trajo, a esta misma lista, al propio Auditor.
Hay pólizas de seguro con montos casi idénticos repetidas entre aportantes que no se conocen entre sí. O el mercado de seguros en Puebla es muy uniforme, o alguien está copiando la misma plantilla.
El operador financiero del gobernador —el primer Subsecretario de Egresos— multiplicó por 30 veces su propia aportación antes de tener ese título. Administrar las finanzas del estado, resulta, también se puede empezar a ensayar desde antes.
El Auditor Superior del Estado de Puebla —quien hoy revisa las cuentas del propio gobierno— podría aparecer en este documento como aportante de la campaña que llevó a esta administración al poder.
Si tu apellido apoyó a este gobernador hace 20 años, probablemente tu apellido vuelva a aparecer ahora. Esa es la lógica que encontramos, generación tras generación.
Hay perfiles en esta lista que comparten cargo y siglas con un exfuncionario prófugo desde hace más de una década por enriquecimiento ilícito. ¿Coincidencia? El documento no lo aclara.
Hay una amistad del Senado que cruzó estados, y ahora cruza también una aportación de campaña. Cuando dicen "se llevan como hermanos", a veces también se llevan como socios.
Un grupo de exfuncionarios de un gobierno estatal de hace casi 20 años reaparece como aportantes de esta campaña. El vínculo entre ambas administraciones tiene casi dos décadas de antigüedad.
28 operadores distintos trajeron gente a esta lista. Tres de ellos controlan casi la mitad de todos los vínculos. ¿Adivinas quiénes? El 5 de agosto ya no vas a tener que adivinar.
Un ex gobernador, con registro propio como aportante, aparece como el vínculo directo de al menos dos aportantes de esta lista. Su red de empresarios se heredó, con contrato incluido, a la siguiente administración.