@Politicida74 No simio conchetumare. Entiende tú que los trabajadores van a llegar más temprano a su casa para pasar más tiempo con su familia. ese el el objetivo real de la ley.
EL PRESIDENTE ES EL ESPEJO
El mandatario de turno es el reflejo del tipo de sociedad que lo eligió.
Hay sociedades que cansadas o incapaces de pensar, prefieren elegir un animador con banda presidencial. Confunden firmeza con grosería y autoridad con abuso. Basta con que grite lo suficientemente fuerte para que algunos confundan los decibeles con las ideas. Esa es la propuesta de varios que hoy llevan las riendas en países como Argentina, Estados Unidos y otros ya conocidos.
La democracia tiene una virtud incómoda: no siempre premia al mejor. Bien lo sabemos, basta mirar a la Moneda hoy en día.
A veces consagra al que mejor interpreta los prejuicios, los miedos y esa secreta fascinación por ver a alguien humillar en público a quien se detesta en privado. La urna no certifica sabiduría; cuenta preferencias.
Creímos que la educación y la historia nos inmunizarían contra el caudillismo. Entonces llegaron las redes sociales y descubrimos que una biblioteca infinita también puede utilizarse para compartir estupideces a velocidad industrial. El algoritmo no pregunta si algo es verdadero: pregunta si nos enfurece lo suficiente como para seguir mirando.
En ese mercado, el político autoritario ofrece un producto extraordinariamente simple: culpables. Si falta empleo, culpa al extranjero. Si crece la inseguridad, a los jueces. Si la economía tropieza, culpa al gobierno anterior. Si aparece una contradicción, culpará a la prensa. Y si los hechos desmienten al líder, peor para los hechos. Así, toda pregunta es conspirativa.
Una parte de la derecha contemporánea ha perfeccionado esta fórmula con admirable eficiencia comercial. Vende nostalgia como programa, resentimiento como identidad y agresividad como arrojo. No necesita saber administrar: basta prometer castigo a los enemigos. La crueldad deja de ser un defecto de carácter para convertirse en una credencial electoral.
Pero sería demasiado cómodo atribuir el fenómeno a una sola familia política. El autoritarismo también ha vestido uniformes revolucionarios, ha hablado en nombre del pueblo y ha encarcelado a ese mismo pueblo cuando dejó de aplaudir. La tentación de sustituir instituciones por salvadores no reconoce monopolios ideológicos. El auge actual de ciertas derechas no absuelve otras trincheras.
La pregunta incómoda, entonces, no es únicamente qué clase de presidente llegó al poder, sino qué clase de ciudadanía encontró atractivas sus peores cualidades. ¿Desde cuándo insultar demuestra valentía? ¿En qué momento desconocer un dato pasó a ser señal de autenticidad? ¿Por qué la falta de modales se celebra como independencia y la ignorancia se presenta como una saludable distancia de las élites?
Quizás porque el líder no inventa todos esos impulsos: los legitima. Autoriza a decir en voz alta lo que antes provocaba vergüenza. Convierte el desprecio en lenguaje oficial y la intolerancia en pertenencia. El ciudadano no siempre vota por un proyecto; a veces vota por el permiso de dejar de disimular.
Por supuesto, ningún mandatario representa moralmente a todos sus compatriotas. Hay votos resignados, alianzas tácticas, abstenciones y minorías que resisten. Reducir una nación entera al temperamento de su gobernante sería cometer la misma simplificación que criticamos. Pero tampoco corresponde fingir que los líderes caen del cielo, enviados por una empresa de delivery ideológico.
Surgen de una cultura política que los tolera, de partidos que los habilitan, de medios que los amplifican y de electores que, con distintos grados de entusiasmo, les entregan poder. Y cuando el escándalo deja de escandalizar, el problema ya no reside solamente en el palacio: también habita en la plaza.
Tal vez por eso el retrato presidencial más revelador no está colgado en un salón de gobierno. Está frente a nosotros, en el espejo colectivo. Y la pregunta decisiva no es cuánto se parece el presidente a su pueblo, sino cuánto está dispuesto ese pueblo a parecerse a su presidente.
@MisColumnas
A PESAR DE TODO…
Kast pudo ser elegido a pesar de sus mentiras y engaños.
Kast podrá tal vez terminar su período de cuatro años.
Kast podrá vivir en La Moneda.
Kast se llena de la investidura presidencial.
Kast podrá desfilar en el Galaxy.
Kast puede viajar representando a Chile.
Kast puede volar en el avión presidencial.
Kast puede ser recibido con honores.
Kast pudo usar la banda tricolor.
Kast podrá sentarse en el sillón de los presidentes.
Pero todo, y a pesar de todo, siempre será considerado el pelotudo más grande que pasó por ese cargo, y así será recordado.
Triste.
Assistiu 9 filmes de Star Wars e vai votar no Império;
Leu 7 livros de Harry Potter e vai votar pelo bem dos Comensais da Morte;
É fã de O Senhor dos Anéis, mas escolheu votar no Sauron;
Diz gostar de Zelda, mas está do lado da Calamidade…
O nerd brasileiro não entendeu nada.
@thecliniccl Bajo la misma lógica, deberían quitarle la banda presidencial. el país está en la ruina por culpa de su incompetencia . No sirve pa ni una weá el nazi ql