Senador Carter: @rodolfocarter
Usted dice de Evelyn Matthei: “Ojalá que cuando llegue a su edad no termine así”.
No se preocupe tanto por cómo llegará a la edad de Matthei. Preocúpese por cómo está usted llegando intelectualmente a la que hoy tiene.
Porque para refutar una crítica política se necesitan argumentos. Para burlarse de la edad de una mujer basta con esa mezcla bastante más económica de insolencia, machismo aparente y pobreza intelectual.
Evelyn Matthei podrá estar equivocada, acertada, resentida o encantada con la vida. Eso se discute respondiendo lo que dijo. Pero cuando un senador, incapaz de contestar el fondo, decide recurrir a la edad de quien lo critica, no está describiendo a Matthei: se está retratando a sí mismo.
Y el retrato, no le favorece.
Además, señor Carter, empieza a resultar llamativa esa facilidad suya para ensañarse verbalmente con mujeres. Quizás algún día descubra que la virilidad política no consiste en humillarlas ante un micrófono.
Usted espera no terminar como Evelyn Matthei cuando llegue a su edad.
Yo esperaría algo bastante más urgente: que cuando llegue a esa edad haya aprendido educación, respeto y, con algo de suerte, argumentos.
Porque envejecer es inevitable senador. Madurar, por lo visto, no.
Al final, detrás de tanta pose de hombre duro, vuelve a aparecer aquello que ya hemos descrito alguna vez con bastante precisión: usted no es más que un pobre y triste weón.
Atte.,
@MisColumnas
cc @evelynmatthei
Quiero felicitar a Alfredo Moreno y Carlos Ominami por esta excelente columna. Me parece muy bien que dos liderazgos de sectores muy distintos ideológicamente, estén de acuerdo en este punto.
Quiero detenerme en la frase de De Gaulle con la que parte. Reconociendo la seriedad y estudios de ambos, esta frase y su autor no es baladí (sigue)
LA REFORMA AGRARIA
Una historia mal contada.
Cada cierto tiempo la Reforma Agraria vuelve al debate convertida en caricatura: habría sido un arrebato ideológico de la izquierda destinado a quitar tierras.
Lo anterior es una versión cómoda, pero históricamente falsa.
Y cuando se pretende ponerla en una balanza frente a las violaciones de derechos humanos de una dictadura, el error deja de ser histórico y se vuelve moral.
La Reforma Agraria chilena no nació con Salvador Allende. Su primera ley, la N.º 15.020, fue promulgada en 1962 por Jorge Alessandri Rodríguez, un presidente apoyado por la derecha. El proceso tuvo además respaldo de la Iglesia Católica, que redistribuyó tierras propias.
¿La razón? El campo chileno arrastraba una estructura económica y social anacrónica. El latifundio concentraba enormes extensiones y convivía con relaciones laborales paternalistas, pobreza, analfabetismo, mínima sindicalización y baja productividad. Según INDAP, unos 10.000 latifundios, apenas el 7% de las explotaciones, concentraban cerca del 78% de la superficie agrícola. Chile había llegado en los años cincuenta a necesitar importaciones de alimentos.
Eduardo Frei Montalva profundizó el proceso. En 1967 promulgó la Ley N.º 16.640 de Reforma Agraria y la N.º 16.625 de Sindicalización Campesina. No se trataba simplemente de repartir hectáreas: se buscaba modernizar la agricultura, terminar con el latifundio, aumentar la producción e incorporar al campesino a derechos laborales y de organización. Durante su gobierno se expropiaron alrededor de 1.400 predios, equivalentes a 3,5 millones de hectáreas. Allende aceleraría luego el proceso. Se debe mencionar que expropiar por necesidad del estado, no significa arrebatar, sino, el estado paga e indemniza por ello, aunque pueda ser discutible la forma de pago y plazos.
¿Hubo conflictos, errores, tomas ilegales, excesos y violencia? Sí. Negarlo sería sustituir una falsificación por otra. Pero una cosa es examinar críticamente una política pública y otra falsificar su naturaleza.
La reforma se desarrolló sobre leyes aprobadas en democracia, con instituciones estatales y procedimientos de expropiación y compensación. No es equivalente jurídica, histórica ni moralmente a desaparecer personas, torturarlas, ejecutarlas o perseguirlas mediante organismos represivos del Estado. Una expropiación puede ser discutida desde el derecho y la economía. Un detenido desaparecido no es una controversia patrimonial. Confundir esas categorías es intelectualmente insostenible.
Su legado, además, excedió la propiedad. Modificó relaciones laborales, impulsó sindicalización, cooperativismo, capacitación y alfabetización, y convirtió al campesino en sujeto de derechos. En 1965 existían apenas 32 sindicatos campesinos, con 2.118 afiliados; en 1970 eran 488, con 127.688 trabajadores organizados. INDAP, nacido en 1962, y nuevas capacidades públicas acompañarían la modernización posterior del agro.
Se puede discutir la Reforma Agraria. La historia seria no necesita santos ni demonios. Pero discutir exige comenzar por reconocer por qué ocurrió: Chile tenía una estructura rural profundamente desigual, socialmente injusta y productivamente rezagada. La reforma no inventó ese problema; intentó resolverlo y quebró una estructura de poder rural que había sobrevivido durante generaciones. Ese dato histórico aún importa.
Por eso es peligroso transformar una experiencia familiar dolorosa en equivalencia histórica. Quienes perdieron tierras pueden conservar legítimamente memoria, críticas y agravios. Pero ninguna hectárea relativiza una tortura; ningún fundo compensa una ejecución; ningún título de dominio puede ponerse en el otro plato de una balanza frente a un detenido desaparecido.
La Reforma Agraria cambió Chile porque el Chile rural necesitaba cambiar. Podemos debatir cómo se hizo. Lo que no debiéramos seguir discutiendo, sesenta años después, es la ficción de que nunca hubo razones para hacerla.
@MisColumnas
CARTA ABIERTA A
MARÍA JOSÉ HOFFMANN
Sra. Hoffmann: @PepaHoffmann
Antes de escribir estas letras pensé sobre la importancia de las mismas, y no pude quedar indiferente frente a sus desafortunadas y vergonzosas declaraciones, que además revelan una inquietante concepción de la historia, y peor aún, una posición llena de contradicción.
Al explicar su sorpresa porque el Gobierno no realizaría un acto el 11 de septiembre, usted dijo: “¿Pero cómo? Si es nuestra fiesta. Si somos gobierno, somos de derecha, nos toca celebrar a nosotros”. Luego sostuvo que la decisión presidencial buscaba superar una fecha que divide a los chilenos. Es difícil concebir una contradicción mayor: llamar “fiesta” al acontecimiento que usted misma reconoce como una gran fractura de nuestra convivencia nacional.
¿Fiesta de qué, señora Hoffmann?
El 11 de septiembre de 1973 no fue una efeméride partidaria. Fue el quiebre del orden democrático, el bombardeo de La Moneda y el comienzo de una dictadura de diecisiete años durante la cual agentes del Estado asesinaron, hicieron desaparecer, torturaron y encarcelaron a miles. Muchos debieron partir al exilio. Hubo familias quebradas y biografías mutiladas.
Puede usted ser de derecha y juzgar severamente al gobierno de Salvador Allende. Eso pertenece al debate democrático. Lo inadmisible es transformar el derrumbe de la democracia y el comienzo de violaciones sistemáticas de los derechos humanos en una “fiesta” que atribuye a su sector.
Porque allí aparece otra irresponsabilidad. Cuando dice “nuestra fiesta”, no habla únicamente por usted: arrastra a toda la derecha chilena hacia una afirmación que muchos ciudadanos de derecha, democráticos, seguramente rechazan. Ser de derecha no obliga a celebrar una dictadura. Condenar el golpe y la tortura tampoco convierte a nadie en militante de izquierda. Los derechos humanos no tienen domicilio partidario.
Su frase es aún más grave porque usted fue diputada y hoy es vicepresidenta de la UDI. Debería comprender que las palabras políticas construyen legitimidades y enseñan qué considera aceptable una sociedad.
Alemania ofrece una lección pertinente: su legislación sanciona determinadas formas de apología del nazismo, negación de sus crímenes y uso de símbolos anticonstitucionales. No implica que cualquier frase produzca automáticamente una detención, pero el principio es claro: los crímenes de una dictadura no son patrimonio festivo de una corriente política.
Y aquí está lo desconcertante: usted pide “encuentro” mientras habla de celebración. Pretende superar divisiones mientras llama fiesta al día que abrió una de las heridas más profundas de Chile. Es apagar un incendio con bencina y luego preocuparse por el humo.
No, señora Hoffmann. El 11 de septiembre no es “su fiesta”, ni la fiesta de la derecha, ni debería ser la fiesta de ningún demócrata. Es una fecha para la memoria, la reflexión y el compromiso de que nunca más las armas sustituyan las urnas; nunca más el Estado torture a sus ciudadanos; nunca más un adversario político sea convertido en enemigo al que se puede encarcelar, hacer desaparecer o matar.
Una democracia madura puede discutir el pasado. Lo que no puede hacer es frivolizar el horror.
Sus palabras no ofenden sólo a la izquierda. Ofenden a las víctimas, a sus familias y también a ciudadanos de derecha que entienden que democracia y dictadura no son alternativas equivalentes.
Podrá explicar que fue una expresión coloquial, una ironía o una reacción espontánea. Pero hay palabras que, precisamente por surgir espontáneamente, revelan demasiado. Y “fiesta” es una de ellas.
Chile necesita reconciliación, sí. Pero reconciliar no significa borrar, relativizar ni festejar. Significa reconocer el dolor y establecer un límite civilizatorio que no dependa de quién gobierna.
Los golpes de Estado no se celebran.
Las dictaduras no se festejan.
Las víctimas no se relativizan.
Y la democracia, señora Hoffmann, se defiende siempre.
@MisColumnas
¿PERO CÓMO TAN WEONES?
Hay una pregunta que atraviesa los noticieros chilenos con más frecuencia que el pronóstico del tiempo: ¿pero cómo tan weón?
Es la reacción espontánea ante alguien que, provisto de micrófono, cargo o simple exposición, y una sorprendente confianza en sí mismo, consigue decir aquello que una persona sensata habría callado.
El fenómeno merece estudio. Porque weones han existido siempre; lo novedoso es que ahora tienen tribuna, asesores, redes sociales, punto de prensa y, en algunos casos, dieta parlamentaria. Y como dijo el ilustrísimo profesor Maza, ahora los weones opinan y no temen hacerlo…son más habladores.
Hace unos días, una conocida figura televisiva fue sorprendida conduciendo a más de 160 km/h. Su defensa fue memorable: “¿A quién no le ha pasado?”, seguido de otro argumento notable: “No he matado a nadie”. Equivale a decir que manejar a exceso de velocidad es aceptable mientras uno no atropelle a alguien. La ausencia de cadáver, según esta escuela filosófica, convertiría la imprudencia en inocencia.
Pero el Congreso también aporta a la disciplina. Cristóbal Urruticoechea, férreo opositor al aborto, nos regaló en 2022 una frase difícil de superar: una mujer violada que aborta “no se desviola”. No fue un lapsus: consultado después, la sostuvo. Y ahora reaparece defendiendo las carreras de galgos, cuya continuidad discute el Congreso.
Cuando convicciones se encuentran con un micrófono, la prudencia suele pedir licencia.
¿Por qué ocurre?
¿Por qué tanto weón suelto?
Primero, porque notoriedad e inteligencia no son sinónimos. Ser famoso significa ser conocido; ser elegido, haber obtenido votos; ocupar un cargo, haber cumplido ciertas condiciones. Ninguna certifica criterio, cultura, empatía, capacidad lógica ni sentido del ridículo, y menos una razonable lucidez. Confundimos visibilidad con autoridad intelectual y después nos sorprendemos cuando el envase toma la palabra.
Segundo, existe el efecto Dunning-Kruger: cuanto menos domina alguien una materia, más difícil puede resultarle advertir la magnitud de su ignorancia. El sabio duda; el ignorante comparece ante las cámaras. Uno dice “no tengo antecedentes suficientes”; el otro pide un micrófono adicional.
Tercero, el ecosistema mediático premia el disparate. Una explicación sensata de tres minutos compite mal contra una estupidez de doce segundos. El algoritmo no pregunta si una frase es inteligente; pregunta si genera clics. Y pocas cosas generan más interacción que un soberano pelotudo hablando con absoluta seguridad.
Hay además un ingrediente peligroso: el poder reduce los correctores. Al ciudadano común alguien le dice “no seas weón”. Al famoso lo rodean personas que ríen. Al diputado lo asesoran. Al ministro le redactan comunicados. Al personaje televisivo le ponen maquillaje. Así, algunos terminan confundiendo ausencia de contradicción con abundancia de razón.
El problema no es que existan los weones. La humanidad sobrevivió milenios con ellos. El problema es entregarles amplificación. Un weón en una sobremesa perjudica a seis personas; uno con cien mil seguidores intoxica una conversación pública; uno legislando puede transformar su estupidez en una norma que afecte a millones.
Tal vez necesitemos una exigencia para ciertos cargos: antes del certificado de antecedentes, una prueba de realidad. Cinco preguntas, un micrófono y treinta segundos de silencio obligatorio antes de responder. Quien no consiga soportarlos vuelve a intentarlo el próximo año.
Porque pensar antes de hablar es gratis. Lo extraordinario es comprobar cuánta gente importante considera que el precio es demasiado alto.
Y mientras autoridades, parlamentarios y celebridades confundan exposición con lucidez, seguiremos practicando ese ejercicio nacional que une izquierda y derecha, ricos y pobres, jóvenes y viejos: mirar la pantalla, arquear las cejas y exclamar democráticamente:
Pero… ¿cómo tan weón?
@MisColumnas
Ustedes eran muy chicos, pero el tal Fernando Cerimedo (preso en Bolivia acusado de mandar matar a su amante) era un estafador que ya delinquía en el año 2012. Era un remisero en la esquina de Luro y Chile. Ese año estafó a mi familia en Mar del Plata (donde él residía por entonces y tenía un comercio) vendiéndoles un departamento que ya estaba escriturado a nombre de otras personas a 35 mil dólares, los únicos ahorros que mi mamá y su esposo pudieron tener en ese entonces. Cerimedo les dio un boleto de compra venta prometiendo una escritura que nunca apareció. Mi familia fue acusada de usurpación del inmueble y desalojada. Cerimedo jamás devolvió ese dinero; se inició una causa por estafa que Cerimedo perdió (fue condenado a prisión en suspenso) pero nunca devolvió la plata declarándose insolvente. Para cuando el juicio tuvo sentencia ya asesoraba a Milei y su ejército de trolls en redes más todo lo que vino después, hasta su actual detención en Bolivia. De ese tipo de personajes nació un partido político que ganó las elecciones y habilitó a semejantes marginales a espacios de poder. Así estamos.
OBRA: DIÁLOGO ENTRE UN MICROSCOPIO Y UN TELESCOPIO
ESCENA ÚNICA.
Lugar: Un Laboratorio.
Un microscopio (M) sobre una mesa. Un telescopio (T) apunta al cielo.
GUIÓN:
M: ¿Supiste lo de Fondecyt?
T: Sí. El 70% de las adjudicaciones irá a diez áreas prioritarias.
En cambio, Matemáticas, filosofía, historia y otras disciplinas pierden preferencia.
M: Curioso. Llevo siglos ampliando cosas pequeñas y jamás había visto una visión tan reducida.
T: Yo observo galaxias a millones de años luz y tampoco encuentro la lógica.
M: Quizás necesitas más aumento.
T: Quizás tú una muestra de sentido común.
M: No tengo. Pregunté en el Ministerio y estaba agotado.
T: ¿Quién dirige Ciencias?
M: Ximena Lincolao.
T: ¿Científica?
M: No.
T: ¿Investigadora?
M: Tampoco.
T: ¿Experiencia académica en investigación?
M: No insistas.
T: Bueno, eso no impide ser una buena ministra. Podría compensarlo comprendiendo profundamente el ecosistema científico.
M: Claro. Y yo podría encontrar vida inteligente en un yogur.
T: ¿Cuál parece ser entonces su idea de ciencia?
M: Algo que ojalá termine rápido en emprendimiento digital, por ejemplo una App.
T: ¡Ah! Newton debió fundar una startup.
M: NewtonApp: “Gravedad como servicio”.
T: Einstein habría creado RelativityIA
M: Y Pitágoras una plataforma para triangular delivery.
T: Ahora entiendo. Si Arquímedes gritara hoy “¡Eureka!”, primero tendría que presentar un modelo de negocios.
M: Y demostrar escalabilidad.
T: La ciencia básica tiene ese defecto insoportable: muchas veces no sabe anticipadamente para qué servirá.
M: Terrible. Investigar sin PowerPoint comercial. Casi subversivo.
T: Un país desarrollado necesita ciencia aplicada, pero también matemáticas, humanidades y ciencias sociales. Si sólo financiamos aquello cuya utilidad conocemos, jamás descubriremos aquello cuya utilidad todavía ignoramos.
M: No compliques las cosas con epistemología. Puede que también la declaren obsoleta.
T: ¿Y qué pasó con los investigadores extranjeros?
M: Para ciertas postulaciones se exige residencia definitiva.
T: Magnífico. Mientras las grandes universidades compiten por atraer cerebros, Chile instala un filtro migratorio al conocimiento.
M: Internacionalización científica a la chilena: abrirse al mundo procurando que el mundo no entre demasiado.
T: Debe ser ciencia de frontera.
M: Muy de frontera. Con aduana incluida.
T: Chile lleva décadas diciendo que quiere dejar de depender del cobre, el litio y las materias primas para transformarse en una economía del conocimiento.
M: Correcto.
T: ¿Y para conseguirlo restringimos la diversidad del conocimiento?
M: Exactamente.
T: Fascinante. Es como prepararse para ganar una maratón amputándose una pierna para ahorrar zapatillas.
M: Tal vez después lancen una app para correr.
T: Hay algo que no entiendo. Un Ministerio de Ciencias debería saber que nadie puede predecir dónde surgirá el próximo descubrimiento.
M: Tú eres telescopio. Estás acostumbrado a mirar lejos.
T: ¿Y el Ministerio?
M: Parece especializado en mirar hasta el próximo presupuesto.
T: Yo puedo observar galaxias.
M: Yo células, tejidos y microorganismos.
T: Pero ninguno de los dos posee una lente capaz de encontrar desarrollo donde se empobrece deliberadamente el conocimiento.
M: Entonces buscamos algo que ni tú puedes localizar ni yo ampliar.
T: ¿Qué?
M: Visión de futuro.
(Silencio. T apunta lentamente hacia el cielo.)
M: ¿Encontraste algo?
T: Sí. Países que entendieron hace décadas que financiar conocimiento no es gastar dinero: es comprar futuro.
M: ¿Y Chile?
T: Déjame enfocar…
(Pausa.)
M: ¿Ahora?
T: No. Sigue fuera de foco.
(Se apagan las luces.)
VOZ EN OFF: Las minas se agotan y las tecnologías envejecen. El conocimiento, en cambio, genera conocimiento.
Un país que ahorra en las preguntas que construirán su futuro no economiza: hipoteca su inteligencia.
Y para entenderlo, ministra, no necesita microscopio ni telescopio.
Sólo abrir los ojos.
@MisColumnas
LA DIGNIDAD DE LA DERROTA
Existe una imagen difícil de contemplar cuando hay un campeón levantando una copa: la imagen del derrotado obligado a convivir con el silencio. Porque el triunfo hace ruido; la derrota, en cambio, habla en voz baja. Y, precisamente por eso, suele decir mucho más.
La final del Mundial 2026 dejó un campeón indiscutible. España fue superior desde el primer minuto. Dominó el balón, el ritmo, los espacios y las ideas. El gol de Ferran Torres en la prórroga fue apenas la consecuencia natural de un partido que había inclinado la cancha mucho antes del marcador. Argentina resistió cuanto pudo, sostenida principalmente por las atajadas extraordinarias de Emiliano Martínez, pero casi no logró inquietar el arco rival. La superioridad española fue estratégica, táctica, técnica y emocional.
Sin embargo, la historia más interesante comenzó cuando el partido terminó.
Algunos jugadores argentinos reaccionaron con empujones, golpes, enfrentamientos y gestos impropios, y peor aún, en una final del mundo. Otros decidieron dar la espalda a la celebración española durante la ceremonia de premiación, como si negar con la mirada pudiera alterar el resultado. Aquella imagen terminó eclipsando parte de la extraordinaria campaña que habían realizado y motivó incluso una investigación disciplinaria por parte de la FIFA.
Y entonces apareció la pregunta verdaderamente importante.
¿Por qué perder resulta tan difícil?
Porque la derrota destruye una ilusión cuidadosamente construida. Obliga a aceptar que otro fue mejor. Rompe la ficción de la invencibilidad. Nos enfrenta con la evidencia más incómoda: no siempre somos suficientes.
Pero allí reside precisamente su grandeza.
El triunfo rara vez enseña. Cuando ganamos, solemos atribuir el éxito exclusivamente a nuestras virtudes. La victoria embriaga. Alimenta la autocomplacencia, disfraza errores y, cuando no se administra con humildad, termina convirtiéndose en soberbia.
La derrota hace exactamente lo contrario.
Nos obliga a revisar decisiones, reconocer limitaciones, corregir caminos y volver a empezar. Es el único profesor que jamás aprueba por simpatía. Su examen siempre es riguroso y, precisamente por eso, casi siempre deja aprendizajes duraderos.
Los japoneses poseen una palabra extraordinaria: “kintsugi”. Consiste en reparar una pieza de cerámica rota utilizando oro en sus grietas. No ocultan la fractura; la transforman en parte de su belleza dándole aún más valor.
Las personas también deberían practicar ese arte. Porque perder no rompe a quien sabe reconstruirse. Lo fortalece.
El verdadero campeón no es quien jamás cae. Es quien conserva la elegancia mientras está en el suelo. La dignidad no consiste en ganar siempre; consiste en no perder jamás el respeto por el adversario, por el juego y por uno mismo.
Quizás por eso la frase “hay que saber ganar y saber perder” esté incompleta.
Saber ganar es una virtud.
Saber perder es una prueba de carácter.
Porque cualquiera sonríe cuando todo sale bien. Cualquiera levanta la cabeza cuando el mundo lo aplaude. Lo extraordinario ocurre cuando el estadio entero celebra al otro y, aun así, uno encuentra la grandeza suficiente para aplaudir también.
Las copas terminan acumulando polvo. Los récords terminan siendo superados. Los campeones cambian con el paso de los años.
Pero la forma en que una persona enfrenta la derrota permanece en la memoria mucho más tiempo que el resultado mismo.
Hay derrotas que empequeñecen.
Y hay derrotas que engrandecen.
Todo depende de comprender que perder un partido jamás debería significar perder la compostura.
Porque, al final, la victoria conquista un torneo. La derrota, cuando es asumida con nobleza, conquista algo infinitamente más difícil: el carácter.
Y ese título no lo entrega la FIFA, ni un árbitro, ni una medalla. Ese campeonato se levanta en silencio, frente al espejo, cuando somos capaces de aceptar que otro fue mejor… y aun así decidir volver a competir.
@MisColumnas