“El estudio de la historia es un poderoso antídoto contra la arrogancia contemporánea. Resulta aleccionador descubrir cuántas de nuestras suposiciones superficiales, que nos parecen novedosas y plausibles, ya han sido puestas a prueba, no una sino muchas veces y bajo innumerables formas; y se ha demostrado, a un alto costo humano, que son completamente falsas.”
—Paul Johnson
Una de las consecuencias más entretenidamente agotadoras de ser humano es que gran parte de nuestra vida social se parece a una partida de ajedrez jugada por personas que insisten en esconder las piezas bajo la mesa. Pasamos una cantidad sorprendente de tiempo enviando señales sobre quiénes somos, qué pensamos o cuán inteligentes, generosos o interesantes nos gustaría parecer; pero, al mismo tiempo, procuramos que nadie note que estamos enviando esas señales. Y, naturalmente, los demás hacen exactamente lo mismo.
El resultado es una especie de ballet de sospechas mutuas. Intentamos ocultar que estamos mostrando algo, mientras los otros intentan descubrir precisamente aquello que fingimos no mostrar, sabiendo además que nosotros esperamos que lo intenten. Es un sistema extraordinariamente complejo para una especie que todavía pierde las llaves varias veces por semana. Aun así, de algún modo funciona, y sobre esa delicada red de insinuaciones, medias verdades y pequeñas representaciones cotidianas hemos construido amistades, carreras, matrimonios y, en ocasiones, incluso gobiernos enteros.
No es la cultura la que parasita las mentes humanas como si fuese una entidad autónoma, dotada de voluntad propia, sino los seres humanos quienes se parasitan unos a otros mediante objetos culturales. Las canciones, los relatos, las ideologías, las modas, los rituales o las plataformas digitales no son parásitos flotando en el aire. Son artefactos producidos, seleccionados, amplificados y explotados por personas, grupos e instituciones con intereses concretos.
Incluso cuando ciertos objetos culturales parecen comportarse como organismos oportunistas (cuando se vuelven adictivos, pegadizos, obsesivos o patológicamente memorables), su poder no nace de una fuerza misteriosa de la cultura, sino de su capacidad para activar resortes psicológicos ya existentes: atención al prestigio, miedo al rechazo, deseo de pertenencia, curiosidad morbosa, búsqueda de estatus, apetito narrativo, vigilancia moral. La cultura no nos invade desde fuera como una espora alienígena. Más bien circula por la red humana porque alguien la fabrica, alguien la refuerza, alguien la imita, alguien la monetiza y alguien obtiene algo de su propagación.
En suma, la cultura no es tanto un parásito de la mente como una tecnología social de captura mutua. No hay memes sin hospedadores, pero tampoco sin productores, beneficiarios, incentivos, mercados, jerarquías y ecologías sociales que deciden qué sobrevive. Un objeto cultural puede volverse pegadizo de manera enfermiza, sí, pero ello suele ser el rastro visible de intereses humanos sedimentados en una forma transmisible. La cultura no nos posee. Nos poseemos unos a otros a través de ella.
https://t.co/sMaFYWBWjf
Todas las ideologías tienden a equivocarse. Y casi todas, tarde o temprano, intentan arrinconar a las demás, silenciarlas o expulsarlas del espacio legítimo de discusión.
Pero algunas resultan más peligrosas que otras: aquellas que se presentan a sí mismas como moralmente superiores porque dicen defender la libertad, la diversidad o la tolerancia, mientras utilizan esos principios como coartada para censurar con mayor intensidad. Son lobos con piel de cordero.
@Katy_Faust@SteveStuWill Meta-analyses show no link between prenatal testosterone (measured in amniotic fluid) and 2D:4D ratios. Despite the "androgen shift" theory, the tie is inconsistent and fails in clinical studies. https://t.co/yjZl7xXOR7
@SteveStuWill The 2D:4D ratio lacks predictive validity. Meta-analyses like Turanovic et al. (2017) or Warrington et al. (2018) confirm its correlation with behavioral traits is null. Prenatal testosterone exposure is accurately measured via Anogenital Distance (AGD).
@SteveStuWill The 2D:4D ratio lacks predictive validity. Meta-analyses like Turanovic et al. (2017) or Warrington et al. (2018) confirm its correlation with behavioral traits is null. Prenatal testosterone exposure is accurately measured via Anogenital Distance (AGD).
@SteveStuWill The 2D:4D ratio lacks predictive validity. Meta-analyses like Turanovic et al. (2017) or Warrington et al. (2018) confirm its correlation with behavioral traits is null. Prenatal testosterone exposure is accurately measured via Anogenital Distance (AGD).
Esa supuesta brújula interior que nos invita a «ser nosotros mismos» no es más que un fetiche romántico. Lo que llamamos pomposamente autenticidad es, en el fondo, un constructo estético. No se trata de una verdad mística que emana del pecho, sino de la habilidad para procesar influencias ajenas sin que se noten las costuras. En la antigua aldea, la imitación era tan uniforme que resultaba invisible; hoy, ante la saturación de modelos, nuestra desesperación por elegir uno nos delata, de modo que nos vemos obligados a fingir autenticidad.
Pero admiramos la espontaneidad del mismo modo que admiramos a un bailarín de élite: no porque su movimiento carezca de técnica, sino porque ha ensayado tanto que el esfuerzo se ha vuelto imperceptible. La torpeza de quien intenta agradar de forma evidente genera rechazo porque revela la tramoya del ego, mientras que la «autenticidad» exitosa es simplemente una actuación maestra. No es lo mismo salir a la calle despeinado que peinado pareciendo despeinado. En esa pequeña sutileza reside nuestra capacidad de parecer auténtico y despreocupado (despeinado) al tiempo que seguimos el canon vigente (peinado).
En última instancia, el yo no es un manantial, sino un vertedero de experiencias culturales y adaptaciones infantiles que hemos terminado por creer como propias. Ser auténtico no consiste en despojarse de las máscaras para revelar una esencia inexistente, sino en saber llevar la máscara con tal naturalidad que parezca parte de nuestra propia piel. La libertad no está en buscar una raíz interna, sino en la maestría de improvisar con los retales que la cultura nos ha ido dejando.
"Si crees que tu creencia se basa en la razón, la sustentarás con argumentos, en lugar de con la persecución, y la abandonarás si el argumento te resulta contraproducente. Pero si tu creencia se basa en la fe, te darás cuenta de que los argumentos son inútiles y, por lo tanto, recurrirás a la fuerza, ya sea mediante la persecución o mediante la deformación y distorsión de las mentes de los jóvenes en lo que se llama «educación»."
--Bertrand Russell
@Yibril17@pitiklinov No es falsable porque es simbólico. Si observamos quienes son los que consumen más pornografía (imágenes, vídeos) y quienes leen más libros (escritura), los símbolos atribuidos a cada sexo se invierten.
“158 científicos utilizaron los mismos datos, pero sus opiniones políticas predijeron los resultados”
“Un nuevo análisis de las prácticas científicas sugiere que las opiniones políticas personales de un investigador pueden influir en los resultados que obtiene al analizar datos complejos. El estudio proporciona pruebas de que, cuando los expertos actúan de forma independiente para responder a la misma pregunta utilizando el mismo conjunto de datos, sus conclusiones tienden a alinearse con sus creencias ideológicas preexistentes.”
“Las conclusiones se alineaban sistemáticamente con las opiniones políticas previas de los investigadores:
-Equipos más pro-inmigración tendían a obtener resultados de que la inmigración mejora la cohesión social o el apoyo a bienestar.
-Equipos más anti-inmigración encontraban que daña ese apoyo”.
«Los científicos también son seres humanos. Sus cerebros complejos sopesan simultáneamente todo tipo de factores para decidir cómo pensar y comportarse. No son infalibles ni perfectamente objetivos en su trabajo.»
https://t.co/Mno1anRV5b
Si no hay penalizaciones por equivocarse, las personas (y especialmente burócratas, reguladores y elites) tenderán a equivocarse de la manera que más les convenga:
Lorenzo Warby argumenta aquí que en las sociedades modernas altamente burocratizadas, reguladas y subsidiadas, un número creciente de personas que toman decisiones importantes —burócratas, reguladores, académicos, funcionarios de ONGs y organismos internacionales— no sufren consecuencias personales relevantes cuando se equivocan. Esta ausencia de penalizaciones reales (lo que Nassim Taleb llama “skin in the game”) genera incentivos perversos: las personas tienden a equivocarse de la forma que más les conviene, adoptando creencias o políticas que benefician su estatus, recursos o autoridad, mientras los costes recaen sobre otros, especialmente las clases más bajas.
Thomas Sowell tiene una famosa frase sobre este problema:
«Es difícil imaginar una forma más estúpida o peligrosa de tomar decisiones que ponerlas en manos de personas que no pagan ningún precio por equivocarse».
https://t.co/tf118KtYRR
"Se ha dicho a menudo que la 'respuesta' a la mayoría de los problemas es la 'educación'. Pero... la educación... a menudo no logró proteger las mentes del siglo XX de las aberraciones homicidas o suicidas... a menudo fue en las universidades donde las malas semillas dieron sus primeros frutos".
@SergioParra_ sobre el resbaladizo tema de la causalidad:
“Si uno quisiera resumir la historia de la ciencia en una sola frase, podría hacerlo así: una larga batalla contra el espejismo de la causalidad. Y como todo buen espejismo, éste también viene adornado con sus oasis: datos, gráficas y una desconcertante cantidad de entusiasmo mal dirigido. Porque nuestra especie está biológicamente programada para ver conexiones donde no las hay, como si estuviéramos atrapados en una película de M. Night Shyamalan escrita por un becario.
Desde tiempos primitivos hemos ligado eventos con consecuencias: si una rama cruje, viene un depredador; si el cielo se oscurece, mejor guarecerse. Este instinto para la detección de patrones nos ha sido útil para sobrevivir, pero también nos ha hecho proclives a creer que los eclipses anuncian el fin del mundo o que la lluvia se puede convocar con danzas. Y en el siglo XXI, donde los datos fluyen con la intensidad de un Niágara digital, seguimos cayendo en estas mismas trampas, que pueden agruparse bajo un mismo acrónimo: CINAC (Correlation is not a cause, correlación no implica causalidad).”
https://t.co/WXKBaOEY2h
Científicos, moralistas y políticos forman mi top tres de las personas más peligrosas del mundo. Son en quienes menos confío como profesionales. No porque carezcan de inteligencia o convicción, sino porque suelen confundir sus instrumentos con la verdad misma.
De ellos desconfío más que de un charlatán confeso, porque se presentan envueltos en la pulcritud del método, la pureza del deber o la urgencia del bien común. A ellos les daría el mínimo de atención mediática, como quien apaga la luz para no alimentar a los insectos nocturnos. Y si de mí dependiera, su reputación social sería residual, suficiente para recordar que existen, y poco más.
Lo que sí deberíamos entronizar son los protocolos que diseñamos para sacarles rendimiento. La ciencia misma, como protocolo, se ha diseñado porque desconfía de los científicos. Si prestamos poca atención al protocolo y entronizamos a la persona, suceden cosas como la actual crisis de replicación.
Menos hagiografías de científicos, moralistas y científicos, y más análisis frío de incentivos, límites institucionales y mecanismos de corrección. Menos genios, profetas y salvadores, y más sistemas que funcionen incluso cuando las personas fallan. Menos veneración de intenciones y más contabilidad de consecuencias. Porque el problema casi nunca es quiénes son, sino qué se les permite hacer cuando nadie les ata en corto.
«Después de 1991 la academia angloamericana dejó de buscar la verdad y se convirtió en una secta que recompensa la falsedad moralizada. No es un problema de “izquierdismo”: es un problema de incentivos que premian la basura (bullshit) y castigan la realidad. Y nos está costando la civilización.»
Lorenzo Warby es uno de los ensayistas más brutales, originales, independientes y documentados que hay ahora mismo en lengua inglesa. En este ensayo, El desastre civilizatorio de la academia angloamericana, plantea que la universidad moderna de habla inglesa (EE.UU., Reino Unido, Canadá, Australia, NZ) se ha convertido en la mayor fábrica de falsedades moralizadas de la historia reciente y está erosionando activamente la capacidad de Occidente para tener debates racionales y políticas funcionales.
Lorenzo señala que esto es un fenómeno posterior a 1991. Durante la Guerra Fría la academia y los medios eran de izquierdas, pero aún estaban anclados a la realidad y al “ciudadano medio”.
Tras la caída de la URSS desapareció la amenaza externa y la atención se volvió hacia dentro y se empezó a usar “Hitler como Satán secular” contra los propios compatriotas.
El gran motor en su opinión es la ausencia total de contacto con la realidad (“reality-testing”). En física o ingeniería te equivocas y explota el cohete o se cae el puente que estás construyendo pero en ciencias sociales y humanidades no hay penalización por estar totalmente equivocado. Lo único que importa es la aprobación de tus colegas, lo que se convierte en un juego de estatus puro.
Por ejemplo, una teoría falsa (como el tablarrasismo) se convierte en un “activo cognitivo moralizado”. Cuanto más falsa y más difícil de defender, más demuestra tu compromiso al defenderla y más estatus ganas dentro del club. Quien la cuestione es una amenaza existencial al activo de TODOS y hay que destruirlo (cancel culture).
Lorenzo plantea que la Teoría Crítica (Critical Theory) es el arma perfecta para esto. No describe la realidad, la critica eternamente, Nunca tiene que demostrar que su utopía funciona (porque “aún no ha sido intentada de verdad”) y cualquier disidente es automáticamente un opresor que bloquea el paraíso y por lo tanto está justificado silenciarlo. Se puede aplicar a cualquier cosa (raza, género, clima, comida, lenguaje…) por lo que es infinitamente rentable en estatus:
“La teoría crítica es también un mecanismo para moralizar las creencias de una manera que les confiere un gran poder mítico y retórico. Lo que hace que una teoría crítica sea una teoría crítica es el compromiso de cambiar la realidad (social), no solo describirla. Ese compromiso con el cambio se considera entonces como un activo moral que otorga una autoridad moral superior: un activo moral que opera como esplendor moral en las mentes de quienes están comprometidos con cualquier versión de la teoría crítica.”
Las consecuencias para la civilización son por ejemplo que se gastan miles de millones enseñando cosas literalmente falsas (la Tabla Rasa, que toda diferencia se debe a discriminación, etc.). O que las políticas de inmigración masiva son diseñadas por gente que ignora la cultura, la cohesión y los costes reales. Y de fondo la incapacidad absoluta para debatir nada sin etiquetas morales.
Las soluciones que propone Lorenzo son también bastante radicales: Dejar de financiar cualquier activismo; eliminar facultades de Educación, Enfermería y Periodismo (volver al aprendizaje práctico); atar la financiación pública a resultados reales de los alumnos 10 años después de acabar la carrera (empleo, sueldo); Prohibir financiación de cualquier investigación basada en la Tabla Rasa; y acabar con la peer-review y métricas de citas como indicadores de calidad porque sólo miden la aprobación tribal.
https://t.co/rYMb2h2vgZ
“La idea de progreso moral es un mito cristiano reciclado en versión secular. Los humanos no se vuelven más sabios o mejores; solo cambian las circunstancias en las que despliegan su irracionalidad.”
-John Gray
https://t.co/Uw8kLyqomA