Cerimedo lloró delante del juez diciendo que tenía en la habitación de su casa los juguetes de sus hijos, asegurando que quería instalar a su familia en Bolivia.
La frase más repetida por Cerimedo en redes era: "Ahora dilo sin llorar".
@BuildAfterWork Me encanta la cafetería que voy, donde está anunciado que Todos los cafés son con leche deslactosada. Cuando consulté me dijeron que la diferencia de precio es ínfima, y la gente la prefiere. Eso es conocer a tu consumidor
Hay dinero para restituir el gabinete de la primera dama, pero en los hospitales públicos hay que recortar, porque no hay dinero y el país está en quiebra…incomprensible.
Ayudenme a darle 1 mano a la pime d mi hermano, él estuvo en la cárcel, ahí aprendió a trabajar el cuero, hoy está en libertad y quiere dejar atrás su pasado.
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Imelda Staunton Tells Graham Norton Her Husband Jim Carter Doesn't Serve Her Like He Does in Downton Abbey Then He Surprisingly Appears With a Drink.
Graham Norton: Last time I saw you on the big screen was Downton Abbey. There you were. You were upstairs. So, did that cause tensions at home? Because, of course, Carson is your husband, Jim Carter.
Imelda Staunton: Well, of course, at home, of course, I never get the Carson treatment. I mean, I never get served anything at home.
Imelda Staunton: I don't want tea. I don't want tea, thank you. No, I never get anything, Oh, that's better. Thank you. Yeah.
Graham Norton: I think Carson has let his standards slip.
Imelda Staunton: Yes, he certainly has!
Jim Carter: I do apologize. Hello, Graham!
Graham Norton: Good to see him! How are you?
Jim Carter: Yeah, I'm very well. It's a tribute to you. Thank you very much. I'm back in the garden now, where I belong.
Graham Norton: Nice gams, Jim! Nice gams.
ME MIRAN, LUEGO EXISTO
Con vivir no basta, hay que demostrarlo.
René Descartes necesitó una duda metódica y bastante filosofía para llegar al célebre «pienso, luego existo». Cuatro siglos después, las redes sociales simplificaron el procedimiento: «me miran, luego existo». Ya no hace falta pensar; basta una cámara frontal, internet y alguien dispuesto a poner un like.
Nunca hubo tantas personas ocupadas en demostrar que están viviendo. Comen, pero antes fotografían el plato; viajan, pero contemplan el paisaje a través del teléfono; van al gimnasio y documentan la mancuerna; asisten a un concierto y graban aquello que podrían estar mirando. Hasta el cumpleaños parece incompleto si Instagram no lo certifica. Hemos creado una curiosa ontología digital: lo que no se publica corre el peligro de no haber ocurrido.
Erving Goffman explicó en —La presentación de la persona en la vida cotidiana—, que la interacción social tiene mucho de representación teatral: mostramos ante los demás una versión de nosotros mismos. Ahora la función es permanente y, actor, director, fotógrafo y crítico favorable suelen ser la misma persona.
Guy Debord tampoco estaría sorprendido. En —La sociedad del espectáculo— sostuvo que el espectáculo no era sólo una acumulación de imágenes, sino una relación social mediada por ellas. Debord murió antes de la creación de Instagram. Una lástima: habría encontrado material para varios libros.
El problema no es hacerse una selfie, publicar las vacaciones o mostrar un logro. Comienza cuando la experiencia necesita espectadores para adquirir valor. Antes fotografiábamos aquello que queríamos recordar; ahora hacemos ciertas cosas porque son fotografiables. No siempre viajamos y después mostramos el viaje: a veces viajamos también para mostrar que viajamos. La diferencia parece pequeña, pero sociológicamente es enorme.
Byung-Chul Han describe la sociedad de la exposición, donde el individuo termina convirtiéndose voluntariamente en el objeto exhibido. Hemos conseguido así una proeza histórica: construir nuestro propio escaparate, meternos dentro y trabajar gratuitamente decorándolo.
El «yo» contemporáneo tiene algo de producto. Posee fotografías seleccionadas, opiniones administradas, amistades visibles, restaurantes estratégicos, viajes acreditados y felicidad con buena iluminación. Fuera del catálogo quedan la discusión familiar, la angustia del domingo, la cuenta sobregirada y aquella tarde en que nadie lucía bien. Toda exposición necesita una bodega para esconder el inventario defectuoso.
Zygmunt Bauman reconocería aquí otra expresión de su modernidad líquida: identidades reconstruidas permanentemente. El individuo no sólo vive: gestiona su marca personal. Y toda marca necesita audiencia, métricas y aprobación.
Así llegamos al altar contemporáneo: el «me gusta». Una unidad diminuta de reconocimiento, pero cuantificable. La aprobación, antes ambigua, ahora tiene estadísticas. Ciento veinte corazones significan una tarde exitosa; cinco pueden provocar una crisis existencial. Nunca la autoestima tuvo un departamento de medición tan eficiente.
Y ocurre algo aún más extraño: dejamos de registrar la vida para producir una vida registrable. El café necesita espuma, la playa un atardecer y hasta la solidaridad, a veces, un fotógrafo. La caridad también descubrió el marketing.
Las redes prometieron conectarnos y terminaron fabricando individuos preocupados de comprobar que los demás los miran. No basta estar en Roma: los amigos deben saberlo y el algoritmo debe considerar que dicha presencia romana merece ser conocida.
Quizás el cambio antropológico no sea que todos quieren ser famosos. Es algo más modesto y más inquietante: quieren ser vistos.
Descartes buscaba dentro de sí mismo la prueba de su existencia. Nosotros hemos externalizado el trámite.
Y cuando nadie comenta, ni comparte ni pone un like, queda una pregunta que ninguna cámara frontal puede responder:
Si nadie me está mirando, ¿Existo?
@MisColumnas
When my husband died, because he was so famous and known for not being a believer, many people would come up to me ― it still sometimes happens ― and ask me if Carl changed at the end and converted to a belief in an afterlife.
They also frequently ask me if I think I will see him again. Carl faced his death with unflagging courage and never sought refuge in illusions. The tragedy was that we knew we would never see each other again. I don't ever expect to be reunited with Carl.
But, the great thing is that when we were together, for nearly twenty years, we lived with a vivid appreciation of how brief and precious life is. We never trivialized the meaning of death by pretending it was anything other than a final parting.
Every single moment that we were alive and we were together was miraculous-not miraculous in the sense of inexplicable or supernatural. We knew we were beneficiaries of chance.
That pure chance could be so generous and so kind. That we could find each other, as Carl wrote so beautifully in Cosmos, you know, in the vastness of space and the immensity of time. That we could be together for twenty years. That is something which sustains me and it’s much more meaningful.
The way he treated me and the way I treated him, the way we took care of each other and our family, while he lived. That is so much more important than the idea I will see him someday. I don't think I'll ever see Carl again. But I saw him. We saw each other. We found each other in the cosmos, and that was wonderful.
― Ann Druyan
@LeJorgitoCL Importa su comedor o su conducta? Importa mostrar nuestro buen gusto? Ella tiene muy claro quien es y a qué público apunta cuando llama poblacional a otro, no apoyes su moción
La persona que robó una bolsa negra hoy en el aeropuerto de Concepción tipo 19:15 robó apenas un libro. Pero contiene un marca-página que es muy valioso para mi. Entró por la manga 6 según las cámaras. Quédese con el libro, pero devuelvame el marca-página 🙏 Me ayudarían dándole visibilidad a este mensaje?