🔴 La ignorancia legal del Gobierno empieza a ser preocupante.
Anuncian una reforma constitucional para establecer la seguridad como “deber del Estado”.
Pequeño detalle: ya está en la Constitución.
Artículo 1°: “Es deber del Estado resguardar la seguridad nacional, dar protección a la población…”
Antes de reformar la Constitución José Antonio Kast, quizás convendría leerla.
Cómo hija de la SEÑORA de la FERIA, le diré a Camila flores, que jamás la señora de la feria ni yo le hemos robado ni un peso al estado como usted y su CUOTA FLORES... Lávate el hocico mujer sucia antes de ocupar "señora de la feria" como insulto...
El Mercurio y sus definiciones editoriales. Mismo diario, misma medición, dos gobiernos distintos. Con Boric, 3,1% "crece menos de lo esperado". Con Kast, 2,4% "supera las expectativas". El dato bajó. El entusiasmo subió.
🔴 La Tormenta
Mientras Chile clavaba nylon en las ventanas y miraba el cielo con el temor de quien conoce el daño que el invierno puede causar en la pobreza, la verdadera tormenta no cayó desde las nubes el 15 de julio de 2026. Cayó bajo las luces del Congreso, cuando la noche ya había borrado toda vergüenza.
Afuera había familias contando goteras, pérdidas y ausencias. Adentro se contaban votos con una alegría maníaca que sepultó cualquier atisbo de empatía.
Y cuando terminó la sesión, el oficialismo de ultraderecha celebró. Se abrazó con la euforia de quien cree haber conquistado una victoria histórica para sí, sus familiares y sus socios, porque esa copa tenía una sola patria: el dinero.
Pero en esa fiesta no hubo un brindis por los damnificados. No hubo una palabra para quienes tendrían que volver a levantar sus casas con las manos. La reconstrucción desapareció en el mismo instante en que dejó de servir como argumento.
Los heridos del temporal fueron convertidos en coartada. Su dolor fue la llave que abrió la puerta de una reforma tramitada a toda velocidad, escrita para que el viento soplara siempre en la misma dirección: hacia los bolsillos de quienes menos necesitan ser protegidos.
Así funciona, a veces, la historia de este rincón del mundo: las tragedias de muchos terminan financiando las celebraciones de unos pocos.
🟣El chantaje del corazón
Mirna Schindler, quien vivió la inviabilidad de un embarazo, cuestiona el proyecto que obliga a escuchar los latidos antes de abortar: sostiene que busca cruelmente el arrepentimiento de la mujer y que vulnera una ley de la República ya vigente.
KAST vs KAST
Hay algo profundamente enternecedor en ver a José Antonio Kast enfrentarse al Estado como quien pasa años insultando a un piloto… hasta que un día le entregan el avión. Resultó que despegar no era lo mismo que gritar desde el aeropuerto.
Durante años, —Kast candidato— fue una mezcla entre comentarista de matinal, administrador furioso de WhatsApp y profeta del apocalipsis nacional. Todo era culpa de alguien más, del gobierno de turno. Si subía la bencina, era incompetencia criminal. Si aumentaba la delincuencia, había que sacar tanques. Si el crecimiento era mediocre, Chile estaba a minutos de convertirse en Venezuela. El país siempre parecía al borde del colapso y sólo él, armado de una cuenta de X y una indignación industrial, podía salvarlo.
Pero ocurrió la tragedia menos prevista por el kastismo: ganó.
Y ahí apareció —Kast presidente—. Un hombre que pasó años criticando cada decisión de gobierno y que, al llegar al poder, descubrió que administrar un país exige algo más complejo que escribir “INACEPTABLE” en mayúsculas.
“El problema de Kast nunca fue la falta de convicción. Fue el exceso de simplificación”.
Gobernó durante años un país imaginario donde los problemas se resolvían con voluntad, slogans y frases diseñadas para viralizar.
La seguridad, por ejemplo. En campaña parecía protagonista de serie de Netflix: “Plan Escudo”, “Operación Frontera Final”, “Tolerancia Cero”. Faltaba apenas un tráiler con explosiones y música épica. Pero una vez en La Moneda, el libreto chocó con un detalle incómodo: no había plan, ni suficientes carabineros, ni inteligencia, ni presupuesto mágico, ni botón rojo para expulsar migrantes por Bluetooth.
Entonces el hombre que pedía militares en cada esquina comenzó a hablar de “coordinación institucional”, “limitaciones jurídicas” y “evaluaciones técnicas”. Traducido: descubrió exactamente las mismas restricciones que ridiculizaba cuando gobernaban otros.
La hipérbole como programa.
Quizás el momento más honesto del kastismo fue cuando explicó que sus promesas de expulsiones masivas eran una “metáfora”. Qué maravilla conceptual. La cuenta regresiva no era literal. Las promesas eran simbólicas. El reloj era poético. El plan migratorio era realismo mágico.
Porque —Kast candidato— era un hombre de certezas absolutas, —Kast presidente—, en cambio, parece un alumno justificando un trabajo que no alcanzó a terminar.
El enemigo era el estado… hasta que conoció sus comodidades.
Durante años criticó el uso de recursos públicos con fervor franciscano. Y sin embargo, bastó cruzar la puerta de La Moneda, su nueva casa, para enamorarse rápidamente de las bondades del aparato estatal. Resultó que el Estado opresor también tiene comedor, chofer, residencia y vajilla fiscal y puede organizar almuerzos a sus amigos con cuenta al erario.
El mismo hombre que denunciaba nepotismos hoy sonríe orgulloso mientras celebra el ascenso político a diputado de su hijo y sobrinos como si gobernar Chile fuese una pyme familiar.
Y qué decir de los ministros. Kast exigía renuncias antes de los cien días cuando era oposición. Pero gobernar tiene esa extraña costumbre de convertir a los “ineptos” en “equipos que necesitan tiempo”. El desempleo no desapareció con discursos. La economía no reaccionó a hashtags patrióticos. Y el Estado no se administró como un live de TikTok.
Kast, el presidente que jamás habría votado por sí mismo.
Lo más irónico del gobierno de Kast es que su opositor más feroz sería el propio Kast de hace tres años. El candidato viviría destrozando al presidente en X desde las siete de la mañana. Lo acusaría de ineptitud, tibieza, improvisación y excusas.
Y tendría razón.
Porque el gran descubrimiento de este gobierno no es que Kast haya cambiado. Es que siempre supo que gobernar era infinitamente más difícil de lo que gritaba. Pero la indignación daba votos y la complejidad no cabe en un tuit.
Al final, la verdadera metáfora no eran las expulsiones.
Era él.
@MisColumnas