Nusret Gökçe se hizo famoso —mejor dicho: viral— en 2017, por un video que lo mostraba arrojando sal a la carne y músculo al ojo. Una chulería de matón que, naturalmente, sedujo a gente ansiosa por exhibirse prendiéndole fuego a sus billetes ante las cámaras.
Gökçe les pasó gozoso el encendedor. Abrió restaurantes carísimos en los que políticos, futbolistas e influencers pagaban miles de dólares por filetes envueltos en oro.
El negocio empezó a fallar en el Mundial de Qatar de 2022. Gökçe bajó a la cancha tras la final, persiguió a Messi para tomarse una foto y tocó la copa de oro, gesto vedado por la FIFA a los profanos. La televisión lo mostró todo. Las redes ardieron.
También los tribunales. En Nueva York y Miami, sus empleados lo demandaron: les robaba las propinas y no les pagaba las frecuentes y forzosas horas extra.
Los clientes, súbitamente, recobraron el sentido del gusto. La comida recibió críticas desfavorables. Pagar miles de dólares por un trozo de carne y un salero bigotón pareció excesivo. Las mesas se vaciaron. Gökçe tuvo que cerrar en Nueva York y Las Vegas.
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