Me gusta esta nueva cara. —comenta, cruzándose de brazos antes de alzar los ojos para buscar algo de tranquilidad en las estrellas—. Nadie lo sabe y me iré antes de que empiecen a preguntárselo.
inconfundibles. Carraspea y lo alto de sus pómulos se torna rosado, todo el color atraído hacia esa zona—. Sólo tú podías tener una idea tan horrible. Deberías tomarte unas vacaciones.
—no tarda mucho más en encontrar el arma, la cuál coge con algo de repulsión y la lleva de vuelta a su dueño. Le ofrece la empuñadura al volver a su lado, los ojos cayendo sobre la pulsera con la que juguetea. Por un momento cree ver mal, pero aquellas piedras preciosas son ›
buscar la katana que había tirado. Necesita coger aire antes de hablar de nuevo—. Y después decidiste hacerte parabatai de un moribundo. —comenta, los ojos en el suelo. Esa información ya le había llegado.
Vaya cobarde. —es el primer comentario que nace hacia la bruja. Apenas ha pensado en ella desde que volvió a la vida. Ni siquiera siente rencor o indicios de vengarse, para Yuhei fue una piedra más en su eterna vida. Le escucha y sólo asiente, levantándose del banco para ir a ›
—acepta la respuesta y trata de masticar el odio que explota en su pecho hacia la nefilim. ¿Cómo se atrevía a herirle? ¿Cómo había podido...? Yuhei cierra los ojos, espantando aquellas emociones tan enfermizas que caracterizaban a su persona. Y más cuando se trataba de Karu. ›
—retoma su sitio en el banco, bastante cómodo con aquella proximidad. Alza el mentón, sin dejar de mirarle. Encoge un hombro—. Katixa me revivió en este cuerpo. —que sencillo lo hace parecer—. Tu turno.
—el gesto enfadado cambia al momento, su ceño se suaviza, el brillo azulado se cristaliza mientras trata de memorizar aquellos nuevos detalles en el rostro impropio. Inconscientemente, alza una mano, la misma que acaba de apartar la katana, y acaricia con delicadeza la mejilla
¿Que lo sabías? Y una mierda. —bufa, ofendido. Se cruza de brazos, mirando la escena antes de dirigir los ojos de nuevo a los contrarios, ignorando la katana—. No me habías reconocido. ¡Y eso que tengo los mismos ojos! ¿Tan rápido los habías olvidado?
—pone los ojos en blanco, alzando una mano para apartar el filo de su cuello y moverlo hacia fuera, dándole igual si se corta así la piel de la palma—. Soy Yuhei, tonto.
—parpadea un par de veces, única señal de su sorpresa. Y él que pensaba que se había llevado aquella herida solo porque le había reconocido—. Oh. —frunce los labios, bajando la mirada, dolido. Vaya esperanza tan pueril—. Un viejo amigo.
—observa cada movimiento, echando hacia atrás los brazos para apoyarlos en el respaldo del banco, relajado—. Actúas como si el que te atacó el otro día fui yo, pero fue al revés.
—mueve la cabeza sólo cuando se siente observado. Baja el mentón, buscando la fuente que ha interrumpido su meditación e inclina la cabeza al lozalizar a Karu. Sonríe. La herida en su costado aún se está curando y, aún así, sonríe.
tirón, se saca la daga del cuerpo, arrojándola después contra el suelo. Grita por la agonía del gesto y deja caer la cabeza hacia atrás, volviendo a reír.
— Cada vez que vengo aquí alguien me clava una daga, que casualidad.
Lo que Yuhei pensaba que sería un abrazo, termina por ser el gesto de cariño más raro que ha visto nunca: una extremidad dislocada. Observa la escena en su totalidad, el enfado en la mirada de Karu y el chasquido que rompe el aire cuando Touya se recoloca el hombro. Yuhei sabe
le ayude. Nota la sangre caliente entre los dedos y un pequeño zumbido ensordecer sus oídos, pero no piensa dejar que un desconocido como Touya le ayude. Ignora las preguntas, ignora cada alerta y coherencia en su mente y, con sumo esfuerzo y la adrenalina del momento, de un