Hay un tipo de amigo que me importa un carajo perder, y es el que se pone en pareja y desaparece. No es un simple descuido, el mensaje es claro: todos los vínculos anteriores solo le servían para llenar ese vacío. Ahora ya no te necesitan.
Llevo ya un tiempito viviendo acá en El Salvador.
Y hay otra cosa que nadie me había dicho antes de venir.
Algo que definitivamente no está en ningún artículo. En ningún video. En ninguna estadística.
Acá la gente todavía sabe DAR GRACIAS.
No lo digo como frase bonita. Que no!
Lo digo porque lo he visto con mis propios ojos.
En mercados, en buses, en comedores donde el almuerzo cuesta menos de cinco dólares…
La gente DA GRACIAS. De verdad. Con los ojos. Con el tono. Con la forma en que te mira cuando te habla.
Y eso me rompió por dentro.
Porque yo venía de un mundo donde nadie tiene tiempo. Donde todo es urgente. Donde la gente camina mirando el suelo y raramente te mira a los ojos. ASÍ ES.
Donde decir "gracias" se volvió un trámite.
ACÁ no.
Acá alguien te abre una puerta y te lo dice como si fuera un regalo.
Acá una abuela en la tienda te pregunta cómo estás... y espera la respuesta.
Acá un desconocido te ayuda sin pedirte nada a cambio, simplemente porque sí.
Yo antes pensaba que la gratitud era algo que uno practicaba.
Acá entendí que la gratitud es algo que uno es.
Y eso no se aprende en un libro de autoayuda.
No se aprende en un retiro espiritual de $2,000 en Bali.
Se aprende viviendo cerca de personas que, a pesar de todo, todavía eligen la fe sobre el miedo. La alegría sobre la queja. La comunidad sobre el egoísmo.
El Salvador me enseñó algo que yo no sabía que había olvidado:
Que la vida no se agradece cuando todo está bien.
Se agradece en medio de todo.
Y eso… eso es una forma de vivir que el mundo necesita desesperadamente.
Gracias, El Salvador.
Por recordarme lo que importa.
🇸🇻